Fundamentos para la Oceanopolítica

INTRODUCCION GENERAL.

El siglo XXi ya está en marcha. 

 En algún momento de fines de la década de los ochenta del siglo XX, el sistema mundial -o lo que algunos autores llaman el “sistema- planeta”- pasó imperceptiblemente al siglo XXI, y por lo tanto los desafíos pendientes son los desafíos del futuro.  Estamos así, inmersos en una época de cambios y de alguna manera también, en un cambio de época.

 Este es el signo principal de éste tiempo: cambios económicos, mutaciones tecnológicas, transformaciones sociales y cambios culturales,  modificaciones profundas en la escena internacional, en el campo político y estratégico.

 No solo en los continentes o espacios terrestres se han producido grandes transformaciones geopolíticas y geoestratégicas, en éste fin de siglo.   Fundamentalmente, estas mutaciones han tenido lugar en mares y océanos, y este ensayo constituye una reacción y una contribución para comprender esas nuevas realidades.

 De aquí se explica que se parece acentuarse en el mundo el interés por el conocimiento y una comprensión cada vez más profunda acerca de los asuntos marítimos.

 Este es un siglo XXI en el que la preocupación y el interés por el mar y los océanos, irá en aumento tanto por razones económicas y políticas, como por la creciente conciencia ecológica, que orienta a las personas, grupos y naciones hacia la protección del medio ambiente marino y sus recursos naturales, a partir de la intuición que resalta la influencia determinante que dicho medio ejerce y puede ejercer en las vidas de las personas y en el desarrollo de la Humanidad.

 

   Si así fuera, podría decirse que si el siglo XX fué un siglo continental y terrestre, el siglo XXI será un siglo del mar y los océanos.

El pensamiento marítimo y naval -como se sabe- no es nuevo, sino que se inscribe en una prolongada tradición intelectual, la que -particularmente en Occidente- se inicia en las sagas homéricas de la antigua Grecia.  Después, se ha ido nutriendo de relatos de viajes, de guerras, de descubrimientos, expediciones, hazañas heroicas y conquistas, conformando una inmensa colección de escritos y estudios, a través de los cuales el hombre ha tratado -a lo largo de los siglos-  de comprender y racionalizar su relación con los espacios marinos, a fin de dominarlos.  Este tópico ha sido desarrollado ampliamente en el Cap. II.

 

Lo distinto y nuevo de esta empresa teórica, es que se trata de construir un cuerpo de conceptos e hipótesis que den coherencia científica al estudio de las relaciones entre los principales actores políticos en el mundo de hoy, y los espacios marítimos.

 

A partir de una diversidad de estímulos e intereses, la Oceanopolítica puede constituirse en una reflexión científica con grandes virtualidades teóricas y prácticas, especialmente cuando integra entre sus postulados, los aportes conceptuales y metodológicos provenientes de distintas Ciencias Sociales.

 

 

1.  La Oceanopolítica: una disciplina moderna de las relaciones entre los Estados y los espacios marítimos.

 

La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.

 

La definimos como una  forma moderna de hacer ciencia, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.

 

La Oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos y los grandes fines de los Estados, como se analizará más adelante.

 

La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales: los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.

 

Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolíticano es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.

 

 

2.  Elementos para una definición de Oceanopolítica.

 

En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos.  La propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.   A su vez, el estudio de la metodología en las Ciencias Sociales modernas, ha desarrollado las imbricaciones y puntos de encuentro entre las Ciencias Sociales y las Ciencias de la Naturaleza, como se verá en el Cap. II.

 

 Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados- naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.

 

Una propuesta de definición.

 

La Oceanopolítica la definimos -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos y los espacios marítimos y oceánicos.

 

Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:

 

a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y

 

b)  las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.

 

De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trata de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.

 

Como se verá a continuación, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no ssolamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.

 

3.  Conciencia nacional y conciencia marítima.

 

En la base de la cultura de los pueblos que viven junto al mar, y de las naciones que tienen una vocación marítima (real o potencial) se encuentra la conciencia marítima.

 

La conciencia marítima antecede a la conciencia nacional, pero en la sociedad moderna, caracterizada por la síntesis histórica entre un Estado y una Nación, ambas tienden a confundirse en un solo cuerpo de creencias y valores.

 

Los contenidos de la conciencia marítima.

 

Los fundamentos de la conciencia marítima, se encuentran en la esfera subconsciente de los pueblos que, viviendo y trabajando junto y en el mar, han ido configurando un cuerpo de tradiciones, creencias y costumbres, una suerte de imaginario colectivo que justifica la creencia en las posibilidades que ofrece el mar, y la pervivencia de un profundo sentido de pertenencia e identidad.

 

Los pueblos marítimos configuran y desarrollan un sentido de pertenencia e identidad que los relaciona y une material y simbólicamente con el mar, sintiendolo suyo y haciendo de él un medio natural propio y al alcance de su actividad, de su creatividad, de su inteligencia transformadora  y de sus propias posibilidades.

 

Desde este punto de vista, puede decirse que la vocación y la conciencia marítima, implican generalmente en el individuo, horizontes mentales más abiertos y predispuestos a la curiosidad y a la aventura descubridora, a diferencia de  la conciencia terrestre o mediterránea, la que parece originarse en un atavismo continental y un temperamento rural.  No se trata solamente de las perspectivas y los horizontes físicos, que se ofrecen a la simple mirada del ser humano, sino que es sobre todo, una disposición subconsciente hacia una u otra forma de “aprehender el espacio” geográfico.

 

No hay aquí entonces, ningún determinismo geográfico o marítimo, ni mucho menos algun supuesto destino manifiesto.

 

Habitar junto al mar, o trabajar en el mar, no garantiza automáticamente una conciencia marítima, como la simple observación histórica y geográfica puede demostrarlo.   La conciencia marítima se asocia naturalmente con la realidad material  del mar y los océanos, y genera hábitos, costumbres y maneras de comportarse y de trabajar,  pero sus raíces profundas se encuentran en el subconsciente de los individuos y  de los grupos.

 

Las tradiciones culturales y literarias, la variada creación artística, los lenguajes y formas idiomáticas y dialectales propias, los hábitos y experiencias de trabajo y navegación, todas las cuales se han ido acumulando en la forma de herencias ancestrales, dan trasfondo a la certeza y convicción absoluta de que determinados espacios marítimos son propios.

 

El quehacer humano en el mar, constituído por maneras de trabajar, de navegar, por la transmisión generacional de tradiciones y técnicas de navegación, va constituyendo en el individuo y en los grupos humanos que se asocian con el mar, un temperamento, un estilo de vida, una manera de ver el mundo distinta de la de quienes viven apegados a la tierra.  

 

Dentro de la conciencia y la vocación marítima, puede identificarse que hay una idiosincracia marina y marinera, que se alimenta de largos años y  de sucesivas generaciones de experiencia laboral y profesional, de un aprendizaje prolongado y difícil, y de formas de organización social y grupal diferentes.

 

Podría afirmarse que la conciencia y la vocación marina se fundan en una cultura y en tradiciones ancestrales, y en una socialización grupal e individual que genera sentidos de pertenencia e identidad, distintos de los pueblos y grupos que se encuentran lejos del mar.

 

Algunos autores han puesto de relieve que la vocación marítima de un pueblo, se origina en ciertas condiciones culturales, geográficas y económicas que lo impulsan o no, a salir al mar en busca del progreso.   ¿Es el espíritu de aventura?  ¿O son las limitaciones del espacio territorial?  ¿O es la necesidad de buscar alimento para la población?  ¿Qué sucede cuando se reúnen todas estas condiciones, y los pueblos no salen al mar en el que tienen presencia? 

 

¿Cuál es la motivación profunda que impulsa a un pueblo hacia el mar?  ¿La condición insular, una densa población y la necesidad económica?   Los ejemplos de Japón o Gran Bretaña en la época moderna, parecen confirmar este acerto.

 

¿O es la condición costera, acompañada por un territorio agrícola limitado, y la necesidad económica consiguiente de buscar recursos y alimento?  Los ejemplos de Grecia en la Antiguedad, y de Holanda o de Noruega en la época actual, parecen confirmar esta alternativa.   Pero cada uno de los ejemplos señalados, tiene su contrapartida, su “contra-ejemplo”.

 

Estas tradiciones cristalizan en un lento y largo proceso histórico, a partir del momento en que se comienza a configurar la identidad nacional, de manera que ciertos pueblos marítimos se han ido convirtiendo en naciones marítimas.

 

De este modo, aún cuando la conciencia marítima ha precedido históricamente a la conciencia nacional (la cual como sabemos, surge durante la segunda mitad del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX), ambas se confunden en la época moderna, de tal forma  que cuando la soberanía marítima de los Estados se considera amenazada o en riesgo de mutilación, se asocia inseparablemente con el territorio nacional, con el espacio geográfico que pertenece a la Nación. 

 

 En la época contemporánea, existe entonces una asociación espacial y simbólica estrecha entre conciencia nacional y conciencia marítima, entre mar y Nación, como dos sustratos ideológicos profundos que le dan contenido a la identidad de la Nación y de los grupos regionales y locales, y a la soberanía e integridad territorial del Estado.

 

El desarrollo de una conciencia marítima depende en gran medida en la época actual, de prolongados procesos educativos y de formación que acerquen a los individuos y en especial a las jóvenes generaciones a interesarse por el mar, y a ver en los espacios marítimos una oportunidad de horizontes abiertos para su desarrollo personal y su contribución ciudadana al desarrollo.

 

Ahora bien, uno de los puntos de encuentro entre la conciencia marítima y la conciencia nacional en las democracias modernas, es el espíritu de Defensa, entendido como una manifestación de la conciencia cívica, que valora positivamente el patriotismo nacional como contribución eficaz a la paz, la seguridad y el desarrollo. 

 

Uno de los efectos culturales duraderos que produce la integración y el diálogo civil- militar en las sociedades modernas y democráticas, es el desarrollo de un espíritu cívico mediante el cual la ciudadanía comprende, valora, asume y legitima el esfuerzo de la Defensa Nacional y de sus instituciones.

 

En la esfera marítima y naval, éste espíritu de Defensa refleja el grado de valoración y el sentido de pertenencia que la ciudadanía tiene por su marina nacional y por la comprensión que los ciudadanos tienen del rol profesional que ésta desempeña en la Defensa y en el desarrollo.

 

El tradicionalismo característico de las marinas en la sociedad actual, no puede ser visto solamente como un obstáculo a la integración, sino que también como un factor psico-social que contribuye a fortalecer la unidad nacional, da coherencia a su espíritu de cuerpo y puede constituir un atractivo aliciente para las vocaciones marítimas en la juventud.    Aquí reside la dimensión pedagógica y de difusión (y de relaciones públicas) que puede ejercer una marina, la que con una actitud institucional de apertura, puede contribuir poderosamente a desarrollar el espíritu de Defensa y la conciencia marítima de la Nación, integrándose estrechamente con la civilidad.

 

Esta visión de los aspectos simbólicos de la conciencia social, permite comprender a su vez, la importancia y significación de las representaciones político- estratégicas, como se verá a continuación.

 

 

4.  Geopolíticas y Oceanopolítica: para una crítica de la razón geopolítica tradicional.

 

Algunas visiones han tratado de vincular a la Oceanopolítica con ciertas escuelas o tradiciones geopolíticas.  Sin embargo, a poco de comprender los orígenes históricos  de ambas disciplinas, se podrá apreciar que provienen de tradiciones culturales e intelectuales distintas, y en muchos casos contradictorias.

 

Lo que pretendemos argumentar aquí, es que la Geopolítica, especialmente aquella de la primera mitad del siglo XX, se sitúa en un contexto intelectual, político e histórico que difiere sustancialmente de la condición moderna y acaso post- moderna  que rodea a las actuales reflexiones oceanopolíticas.

 

Numerosos autores contemporáneos han subrayado que la Geopolítica tradicional, surgió a fines del siglo XIX y primeros veinte años del presente siglo, como una derivación intelectual de la Geografía Política, muy en boga en los círculos universitarios alemanes y nor-europeos.  Analizemos éste fenómeno.

 

El primer período de la Geopolítica: elementos para un análisis crítico.

 

Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.

 

Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de Rosenberg, a su vez, elaboró una visión ideológica de la Historia a partir del “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.

 

Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.

 

Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.

 

Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas.   Hay que subrayar que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente “patriótica”, ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…

 

Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a la sociedad, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes, y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales, y del estudio de la relación “hombre- geografía”.

 

Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.

 

Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista.   Concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.

 

La visión geopolítica que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolesce precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal.  G. Sabine en su Historia de la teoría política subraya que “el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.

 

 Al contrario de lo que pretende la geopolítica, el Estado no es un organo viviente; es una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.

 

La segunda época de la Geopolítica.

 

A partir de la década de los cincuenta, la reflexión geopolítica se centró la comprensión de los problemas geográficos y políticos derivados del nuevo escenario de conflicto bi- polar, en la forma de diversas escuelas nacionales geopolíticas, directamente vinculadas con los intereses nacionales de los Estados.

 

Autores como R. Kahn, H. Kissinger y otros desarrollaron nuevas interpretaciones geopolíticas, pero todas ellas se inscribieron en dos grandes tendencias intelectuales generales, que podemos sintetizar de la siguiente manera:

 

a)  una corriente de orientación determinista que heredó algunas nociones de la Geopolítica de la primera época y que conservó el concepto de predominio del medio geográfico que se impone a las organizaciones humanas y políticas; y

 

b)  una corriente de orientación posibilista que se desprende del determinismo anterior y sostiene la primacía del hombre sobre el medio natural, en un proceso progresivo de territorialización del espacio geográfico.

 

Además, desde el punto de vista marítimo y oceanopolítico, es posible formular una crítica mayor a las escuelas geopolíticas tradicionales.  En la práctica, las visiones geopolíticas no dejan de  operar conceptualmente dentro de una lógica esencialmente terrestre, como si la perspectiva de lectura dominante fuera para y en los espacios continentales, subordinando a los mares y océanos a un rol secundario.  La Geopolítica es un paradigma tal,  como si nos situáramos en la tierra, para observar y comprender el mar.

 

La Oceanopolítica introduce un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permite analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.

 

Si la Geopolítica pretende ser “la conciencia territorial del Estado”, la Oceanopolítica pretende ser “la conciencia marítima de la Nación“.

 

Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.

 

5.  El contexto internacional donde surge la Oceanopolítica.

 

La Oceanopolítica es una visión científica que surge durante la segunda mitad del siglo XX, por lo que los factores históricos  y culturales que influyen en su formación son diametralmente opuestos y diversos, de aquellos que explican los orígenes de la Geopolítica tradicional.

 

En el Capítulo III de este ensayo, se presenta un amplio análisis de los principales fenómenos y tendencias que predominan en la escena internacional, por lo que es posible remitirse allí para situar el exámen que se presenta en esta sección.

 

Los principales fenómenos internacionales que constituyen el escenario donde se produce el surgimiento intelectual de la Oceanopolítica, serían los siguientes:

 

a)  el término de la bipolaridad Este Oeste y de la guerra fría, abre una nueva era estratégica para el sistema- planeta y produce gradualmente, un escenario internacional marcado por la incertidumbre, y por una prolongada transición hacia un nuevo ordenamiento internacional cuyos rasgos aún no se definen;

 

b)  la escena internacional está caracterizada por una creciente multipolaridad política, económica y estratégica; esto quiere decir, que concluído el prolongado ciclo de la disuasión (1945- 1990), a las potencias globales mayores (Estados Unidos y la URSS/Rusia),  y a las naciones desarrolladas, se van incorporando gradualmente nuevos Estados que aspiran a ejercer roles de hegemonía global, como es el caso de Japón y Alemania;

 

c)  la transición a la modernidad es uno de los rasgos característicos de numerosas sociedades del hemisferio sur del planeta, y este fenómeno mayor  continuará marcando su evolución hacia sociedades y culturas más abiertas y diversas, más individualistas, consumistas, materialistas y despolitizadas;

 

d) el mundo se encuentra sometido a un conjunto de tendencias centrífugas y a una redistribución global de las hegemonías y los poderes, y cuyo ordenamiento actual se caracteriza por dos tensiones simultáneas: por un lado, la tensión globalización- regionalizacion identitaria, y por el otro, la tensión entre tendencias mundialistas y un fortalecimiento  de los bloques continentales,  dando forma a un fenómeno de continentalización de las economías, de los mercados y de los mecanismos de concertación política entre Estados;

 

e)  la crisis intelectual y doctrinal de las grandes cosmovisiones e ideologías totalizadoras, que acompañó al derrumbe de los socialismos europeos, se nutre de un profundo cuestionamiento post- moderno frente a las racionalidades científicas que han dominado al mundo intelectual desde el Siglo de las Luces.  En tales condiciones, mientras numerosos países tratan de alcanzar la modernidad, como imperativo de solución a su atraso y marginalidad global, y de salto al desarrollo, otras naciones tratan de escapar de la modernidad y de internarse en un modelo de post- modernidad dotado de sofisticados avances tecnológicos, pero desprovisto de valores y de sentido existencial.

 

 Hay que subrayar a éste respecto, que la crisis de las ideologías políticas más importantes (desde el marxismo, hasta las doctrinas tradicionalistas), se acompaña con una crisis profunda de la identidad  y de la racionalidad occidental de signo liberal y conservador;

 

En un contexto internacional como el aquí descrito, la Oceanopolítica está llamada a elaborar y proponer ciertas certezas realistas y objetivas respecto a las formas de relación e interacción entre los Estados- naciones y los mares y océanos, de manera que sus conclusiones puedan ser útiles y eficaces para los procesos de decisión.

 

A partir de esta visión general, se analizarán en los siguientes capítulos, dos propuestas teóricas que se sitúan en la base de la argumentación oceanopolítica actual.

 

 

6.  El desplazamiento del centro oceánico de gravedad del globo.

 

Una de las teorías oceanopolíticas más recurrentes, afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes y Estados dominantes en cada período.

 

Según ésta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.

 

Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.

 

Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.

 

¿Es esto teóricamente sustentable?

 

¿Cómo fundar una teoría de los sucesivos centros de gravedad marítimos del mundo, sin olvidar que ésta “predicción” acerca del océano Pacífico, provino inicialmente de los principales círculos empresariales japoneses y de la costa Oeste de los EE.UU.?

 

El centro del mundo: ¿Atlántico o Pacífico?.

 

Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años del inicio del siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.

 

Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.

 

Puede afirmarse que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.

 

A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.

 

A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, es posible prever que en un futuro previsible a inicios del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos -en el futuro previsible- entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia,como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.

 

 Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.

 

7.  La teoría de los dos hemisferios planetarios.

 

La Oceanopolítica funda  también sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.

 

Analizemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.

 

Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?

 

El Hemisferio sur y la condición marítima.

 

En este punto, hay que despejar de inmediato toda veleidad determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.

 

En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido un predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), la URSS o los Estados Unidos en Norteamérica.   Este punto lo hemos tratado in-extenso también en el Cap. II, respecto al pensamiento naval de Occidente.

 

La sola posición marítima de un Estado, (que aquí hemos definido como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo.

 

Como se analizará en detalle más adelante, la potencia marítima y naval consitituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.

 

 

La pretensión esencial de este ensayo es presentar una amplia visión teórica sobre los grandes temas y problemas relacionados con la Oceanopolítica.    Se trata, a la vez, de una reflexión general de y sobre una Oceanopolítica moderna.

 

Para apuntar a dicha finalidad, ha sido organizado en tres grandes capítulos, que se explican a continuación.

 

 El primero contiene el corpus teórico básico,  y propone un conjunto de categorías de análisis que permitan configurar una visión teórica oceanopolítica moderna.   Se presentan aquí las variables geográficas, políticas, económicas y estratégicas que hacen posible la potencia marítima.

 

El segundo capítulo examina los aspectos teóricos, epistemológicos y académicos de la Oceanopolítica, en cuanto disciplina de estudios en la que convergen los aportes de diversas Ciencias Sociales, a través de un enfoque pluridisciplinario.   Al mismo tiempo, se analizan los aportes específicos (conceptuales y metodológicos) de las distintas ciencias, y se hacen algunas referencias generales a la tradición del pensamiento naval y estratégico de Occidente.

 

El tercer capítulo, finalmente, prolonga la reflexión de las variables y categorías del análisis oceanopolítico, a la luz de las condiciones objetivas de  su aplicación a la realidad política, diplomática y estratégica del mundo de hoy, sin referencia a algún Estado en particular.

 

Una amplia Bibliografía contiene los títulos utilizados para la elaboración de este estudio, y propone algunos textos de referencia, para profundizar ciertos temas de interés particular.

 

 

 

I.  LAS VARIABLES FUNDAMENTALES PARA UNA TEORIA OCEANOPOLITICA MODERNA.  CATEGORIAS DE ANALISIS.

 

 

La vocación esencial de este capítulo es presentar un conjunto de variables o hipótesis de trabajo, que contribuyan a dar forma a una teoría oceanopolítica.   Esto explica porqué cada categoría del análisis propuesta, ha sido elaborada con escasas referencias históricas o nacionales,  sino que sólo situadas en una dimensión teórica.

 

Un supuesto básico de este capítulo, es la afirmación de que el conjunto de las categorías de análisis deben integrarse en la apreciación oceanopolítica.

 

Entendemos que la apreciación oceanopolítica es un procedimiento que forma parte de la apreciación global político-estratégica realizada en las esferas superiores del Estado, en el curso del proceso de toma de decisiones de las grandes políticas de Estado sobre los asuntos marítimos y navales más importantes.

 

Como se verá en el Cap. II, la apreciación oceanopolítica no es un ejercicio intelectual solamente, sino que es una de las bases intelectuales fundamentales para el proceso institucional de toma de decisiones cuyo resultado final será la Política Oceánica Nacional o la Política Naval.

 

Ella se alimenta de considerables cantidades de información,  de amplias bases de datos y conocimientos y de la más sofisticada  inteligencia naval.  De allí su significación práctica, y las implicancias de responsabilidad que supone su ejercicio.

 

1.  La posición oceanopolítica relativa como un factor geográfico coadyuvante de la voluntad  y la potencia marítima de una Nación- Estado.

 

La posición oceanopolítica relativa de un Estado- nación constituye una de las bases geográficas fundamentales que pueden sustentar la potencia marítima.   La definimos como el conjunto de condiciones geográficas relativas a los mares y océanos, que facilitan o dificultan el desarrollo marítimo de un grupo humano organizado.

 

Esto quiere decir que tanto el mar como el borde costero, deben ser considerados en primer lugar como espacios geográficos, frente a los cuales la acción del hombre desempeña una función transformadora.

 

Un geógrafo de principios del siglo, E. Reclus, afirmaba muy acertadamente que “la geografía no es otra cosa que la Historia en el espacio, mientras que la Historia es la geografía en el tiempo”.

 

La posición es un criterio, que siempre hace referencia a otra realidad espacial.   La posición oceanopolítica se inscribe en un complejo cuadro de relaciones espaciales, entre los cuales mencionaremos, las rutas marítimas de importancia a nivel mundial, regional o sub- regional, las riquezas naturales y recursos que poseen los mares y océanos próximos, la importancia estratégica de los pasos naturales, estrechos o canales que comunican a distintos espacios marítimos, como se verá a continuación.  

 

Los factores esenciales de la posición oceanopolítica.

 

Los criterios esenciales que constituyen la posición oceanopolítica relativa de un Estado en el contexto internacional son los siguientes:

 

a)  la calidad y navegabilidad de los mares contiguos al borde costero;

 

b)  la accesibilidad de las costas y otros accidentes geográficos del borde costero (golfos, archipièlagos, islas, etc. );

 

c)  la importancia estratégica relativa de las rutas marítimas que unen a los puertos del litoral propio, con otros puertos del resto del mundo, así como las rutas internacionales de navegación;

 

d)  la importancia estratégica relativa atribuída a los pasos naturales y estrechos localizados en el territorio;

 

e) la calidad de las infraestructuras portuarias,  de comunicaciones y transporte en el territorio costero, que desempeñan el rol de facilidades para la navegación y para las actividades económicas relacionadas con el mar.

 

Es importante destacar aquí, que la sola posición oceanopolítica relativa y favorable de un Estado respecto de los demás Estados costeros, no significa necesaria ni automáticamente que se adquiera por ella la potencia marítima.   Ni una posición insular, ni la proximidad de rutas marítimas importantes o estratégicas, generan espontáneamente la potencia nacional en el mar.   Son necesarios otros factores de potencia, como se verá a lo largo de este capítulo.

 

Tiene que manifestarse en particular, además, una cultura y una vocación nacional orientada al mar,. como se analiza en la variable siguiente.

 

 

2.  La vocación marítima de la nación, como fundamento cultural y simbólico del propósito de la población de constituirse en un protagonista en los mares y océanos.

 

En el fondo de la posibilidad de alcanzar la potencia marítima, se encuentran ciertas motivaciones conscientes y sub-conscientes de carácter colectivo, y que mueven a la población hacia los espacios marítimos.

 

Estamos hablando de una inclinación natural, espontánea de la población de un país para valerse del mar como recurso y como espacio de expresión de su voluntad cohesionada como Estado y como nación.  Esta es la vocación marítima de un pueblo.

 

Motivación cultural, historia común y compartida, tradiciones y experiencias marineras cotidianas asentadas en el imaginario colectivo de una comunidad humana, a lo largo de años y siglos, llamado e imperativo profundo del grupo, sentido de identidad y pertenencia física y simbólica hacia el mar, inclinación espontánea y manera de ser y de vivir distinta y abierta a los horizontes de la aventura y la osadía, desafío ancestral frente a la naturaleza imponente del océano, todo esto es esa vocación marítima ,  que se crea y se cultiva.

 

Los imperativos de la vocación marítima de los pueblos.

 

La vocación marítima es uno de los fundamentos de la voluntad de un Estado Nación para convertirse en una potencia marítima, situandose dentro de la esfera simbólica, cultural e ideológica de los grupos humanos.

 

¿Qué puede motivar a los grupos humanos a acercarse al mar y a posesionarse de él, para constituir una vocación marítima.

 

Ciertos autores ponen en la base de la motivación hacia el mar, la necesidad de subsistencia, que combinado con las limitaciones y carencias del espacio territorial continental, movería a los pueblos a buscar su alimento y habitat junto al mar.   Si así fuera, todos los pueblos originarios de zonas costeras, debieran haber desarrollado una vocación marinera, lo que está desmentido por la Historia.

 

Probablemente la solución es una combinación entre necesidad de subsistencia, carencias propias del territorio interior, inclinación ancestral cultural propia hacia el mar, y condiciones favorables de navegación junto al borde costero.

 

3.  Las modalidades históricas de utilización económica de los mares, en cuanto formas de apropiación material de los recursos y espacios marinos.

 

En los albores de la civilización humana, los grupos humanos más primitivos utilizaron el mar para navegar y para extraer de él ciertos productos para su alimentación.     La investigación histórica y antropológica ha demostrado que la navegación y la extracción de productos del mar, fueron actividades materiales en las más antiguas y diversas culturas de Europa, Asia, Africa y América, desde hace más de 15.000 años antes de nuestra Era.

 

Como se ha analizado en otra parte, probablemente la extracción de productos del mar, fué la primera forma de apropiación material del hombre sobre el mar.   Extracción y navegación debieron haber sido las primeras manifestaciones materiales del trabajo humano sobre los espacios marinos.

 

A partir de estos inicios históricos y pre-históricos, los pueblos y las sucesivas civilizaciones fueron creando formas cada vez más sofisticadas de utilización económica de los mares.   Entendemos estas modalidades históricas como las formas específicas de  satisfacción de las necesidades humanas y de creación de riqueza a partir del trabajo en el mar y la extracción de recursos, mediante la incorporación de energía y tecnología.

 

Los modelos históricos de uso económico del mar.

 

Desde una perspectiva relacional, el trabajo humano en el mar es una forma de relación del hombre con la naturaleza con una finalidad económica, es decir, de beneficio material.  De aquí resultan diversos modelos históricos de apropiación económica de los mares, a saber:

 

a)  la modalidad histórica de equilibrio “hombre- naturaleza” y de extracción limitada de recursos;

 

b)  la modalidad histórica de desequilibrio “hombre- naturaleza”, implicando una extracción no exhaustiva ni depredadora de los recursos;

 

c)  una modalidad histórica de desequilibrio “hombre- naturaleza”, implicando una extracción exhaustiva y depredadora de los recursos.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, el proceso económico en el mar, siempre supone un cierto potencial marítimo, y refleja una determinada gradación de poder, por parte del grupo humano.   La extracción de recursos económicamente productivos desde el mar, simpre redunda en una contribución material al potencial marítimo de una nación y pone en cierto modo, algo de poder del Estado, en la balanza de la ecuación de fuerzas, a la hora del cálculo estratégico.

 

A pesar del hecho de que la riqueza económica que resulta de la explotación de los recursos marinos, generalmente se constituye en riqueza individual, el Estado también se beneficia en términos de poder marítimo.

 

Y como el poder marítimo es una forma relacional de carácter y contenido oceanopolítico, siempre el Estado, en cuanto potencia marítima (real o virtual), incorpora la riqueza económica adquirida a partir del mar en sus propias ecuaciones de poder.

 

En la sociedad moderna, es posible hablar de una Economía Política Marítima, para referirnos al conjunto del proceso económico de adquisición y transformación de los recursos naturales extraídos del mar, en riqueza económica y productos transados en un mercado.

 

Desde este punto de vista, los principales actores del proceso económico marítimo son:

 

a)  el Estado, que fija el marco jurídico y de competencias, a fin de regular la economía marítima en cada país;

 

b)  las empresas navieras mercantes, que se preocupan de la gestión de las flotas mercantes;

 

c)  los servicios aduaneros, que se preocupan de regular legalmente los flujos de productos entre los países;

 

d)  las empresas de servicios marítimos y portuarios, encargadas de proporcionar apoyo material y logístico a las actividades  de la navegación marítima;

 

e)  las industrias navieras (astilleros) que se encargan de la construcción y reparación de las naves;

 

f)  las industrias asociadas a la transformación de los productos extraídos del mar; y

 

g)  las empresas encargadas de la administración y gestión de los puertos y sus sistemas asociados.

 

Como se prodrá apreciar a continuación, existe una íntima vinculación entre las formas históricas de creación de riqueza en el mar y por el mar, y las modalidades cómo los hombres se relacionan con los espacios marinos en tanto medio ambiente.

 

4.  Las modalidades históricas de relación de los hombres con el medio ambiente marino.  El concepto de patrimonio ecológico territorial.

 

El ser humano se encuentra sumergido dentro de un medio ambiente, del cual extrae los recursos necesarios para su existencia.   Algo similar ocurre con el medio marino.   Pero, a diferencia de otras especies vivas, el hombre no actúa directamente sobre el medio marino por una inclinación natural o espontánea, sino que tiene que establecerse una necesidad motivacional.  El ser humano se inventa necesidades y tiende a extraer del mar más recursos que los que requiere para sus necesidades esenciales, de donde resulta que el ecosistema marino se convierte en antropo- sistema.

 

Desde una perspectiva ambiental, la relación entre el ser humano y el mar es una relación ecológica.   Pero, en el mar, al igual que en tierra, los grupos humanos organizados tienden a buscar ejercer formas de dominio, formas de poder, formas de apropiación que buscan estabilizarse e institucionalizarse.   El ser humano tiende a apropiarse y a crear límites o fronteras, en aquellos espacios donde realiza su actividad.  De aquí surge la noción de que el ser humano se apropia de un cierto espacio territorial, lo domina, y ejerce en él sus poderes.  Trasladada a la esfera marítima, este fenómeno da orígen al concepto de patrimonio ecológico territorial.

 

El patrimonio ecológico territorial.

 

En este ensayo definimos como patrimonio ecológico territorial al conjunto de condiciones geográficas, ecosistemas y recursos naturales situados en un determinado territorio y que sustentan la viabilidad ambiental  y el propio  desarrollo sustentable de su población.

 

A partir de este aserto, es posible construir una racionalización de los distintos tipos de relación que se establecen históricamente entre los grupos humanos organizados, y los espacios marítimos, considerados éstos como medio ambiente.

 

Desde los orígenes de la Historia de la Humanidad, la propia existencia del hombre es una relación dual con la naturaleza, y en este caso, con los mares: como medio de vida es decir, de subsistencia, y como habitat.    El mar sin embargo, no es habitat del hombre dada su naturaleza acuática y relativamente inhabitable.

 

Entonces, el hombre hizo del mar un medio de desplazamiento, un medio natural a través del cual viajar desde una costa a otra en busca de mejores condiciones materiales de vida.

 

El mar siempre ha sido entonces, para el ser humano, medio de subsistencia y medio de desplazamiento.

 

Los modelos históricos de relación humana con el mar.

 

Esta relación dual puede modelizarse, es decir, puede racionalizarse en modelos específicos e históricos de relación con el mar:

 

a) un modelo de subsistencia básica o primitivo;

 

b)  un modelo de explotación racional sin depredación de los recursos o de equilibrio hombre- mar;

 

c)  un modelo de explotación racional, con daño ambiental transitorio, o industrial depredatorio; y

 

d)  un modelo de explotación industrializado, y susceptible de producir daño ambiental sistémico, o gravemente depredatorio.

 

La extensión y profundización de una conciencia ambiental en la ciudadanía, en los líderes de opinión y la clase gobernante, en las jóvenes generaciones, sí como la creciente sensibilización que al respecto están ocasionando los medios de comunicación masivos sobre la población, ha determinado que el tema medio-ambiental, y sus componentes marítimos, sean tópicos sensibles que deben ser tomados en cuenta, a la hora de la toma de decisiones en materia marítima y naval.

 

Así, se pone de relieve la significación crucial que tiene la preservación del medio ambiente marino, su participación en los ecosistemas y la biósfera y el cuidado de los recursos naturales provenientes del mar, tanto para un desarrollo sustentable en el presente, como para las perspectivas futuras de la alimentación y la vida sustentable en las costas y en el resto del planeta.

 

 

5.  La distribución espacial de la población junto al borde costero, como factor que puede contribuir a desarrollar la vocación marítima de la Nación.

 

Algunas interpretaciones marítimas parecen sugerir que la cercanía o la radicación junto al borde costero pudiera facilitar el desarrollo de la vocación marítima de la poblacíon.

 

A este respecto, es posible afirmar que el poblamiento y la radicación estable de los grupos humanos en el borde costero, constituye la premisa geográfica fundamental que puede permitir y posibilitar el desarrollo de una cultura y una vocación marítima.  No siempre es así, sin embargo.

 

Despejando toda posibilidad de determinismo geográfico, hay que subrayar que el desarrollo de la cultura y vocación marítima de un pueblo, cuya población esté radicada en el borde costero, depende – a su vez- de la calidad y extensión de las actividades económicas directamente relacionadas con el mar de dicha población.    No tendría sentido de otra manera: el mar es para navegar, o sea para desplazarse en él,  o para extraer de él los recursos y riquezas que pueden contribuir al progreso material de la población costera.

 

Borde costero y proximidad con el mar.

 

Desde el borde costero, o en función del mar como espacio económico, las poblaciones costeras se forjan a sí mismas la oportunidad de crear una cultura maritima, vocación que les permitirá proyectarse.  De este modo, el criterio central que articula y explica la radicación costera de la población es el trabajo, es decir, el conjunto de actividades productivas y de intercambio a partir de los recursos proporcionados por el mar.  Así, el mar, el océano y sus recursos dan orígen a una economía marítima.

 

Vivir junto al mar no garantiza automáticamente la vocación marítima de las personas y grupos humanos. Aquí tampoco funcionan los determinismos geográficos, como es posible comprobarlo en la realidad de tantas naciones situadas junto al mar, que viven vueltas de espalda hacia el continente, la montaña, la agricultura, y los atavismos rurales.  Se hace necesario que opere como acicate, una cierta necesidad material, un imperativo interior motivado por la urgencia de satisfacer ciertas necesidades básicas, alimentación en primer lugar.

 

Para definir estadísticamente la relación entre la población costera y la población que vive en el interior del territorio de un país o región, hemos definido un indice de maritimidad, entendiendo por tal al porcentaje de la población de un país o región que se encuentra radicada en localidades costeras, respecto del total de la población de dicho país o región.   Así, por ejemplo, si del total de la población de una región, un 85% de ella se encuentra radicada en localidades situadas junto al mar, se dice que el indice de maritimidad de dicha región es del 85%.

 

Desde una perspectiva general, toda vocación marítima supone:

 

a) sentido de `pertenencia y de apropiación material de los espacios marítimos;

 

b)  sentido simbólico de identidad con el mar como espacio de trabajo, de creación artística, de navegación, y de desarrollo de la personalidad  y las profesiones individuales;

 

c)  cohesión del grupo humano para integrar los espacios marítimos en su propio imaginario colectivo;

 

d)  propósito de utilización del mar como recurso y ámbito de proyección del poder.

 

Puertos, regiones portuarias y desarrollo marítimo.

 

Sin pretender teorizar acerca de lo que son los puertos, debemos comprender que ellos son el punto nodal hacia y desde el cual convergen un conjunto de flujos dentro de un sistema regional.

 

Se trata siempre de una ciudad que opera como el centro regional o local de un sistema de ciudades, un sistema espacial en el que se establecen relaciones asimétricas de poder, dependencia, influencia y desarrollo. 

 

 La centralidad regional de los puertos viene dada precisamente por que son el eslabón principal que integra numerosos procesos, flujos e interacciones económicas, sociales, políticas, culturales y estratégicas.   Los puertos son siempre parte de un sistema de ciudades, una red o  sistema de nodalización, en el sentido de un fenómeno de relación asimétrica entre centros urbanos conectados entre sí.  Por eso, aquí se prefiere hablar de regiones portuarias para referirnos a un sistema nodal que activa complejas redes de flujos y cuyo centro son uno o varios puertos vinculados a un conjunto de localidades interrelacionadas,  en torno a la condición marítima y portuaria.

 

En función de los puertos, se desarrollan extensas y complejas redes de flujos materiales y simbólicos, que constituyen el entramado básico del desarrollo marítimo de las regiones portuarias y, a partir de allí, del desarrollo marítimo nacional. Estas redes pueden ser comprendidas a partir de matrices de flujos insertas en un  sistema espacial determinado, en éste caso una “región portuaria” las que reflejan -a su vez-  determinados patrones de interacción espacial.   Tales redes son:

 

a)  los flujos de recursos productivos físicos, es decir, materias primas y productos intermedios originados en el mar;

 

b)  los flujos de bienes físicos finales, los que deben ser considerados como movimiento de factores productivos marítimos;

 

c)  los flujos financieros, constituídos por movimientos de dinero, capitales y por contrapartidas monetarias a operaciones reales de intercambio, todas las cuales se originan en la propia economía marítima regional o en el resto del entorno económico hacia los puertos;

 

d)  los flujos de población, constituídos por los distintos movimientos migratorios que tienen lugar hacia y desde las ciudades- puertos o al interior de las regiones portuarias;

 

e)  los flujos de comunicación relacionados con los procesos de la economía marítima y portuaria; y

 

f)  los flujos de información, que circulan hacia y desde las regiones portuarias, como consecuencia de los requerimientos de la economía portuaria y marítima.

 

El desarrollo marítimo de un país, depende también en gran medida de la potencialidad económica, de la importancia económica y productiva relativa de sus regiones portuarias, de la capacidad  y dotación tecnológica, de sus flotas mercantes, pesqueras y científicas propias, de su industria naval, de la complejidad, amplitud y modernidad de sus sistemas portuarios a escala de dichas regiones, y de la capacidad de sus regiones portuarias para convertirse gradualmente en zonas de poderosa influencia en la economía nacional.

 

Aunque parezca paradojal, un factor poderoso de estímulo para el desarrollo marítimo de una nación, es la centralidad económica, tecnológica y cultural de sus regiones portuarias.

 

 

6.  La voluntad marítima de poder del Estado, como manifestación explícita de los intereses nacionales y marítimos de la Nación, en la esfera internacional.

 

La voluntad marítima de un Estado, especialmente en la sociedad contemporánea, supone una aspiración y una decisión que apunta a través de la Historia,  a la potencia marítima y naval.

 

Esta voluntad se constituye en una manifestación explícita de un ciertos número de fines u objetivos primordiales que el Estado- nación pretende implementar, defender y realizar en los mares y océanos.

 

La voluntad marítima es, entonces, a la vez, aspiración y decisión.  Aspiración profunda que se inscribe en el imaginario colectivo de un pueblo, y que se manifiesta en su presencia prolongada en los mares y espacios oceánicos, mediante el trabajo, la explotación económica, la navegación.   Y decisión que proviene desde sus elites políticas y gobernantes, y que de un modo perseverante a través del tiempo, busca crear las condiciones políticas (programáticas) y materiales, para que la nación y el Estado alcancen la condición de nación marítima y de potencia en el mar.

 

Esta es por lo tanto, una condición esencialmente política, en la medida en que depende de la perseverancia, de  la racionalidad planificadora y de la visión de largo plazo (hoy diríamos visión prospectiva) de gobernantes, estadistas y líderes políticos.

 

En la medida en que la condición de potencia no se obtiene de un día para otro, ella es siempre el resultado de un esforzado y prolongado esfuerzo colectivo y nacional, que tiene que inscribirse en el tiempo y en la duración del tiempo.

 

La potencia marítima: una interpretación oceanopolítica.

 

¿Qué es entonces, la potencia marítima?  Cuando se habla de potencia marítima, una pregunta clave pudiera ser ¿potencia marítima dónde y con respecto a qué?

 

Un primer elemento de comprensión de la potencia marítima es su relación estrecha, directa y objetiva con el poder.  En cuanto aspiración y decisión colectiva y estatal, la potencia marítima es el resultado permanente y siempre cambiante de una determinada cantidad  y calidad de poder marítimo y naval.  La potencia marítima y naval es entonces, una medida relativa de la capacidad de dominio e influencia que ejerce un determinado Estado, en un momento histórico preciso,  y dentro de un ámbito espacial marítimo también delimitado.

 

La potencia marítima y naval históricamente se adquiere, se conserva, se desarrolla y se pierde, sobre todo cuando la entendemos asociada a una cierta ecuación de poder o a una correlación de fuerzas  en un espacio oceanopolítico determinado.

 

Probablemente, la potencia marítima y naval y el ejercicio del poder naval son las manifestaciones más reales y concretas de la capacidad de un Estado para formar parte de una ecuación regional o global de poderes, y son el reflejo contundente y absolutamente objetivo, de su verdadera ubicación y rol dentro de dicha ecuación.

 

Por decirlo en términos muy simples, la verdad oceanopolítica y la potencia marítima y naval,  se mide en última instancia, en barcos, en aviación naval, en submarinos, en armamentos instalados y operativos, en tripulaciones y dotaciones profesionales y disponibles.  Esta pudiera ser considerada como  la ultima ratio de la potencia marítima y naval de un Estado.  Pero aún así, barcos y armas no son suficientes hoy para asentar el poderío en el mar.

 

Definición y componentes de la potencia marítima.

 

Para los efectos de este ensayo, definimos la potencia marítima como la condición material, política y estratégica de un Estado- nación que le permite realizar sus intereses nacionales y marítimos en condiciones relativas y  ventajosas de autonomía y hegemonía.

 

Como se verá más adelante, la tradición intelectual de Occidente, se ha nutrido de un pensamiento marítimo en el que numerosos autores han propuesto descripciones de la potencia marítima, y muchas de las cuales resultan ser reflejos directos de las características nacionales de sus propios países de orígen.   Nuestra tentativa teórica, es proponer aquí un marco conceptual y descriptivo, respecto de los factores que debieran considerarse como constitutivos de la potencia marítima, en una sociedad moderna e interdependiente como la actual,  modelo que sea funcional y útil  para la apreciación oceanopolítica.

 

De acuerdo con nuestra definición, la potencia marítima es una forma específica de la potencia política de un Estado- nación.  Pero la potencia marítima se asocia directamente con tres variables: la dotación de un cierto número de factores materiales que otorgan poder al Estado nacional;  la existencia de un cierto tipo de voluntad política de poder, que hemos identificado como voluntad marítima; y la definición explícita de un cierto marco propio de intereses nacionales y marítimos, que le dan  fundamentación a la potencia.  La suma integrada de  ciertos factores materiales disponibles, de una voluntad política, y de ciertos intereses marítimos, son -a nuestro juicio- la síntesis objetiva que hace posible la potencia marítima de una nación en la época actual.

 

Los factores materiales que configuran la potencia marítima en la época actual son, a nuestro juicio los siguientes:

 

a)  la flota de guerra nacional, constituída por las naves, sus sistemas de armas con base naval,  la aviación naval, el material y potencial anfibio y de proyección de poder, junto a  sus dotaciones y tripulaciones;

 

b)  las flotas mercante, pesquera y oceanográfica nacionales, junto a sus tripulaciones y al potencial material científico, tecnológico e industrial relacionado;

 

c)  la infraestructura portuaria y  de bases costeras logísticas de abastecimiento;

 

d)  la infraestructura de astilleros y otras instalaciones modernas de construcción y reparación de naves;

 

e)  la infraestructura de rutas, de transportes y de comunicaciones que vinculan e integran a los puertos, con los centros vitales de la economía nacional y con los centros de poder del Estado;

 

f)  la posición oceanopolítica relativa de la nación, respecto de las rutas de navegación marítima más importantes a escala global y regional; y

 

g)  la disposición o voluntad marítima del Estado-nación, sustentada en una vocación marítima históricamente asentada, y en la ejecución de  Políticas de Estado inscritas en la perspectiva del largo plazo.

 

Elementos de análisis.

 

La potencia marítima es estratégicamente relativa e históricamente cambiante.   Esto significa que la medición y la apreciación oceanopolítica del potencial marítimo y naval de un Estado, siempre forma parte del examen riguroso y objetivo de sus factores componentes, dentro del cálculo de una ecuación estratégica de poder, de alcances globales, regionales o locales.

 

 Este cálculo y ecuación  son incomprensibles como una noción “autárquica” y aislada, sino que supone establecer comparaciones cuantitativas y cualitativas en relación con el potencial marítimo y naval de otros Estados, y en particular con aquellos que son percibidos como eventuales adversarios.

 

Es decir, el cálculo de las ecuaciones de poder en términos de potencia marítima -como todo cálculo estratégico- es una estimación probabilística (siempre imperfecta e incompleta), que se diseña en función de hipótesis de riesgos y amenazas, de escenarios de conflictos y de la eventualidad de la guerra.

 

La potencia marítima, como toda potencia nacional es -a la vez- potencia real, objetiva, o material, y potencia virtual.   Los atributos de poder que componen la potencia marítima pueden existir de dos formas: como una suma matemática de recursos materiales de poder, y en tal caso, se habla de potencia marítima real u objetiva; o como posibilidades de potenciamiento, como reservas estratégicas, como incremento de recursos producto del esfuerzo nacional, por la vía del juego de alianzas y de otros regímenes de seguridad mutua, o de las propias reservas nacionales, caso en el cual hablamos de potencia marítima virtual, y la cual siempre se adiciona (en el cálculo estratégico) a los recursos real y actualmente disponibles.  

 

 

 

7.  El ejercicio del poder naval, como parte de la ecuación del poder marítimo y naval en la esfera internacional, y como expresión visible de los intereses y  la voluntad marítima del Estado- nación.

 

La materialización más concreta, objetiva y visible de la voluntad marítima y de la defensa de los intereses nacionales y marítimos, es el ejercicio del poder naval.

 

Respondiendo a los objetivos establecidos en la Política de Defensa  Nacional y en la Política Naval, las autoridades políticas ejecutivas y los mandos superiores institucionales conservan la primacía de la decisión del ejercicio del poder naval.

 

 

Elementos para una definición de poder naval.

 

En el contexto de éste ensayo, se trabajará con nuestra definición de Poder Naval, que propone entenderlo como un sistema integrado de factores de potencia, recursos materiales y tecnológicos, organizaciones institucionales y equipos humanos profesionales puestos al servicio del Estado para la defensa de sus intereses marítimos y nacionales mediante el ejercicio de la disuasión y la aplicación de la fuerza naval.

 

El ejercicio del poder naval tiene lugar en tres dimensiones temporales interrelacionadas, de las que se desprenden misiones y objetivos distintos:

 

a) en tiempo de paz;

 

b) en las coyunturas de crisis; y

 

c) en tiempo de guerra.

 

Las operaciones navales en tiempo de paz, se inscriben en la perspectiva general de obtener:

 

– la mantención del control y dominio de las rutas y espacios marítimos bajo la jurisdicción del propio Estado, tanto en el mar territorial como de la zona económica exclusiva;

 

– manifestar la presencia del Estado nacional y la vigencia de los intereses nacionales y marítimos, en el mar presencial;

 

– desarrollar en todos los espacios marítimos y oceánicos, una presencia estratégica disuasiva, que sirva a los objetivos, Políticas e intereses nacionales y marítimos del Estado.

 

A su vez, las operaciones navales en tiempo de crisis, como se ha visto en el capítulo pertinente, apuntan a los siguientes objetivos:

 

El ejercicio y aplicación del poder naval en las condiciones de la guerra -como se analiza in- extenso en el Cap. III – pone a prueba las mejores condiciones materiales, tecnológicas, y humanas de la potencia marítima de una nación.

 

 

8.  El equilibrio estratégico en mares y océanos, como manifestación dinámica del balance y distribución de poderes y hegemonías en la esfera marítima internacional.

 

Las coyunturas políticas y estratégicas en general, y las crisis en particular, ponen de relieve generalmente la disposición y las capacidades militares de los diferentes Estados en la esfera naval.  El equilibrio estratégico naval es una de las variables fundamentales de la apreciación oceanopolítica, ya que permite poner de relieve la naturaleza y potencial relativo de las fuerzas navales en el contexto regional y global.

 

El balance estratégico de las fuerzas, desde una perspectiva oceanopolítica.

 

La distribución cuantitativa y cualitativa de fuerzas navales entre los Estados, en un momento determinado del proceso histórico y en la esfera internacional, y dentro de un determinado espacio geográfico, da orígen a una categoría de análisis oceanopolítico que denominamos el balance estratégico de fuerzas navales.

 

Este concepto supone la noción de que una fuerza naval es siempre una declaración explícita y visible -por parte de un Estado- de que tiene intereses nacionales y marítimos concretos, y de que posee la voluntad política de protegerlos mediante diversos recursos de poder e incluso a través de su utilización del poder naval.

 

Si trasladamos esta noción a un tablero de ajedrez, graficaremos la idea de que cada Estado pone en el tablero estratégico del mar, las fuerzas navales que puede para responder a sus propios intereses.

 

Esto significa en la práctica, que los Estados- naciones en la escena internacional, operan, funcionan, se manifiestan y “ponen en juego” sus fuerzas navales en una interacción dinámica extremadamente sensible y variable, en la que los demás Estados se ven obligados a reconocer, identificar y descifrar el o los significados de la potencia naval de cada uno de los otros Estados, con los que mantienen relaciones oceanopolíticas.

 

Es un juego en el que cada jugador, puede tender a sobrevalorar sus propias fuerzas y frecuentemente tiende a subvalorar las fuerzas de sus eventuales adversarios.   De este modo, el balance estratégico de fuerzas es una categoría de análisis particularmente importante para los procedimientos de apreciación oceanopolítica, y en definitiva, para el cálculo estratégico en el horizonte de la guerra.

 

El balance estratégico de fuerzas puede ser comparado con una noción de “contabilidad por partida múltiple”, en la que la suma objetiva y la cuantificación (más objetiva posible) de las fuerzas propias en la esfera naval, es puesta en comparación con las fuerzas de cada uno de los eventuales adversarios, en una serie pre-establecida de hipótesis de riesgo y de conflicto y de escenarios de guerra.

 

Aún así, éste balance de fuerzas estaría incompleto si sólo se limitara a la suma y resta de fuerzas navales “en presencia” en la escena oceanopolítica, si no se integrara en el cálculo una serie de otras  variables de carácter estratégico, tales como

– la disposición polemológica de los Estados eventuales adversarios,

  la capacidad de respuesta y su potencial de movilización y reservas,

   su potencial tecnológico y humano,

– la amplitud, calidad y solidez de sus alianzas políticas y estratégicas, es decir, su grado de integración o aislamiento internacional;

  la posición, prestigio y estatura internacional de dicho Estado,

– el prestigio ganado y el profesionalismo de sus instituciones militares y de sus propias fuerzas navales.

 

Balance estratégico y equilibrio de fuerzas navales.

 

El balance de fuerzas navales, es una medida relativa de la composición de los respectivos aparatos militares navales de los Estados, que en la época moderna se encuentra determinado por el concepto de equilibrio estratégico.   En efecto, la noción oceanopolítica y estratégica de equilibrio, expresa el principio según el cual las fuerzas navales y los dispositivos navales, de aquellos Estados cuya potencia nacional y potencia marítimo/naval es equivalente, deben ser también equivalentes, sino en número y calidad, por lo menos en términos aproximados.

 

Ciertamente se trata de una noción extremadamente relativa, pero los modernos procedimientos de información, detección satelital e inteligencia naval, permiten reconocer, identificar e inventariar las fuerzas navales y sus sistemas de armamentos con base naval, no sólo en cuanto a su composición estructural, sino también en cuanto a capacidad operativa, disponibilidad y otras características operacionales dinámicas.

 

De este modo, el balance estratégico de fuerzas navales refleja en el terreno de las capacidades reales y potenciales, la voluntad política y estratégica de poder marítimo de un Estado, en el contexto dinámico de sus relaciones oceanopolíticas con los demás Estados.     El balance estratégico es siempre -en primera y última instancia- un balance de poder objetivo e inapelable.

 

En la apreciación oceanopolítica del balance de fuerzas navales, por cierto tienen un rol predominante y acaso decisivo, las percepciones mutuas de seguridad entre los Estados directamente involucrados.

 

Desde una perspectiva estratégica, toda ecuación de poder, toda correlación de fuerzas y -a fortiori-  de fuerzas navales, supone un esfuerzo constante de cálculo, de estimación, de apreciación oceanopolítica y de comprensión de las fuerzas en el mar, como parte de un contexto mayor: las fuerzas armadas de que dispone un Estado para su defensa nacional.

 

El fin último de la estimación o cálculo del balance de fuerzas es la perspectiva de una guerra eventual.   El cálculo estratégico incluye múltiples balances de fuerzas, en función de hipótesis de riesgo y de conflictos.

 

 

Las principales variables descriptivas del balance de fuerzas navales.

 

Con el horizonte hipotético de la guerra, el cálculo del balance de fuerzas navales, no solo incluye las flotas de guerra y sus sistemas de armas embarcados o con base naval, sino que debe integrar otros componentes del poder nacional, como se vió  más arriba en el Nº 6.

 

Las variables descriptivas componentes específicamente del balance estratégico de los Estados en la esfera naval, son las siguientes:

 

a)  las fuerzas navales, aero- navales y submarinas, sus sistemas de armas con base naval, y  sus dotaciones activas y de  reservas;

 

b)  la dotación de naves de las flotas mercante, pesquera y oceanográfica de bandera nacional, así como sus instalaciones portuarias y logísticas

 

c)  la disponibilidad nacional de recursos y suministros energéticos, tanto en tierra como en alta mar;

 

d)  la calidad y seguridad de los sistemas y complejos portuarios y logísticos disponibles en todo el territorio nacional, para las fuerzas navales;

 

e)  las capacidades de operación inter-armas y de acción combinada de las fuerzas armadas de un Estado;

 

f)  el potencial de despliegue y alcance estratégico de las fuerzas navales;

 

g)  la calidad y seguridad de los sistemas de comunicaciones, control, comando e inteligencia a disposición de las fuerzas navales;

 

h)  el potencial general de la reserva de la Defensa Nacional, disponibles y movilizables.

 

No debe olvidarse que la “contabilidad numérica” de las fuerzas navales y de sus componentes auxiliares y de apoyo, no constituye una fuente completamente segura y fiable de evaluación estratégica y apreciación oceanopolítica.    Como se analizará más adelante, otros factores dinámicos deben ser tomados en cuenta, de manera de conocer no solamente el potencial material de una Armada, sino de evaluar las disponibilidades dinámicas u operacionales de las fuerzas navales, tales como el orden de batalla, el potencial operativo general, la doctrina naval y las doctrinas de empleo, así como las polìticas de adquisiciones, de investigación y desarrollo propias.

 

9.  Las percepciones mutuas de seguridad en la esfera marítima y naval internacional y regional.

 

En el curso dinámico de sus relaciones oceanopolíticas, los Estados ponen en prácticas políticas y estrategias que, junto con inscribirse en los espacios marítimos y oceánicos, ponen de relieve sus intereses, su vocación, en síntesis sus aspiraciones de poder y de prestigio.

 

A partir de la dialéctica de voluntades y de intereses nacionales, marítimos y de seguridad, cada Estado configura sus estrategias políticas, diplomáticas y militares, de acuerdo  a una cierta visión que se forma respecto de los demás Estados en las distintas arenas donde se encuentran.   Estas visiones son las percepciones mutuas de seguridad.

 

Como se verá en el Cap. III, las percepciones mutuas de seguridad se encuentran en la base de toda la lógica estratégica de la disuasión.

 

En efecto, el núcleo esencial del paradigma de la disuasión reside en el juego múltiple, dinámico, cambiante  y complejo de las percepciones que cada Estado se construye, respecto de los demás Estados en la escena internacional y regional.  

 

¿Cómo operan las percepciones mutuas entre los Estados?

 

Si se pudieran graficar de un modo comprensible, las percepciones mutuas de seguridad entre los actores estatales, podrían ejemplificarse en un juego de varios espejos confrontados unos con otros, en los que cada Estado se refleja a sí mismo, pero al mismo tiempo, los líderes políticos y militares ven reflejadas las conductas y actos de los demás Estados, que intervienen visibles  en el juego.

 

La dificultad mayor en ésta suma compleja de percepciones, reside en que ellas pueden ser interpretadas a la luz de las propias subjetividades y apreciaciones, de manera que los actos ajenos pueden resultar  en “profecías auto- cumplidas”, desviando a los líderes de cada Estado de sus intenciones reales.   El “juego de estereotipos” que se forman los líderes de los Estados, respecto de las reales intenciones, conductas e intereses de los líderes de los demás Estados, puede entonces conducirlos a adoptar decisiones desprovistas de racionalidad  y objetividad.

 

Una definición de las percepciones mutuas.

 

La Ciencia Política y las Relaciones Internacionales han dado poca importancia a ésta dimensión de las relaciones entre los Estados, dejando así una especie de zona gris y difusa.

 

Las percepciones mutuas pueden ser descritas como lecturas que los Estados (a través de sus líderes políticos y militares) realizan respecto de las intenciones, actos e intereses de los demás Estados con los cuales tienen relaciones estrechas y significativas.

 

Como producto del desarrollo normal de las relaciones entre los Estados, y de las considerables cantidades de información e inteligencia sobre la cual elaboran sus apreciaciones político- estratégicas y oceanopolíticas, así como de los propios actos y conductas de cada Estado en la escena internacional, los líderes políticos y mandos militares se forman un concepto o una interpretación , respecto de los intereses reales y las intenciones de los demás Estados.

 

Las percepciones mutuas, trasladadas a nivel estatal son alimentadas por los distintos procedimientos institucionales de apreciación político estratégica y oceanopolítica, los que son altamente eficaces cuando los procesos de decisión en las esferas superiores del aparato del Estado, son racionales y se encuentran adecuadamente institucionalizados.   A este tema nos referimos más ampliamente en el Cap. III.

 

 

10.  Los regímenes de seguridad y las medidas de confianza mutua en la esfera marítima y naval, como expresión de los requerimientos de estabilidad y seguridad en el mar.

 

La seguridad  y la libertad de la navegación y las condiciones geoestratégicas y oceanopolíticas de estabilidad en cada región marítima del mundo, depende, entre otros factores, de la existencia y la eficacia de ciertos regímenes de seguridad.   Al mismo tiempo, un ingrediente importante dentro de las relaciones oceanopolíticas entre los Estados modernos, son las medidas de confianza mutua en la esfera marítima y naval.

 

 

Definición y significado de los regímenes de seguridad.

 

Entendemos como régimen de seguridad a un mecanismo multilateral estable de acuerdos alcanzados entre dos o más Estados de una región, con el propósito de regular y  garantizarse la paz, la seguridad y la estabilidad en diversas esferas de sus relaciones internacionales.

 

Los regímenes de seguridad más conocidos en el mundo moderno son los tratados internacionales y entre Estados, las alianzas militares,  las medidas de confianza mutua, y su versión más actualizada, las medidas de confianza y seguridad mutuas.

 

La calidad, complejidad y eficacia de los regímenes de seguridad que vinculan a diversos Estados depende en última instancia, de la disposición política de sus Gobiernos para hacerlos cumplir, de manera tal que ellos constituyen un importante revelador del nivel alcanzado por las relaciones multilaterales entre los Estados.

 

En el contexto de dichos mecanismos de regulación, han surgido las medidas de confianza mutua.

 

 

Medidas de confianza mutua en la esfera naval.

 

Las medidas de confianza mutua aplicadas a las fuerzas navales, no pueden ser las mismas que se han estado aplicando en tierra o en el espacio aéreo.  Esto implica que dichas medidas sin duda alguna no han de tener un carácter estructural en sus efectos en las fuerzas navales de los Estados, sino que circunscribirse a regular los procedimientos, gesticulaciones,  desplazamientos y otras manifestaciones del poder naval, y de que ellas no pueden ser espaciales, es decir, no pueden referirse a zonas del mar, a fin de no infringir el principio de mare liberum de Grotius.

 

Las características específicas de las fuerzas navales, las convierten en un factor que bien puede contribuir a fortalecer la paz y la estabilidad en una región, más que producir desestabilizaciones por su presencia.   La movilidad, su rápida capacidad de alistamiento para el combate, la complejidad de su potencial de fuego y su capacidad para penetrar profundamente en los territorios terrestres, así como su libre acceso a las aguas jurisdiccionales, las convierten no sólo en la primera línea de defensa de un Estado marítimo, sino en un potencial factor de alteración de los equilibrios.

 

En su concepto más moderno, las medidas de confianza naval se sitúan en tres dimensiones y niveles distintos, a saber:

 

  medidas basadas en el intercambio de información naval relevante;

 

  medidas basadas en la inspección de los sistemas de armas con base naval;

 

  medidas basadas en restricciones impuestas a las líneas de abastecimiento logístico de las fuerzas navales.

 

Aplicadas a la esfera naval, las medidas de confianza mutua más importantes, son las siguientes:

 

a)  intercambio de información sobre la postura militar y naval, políticas navales y de Defensa Nacional, composición estructural de las fuerzas navales, aero- navales y submarinas de cada Estado;

 

b)  notificación previa y oportuna de la realización de ejercicios navales nacionales;

 

c)  observación programada de los ejercicios navales nacionales, por parte de observadores acreditados de las fuerzas navales de los Estados vecinos;

 

d)  notificación de desplazamientos de fuerzas navales propias, en las proximidades de instalaciones logísticas navales sensibles.

 

 

Definición y objetivos de las medidas de confianza mutua naval.

 

De acuerdo con la definición clásica dada por Naciones Unidas, las medidas de confianza mutua son medidas designadas para desarrollar la confianza y unas relaciones más estables entre los Estados, mediante el fomento de la predicibilidad y la transparencia en los asuntos militares y, como consecuencia, en la reducción del riesgo de conflictos causados por incomprensiones o errores de cálculo.

 

Se considera que los objetivos generales de las medidas de confianza en la esfera naval, son los siguientes:

 

– reducir las causas de desconfianza, temor, tensión y hostilidades, en relación con las actividades militares y navales, todas las cuales pueden ser factores significativos en la continuación de los procesos de carrera de armamentos navales o en el armamentismo en general;

 

  remover y eliminar los elementos de especulación, lo que puede contribuir a generar acuerdos navales relativos a asuntos o actividades que pueden causar aprehensiones mutuas y el incremento del peligro de conflictos en el mar;

 

– alcanzar la mejor comprensión posible entre los países en materia naval, lo que pudiera constituirse en la base para entendimientos de mayor relevancia y envergadura en el terreno de la seguridad;

 

  reducir el carácter amenazante de los ejercicios navales;

 

  proporcionar márgenes adecuados de tiempo para la alerta temprana a fin de impedir los ataques sorpresivos contra o desde las fuerzas navales;

 

  reducir las oportunidades de que un determinado incidente naval pueda escalarse y desencadenar un conflicto en el mar;

 

  limitar los riesgos de que las operaciones navales puedan conducir a un escalamiento del conflicto;

 

  facilitar acuerdos que busquen resolver disputas internacionales y conflictos en áreas marítimas o adyacentes a los mares;

 

  avanzar en los procesos de control y limitación del armamento con base naval, especialmente mediante medidas de verificación de carácter más intrusivo;

 

  crear las condiciones para la cooperación en el dominio marítimo y naval.

 

A su vez,  los objetivos específicos de seguridad de las medidas de confianza mutua navales, son los siguientes:

 

a)  la disminución de los riesgos de incidentes navales, susceptibles de desencadenar o escalar conflictos;

 

b) el fortalecimiento del libre acceso a los mares y océanos, para las naves y aeronaves de Estados no involucrados en crisis o conflictos en curso;

 

c)  la  preservación de las líneas internacionales de comunicación y de navegación, especialmente durante las coyunturas de crisis;

 

d)  el fortalecimiento de la comprensión mutua entre los Estados en los tópicos de seguridad que les conciernen;

 

e)  el incremento de la apertura y de la predicibilidad de las acciones y ejercicios de fuerzas navales; y

 

f)  la eliminación de determinados elementos de carácter ofensivo, y de sus respectivas percepciones mutuas, de determinadas acciones, maniobras o ejercicios, a fin de fortalecer la seguridad en alta mar.

 

La panoplia  actualmente conocida de medidas de confianza mutua en la esfera naval, se sitúan en el contexto de éstos objetivos de seguridad y debieran siempre comprenderse en un contexto oceanopolítico, en el que cada Estado preserva sus intereses nacionales y navales, en un adecuado equilibrio con los requerimientos de seguridad, paz y estabilidad en el entorno regional y mundial.

 

 

11.  Los recursos materiales, humanos y naturales de que dispone una Nación- Estado para realizar su voluntad marítima.

 

Una de las condiciones de la potencia marítima, y uno de los factores básicos que permiten el desarrollo de la voluntad marítima de una Nación- Estado, es la dotación, complejidad y calidad de la infraestructura marítima disponible.

 

El conocimiento objetivo de los recursos aquí descritos, constituye uno de los contenidos críticos de la  información destinada a realizar una eficaz apreciación oceanopolítica.   La dotación material y humana de recursos de un Estado en la esfera marítima y naval, constituye así uno de los pilares fundamentales para concretar la perspectiva de configurar una potencia marítima.  

 

Ciertamente que ésta dotación material y humana integrada, necesita complementarse con una sólida voluntad política, es decir, una voluntad marítima de poder que se mantenga en el tiempo.

 

Como se ha visto más arriba, en la tradición intelectual del pensamiento marítimo de Occidente, diversos autores han propuesto compendios descriptivos de los factores materiales que debieran contribuir favorablemente al desarrollo de la potencia marítima de una nación.  

 

Hay que advertir que muchos de dichos listados pueden representar intelectualmente, más un reflejo de los recursos con los que cuentan sus propios Estados  marítimos de orígen, antes que el propósito de sistematizar o racionalizar los contenidos generales de la potencia marítima en la época moderna, más allá de los propios ejemplos históricos conocidos.

 

Estamos hablando básicamente de:

 

a)  los sistemas portuarios, y las distintas  instalaciones logísticas asociadas;

 

b)  las redes de caminos y las infraestructuras de transportes,

 

c)  los sistemas de comunicaciones que vinculan a los puertos con el resto del territorio nacional;

 

d) la dotación, modernidad  y calidad de sus flota mercante nacional,  pesquera y   de investigación oceanográfica;

 

Esta infraestructura no solo tiene importancia específicamente para el desarrollo marítimo de la Nación, sino que además constituye una base material de importancia logística  para los requerimientos de la guerra en el mar.  

 

Sin perjuicio de la gravitación que reviste la infraestructura tecnológica en el desarrollo de la potencia marítima, cabe subrayar en ésta materia la importancia decisiva del factor humano en el desarrollo marítimo de la nación.

 

Cuando se destaca la importancia del componente humano en el mar, no solamente estamos hablando de las dotaciones y tripulaciones que hacen posible en definitiva, el funcionamiento de los complejos sistemas marítimos y navales (embarcados y en tierra), sino que también nos referimos a la aplicación humana esencial de una cultura y una vocación marinera , que se nutre de experiencias y de generaciones sucesivas de transmisión de un savoir- faire.

 

El ser humano en el mar, expresa y realiza al mismo tiempo, una vocación, un sentido del deber y del  sacrificio, una ética del esfuerzo colectivo, una orientación  profesional que se nutre -a la vez- de tradición, de experiencia y de modernidad, un estilo prudente y de respeto a la naturaleza, una mirada psicológica y mental abierta a los horizontes de la aventura y el descubrimiento, una disposición a comprender y entenderse con el  ser humano de otras culturas.

 

Estos rasgos distintivos, constituyen un sello característico y diferenciador del hombre de mar en el contexto de una sociedad cuya vocación marina, puede  convertirla en una comunidad de intereses y de valores.

 

 

12.  El derecho marítimo como reflejo dinámico de las ecuaciones de poder que se manifiestan en la esfera política y marítima internacional.

 

El instrumento principal del derecho marítimo internacional y nacional actualmente vigente, es la Convención del Derecho del Mar aprobada en el marco de Naciones Unidas en 1982, y cuyo proceso de ratificación se encuentra aún inconcluso.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, es importante subrayar que el Derecho constituye un reflejo dinámico de las ecuaciones de poder que se ponen de manifiesto en la esfera internacional, y que encuentran su concreción en el juego activo y siempre cambiante de los intereses nacionales.

 

En términos generales, puede afirmarse que el Derecho Marítimo cumple dos funciones esenciales:

 

a)  servir como marco regulatorio para las actividades económicas, comerciales, y de investigación científica que se realizan en los espacios marítimos y a propósito de ellos; y

 

b)  servir como información y criterio jurídico básicos, para las decisiones políticas, diplomáticas y estratégicas en relación con los espacios marítimos y oceánicos.

 

Cada Estado tiende objetivamente a revestir de un marco jurídico a sus acciones en el mar.  Tanto para el ejercicio de su soberanía sobre los respectivos territorios marítimos de su jurisdicción, como para fijar normas que reglen las actividades al interior de sus fronteras marítimas, los Estados dan una forma legal a sus decisiones y consagran jurídicamente sus intereses y objetivos en dicha esfera.

 

 

 

 

 

 

 

 

II.  LA OCEANOPOLITICA COMO UN CAMPO DE ESTUDIOS Y CONOCIMIENTOS PLURIDISCIPLINARIOS.

 

 

 

Este capítulo tiene por objeto explorar los diversos aspectos conceptuales y metodológicos relativos a la condición científica de la Oceanopolítica.   No se trata de discutir aquí si la Oceanopolítica es una ciencia o no, sino que vamos a proponer un conjunto de consideraciones conceptuales y epistemológicas destinadas a desarrollar y sustentar su estatuto científico.

 

 

1.  Consideraciones sobre el estatuto científico de la Oceanopolítica.

 

La mínima exigencia intelectual que puede hacerse a la reflexión oceanopolítica es el rigor intelectual, basado en una exigencia de cientificidad.

 

La Oceanopolítica es una disciplina dotada de conocimientos útiles para el Estado; por lo tanto, desde esta perspectiva, la Oceanopolítica se sitúa en la esfera de la Ciencia Política.

 

La pretensión teórica básica de la Oceanopolítica es devenir una ciencia.   Para ello, debe entenderse que se encuentra ubicada en el  amplio campo de las Ciencias Sociales, que debe  ser una ciencia relacional y debe estar sometida a los imperativos de la racionalidad y de la objetividad.

 

La Oceanopolítica como disciplina científica fáctica.

 

La Oceanopolítica apunta a ser una ciencia fáctica o material, desde el punto de vista de su objeto de estudio y de los enunciados que propone.  Los enunciados del conocimiento oceanopolítico se refieren a entes o realidades que la propia reflexión científica debe descubrir y descifrar: se trata de sucesos, procesos y relaciones, de lo que resulta que requiere menos de la lógica formal, y más de la confirmación de sus conjeturas mediante la experimentación y sobre todo de la observación.

 

En cuanto proyecto de ciencia fáctica, la Oceanopolítica tiene que observar hechos y procesos relacionales de creciente complejidad, e intentar descubrir en qué medida las hipótesis que propone se adecúan a dichos procesos reales.

 

La Oceanopolítica emplea signos y símbolos interpretados, y requiere de la racionalidad, entendida como la necesaria coherencia con un sistema de ideas previamente aceptado, y sus enunciados deben ser verificables mediante la experiencia o la observación.  Por esta exigencia, puede decirse que la Oceanopolítica es una ciencia empírica.   En la visión oceanopolítica, la coherencia es necesaria pero no suficiente para sustentar sus postulados, sino que sólo la experiencia puede afirmar si una hipótesis es adecuada o no.

 

De este modo, el conocimiento oceanopolítico en cuanto saber fáctico, aunque es racional, es esencialmente probable y sometido a las exigencias de la realidad concreta, y  a la cual se refiere en primera y última instancia.

 

Racionalidad y objetividad son en consecuencia dos rasgos esenciales del conocimiento oceanopolítico.  

 

Se entiende como conocimiento racional a aquel que está constituído por construccciones conceptuales y raciocinios, es decir, que su punto de partida y su punto de conclusión son las ideas; y que dichas ideas puede combinarse de acuerdo con un conjunto de reglas lógicas, cuyo propósito es producir nuevas ideas (en un proceso de inferencia deductiva).     La racionalidad de la Oceanopolítica supone también que  sus ideas y proposiciones, se organizan en sistemas de ideas, es decir, en conjuntos ordenados de proposiciones teóricas.

 

A su vez, la objetividad que pretendemos para la Oceanopolítica depende de dos condiciones: primero, que buscar alcanzar la verdad fáctica, tratando de concordar aproximadamente con su objeto de estudio; y segundo, que verifica la adaptación y correlación de las ideas con los hechos, recurriendo a procedimientos de observación y experimentación, que permiten su control y reproducción intelectual.

 

De éstos conceptos, se desprenden ciertas características epistemológicas de la  Oceanopolítica. 

 

Antes de examinarlos es importante subrayar que, desde el punto de vista metodológico y teórico- conceptual, no puede afirmarse aún que la Oceanopolítica es una ciencia, en el sentido integral del concepto, pero sí puede decirse que se trata de una disciplina cuyos instrumentos conceptuales pueden alcanzar el estatuto científico, a condición de que la elaboración de sus hipótesis y postulados básicos, sea realizada conforme a los requisitos epistemológicos de las ciencias fácticas.

 

 

Algunas características epistemológicas de la Oceanopolítica.

 

1.  Se supone que la  Oceanopolítica puede ser una ciencia fáctica, en el sentido de que su reflexión teórica parte de los hechos, respetándolos hasta cierto punto, y siempre vuelve a ellos, describiendolos tal como son, independientemente del valor emocional, simbólico,  psicológico o subjetivo que se les atribuya.   Esto requiere de un cierto grado de curiosidad científica e impersonal, de desconfianza hacia las opiniones prevalecientes y una aguda sensibilidad hacia la búsqueda y la comprensión de la novedad.  

 

Los enunciados fácticos  confirmados de la Oceanopolítica, adquieren el estatuto de “datos empíricos”, los que se obtienen con la ayuda de categorías teóricas de análisis (como las que han sido propuestas en el Cap. I) y que son -a su vez- el material básico para la elaboración de teorizaciones más sofisticadas.   A este nivel, la teorización y el análisis constituye un mecanismo intelectivo destinado a reconstruir la totalidad de la realidad.

 

2.  Una segunda característica epistemológica a subrayar, es que la Oceanopolítica -como conocimiento científico- debe tender a trascender el nivel inmediato o empírico de los hechos, buscando comprenderlos y explicarlos.  Trata entonces, de racionalizar la experiencia histórica y contemporánea, y no solamente de limitarse a describir sus rasgos básicos, para lo cual construye cuerpos de explicaciones plausibles o hipótesis, y de sistemas de hipótesis o teorías, inventando conceptos, y conjeturando la trayectoria de ciertos procesos. 

 

Esta capacidad de trascender la experiencia inmediatamente observable en la esfera oceanopolítica, sugiere que una exigencia epistemológica fundamental de la reflexión en Oceanopolítica, implica desconfiar de los enunciados surgidos de la coincidencia, del sentido común o respaldados por la mera autoridad material o intelectual de quienes los exponen.

 

3.  El carácter epistemológico de la Oceanopolítica se afirma en su condición posible de ciencia analítica, es decir en su virtualidad para abordar problemas específicamente circunscritos, delimitados, de examinarlos uno a uno, descomponiendo la totalidad de la dimensión oceanopolítica de la realidad en  sus “partes componentes”, descifrando las interconexiones que las relacionan  e integran, para volver finalmente a reconstruir la totalidad.  Por esta cualidad, el análisis o la apreciación oceanopolítica -desde un punto de vista epistemológico- no es un objetivo en sí, sino una herramienta de trabajo y de estudio, para construir síntesis teóricas con alcances prácticos.  De aquí emana la conexión teórica y conceptual de la Oceanopolítica con el enfoque realista del conocimiento, que se analiza más adelante.

 

4.  De aquí se desprende el carácter especializado del conocimiento que produce el estudio de los fenómenos oceanopolíticos.   El enfoque analítico y realista de los problemas, relaciones y procesos oceanopolíticos, es entonces, la especialización.  La Oceanopolítica es un campo de estudios empíricos y pluridisciplinarios donde convergen  distintas Ciencias Sociales y de la Naturaleza, y métodos diversos de investigación.

 

2.  El paradigma realista en la Oceanopolítica.

 

La visión oceanopolítica que aquí proponemos se inscribe dentro de la tradición intelectual y científica realista.

 

El realismo en Oceanopolítica es una exigencia teórica y un requerimiento práctico absoluto, proveniente de los requerimientos de aplicación a las realidades políticas, diplomáticas y estratégicas del mar y los océanos.

 

La tradición intelectual del realismo.

 

La tradición intelectua del realismo en Occidente, podría situarse en sus más lejanos orígenes en la filosofía clásica greco- latina con Tucídides, Protágoras y Cicerón, pero en realidad, hay que avanzar hasta el Renacimiento italiano en el siglo XV, cuando N. Maquiavelo (1469- 1527) estableció las primeras bases conceptuales de la Ciencia Política.

 

El aporte de Maquiavelo al realismo en Política y en Estrategia, proviene de dos conceptos fundamentales: el primero, que la Política debe ser considerada como la actividad constitutiva de la existencia colectiva; y el segundo, el concepto de la autonomía de la Política, respecto de las creencias, ideas y religiones, de manera que deben ser descartadas del cálculo gracias al cual se establece el poder y se mantiene el Estado.   Para Maquiavelo, en la Política reina la voluntad de poder, y por eso sintetiza la noción primera de la Razón de Estado, la “raggione di Stato”.

 

  Según el Florentino, la autonomía de la Política, como ciencia y como práctica social,  pone de relieve que  son los hombres quienes hacen su Historia. Hay que destacar que N. Maquiavelo formó parte de toda una tradición intelectual y de un ambiente cultural donde otros escritores como Leonardo Bruni, C. Salutati, Guicciardini, Alain Chartier o J. Fortescue.

 

El siglo XV es el escenario de cambios científicos y mentales de profunda amplitud: se juntan Copérnico, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, mientras los grandes navegantes y conquistadores, como F. Pizarro, J. Cabot, C. Colón y A.Vespucio, contribuyen a extender los horizontes físicos e intelectuales de su época.

 

Esta es la época histórica en que el astrolabio, la brújula y el cañón, hicieron posible la navegación oceánica y los grandes descubrimientos geográficos marítimos.

 

  Al entrar en crisis la visión  feudal y teológica dominante, el realismo en la Política y en el poder, en la ciencia y en el conocimiento, se alimenta de una concepción moderna y humanista del mundo, centrada ahora en el ser humano y en el ejercicio pleno de la razón.  Por lo tanto, el desarrollo más amplio de la tradición intelectual del realismo, se corresponde con la primera etapa de la historia de la Modernidad, desde principios del siglo XVI a fines del siglo XVIII.

 

A continuación, se incorporarán los aportes de Jean Bodin (1529- 1596), con su teoría de la potencia soberana del Estado, como principio necesario y trascendente de la sociedad como organización política; de J. Althusius (1557- 1638) que insiste sobre la unidad nacional que funda al Estado,  de H. Grottius (1583- 1645) con su tentativa de fundar la razón política sobre las bases de la ley natural y el Derecho, y finalmente, de S. Pufendorf (1632- 1694) quién afirma la preeminencia del derecho, y el rol de la autoridad como  entidad legisladora. 

 

 Por su parte T. Hobbes (1588- 1679) subrayó que el orden político se funda en un principio de autoridad y poder que se impone a la colectividad, el que reside en el Estado, y cuya soberanía es única e indivisible.

 

El realismo dominante de T. Hobbes se prolonga en la experiencia de poder del cardenal de Richelieu (1585- 1642) en el Estado absoluto francés, en el siglo XVII, y continuará con los teóricos de la Nación- Estado en el siglo XVIII, asociados a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa.  Esta orientación contribuirá al realismo en Política, subrayando el lugar central del ciudadano (citoyen o citizen) y de la Nación,  en la construcción política y simbólica de un Estado soberano, unitario y territorialmente establecido y organizado.

 

Por su parte,  las contribuciones de de B. Spinoza (1632- 1677), de Ch. de Montesquieu (1689- 1755), de G.W. Hegel (1770- 1831), terminaron por despojar al pensamiento político de sus “lastres del pasado”.  B. Spinoza, por ejemplo, afirma que el mejor de los Estados es aquel que garantiza la seguridad y la paz, en un mundo en el que la fuerza coincide con el Derecho, es decir, donde la fuerza no es más que una manifestación de la Ley.

 

Ch. de Montesquieu a su vez, propone que la investigación de las causas es la primera etapa que lleva al descubrimiento de las leyes que rigen la sociedad y la Política, de manera que el punto de partida de su método y de la novedad de éste, es suponer que la infinita diversidad de los seres humanos, puede ser comprendida mediante un orden inteligible.  Su actitud científica realista se resume en su proposición de “describir lo que es, no lo que debe ser”.   Por esta vía, afirma que la Ciencia de la Política debe fundarse sobre la autonomía de la Política respecto de las demás actividades materiales e intelectuales.

 

Durante el siglo XIX, probablemente Metternich y O. von Bismarck, fueron la expresión  más acabada del realismo en Política, mientras K. von Clausewitz, siendo tributario de C. de Guibert y de una larga tradición occidental del pensamiento estratégico, propuso los fundamentos de una profunda y amplia visión estratégico- política, analizando los principios y las características objetivas del fenómeno bélico.

 

En ese período, el realismo se alimentó  además del fortalecimiento  definitivo alcanzado por las principales Ciencias Sociales: Sociología, Ciencia Política, Economía, Historia.   A. Comte y E. Durkheim, hicieron los aportes principales sobre el plano metodológico y conceptual.

 

A su vez, la tradición realista se desarrolla durante el presente siglo con un conjunto de autores que se han orientado al estudio de las Relaciones Internacionales, de la Estrategia y de la Polemología. Las dos guerras mundiales y el prolongado ciclo de la bipolaridad Este- Oeste, potenciaron la escuela realista con una visión objetiva, descarnada y fría de los múltiples juegos de fuerzas, intereses y manifestaciones de poder, que caracterizan a las relaciones entre los Estados.

 

Entre los más destacados exponentes de la escuela realista, hay que mencionar a G. Bouthoul, K. Friedrich, C.W. Deutsch, R. Aron y H. Morgenthau, los que encontraron seguidores destacados en la actual segunda mitad del siglo, en B. Brodie, N. Spykman, H. Kissinger, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn,  entre otros.

 

El realismo en el pensamiento estratégico y naval.

 

Puede afirmarse que la orientación realista, forma parte intrínseca del pensamiento estratégico y naval, en especial el de Occidente.

 

Desde Tucídides  (460- 404 A.n.E.) hasta S. Walter Raleigh y S. F. Bacon, F. Drake, P. Hoste o los hermanos P. y J. Colomb, la tradición intelectual del pensamiento naval se inscribe en la perspectiva del realismo, en función de sus propios requerimientos prácticos y operativos, como se verá más adelante.   Esta tradición se entronca con K. v. Clausewitz y con A. T. Mahan, con la Jeune Ecole y J. de la Gravière, con  H. Jomini, y de Guibert, y se prolonga con S. J. Corbett, R. Castex, H. Richmond, W. Wegener, Ch. Nimitz y B. Brodie.

 

En el conjunto del pensamiento naval y estratégico contemporáneo, es decir, de los últimos 200 años, sin duda que K. v. Clausewitz y A. T. Mahan se sitúan en el centro originario de diversas escuelas estratégicas, cuya influencia abarca la totalidad del siglo XX.

 

El realismo se impone al pensamiento estratégico y naval por los imperativos de la aplicación en el terreno de la batalla y de la guerra, reduciendo los límites de la especulación filosófica, y generando reflexiones de alcance estratégico. 

 

 No existe un límite teórico absoluto entre el pensamiento estratégico referido a la guerra en tierra, y el pensamiento naval, aún cuando cada uno se ha nutrido de numerosas escuelas intelectuales; el realismo, sin embargo, es la impronta profunda que las atraviesa y las marca, con su fría objetividad,  con su tendencia a la racionalización, con su apego -en fin- a los objetos materiales, a la objetividad de la maniobra y al cálculo de fuerzas desprovisto de pasiones.

 

Al inscribir a la Oceanopolítica, dentro de la tradición intelectual del realismo, no deben dejarse de lado los imperativos éticos que forman parte de sus requisitos científicos y teóricos.

 

La escuela intelectual del realismo no está desprovista de moral, como algunos han querido motejarla.     El realismo no es ni moral ni a-moral, sino que sus premisas intelectuales, se sitúan en una perspectiva teórica  distinta de aquella en que se sitúa la Etica. 

 

En efecto, la búsqueda del conocimiento se sustenta éticamente en el reconocimiento de la verdad como el criterio esencial de la ciencia, entendiendo a la verdad como la idea que se corresponde con los hechos, con la realidad.  Y el fin humano de la verdad es la libertad.   La reflexión oceanopolítica, a su vez, se sitúa en el registro ético de los imperativos superiores de la condición ciudadana; de los deberes y derechos que competen al ciudadano informado e ilustrado en el Estado moderno, y por lo tanto, el principio moral que sustenta al conocimiento oceanopolítico es el interés general o el bien común.

 

Por lo tanto, el realismo aplicado al campo oceanopolítico del conocimiento, no está desprovisto de moral: lo que hay que subrayar es que sus preocupaciones teóricas y prácticas, de orden esencialmente político y estratégico, están motivadas por los imperativos del deber y  de la razón, y se encuentran al servicio de una idea superior: el interés general.

 

Los postulados básicos del realismo en Oceanopolítica.

 

El paradigma realista propone que la Oceanopolítica, como aproximación científica a la realidad de las relaciones entre las unidades políticas y los espacios marítimos, vea dichas relaciones conforme a ciertos criterios, a ciertas construcciones explicativas.

 

El paradigma realista en Oceanopolítica se afirma en los siguientes postulados teóricos y epistemológicos:

 

a)  los hechos oceanopolíticos, como relaciones y procesos políticos, diplomáticos y estratégicos que vinculan a los Estados entre sí y con los espacios marítimos, son fenómenos objetivos, distintos y verificables;

 

b)  la conducta de los Estados en la esfera internacional en general, y en el dominio marítimo y naval en particular, se guía fundamentalmente por ciertos intereses nacionales y marítimos,  los que se constituyen en el principal criterio político objetivo, para interpretar sus decisiones y actos, más allá de las retóricas y discursos con que justifican sus objetivos;

 

c)  el sistema internacional y la escena marítima y naval internacional, son un conjunto de arenas (objetivas y simbólicas) donde los Estados- nacionales son los actores fundamentales, que actúan conforme a sus intereses y mediante una enorme diversidad de recursos de poder;

 

d) en todo fenómeno, proceso o relación oceanopolítica, siempre hay que distinguir e interpretar separadamente los hechos fríos y objetivos, tal como se presentan en la realidad,   respecto de las  intenciones, motivaciones  o finalidades declaradas.

 

 

3.  Los espacios marítimos como campo relacional.

 

Para la Oceanopolítica, el mar es un espacio, y en él tienen lugar un cierto tipo de relaciones sociales, más precisamente políticas.

 

Los espacios marítimos son un  campo relacional, lo que significa que a su respecto se establecen ciertas relaciones entre algunas unidades políticas y el mar.   Se trata de las relaciones oceanopolíticas, es decir, aquellas que se establecen en y a propósito de los espacios marítimos u oceánicos.

 

Desde esta perspectiva, se definen dos tipos de relaciones oceanopolíticas:

 

a)  las relaciones que se establecen entre los Estados- nación (considerados como unidades o actores políticos básicos en la sociedad moderna), a propósito de los espacios marítimos;

 

b)  las relaciones que establecen los Estados- naciones con los espacios marítimos.

 

 

Ambas relaciones oceanopolíticas suponen  que los Estados operan en ellos en cuanto actores programáticos, entendidos como actores políticos institucionales que funcionan conforme a criterios y políticas deliberadas y voluntaristas, en función de sus intereses, y a través de sus propios recursos de poder.

 

Al mismo tiempo, las relaciones oceanopolíticas a las que dan lugar los espacios marítimos, tienen lugar en dos dimensiones espaciales generales: al interior del marco de jurisdicción territorial nacional y estatal; y en el campo internacional.  

 

Los Estados actúan en la esfera política, diplomática y estratégica internacional y allí establecen relaciones, desarrollan estrategias, producen e intercambian retóricas, señales y gesticulaciones, y ponen en juego sus intereses, mediante sus propios instrumentos nacionales de poder.   Aquí reside la densidad fáctica y el contenido simbólico de las relaciones oceanopolíticas.    Estas son la forma principal de la vinculación entre los Estados y naciones a propósito del mar.

 

Los Estados no son los únicos actores de la escena internacional, pero allí son los actores claves de las relaciones oceanopolíticas. Durante un largo período del siglo XXI, los Estados nacionales continuarán siendo los actores fundamentales en la escena internacional.

 

Por lo tanto, se puede afirmar que el contenido esencial de las relaciones oceanopolíticas es el conjunto de formas de vinculación e interacciones políticas, diplomáticas y estratégicas entre los Estados nacionales, a propósito de los espacios marítimos y oceánicos.

 

 

4.  Espacio y territorio desde una óptica oceanopolítica:  los procesos de territorialización.

 

El proceso de territorialización de los espacios marítimos constituye uno de los fenómenos oceanopolíticos más característicos.

 

En los orígenes históricos del proceso de relación e interacción de los hombres con el mar, se encuentran los rudimentos iniciales de la navegación y  de la pesca, como actividades espontáneas y racionales dirigidas a buscar alimento, a desplazarse hacia otras costas o como la búsqueda de nuevos horizontes.

 

En el orígen de la relación entre el hombre y el mar, éste no es más que un espacio abierto, una gigantesca masa de agua en movimiento, frente a la cual los hombres se guían por una voluntad, un propósito o un objetivo: llegar a ejercer alguna forma de dominio, control o poder que les permita utilizarlo en su beneficio.   Se trata, en parte, de una relación utilitaria.

 

En el curso del proceso histórico de navegación y de “aprehensión “ del mar -como espacio economico, político o militar- los hombres van transformando su propia percepción del espacio marítimo y éste va modificando su condición.   A medida que los hombres y las entidades políticas que los agrupan van ejerciendo crecientes y más complejas formas de poder en el mar, los espacios marítimos y oceánicos se van conviertiendo en territorios, se van territorializando.

 

El ser humano es un ser con tendencia natural a territorializar los espacios físicos donde se instala y donde domina.  Del mismo modo, a medida que los mares son descubiertos, recorridos, navegados, investigados y explorados, son sometidos gradualmente a la autoridad y el poder del Estado u otro actor político históricamente dominante.

 

Respondiendo  o reflejando  un atavismo humano profundo, los Estados (al igual que los seres humanos en la esfera cotidiana) delimitan el mar que consideran suyo,  establecen fronteras, diseñan cartografías, ejercen soberanía y realizan acciones contínuamente para manifestar que dicho espacio marítimo les pertenece como territorio.

 

Estado, espacios y territorios.

 

Así como el territorio es una de las condiciones principales de la existencia del Estado, el territorio marítimo es una de las condiciones claves de la existencia de los Estados marítimos.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, el territorio -respecto del Estado- es a la vez:

 

– marco físico- espacial de competencia;

 

  base estable de la acción del poder estatal; y

 

  símbolo tangible de la unidad de la nación.

 

Mediante la determinación de un marco territorial en el mar, junto al territorio continental, el poder del Estado inscribe a la Nación (con toda su diversidad cultural y regional) sobre el plano de las realidades geográficas concretas, tangibles.   El territorio -todo el territorio nacional marítimo, aéreo y terrestre- es a la vez, símbolo y manifestación concreta de la idea nacional, especialmente en la época moderna.

 

Un rol central del Estado en el proceso de territorialización de los espacios geográficos (y de los espacios marítimos) es la búsqueda permanente de unificación bajo un poder y una soberanía.  La perspectiva última es lograr que la unidad física del espacio geográfico sometido a una misma soberanía, se corresponda con la unidad y cohesión nacional.  De aquí resulta, que la homogeneidad del espacio marítimo territorializado, aparece como el soporte físico necesario para expresar y realizar la unidad nacional.

 

La soberanía nacional extrae del territorio, el derecho exclusivo de desplegar el poder del Estado.   Por ello, el territorio marítimo (al igual que todo territorio sometido a una autoridad política) debe ser comprendido básicamente como un marco de competencia del Estado, para el ejercicio de su poder y de sus prerrogativas.

 

¿Cuál es el rol del territorio respecto al Estado?

 

El rol del territorio aquí, no se reduce a una mera función estática o negativa, de delimitación de la esfera de competencia del Estado, aún cuando el territorio marítimo -a diferencia del territorio continental- no está poblado ni habitado.  El territorio marítimo y oceánico es un vacío demográfico, y la autoridad y el poder que se ejerce sobre él no se encuentra instalado física y permanentemente en el.

 

 El territorio marítimo y oceánico es también, un medio de acción del Estado, y un elemento de fuerza para su poder, en el sentido de que la autoridad estatal, fuente de la estabilidad de su dominación, puede imprimir una dirección a las actividades del grupo humano.

 

Así como el territorio nacional es el soporte material de la autoridad y del poder del Estado, el territorio marítimo y oceánico es la base objetiva y tangible de su autoridad y soberanía, y escenario fundamental y básico del poder marítimo y naval del Estado.

 

La ocupación permanente (en el sentido de apropiación político- jurídica) o la utilización prolongada y sistemática de un espacio marítimo por parte de una comunidad humana contigua, permite y posibilita (pero no garantiza automáticamente) el surgimiento y desarrollo de una identidad y una vocación marítimas.

 

Territorialización: símbolos y trabajo.

 

Es necesario subrayar el aspecto simbólico de los procesos de territorialización del espacio marítimo.    En efecto, a diferencia de la utilización, aprehensión, y dominación de los espacios terrestres, en los que la ocupación humana es posible y  puede producir cambios físicos visibles en la geografía dominada, la apropiación de los espacios marítimos y oceánicos se realiza y se mantiene en la esfera del imaginario colectivo y de la consciencia de los individuos y los grupos sociales, por más que el Estado- nación manifieste en ellos su poder marítimo y naval.  El mar y sobre todo la alta mar, no puede ser ocupado en permanencia ni existe todavía la tecnología para la ocupación y delimitación física de los espacios marinos.

 

En la práctica el espacio marítimo, aún cuando sea completamente territorializado, mantiene casi inalterables sus características físicas, morfológicas y oceanográficas.

 

Los hombres, los pueblos, las naciones y los Estados territorializan los espacios marítimos, mediante una multifacética actividad económica y científica, mediante la navegación, y a través de la demostración y  el ejercicio permanente y sistemático del poder marítimo y naval, procesos que tienen lugar físicamente y que se inscriben culturalmente en las tradiciones y en la historia de una comunidad.

 

Así entonces, la territorialización de los espacios marítimos es un proceso político, es decir, es un complejo proceso oceanopolítico e histórico de utilización, delimitación y dominación del mar y los océanos.        Por eso se afirma que el territorio sirve a los objetivos del poder del Estado, en la medida en que éste es una condición de su entidad institucional, de su independencia y de su estatura político- estratégica, y un factor absoluto e imprescindible de su autoridad y soberanía.

 

 A su vez, de las dimensiones simbólicas de los procesos de territorialización, tanto en tierra como en el mar, emana una asimilación profunda e indisoluble que se produce -en el subconsciente colectivo- entre territorio marítimo, Nación y Estado, como si éstas tres entidades fueran una sola.  De hecho lo son, en la medida en que la Nación- Estado es una síntesis de historia, territorio y población organizada mediante un poder único.

 

Esta asimilación territorial-nacional- estatal se pone de manifiesto especialmente cuando una amenaza exterior pone en riesgo su estabilidad, su seguridad o  su integridad, por algún peligro de mutilación, cercenamiento o pérdida territorial.   Es en esas circunstancias, en particular,  cuando el imaginario colectivo y la propia consciencia nacional reacciona en defensa del territorio amenazado.

 

 

Los mecanismos de la territorialización.

 

¿Cómo son territorializados los espacios marítimos y oceánicos?

 

a)  mediante la apropiación y utilización económica de los recursos y riquezas que el mar proporciona;

 

b)  mediante el conocimiento, la investigación y la exploración científica y tecnológica;

 

c)  mediante la delimitación política y jurídica del territorio marítimo, en términos de fijación de fronteras estables y reconocidas por los demás Estados;

 

d)  mediante el diseño e implementación de políticas de Estado, inscritas en el corto, mediano y largo plazo, respecto de los mares y océanos, a fin de expresar, realizar y proteger sus intereses nacionales y marítimos; y

 

d)  mediante  la aplicación constante y sistemática de las diversas modalidades de ejercicio del poder marítimo y naval del Estado.

 

Para los efectos de éste ensayo vamos a definir como territorialización a un proceso colectivo mediante el cual el grupo humano se apropia de un espacio incorporándole trabajo, energía, información y poder.

 

En el mar, el proceso de territorialización difiere en algunos aspectos de la territorialización en tierra.   Desde el punto de vista de su secuencia, el uso económico constituye la primera manifestación de la intención humana de transformar la naturaleza en un territorio sometido a jurisdicción, de manera que la delimitación jurídica y política es una consecuencia política e institucional que deriva  históricamente de la utilización económica.

 

Los cinco factores que intervienen en la territorialización de los espacios marítimos son: utilización, delimitación, ocupación, presencia y control o dominio.   En la Historia, ¿qué fué primero en éste proceso?

 

En aquellas formaciones sociales donde históricamente el Estado precede a la Nación, la delimitación antecede a la intervención económica, mientras que allí donde la Nación precede al Estado, la utilización económica frecuentemente precede a la juridización de límites o fronteras entre las unidades políticas.

 

¿Porqué sucede así?

 

Porque allí donde la construcción nacional antecede a la construcción estatal, los hombres simplemente han hecho presencia en un lugar, han creado riqueza allí donde han encontrado los recursos necesarios y suficientes mediante el trabajo transformador del espacio físico y lo han convertido en habitat,  y porque el ser humano tiende a vivir allí donde trabaja.

 

Hay a la vez, apropiación económica y asentamiento habitacional antes que el territorio se convierta en objeto material de los intereses políticos y unificadores del Estado.

 

Allí en cambio, donde la construcción estatal precede a la construcción nacional, el poder del Estado se instala físicamente, crea fronteras interiores y límites exteriores, pone en juego la Diplomacia y la Estrategia y hace territorios mediante actos de soberanía, como un acto político y jurídico que reviste siempre un carácter fundador y conquistador, y al cual cual viene a agregarse y complementarse la acción económica y material de transformación del espacio físico.

 

En el mar, todos estos procesos tienen lugar de un modo similar, a excepción que la ocupación física no sucede sino sólo en el borde costero, y en la medida en que la utilización de los espacios marítimos contiguos a la costa están muy incipientemente utilizados como habitat.   En este sentido, cualquiera sea la forma del proceso de territorialización de los espacios marinos, el hombre para llegar al mar tiene que partir de la tierra, de manera que la tierra es punto de partida, punto de referencia y punto de llegada de la acción humana en los espacios marinos y oceánicos.

 

El dominio del hombre sobre el mar está siempre marcado por un cierto carácter transitorio o pasajero, fruto de la naturaleza física del medio.   Puesto que el mar no es habitable (por lo menos en los términos masivos como lo ha sido la tierra) el hombre transita, trabaja transitoriamente y afirma su presencia física y política, de un modo mucho más efímero y aleatorio de lo que sucede en tierra. 

 

Por eso, el mar, como objeto político de la acción del Estado es una creación ideológica e intelectual reciente en la Historia de la humanidad.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, los procesos de presencia, utilización, delimitación y ocupación más que ser actos del Estado o de la nación, deben ser comprendidos como manifestaciones explícitas de una voluntad de poder que adopta múltiples formas y que se materializa de acuerdo a ciertos objetivos e intereses.

 

En términos históricos, el proceso de territorialización comienza con el trabajo y sigue la siguiente secuencia:

 

a) utilización (como acto económico);

b)  delimitación (como acto jurídico);

c)  ocupación (como acto político);

d)  presencia (como acto oceanopolítico) y

e)  control o dominio (como acto estratégico).

 

Cada uno de estos actos  de territorialización tienen objetivos claramente establecidos, de manera que mientras la utilización del mar, apunta a transformar mediante el trabajo, a extraer recursos y crear riqueza y a satisfacer necesidades humanas diversas, el proceso de delimitación tiene por objeto ejercer soberanía y fijar ámbitos de competencia y atribuciones exclusivas.   A su vez, la ocupación tiene por finalidad señalar o explicitar los ámbitos de soberanía nacional- estatales, mientras que el control o dominio tiene por objeto manifestar poder de acuerdo con los intereses nacionales.

 

Como se verá a continuación, la acción humana en el mar y su territorialización, no solo obedecen a motivaciones políticas, materiales y económicas, sino que constituye la base de una reflexión intelectual de largo aliento en la Historia.

 

 

5.  Una visión oceanopolítica del pensamiento naval de Occidente.

 

La reflexión oceanopolítica moderna es incomprensible, si no encuentra sus bases doctrinales y teóricas, en una rica y variada tradición intelectual que constituye el pensamiento naval y estratégico de Occidente.

 

El pensamiento naval lo entendemos aquí, como la reflexión sistemática realizada acerca de las formas históricas de creación

de las ideas estratégicas y de sus modalidades concretas de aplicación.

 

No es el propósito de este capítulo, examinar la enorme variedad de autores y pensadores que han escrito sobre la estrategia y la guerra naval, desde Tucídides hasta el siglo presente, sino solo señalar los rasgos conceptuales principales de dicha reflexión.

 

   La Oceanopolítica se nutre de ésta tradición, en la medida en que recoge las grandes aportaciones teóricas y prácticas, para integrarlas en un acervo común, y para encontrar en éste fondo histórico de ideas y experiencias, aquellas grandes tendencias de  desarrollo intelectual a través del tiempo, marcadas tanto por la amplitud de visión de los conceptos, como por el peso inobjetable que otorga el aval de las prácticas estratégicas.

 

La reflexión estratégica en torno a los asuntos navales, ha llegado en los tiempos actuales a identificarse con distintas escuelas nacionales de pensamiento, las que han ejercido influencia intelectual, según los propios Estados nacionales han desempeñado el rol de potencias marítimas a nivel continental o mundial. 

 

Ciertamente, la primacía en la reflexión estratégico- naval pertenece a los pensadores de las grandes potencias marítimas de Occidente: holandeses, españoles, ingleses, franceses y estadounidenses.

 

Un segundo aspecto a tomar en consideración en éste recuento, es la considerable diversidad de las escuelas de pensamiento que se inscriben en la tradición naval del mundo occidental.  No nos vamos a referir  aquí al pensamiento naval de las culturas árabe, hindú, china o japonesa.  A lo largo de casi treinta siglos, griegos, romanos, británicos, franceses, alemanes, rusos, italianos, estadounidenses, españoles, holandeses, portugueses, noruegos, entre los principales,  todos los aportes han contribuído a enriquecer dicha tradición.

 

Potencia marítima y pensamiento naval en la Historia.

 

¿Porqué ciertas naciones han desarrollado históricamente una reflexión naval susceptible de trascender sus fronteras nacionales y generar verdaderas “escuelas de pensamiento” marítimo y naval?

 

¿Cuál es el ambiente cultural e histórico que hace posible este pensamiento?

 

¿Qué relación existe entre el desarrollo material de la potencia marítima y la evolución del pensamiento acerca de los asuntos del mar?

 

Desde un punto de vista histórico y oceanopolítico, es posible observar que se manifiesta una correspondencia casi completa entre el desarrollo material, político y estratégico de la potencia marítima, y el desarrollo de un pensamiento naval, más o menos autónomo.

 

En efecto, la Historia pone en evidencia que a medida que los Estados han ido transformandose en potencia marítima de alcance oceánico y/o mundial, allí han surgido pensadores y estrategas que le han otorgado asidero teórico e intelectual a dicha transformación.

 

Los ejemplos históricos podrían abundar, desde la Antiguedad greco- romana, aunque en Grecia (Atenas, en particular) y en Roma, el mayor desarrollo de la guerra terrestre produjo como consecuencia, pensadores estrategas de la batalla en tierra, desdeñando incluso la significación que la batalla naval pudo haber tenido en las sucesivas guerras que vivieron, y en su camino a la condición de potencias.

 

En la Edad Media, las Cruzadas fueron grandes campañas terrestres, cuya dimensión naval no produjo pensadores navales de importancia: una interpretación oceanopolítica diría que, los Estados  europeos que condujeron las guerras contra el Islam desde el siglo XI al XIII, estaban regidos por una concepción esencialmente terrestre de la guerra (la concepción que sustentaba la Caballería), lo que los llevaba a desdeñar los aspectos navales del conflicto, a pesar de que utilizaron frecuentemente, flotas de gran tamaño para trasladarse hacia y desde Medio Oriente.

 

A su vez, es posible descifrar la evolución histórica general del pensamiento naval a partir de la época de los grandes descubrimientos geográficos (desde el siglo XV), de manera que los pensadores más importantes de cada época, se corresponden con las potencias marítimas: España, Portugal, las Provincias Unidas, Francia e Inglaterra, dieron orígen sucesivamente, a las grandes concepciones navales entre el siglo XVI y el siglo XX.

 

También desde una perspectiva oceanopolítica, puede afirmarse que uno de los rasgos característicos de la potencia marítima como condición de los Estados, es su capacidad histórica y cultural para producir y desarrollar un pensamiento marítimo y estratégico naval propio.  Inversamente, la existencia de pensadores navales propios, con una producción intelectual autónoma, puede ser percibido  e interpretado como un síntoma característico y un reflejo evidente de que la nación en cuestión, apunta hacia el logro de su condición de potencia marítima.

 

Así, desde el punto de vista nacional, siempre el pensamiento marítimo y estratégico naval propio, comienza siendo una racionalización de la condición marítima del propio Estado.

 

Las grandes tendencias históricas del pensamiento naval.

 

¿Es posible adoptar una lectura de conjunto del pensamiento naval de Occidente, sin caer en un esquematismo vacío?    Esta empresa debe ser entendida como una reflexión teórica general destinada a situar y subrayar la importancia del pensamiento naval en los procesos históricos de formación y consolidación de la potencia marítima.

 

Pierre  M. Gallois, en Géopolitique.  Les voies de la puissance, observa que desde Tucídides hasta los años que precedieron al nombramiento del Almirante Gorschkov en la jefatura de la Marina soviética (1956) “… todos aquellos que en sus escritos trataron del mar y de sus estrategias,  percibieron una lenta evolución de las técnicas navales, a pesar de las querellas de escuela, y a pesar también del advenimiento del blindaje, de la propulsión a vapor, del torpedo y del submarino clásico, sus concepciones de la estrategia y las tácticas se basaban en la tradición, de manera que los mismos temas vuelven una y otra vez a sus debates”. (P. Gallois. 1990, p. 284).

 

El tradicionalismo histórico de las marinas, se traduce y encuentra su asidero aquí, en el profundo apego tradicionalista que caracteriza a los pensadores navales. 

 

Al adoptar una visión histórica de conjunto del desarrollo de la reflexión  estratégica naval en Occidente, es posible observar que existen en él algunas líneas y temas que se mantienen y se prolongan,  a través de las grandes escuelas de pensamiento y de las principales potencias marítimas.

 

Cinco son -a nuestro juicio- los parámetros básicos o los ejes conceptuales en torno a los cuales se articula históricamente el pensamiento estratégico naval:

 

a)  las características  y condiciones de la potencia marítima y naval de los Estados;  (parámetro: la potencia naval)

 

b)  los roles y gravitación de la estrategia naval en el contexto general de la guerra; (parámetro: estrategia naval en la guerra)

 

c)  el desarrollo de las tecnologías de armamentos con base naval y su utilización; (parámetro:  armamento naval)

 

d)  el desarrollo de las técnicas de construcción naval y de navegación, y su influencia sobre la guerra y la estrategia naval; (parámetro: las naves y la navegación)

 

e)  la naturaleza, carácter e influencia  de la batalla naval y la maniobra, en el desarrollo general de las operaciones. (parámetro:  la batalla en la guerra naval).

 

A continuación veremos que estos distintos temas se diseminan en una profusión de hechos históricos y de tendencias, a lo largo de casi 20 siglos de evolución.

 

 

  El pensamiento naval en la época de la madera y el remo: las galeras de la Antiguedad.

 

Probablemente podría afirmarse que la primera e incipiente manifestación de pensamiento marítimo se encuentra en La Odisea de Homero, en cuanto relato de un largo viaje de aventuras realizado por vía marítima. A su vez, la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides, inaugura la reflexión sobre la guerra naval.

 

  Visto el período desde el punto de vista del fenómeno de la guerra naval, hay que subrayar sin embargo, que uno de sus rasgos esenciales era su similitud con la guerra terrestre.   Este rasgo resulta evidente en el Comentario de la Guerra de las Galias de Julio Cesar, donde las acciones en el mar están determinadas por los imperativos de la dominación estratégica en tierra.

 

  La búsqueda del combate cuerpo a cuerpo, y la utilización de ingenios propios de la batalla en tierra, para destruir las naves enemigas, (catapultas, fuego griego) reflejaban las características históricas del poder naval en la Antiguedad.

 

En esta época inicial, ya pueden distinguirse la búsqueda de la movilidad, el uso de la maniobra táctica y de los abordajes, las tentativas de proyectar el poder de fuego y el predominio de la proximidad física para entablar el combate.   Las armas principales y más mortíferas eran la flecha y el fuego, al igual que la guerra en tierra: la batalla naval era en realidad, una batalla de infantería en el mar.

 

Las operaciones navales -sobre todo en la Antiguedad, están orientadas a defender o atacar el tráfico comercial del enemigo, o a ejercer formas incipientes y muy esporádicas de dominio del mar, tratando de impedirselo al adversario, en el marco de los fines de la guerra terrestre.  

 

La guerra naval y el propio poder marítimo y naval en la Antiguedad tenían un fundamento geo- económico.

 

Hay que subrayar que en ésta larga época no pareció existir una clara concepción de la guerra y la estrategia naval, como entidades independientes o autónomas respecto de la guerra terrestre.  La frecuente transposición de las tácticas de la infantería y su maniobra en línea y en bloque, a la batalla naval, reflejan la dependencia que lo marítimo y lo naval tenían respecto de la guerra en tierra.

 

Atenas fué la potencia marítima y naval más importante de la Antiguedad, en el sentido de una entidad política dotada de ciertos atributos del poder en el mar (flota mercante, flota de guerra, industria naval, voluntad marítima), dentro de un propósito de hacer uso del mar, para proteger su comercio y sus relaciones económicas en el Mediterráneo.   Aún así, su dominio como potencia marítima fué efímero en el tiempo.

 

Cuando se reflexiona el período desde una óptica oceanopolítica, se puede percibir que el poder naval en aquella época dependía estrechamente de las condiciones geográficas y técnicas para la construcción naval y la propia navegación (las mareas, corrientes y viento), de la fragilidad de las naves, y de la propia disposición de la población  para hacerse al mar en defensa de los intereses del  Estado.  La gravitación del factor humano era considerable, puesto que finalmente todo dependía del coraje individual, de la audacia y de la pericia navegante, del estoicismo y resistencia obediente de las tripulaciones y los remeros esclavos.

 

Desde el ángulo oceanopolítico, hay que observar que ninguna potencia marítima pudo ejercer prolongadamente el dominio del mar durante la Antiguedad.   El poder político y estratégico residía en tierra y éste era un concepto inscrito profundamente en la mentalidad colectiva de los pueblos.

 

Fenicia, Egipto, Atenas o Cartago nunca lograron ejercer un poder marítimo y naval hegemónico durante largos períodos, frente al predominio gravitante de las potencias terrestres (Persia, Roma), aún cuando utilizaron el poder naval como instrumento auxiliar de sus ejércitos y sus estrategias terrestres.

 

 

El pensamiento naval en la época de la madera y la vela.

 

La época de la madera y la vela, hay que dividirla en dos grandes períodos: la Edad Media propiamente tal, y el período moderno, con la aparición y la combinación de la pólvora, el cañón y la madera.

 

En la primera etapa de la Edad Media, el poder naval estaba circunscrito a la utilización  de ciertas rutas comerciales en mares interiores y a la defensa del borde costero, puertos y otras bases.   Era “poder marítimo” en el sentido de proximidad con la costa.

 

En éste período hay que destacar la importancia de los vikingos y sus travesías del Atlántico y el primer descubrimiento de América: Groenlandia y Labrador. 

 

 Los vikingos en su apogeo como marineros, solo eran artesanos navegantes, y carecían de una concepción oceánica o continental de sus viajes.  Aún así, durante un largo período a partir del siglo IX, las regiones costeras del Norte y el Sur de Europa, así como las tierras interiores accesibles por vía fluvial, fueron desvastadas por la acción de las flotas vikingas originarias de la Escandinavia.   Algunos grupos se instalaron en Normadía en el siglo X, y durante dos siglos fueron reconocidos como los jefes guerreros de Europa occidental: sus posesiones se extendían desde Inglaterra hasta la Sicilia y su expansión marítima, se detuvo solamente en el siglo XI, cuando la marea de las invasiones se reorientó hacia el Oriente Medio a través de las expediciones marítimas y terrestres de las Cruzadas.

 

En este período no hay entonces, pensamiento naval en el sentido entendido actualmente, sino solo algunas intuiciones reflexivas muy generales.

 

El poder naval se desarrolló en la época feudal, a partir de la intuición de la búsqueda del dominio parcial del mar y de sus rutas de navegación, para la perservación y protección del tráfico comercial, como sustento de las incipientes ambiciones imperiales de algunos Estados y como expresión material del poder de las dinastías monárquicas dominantes.

 

Por ello, entre el siglo X y el siglo XIV, el poder marítimo y naval se extiende, se disemina a otros pueblos, tales como los normandos, los vikingos, las ciudades- Estados del Mediterraneo (Venecia y Génova, entre ellas), y posteriormente a las ciudades- puertos de la Liga Hanseática.

 

Al mismo tiempo, las operaciones navales estaban íntimamente asociadas con los intereses económicos y comerciales de los Estados, y con la voluntad política de utilizar el espacio marino como un medio vital para la continuidad de la existencia de los pueblos.

 

En búsqueda de nuevos horizontes: la época de los descubrimientos.

 

Alrededor del siglo XV, la incorporación del cañón a pólvora y del compás en las naves, dió un vuelco fundamental a la guerra naval.  Puede afirmarse que el siglo XV constituye un punto de inflexión en la evolución del pensamiento y las prácticas navales.   España y Portugal se lanzan a la búsqueda de nuevos territorios de conquista, extendiendo el poder marítimo y naval europeo hacia el resto del planeta.

 

Se trata en verdad de un punto de quiebre histórico que inicia una nueva época en el pensamiento y en el ejercicio del poder naval y en la práctica de la guerra en el mar. Es el momento cuando algunos Estados europeos salen del mar Mediterráneo y del entorno costero del continente en búsqueda de nuevos mercados y territorios de dominación.  

 

En este período se encuentran, entre otros, Francisco Pizarro, Marco Polo, Vasco da Gama, Cristóbal Colón, Bartolomé Dias, Vannocio Biringuccio, Nicolaus Copernico, Giordano Brunno, Galileo Galilei, Américo Vespucio  y Leonardo da Vinci, pero se caracterizan todos por haber sido realistas hombres de acción que utilizaron o crearon ciencia para descubrir nuevas tierras, para abrir nuevos espacios geográficos de expansión y nuevos horizontes intelectuales del conocimiento, pero no fueron pensadores navales acabados.

 

El Renacimiento ocasiona una nueva manera de ver el mundo y la naturaleza.   La época se caracteriza porque, al contrario del período anterior, se basa en la experiencia humana  obtenida del diseño y construcción de máquinas.   Los griegos,  los romanos y los señores feudales no eran utilizadores de máquinas, ni sus ingenios bélicos construídos fueron decisivos para ganar batallas y guerras.  En cambio desde el Renacimiento, la imprenta, la cartografía, el cañón a pólvora, la bomba y la polea, el reloj, el astrolabio y la brújula, ocasionaron un cambio profundo y definitivo en la concepción del mundo, en el arte de navegar y en la vida cotidiana de los pueblos. 

 

La tecnología, desde ese momento, hizo una contribución fundamental a una nueva interpretación del mundo, y al desarrollo de la ciencia en el siglo XVII.  Hay en ésta época, un ambiente de Humanismo científico y matemático, de búsqueda incesante de un conocimiento racional, empírico y objetivo.

 

Francis Bacon lo graficó admirablemente, de la siguiente manera: “…dentro de las invenciones recientes, y desconocidas para los antiguos, hay tres que han sido fundamentales: la imprenta, las armas de fuego y el compás.  Estas tres han cambiado la apariencia y el estado del mundo entero: la primera, en la literatura; la segunda en las guerras y la tercera en la navegación; e innumerables cambios pueden derivarse, de manera que no hay imperio, secta o estrella que aparezca, que pueda ejercer tan inmenso poder e influencia sobre los asuntos humanos como estos tres descubrimientos mecánicos”.

 

La navegación deja de ser estrechamente marítima, para abrirse a los horizontes de los océanos, con lo cual el pensamiento naval gana en amplitud de perspectivas.  Este cambio mental e intelectual lo producen las grandes navegaciones y descubrimientos del siglo XIV y XV.

 

El arte de la navegación, en oposición con la prácticas marineras y de pilotaje tradicionales, se convierte gradualmente en una técnica basada en el cálculo matemático y  el conocimiento astronómico.

 

 La guerra y la estrategia naval  comienzan a adquirir lentamente una dimensión oceánica; y a medida que los Estados o las potencias marítimas adquieren una noción espacial más amplia de su capacidad de dominio del mar, puede decirse que el pensamiento naval deviene incipientemente en pensamiento oceanopolítico.

 

Los cambios tecnológicos que produjeron un cambio mayor en las condiciones de la guerra y la estrategia naval entre los siglos XV y XVI, fueron la incorporación del cañón a pólvora en las naves, y la utilización de la brújula magnética para guiar la navegación.

 

Las problemáticas principales de la estrategia naval en éste período fueron el control del mar para asegurar la iniciativa estratégica, el desarrollo de una mayor flexibilidad y movilidad para los desplazamientos tácticos en la batalla, y la búsqueda de un “orden de batalla” en el mar, al modo como los ejércitos en tierra en el siglo XVI y XVII buscaban desplegarse en el campo de batalla.

 

En este período, los conceptos estratégicos navales se orientaron en dos sentidos principales:

 

a) el desarrollo de operaciones en búsqueda de la batalla decisiva, en la forma de una “línea de batalla” ordenada y disciplinada, de manera de alterar el equilibrio marítimo y naval y llegar a la derrota, la que fué la orientación estratégica naval inglesa.

 

b) el desarrollo de acciones elusivas, en la forma de una estrategia de desgaste, (aunque realizando la columna, la línea de frente y de marcación  en un orden de batalla estricto), en combinación con una gran eficacia táctica en la maniobra, e incluso, buscando concentrar el esfuerzo en un punto débil de la línea de naves enemigas, la que fué la orientación estratégica naval francesa.

 

Adam de Moleyns o Alonso de Chavez, Sir Francis Bacon o Sir Walter Raleigh, dieron los primeros pasos en la reflexión estratégica naval, orientándose en  torno a la noción de control del mar, a fin de asegurar la iniciativa estratégica en la guerra, iniciando algunas ideas en torno a la proyección del poder naval sobre la costa, haciendo uso de la movilidad y la flexibilidad que ofrecen las naves de guerra.

 

Los ingleses desarrollan entonces las primeras nociones de la guerra de desgaste en el mar, lo que podría semejarse con la llamada “estrategia de aproximación indirecta” contemporánea.  Mas adelante, ingleses y franceses desarrollarían dos tendencias en la reflexión estratégica sobre la guerra naval: unos, orientados a buscar una “batalla decisiva” mediante naves poderosamente artilladas; y los otros, postulando eludir la confrontación directa y desarrollando una estrategia indirecta  de envolvimiento, de escaramuzas y desgaste.

 

Es importante mencionar aquí, la importancia que revistieron desde inicios del siglo XVII, las doctrinas mercantilistas en cuanto trasfondo ideológico del poder marítimo y naval de ciertas naciones europeas: el mercantilismo exige una sólida unidad estatal, una industria nacional, incentivos para la construcción naval, un ejército eficiente y una flota mercante capaz de conquistar nuevos espacios para el comercio.  

 

 En definitiva, el poder marítimo y el comercio de ultramar fueron la base material del mercantilismo, y del consiguiente desarrollo de la potencia marítima y naval. Las principales naciones europeas crearon sus propias Compañías Comerciales, cuyas flotas mercantes generaron amplias redes de intercambio y suministros, entre Europa y las regiones más apartadas del mundo conocido, dando forma concreta al mercantilismo imperante.  De ésta concepción, sin duda los autores más destacados fueron J.B. Colbert, Sully y el Cardenal de Richelieu (especialmente en su Testamento Político), quienes concebían el poder marítimo como un instrumento al servicio del engrandecimiento del Estado, de la gloria del poder real y de la potencia nacional.

 

El siglo XVII está marcado por la crisis de las potencias mediterráneas (Venecia, Génova, el Imperio Otomano) y por el gradual  surgimiento de las potencias atlánticas (las Provincias Unidas e Inglaterra), y puede decirse como lo afirma la Historia de la Economía, que “la fortuna económica de Inglaterra y Holanda depende en gran medida de haber potenciado sus actividades comerciales por vía marítima y, por tanto, del crecimiento de sus respectivas marinas mercantes”.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, desde el siglo XV y hasta el advenimiento de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, el poder marítimo y naval fué el vector principal de la política de los Estados en sus proyectos de exploración,  expansión territorial y conquista, así como en la conformación y consolidación de los dominios imperiales y coloniales estables.

 

La expansión de Europa hasta alcanzar el dominio de extensos territorios en todo el mundo, fué básicamente expansión marítima y a  la vez continental, apoyada y respaldada por el poder naval.  En este contexto histórico, autores tales como P. Hoste (1652- 1700), Bigot de Morogues o el Visconde de Grenier o John Clerk of Elden (1728- 1812) desarrollaron toda la dimensión táctica de la guerra naval, al modo de las formaciones geométricamente ordenadas que se pretendía en la batalla terrestre.

 

La hegemonía colonial sucesiva de las Provincias Unidas, Francia, Portugal, España y de Inglaterra, no fué más que una expresión político- territorial de su condición de potencia marítima y naval.  En otros términos, la condición y capacidad oceanopolítica de dichas naciones, se sustentaba en la potencia marítima y naval.

 

 

El pensamiento naval en la época del motor y del acero: la era de los acorazados.

 

La combinación del motor de combustión, el cañón y la construcción naval en hierro y acero, abrió nuevas perspectivas en la guerra naval.  Este fué uno de los resultados estratégicos mayores de la Revolución Industrial en Europa occidental.   Estamos en la transición entre el siglo XIX y el siglo XX.

 

La época del acorazado constituye un período en el que se combinan el acero y el motor diesel, para lograr el máximo de autonomía respecto de las bases costeras, potencia de empuje, de velocidad de desplazamiento y de resistencia/durabilidad, frente a los desafíos ofensivos del torpedo, la artillería, las minas de profundidad y las bombas aéreas.

 

Entonces, el poder de fuego de las naves de guerra era una combinación de artillería, torpedos y cargas antisubmarinas, intentando crear alrededor del dispositivo un perímetro defensivo, de manera tal que las batalla naval suponía apenas el contacto visual entre las flotas.

 

Los desplazamientos y el desarrollo de las operaciones eran concebidas en función de unidades operativas cuyo núcleo defensivo y ofensivo estaba constituído por el acorazado: las formaciones navales se articulaban alrededor de uno o varios acorazados y otras naves de apoyo.

 

Estas naves son el reflejo estratégico de la voluntad de poder y de la potencia industrial que les daba orígen.   El acorazado representa el triunfo el triunfo del desarrollo tecnológico ligado a la industria siderúrgica (característica del siglo XIX e inicios del siglo XX), y a un modelo de construcción naval en serie, capaz de producir complejos sistemas embarcados basados en uso intensivo de la electricidad, el acero y la hidráulica.

 

En la época del acorazado, la batalla naval y la táctica que la sustenta es una batalla en la que la decisión se busca mediante el fuego de saturación, con la destrucción de los órganos de gobierno de la nave y con la penetración del blindaje en los puntos sensibles de la nave.   Esto conduce a una estrategia donde se combinan las acciones aéreas y submarinas, para reforzar el poder ofensivo de las naves de superficie y producir la decisión.  A su vez, las mayores distancias a las que se realizan las batallas, indujeron a mejorar los sistemas de dirección de tiro y la protección horizontal (o blindaje) de las naves, frente a los efectos de los proyectiles con gran ángulo de impacto.

 

Los principales pensadores navales de este período, cuyo apogeo puede ser situado entre la segunda mitad del siglo XIX y la I Guerra Mundial (1914-1918), se centran en el concepto de control del mar, el que se fundamenta en la necesidad de hacer de la flota la primera línea de la defensa del territorio, a fin de impedir su invasión, dando forma a un perímetro ofensivo/defensivo en alta mar.

 

La ausencia de aviación en ésta época, reforzaba ésta noción.  En ella se privilegiaba el rol estratégico de la Marina en la defensa de los intereses nacionales, mediante la estrategia y tácticas de la batalla decisiva.   Para sir J. Colomb, por ejemplo, la mejor defensa contra las amenazas a las líneas de comunicación y los riesgos de invasión del territorio era el control del mar.

 

A lo largo de todo esta época, autores como los hermanos Colomb, J. Corbett, A.T. Mahan, C.v. Maltzahan, J. de la Gravière, G. Darrieus o R. Daveluy, se orientan a articular el pensamiento naval alrededor de la noción del control o dominio del mar.   Analizaremos someramente este concepto.

 

¿Cuáles son los contenidos centrales de la idea de control del mar?  El concepto central aquí es la idea de que para desarrollar cualquier operación, la fuerza naval debe asegurarse para sí el máximo control posible del espacio marítimo donde pretende operar, negándoselo al mismo tiempo, a la fuerza enemiga.

 

¿Qué espacios marítimos deben controlarse?  Se postula controlar aquellos espacios, líneas de navegación y comunicaciones que sean vitales para los intereses marítimos y nacionales propios, y aquellos que permitan operar con cierta libertad de acción, de manera de dislocar el dispositivo y las operaciones del enemigo.

 

¿Cómo obtener el control del mar?  Mediante la búsqueda de una o varias batallas decisivas, o de la ejecución de uno o varios golpes demoledores cuyos resultados  disuadan al adversario de continuar la lucha, que lo paralizen en su capacidad de reacción naval estratégica, o que alteren su voluntad de luchar.

 

¿Cuándo obtener el control del mar?  Desde las primeras operaciones de la campaña, de manera de producir un efecto de acumulación paralizante.

 

Como se ha podido comprobar, es consustancial a este período, el concepto operacional de la batalla decisiva.  El acorazado está dotado de una panoplia de armas capaz de producir la decisión en la batalla, dependiendo ciertamente del despliegue, del apoyo aéreo y submarino, de la potencia de sus cañones y de la precisión de sus artilleros.   La doctrina estratégica del control del mar, se analiza de un modo crítico e in extenso, en el Nº 13 del Cap. III.

 

Los pensadores navales del período tienden a organizar la estrategia naval en función de cruceros y acorazados dotados de crecientes condiciones de desplazamiento, velocidad y potencia de fuego, lo que hace posible que el pensamiento naval adquiera una dimensión oceanopolítica, en la medida en que los planes operacionales y la propia concepción estratégica de la guerra naval, puede ser pensada en términos de grandes teatros oceánicos, en toda la extensión del planeta.

 

Correlativamente, las flotas son orientadas a desarrollar operaciones ofensivas y de proyección de poder, dejando la defensa costera a otros dispositivos de la defensa nacional.

 

El pensamiento naval en la época del misil y del radar.

 

La aparición del misil como instrumento bélico de las naves de guerra, introdujo una nueva revolución en el arte de la guerra naval.  Superando al cañón en su alcance y posibilidad de precisión, el misil ofrece a cada nave de guerra -a la vez- un riesgo certero de destrucción, y una posibilidad de llevar (proyectar) su poder de fuego más allá del horizonte, hacia tierra adentro o hacia el dispositivo de la flota enemiga.

 

Acaso uno de los rasgos más característicos de la guerra naval en ésta época, iniciada en la segunda mitad del siglo XX, como aparece, por ejemplo en Sergueï Gorschkov,  Geoffrey Till, Geoffrey Parker, Maxwell D. Taylor, Lucien Poirier, Friedrich Ruge, L.W. Martin o Stanley Turner, son  las amplias posibilidades de proyección de fuerzas y  de fuego que han adquirido las fuerzas navales modernas.

 

La aparición del submarino nuclear lanza-misiles, ha producido un quiebre histórico en la concepción estratégica de la guerra naval, al asegurarse para sí mismo, la máxima furtividad, autonomía, celeridad y capacidad de proyección de fuego que nadie pudo jamás imaginar antes.  

 

Esta profunda ruptura entre el pensamiento naval y la realidad estratégica, se ha producido casi simultáneamente, en la segunda mitad del siglo XX, con una considerable “apropiación y nacionalización”  de alrededor de un tercio de la superficie de mares y océanos, ampliando y extendiendo en consecuencia, las encrucijadas de conflicto y las dimensiones de los teatros de la guerra.

 

Por primera vez, existe ahora la posibilidad objetiva de realizar uno de los fines últimos del poder naval: la de llevar la guerra (y la destrucción consiguiente) hasta el corazón mismo del dispositivo enemigo y de su propio santuario nacional.

 

Las flotas de guerra disponen de tres instrumentos para proyectar su poder de fuego, desde la superficie: el cañón, el misil y el avión o helicóptero.   Desde el punto de vista estratégico, la guerra anfibia, la guerra submarina, la guerra aero- naval y la guerra anti-aérea, son las grandes opciones bélicas y tecnológicas que permiten al poder naval proyectarse hacia la profundidad del dispositivo enemigo.  

 

Al incorporarse el misil a la panoplia de los submarinos, de la aviación naval y de las naves de superficie, se han potenciado las cualidades básicas operacionales que permiten atacar el dispositivo enemigo con grandes posibilidades de éxito: velocidad, precisión y letalidad, de manera tal que la batalla naval moderna -en su forma más sofisticada-  puede describirse como una batalla de misiles y de misiles anti- misiles.

 

Al mismo tiempo, el desarrollo de la electrónica embarcada constituye una de las claves operacionales para asegurar el éxito de las operaciones: la guerra naval moderna es una confrontación de flotas y naves dotadas de sistemas electrónicos de mando, de comunicaciones y enlace, y de información de combate, que son vitales para el ejercicio real del poder naval.  Los propios sistemas misilísticos y de artillería son gobernados mediante sistemas electrónicos.   De aquí que el componente de medidas electrónicas, de contra- medidas y de contra-contra medidas electrónicas reviste una importancia crucial en la batalla naval de hoy.

 

Así como la batalla naval moderna es una confrontación de misiles, la guerra naval moderna es un enfrentamiento que se juega crucial y decisivamente en el espacio electrónico.  

 

El poder naval de hoy es un poder electrónico y misilístico, capaz de proyectarse hasta los centros políticos y estratégicos del mando terrestre y aéreo en el santuario enemigo, y susceptible de posicionar fuerzas anfibias y terrestres en el borde costero, para que puedan desarrollar su propio poder ofensivo.

 

¿En qué direcciones se proyecta el pensamiento naval en este fin de siglo?  La proliferación de autores pudiera ser engañosa, por lo que se trata de discernir líneas mayores de desarrollo intelectual.

 

Estamos sin duda, en una época en la que la tecnología ejerce una influencia determinante en las concepciones estratégicas.

 

Con las considerables  capacidades  del poder naval de hoy, para alcanzar efectos decisivos en el plano operacional y estratégico de la guerra, ¿se estará resolviendo finalmente la secular controversia del “mar contra la tierra” o de “la tierra contra el mar”?.  Nada mas lejos de la realidad actual y futura previsible.

 

Una de las tendencias discernibles en el pensamiento naval, consiste en la idea de configurar componentes navales que puedan integrar fuerzas de reacción o intervención rápida, capaces de actuar rápidamente en los frecuentes escenarios de crisis que se preven para el futuro, en condiciones de una elevada preparación logística, eficiencia operativa y bajo estructuras de mando conjunto o inter-fuerzas.

 

Una segunda tendencia aparece, en el sentido de desarrollar fuerzas navales con una elevada densidad tecnológica incorporada, a través de sistemas de comunicación de alta performance, sistemas de reconocimiento en tiempo real para capturar blancos y disminuir los daños en la batalla, y de una capacidad de proyección de fuego capaz de alcanzar objetivos terrestres en la profundidad del dispositivo enemigo (mediante porta-aviones, aviación naval, fuerzas de asalto anfibio y misiles de ataque mar-tierra).

 

Estas fuerzas navales operarán por lo tanto, en base a estrategias que ponen el acento en la interoperatividad, el pre-posicionamiento logístico, el despliegue de fuerzas conjuntas, la rapidez de reacción, un gran poder de fuego y un amplio dominio del espacio electrónico, en la perspectiva de saturar el teatro de la batalla.

 

Para las fuerzas navales del futuro, la habilidad para intervenir en espacios oceánicos lejanos, dependerá de crecientes niveles de autonomía operacional y logística en alta mar, y de una gran capacidad de proyección de poder.

 

Es posible afirmar que, a diferencia del período anterior del acorazado y el cañón, y en los primeros decenios del siglo XXI, la tendencia principal en el pensamiento naval estará determinada por el concepto de proyección de poder .  Es en torno a esta idea-fuerza que -previsiblemente- se orientarán la ingeniería y la construcción naval, las tecnologías satelitales, los sistemas de comunicaciones, enlaces y radares, el desarrollo de los misiles y otros sistemas de armas con base naval, así como la formación profesional de las dotaciones y tripulaciones.

 

Finalmente, al situar el concepto de proyección de poder en el proceso intelectual y político de elaboración estratégico- naval, se pone de relieve la significación oceánica de las fuerzas navales del futuro.  En la medida en que cada vez más Estados del mundo se van dotando de armadas de tamaño y capacidad oceánica, la dimensión estratégica y el pensamiento naval van adquiriendo una dimensión oceánica.   Quién dice proyección de poder hoy, dice proyección de poder hacia y en los espacios oceánicos del mundo.

 

6.  El enfoque pluridisciplinario en la Oceanopolítica.

 

La Oceanopolítica, como se ha señalado anteriormente, es una ciencia que resulta de la confluencia de distintas Ciencias Sociales.  Luego, en cuanto aproximación científica está dominada por un carácter epistemológico pluridisciplinario.

 

¿Qué significa el enfoque pluridisciplinario para la Oceanopolítica?.

¿Cuáles son las implicancias de la interdisciplinariedad?  ¿Cuáles son las Ciencias Sociales que confluyen y se integran en es

ta nueva visión?

 

Una de las tendencias mayores del conocimiento científico, en esta etapa final del siglo XX, lo constituye la constante búsqueda de la unidad de las ciencias.   Aquí se discutirán los aspectos epistemológicos de éste esfuerzo científico, a fin de situar en su justo lugar, las perspectivas de la investigación y el conocimiento oceanopolítico, como resultado teórico y empírico de la cooperación entre distintas Ciencias Sociales.

 

De acuerdo con la definición básica de J. Piaget, la investigación interdisciplinaria implica la confrontación, el intercambio de métodos, de conceptos y de puntos de vista en torno a un sujeto común del conocimiento, mientras que la investigación pluridisciplinaria apunta a una colaboración metodológica y conceptual entre distintas ciencias sociales, pero en la que cada una de ellas conserva su especificidad.

 

El verdadero objetivo de la investigación pluridisciciplinaria aplicada en la Oceanopolítica, es la reorganización de los campos de conocimiento que cada Ciencia Social aporta, por medio de intercambios que consisten en la práctica científica en re-combinaciones constructivas.

 

En la Oceanopolítica, puede afirmarse que existen dos campos interconectados de interdisciplinareidad: un primer círculo, constituído por tres sistemas de Ciencias Sociales, a saber, la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales y las ciencias Estratégicas.   Al mismo tiempo, existe un segundo círculo, de carácter complementario, integrado por las Ciencias de la Naturaleza o Ciencias Ambientales, las Ciencias del Mar, el Derecho y la Economía Política.

 

La Ciencia Política aporta al conocimiento oceanopolítico, una visión sistémica sobre las principales unidades políticas en las que se organizan las naciones modernas: los Estados, y pone especial énfasis, en el diagnóstico de los procedimientos, sistemas y circuitos de toma de decisiones institucionales, así como de los mecanismos de diseño, implementación y evaluación de las Políticas Públicas.  

 

Finalmente, la Ciencia Política pone de relieve la importancia de las instituciones del Estado y de la propia construcción estatal, en la territorialización de los espacios geográficos, a través de diversas modalidades de ejercicio del poder.

 

La centralidad del poder en cuanto relación humana asentada en un territorio, es una noción politológica básica, que permite vincular y conectar a la Ciencia Política con el estudio de las relaciones entre los Estados.

 

Las Relaciones Internacionales ilustran a la Oceanopolítica acerca de las estructuras y dinámicas que mueven al sistema internacional, aspecto en el cual aquellas se conectan con las dimensiones nacionales e internacionales del Derecho.   Las numerosas tendencias profundas y escenarios que caracterizan al mundo real de hoy y del futuro previsible, son presentados por las Relaciones Internacionales, a fin de comprender integralmente el contexto general global y regional, en el que tienen lugar las relaciones oceanopolíticas entre los Estados.

 

Las relaciones entre los Estados, en términos generales, y a nivel marítimo y naval, ponen de relieve a su vez, las conexiones conceptuales que vinculan a las Relaciones Internacionales con la Estrategia.

 

Finalmente, las ciencias Estratégicas ponen de manifiesto la importancia política, los roles institucionales y la significación polemológica de las fuerzas navales, y las sitúa en el contexto general de los requerimientos de la Defensa Nacional de cada Estado.  Al mismo tiempo, estudia los conceptos, estructuras organizacionales, dispositivos,  doctrinas de empleo y las distintas modalidades de aplicación de las fuerzas navales en los teatros de la guerra.

 

7.  El aporte de la Prospectiva a la apreciación oceanopolítica.

 

La indagación del futuro, es uno de los esfuerzos intelectuales más antiguos en la Historia de la Humanidad.   Saber qué sucederá en el porvenir, ha sido motivo de curiosidad permanente para el ser humano.

 

El futuro es también una dimensión esencial de la reflexión oceanopolítica.

 

El esfuerzo reflexivo y analítico que desarrolla la Oceanopolítica, se apoya generalmente en dos tipos de fuentes de información: el conocimiento politológico y estratégico que hace referencia al presente y a las situaciones pasadas o históricas, y el conocimiento prospectivo.

 

El moderno desarrollo de la Prospectiva -como ciencia que explora los futuros posibles- constituye, por lo tanto, un aporte de primer orden para la Oceanopolítica.

 

Prospectiva: definiciones básicas y principales métodos.

 

¿Qué es la Prospectiva y cuáles son sus instrumentos más importantes?

 

Definese la ciencia Prospectiva como una ciencia dedicada a la exploración sistemática y racional de los futuros posibles.   La Prospectiva, desde este punto de vista básico, es un instrumento de trabajo para quienes deben realizar la apreciación oceanopolítica.

 

La Prospectiva sirve a la apreciación oceanopolítica, en cuatro órdenes de funciones intelectuales:

 

a)  realizar la prospección de las principales tendencias políticas, económicas, tecnológicas, ambientales y estratégicas que se manifiestan en la escena internacional;

 

b)  escrutar los hechos portadores de futuro, susceptibles de producir modificaciones en la escena internacional; y

 

c)  diseñar los escenarios prospectivos más plausibles de producirse a escala sub- regional, regional e internacional, y susceptibles de influir sobre las relaciones internacionales en general, y sobre las relaciones oceanopolíticas entre los Estados, en particular;

 

d)  establecer con anticipación los cursos de acción y examinar las distintas consecuencias y efectos de cada uno, en función de los objetivos o intereses que motivan cada opción.

 

La Prospectiva, a diferencia de la Previsión, tiene una vocación hacia los procesos situados en el mediano y largo plazo, y por ello, sólo algunos de sus instrumentos sirven a la apreciación oceanopolítica.

 

Una de las claves conceptuales de la visión prospectiva es el principio de plausibilidad, según el cual las tendencias, procesos, fenómenos y trayectorias,  así como los escenarios, tienen una mayor o menor posibilidad de producirse, según la calidad y complejidad de la información proporcionada al análisis.   Este último elemento reviste la mayor importancia: la implementación de métodos prospectivos para los fines de la Oceanopolítica, requiere de grandes cantidades de datos, bases de conocimientos e información.

 

Dos son los principales instrumentos que puede aportar la Prospectiva a la Oceanopolítica: el estudio de las tendencias profundas, y los escenarios prospectivos.

 

Las tendencias profundas han sido definidas como aquellos procesos que vienen del pasado, se manifiestan persistentemente en el presente y muy plausiblemente se van a prolongar hacia   un futuro previsible.  El conocimiento y exploración de estas tendencias, permite detectar fenómenos complejos no siempre visibles en la superficie de los acontecimientos cotidianos, y cuya incidencia sobre los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos interesa al analista de la Oceanopolítica, y para los procedimientos de apreciación global político- estratégica.

 

A su vez, los escenarios son modelizaciones sistemáticas de un futuro plausible.  Para los efectos de la apreciación oceanopolítica, un escenario se constituye de las siguientes partes:

 

– una situación de base, diagnosticada en el presente, y que constituye el punto de partida del escenario;

 

– una hipótesis de base, que define los criterios esenciales y las variables fundamentales que se supone van a determinar el curso principal de los procesos que se anticipan;

 

– una trayectoria temporal y espacial, desde la situación presente o de base,  hasta una determinada situación de futuro, o situación terminal;

 

– un horizonte de tiempo al cual se supone debe llegarse, y que se mide en términos de corto, mediano o largo plazo;

 

– una situación terminal , que constituye el punto de llegada del escenario, y presentada como una imagen descriptiva del conjunto de la situación o proceso.

 

Existen básicamente tres tipos de escenarios:  tendenciales, normativos y aberrantes.  Un escenario tendencial es un modelo de futuro posible construído sobre la base de una hipótesis que supone  que las actuales tendencias dominantes en el desarrollo, continuarán prolongándose hacia el futuro, con un alto grado de plausibilidad.

 

Un escenario normativo , a su vez, es un modelo de futuro construído en base a la hipótesis que supone cambios sustanciales en la trayectoria hacia el futuro, de manera que la situación terminal, será sustancialmente distinta del punto de partida.

 

El escenario aberrante, finalmente, es una modelización de futuro construída a partir de hipótesis situadas en el límite entre lo posible y lo imposible, dando un lugar plausible a las coyunturas más azarosas e inesperadas, pero que no deben descartarse.

 

 

8.  La apreciación oceanopolítica: examen de sus instrumentos conceptuales.

 

La herramienta fundamental de la Oceanopolítica es el conjunto de instrumentos conceptuales y analíticos que permiten apreciar la situación político- estratégica  y naval de un país.  Esta es la apreciación oceanopolítica.

 

La apreciación oceanopolítica sirve en la práctica para:

 

a)  servir como síntesis para la apreciación político-. estratégica del Estado en función de sus fines de Política de Defensa y Política Exterior.

 

b)  proporcionar una visión de conjunto acerca de la posición estratégico- naval de un Estado en el contexto regional e internacional.

 

Por esto la apreciación oceanopolítica es un instrumento fundamental para configurar las Políticas de Estado en materia marítima y naval.

 

Desde un punto de vista institucional, la apreciación oceanopolítica es a la vez, un insumo básico de las Políticas de Estado, y el primer resultado del proceso de inteligencia naval.

 

Los principales instrumentos conceptuales de la apreciación oceanopolítica son:

 

a)  el concepto de  configuración de la flota;

 

b)  el concepto de orden de batalla o el despliegue estratégico y operacional previsto;

 

c)  el concepto de balance del poder naval; y

 

d)  la Política Naval y la Estrategia Naval.

 

 

9.  Consideraciones académicas sobre la organización curricular de los estudios superiores de Oceanopolítica

 

El campo de estudios oceanopolíticos se caracteriza por estar atravesado por una característica de pluridisciplinariedad, es decir, porque su objeto y métodos de investigación, resultan de una integración conceptual de cierta sofisticación.

 

La Oceanopolítica resulta en consecuencia, un campo de estudios superiores, los que debieran organizarse en tres niveles: introductorio, básico y de profundización.

 

El  primer nivel tiene por objeto proponer a los educandos, una apertura intelectual hacia cuatro dimensiones básicas que dan orígen a la Oceanopolítica: la Historia Marítima, los principios básicos de Teoría Oceanopolítica, la Historia de las Guerras en el Mar y del Pensamiento Naval, y las Políticas Públicas en la esfera marítima.

 

Un segundo nivel, de carácter avanzado, incluiría Relaciones Internacionales Marítimas y Derecho Marítimo, Fundamentos de la Oceanopolítica, las guerras en el mar en el siglo XX y Operaciones Navales, y finalmente Política Oceánica de los Estados y Políticas de Defensa y Políticas Navales.

 

Finalmente, un tercer nivel, de profundización, debería incluir Economía Política Marítima, Apreciación Oceanopolítica, Estrategia y Guerra Naval, y Prospectiva y Oceanopolítica.

 

El enfoque metodológico general de los estudios oceanopolíticos, combina las  perspectivas particulares de cada disciplina, con una búsqueda pluridisciplinaria de integración de conceptos y estructuras teóricas, a fin de proporcionar una visión global.   Este enfoque se traduce en el plano académico, en el encuentro de líneas pedagógicas de formación y al desarrollo de ámbitos de investigación teórica y aplicada, en las tres dimensiones intelectuales mayores de la Oceanopolítica: las Políticas de Estado y las Políticas Públicas, las Relaciones Internacionales, y el campo estratégico y polemológico.

 

De aquí se deduce el hecho de que las Ciencias Sociales en general, y las Ciencias Políticas en especial, constituyen el núcleo teórico y epistemológico fundamental de los estudios oceanopolíticos.   Esto no significa relativizar la importancia de otras disciplinas, tales como la Oceanografía o las Ciencias Ambientales, pero ellas desempeñan un rol complementario en la búsqueda del conocimiento oceanopolítico, puesto que su objeto de estudio -como se ha visto más arriba- son las relaciones políticas que se establecen entre los Estados en y a propósito de los espacios marítimos y oceánicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III.  LOS AMBITOS FUNDAMENTALES DE APLICACION DE LA OCEANOPOLITICA:  LA POLITICA, LA DIPLOMACIA YLA ESTRATEGIA.

Este capítulo tiene por objeto hacer una presentación general de los tres grandes ámbitos de acción,  en los que se concretan las relaciones oceanopolíticas.    Esta visión general pretende aportar un enfoque oceanopolítico de las Políticas de Estado en la esfera marítima y naval, de las Relaciones Internacionales y su instrumento diplomático, y del ejercicio estratégico del poder, y su instrumento naval.  

 

Se ha adoptado aquí un enfoque estrictamente teórico, procurando abrir los horizontes intelectuales, y buscando aplicar algunas concepciones doctrinarias a las realidades objetivas de la Política, la Diplomacia y la Estrategia.

 

Como ha quedado suficientemente demostrado en los dos capítulos precedentes, la Oceanopolítica es una disciplina relacional que concierne a las decisiones oceanopolíticas, es decir que su vocación intelectual no es sólo la de permanecer en la esfera teórica, desarrollando hipótesis y sistemas de ideas, sino que sobre todo implica que sus conceptos son construídos para que tengan una aplicación concreta.

 

La apreciación oceanopolítica.

 

La forma principal de aplicación de la Oceanopolítica, consiste en la apreciación oceanopolítica que es un procedimiento teórico- práctico que forma parte del diseño e implementación estratégica, como se ha analizado en el capítulo anterior.

 

Entendemos como apreciación oceanopolítica a un proceso intelectual y político- institucional de evaluación de las continuidades y cambios en el contexto regional e internacional, así como de las fuerzas, tendencias, conflictos y oportunidades en la esfera política, diplomática y estratégica de los espacios marítimos y oceánicos.    La apreciación oceanopolítica forma parte de la apreciación global político- estratégica, y se entiende que tiene lugar al interior de un proceso institucional de toma de decisiones en las esferas superiores del Estado, y del cual surgen las Políticas de Estado.

 

Así, la Oceanopolítica y sus principales instrumentos conceptuales, encuentran su ámbito de aplicación en las tres esferas fundamentales de la acción del Estado:  la Política de Estado, la Diplomacia  o las Relaciones Internacionales, y la Estrategia o las Políticas Oceánica, Naval y de Defensa,

 

 

1.  El campo internacional desde una perspectiva oceanopolítica.

 

La lógica básica que explica la actual coyuntura internacional, y que forma parte de una prolongada transición desde un orden bi-polar hacia un nuevo orden internacional, se explica por tres rasgos esenciales, a saber:

 

a)  la tendencia hacia la multipolaridad, la que se manifiesta en una redistribución global de las hegemonías mundiales, en una tendencia a la continentalización de los bloques económicos y políticos, en una articulación gradual alrededor de ciertos Estados- pivotes a nivel regional, y en el surgimiento de nuevas potencias o polos mundiales de poder y hegemonía;

 

b)  una tendencia  general centrífuga, la que se manifiesta en el debilitamiento de los regímenes tradicionales de seguridad, en la eclosión de los sistemas tradicionales de concertación política y diplomática entre los Estados, en la multiplicación de las tendencias separatistas, regionalistas e independentistas al interior de los Estados nacionales y de los antiguos sistemas imperiales; y

 

c)  una tendencia dominante de incertidumbre, generada por la multiplicación de las causas de los conflictos, la continuación de la proliferación horizontal y vertical de armamentos, y la tendencia a la santuarización de los territorios nacional- estatales.

 

A continuación se analizan algunos de los fenómenos relevantes antes descritos.

 

1.  Los procesos de mundialización de la economía están alcanzando dimensiones muy vastas, pero no pueden ser considerados como la única tendencia global dominante, sino que deben comprenderse en un contexto internacional en el que las naciones, los Estados y las regiones al interior de éstos pugnan por adquirir una estatura internacional que los convierta en actores económicos y políticos de relevancia. 

 

A la globalización se opone una tendencia múltiple a la continentalización de las hegemonías y poderes (los Estados- pivotes), y a la descentralización de los poderes y ámbitos de atribuciones,  y una creciente regionalización y localización espacial de las aspiraciones,  reivindicaciones  e identidades.  Cabe interrogarse si estos procesos combinados, ¿conducen hacia afirmaciones nacionales más fuertes y sólidas, fundadas sobre aparatos militares modernizados y economías globalmente conectadas? ¿o se abre una época de mayor complejización y caotización de los comportamientos estatales en el mundo del mañana?

 

2.  Los Estados- nacionales no son los únicos, pero son los principales actores políticos en el mundo de hoy.  Como lo han subrayado diversos especialistas internacionales, entre los cuales M. Foucher,  “el Estado debe continuar siendo el guardián de los intereses nacionales y de los equilibrios” a escala regional y mundial.

 

3.  La nueva distribución de las hegemonías está conduciendo a una creciente multipolaridad.  A las nuevas potencias globales emergentes, Japón y Alemania, se integran Estados- pivotes regionales, pero básicamente el sistema planetario continuará divididido en potencias dominantes y ordenadoras y Estados productores y dependientes, organizados en unos pocos centros globales de decisión.

 

4.  Así como hay una militarización de los conflictos, hay una tendencia a civilizar los intercambios, a través de un renovado interés y significación e influencia de las organizaciones internacionales de carácter multilateral.   Ellas han manifestado una creciente interlocución en el sistema mundial, pero no han sido capaces de impedir el estallido de conflictos y guerras.   Naciones Unidas, por ejemplo, ha creado y está posicionando fuerzas de intervención y de resguardo de la paz, pero en cuanto foro mundial no ha mostrado capacidad predictiva ni preventiva frente a las tensiones aún latentes.

 

 

5.  Al pasar de la bi-polaridad a la multi-polaridad, el sistema- Planeta ha ingresado en una prolongada fase de transición hacia un nuevo orden mundial cuyos contornos son aún inciertos, pero cuyo rasgo fundamental es la incertidumbre y la indeterminación.   La hegemonía estratégica global de los Estados Unidos, se confronta a la aparición de un número creciente de polos de poder e influencia.

 

6.  Los propios atributos de la potencia y la hegemonía a escala inyternacional están cambiando, ya que ni la potencia militar ni la dotación de recursos naturales, constituye un basamento suficiente para fundar el poder de los Estados.   Aparentemente, la hegemonía se está desplazando hacia el conocimiento y la información, hacia el poder virtual de las comunicaciones y el intercambio de datos.

 

En efecto, una de las mutaciones mayores que está experimentando el sistema internacional consiste en una complejización de los factores que constituyen la potencia nacional- estatal.   Si hasta hace algún tiempo atrás, la potencia nacional se asociaba directa y prioritariamente al potencial estratégico o militar de un Estado, con la difusión y expansión del poder en el sistema- planeta, los factores de poder son hoy más variados y complejos.

 

En los umbrales del siglo XXI, el potencial nacional -el que a su vez hace posible y facilita la potencia marítima- depende, entre otros, de los siguientes factores:

 

– el nivel general de desarrollo económico y humano del país, así como la estabilidad de su crecimiento y expansión;

– la calidad de las redes comunicacionales e informáticas disponibles;

– la dotación, variedad y reservas de recursos naturales;

– la calidad y modernidad de la dotación industrial y tecnológica;

– la calidad de las redes y sistemas de transportes e infraestructura;

– la dotación de sistemas y flotas de transporte terrestre, marítimo y aéreo; y

– la importancia de la presencia económica e inversiones de empresas nacionales en los mercados exteriores

 

 

7.  La multipolarización en curso -tendencia que domina claramente la década de los noventa-  se acompaña con una mayor difusión  de los peligros y amenazas,  con  una proliferación  horizontal y vertical de sistemas de armas cada vez más sofisticados, y la multiplicación de las causas de conflictos y guerras, así como de un aumento en el número de los eventuales “agresores y provocadores” en el campo internacional.

 

8.  Desde un punto de vista específicamente oceanopolítico, las principales mutaciones que se han producido en ésta fase final del siglo XX y que son susceptibles de continuar vigentes en los inicios del siglo XXI, son las siguientes:

 

a)  la creciente anexión de los espacios marítimos y oceánicos a sus ámbitos soberanos de jurisdicción, explotación económica y presencia oceanopolítica, lo que puede acentuar los riesgos y multiplicar las posibilidades de conflictos navales originados en la delimitación de las fronteras marítimas de los Estados;

 

b)  la multiplicación de los Estados insulares y costeros;

 

c)  la importancia adquirida por los submarinos nucleares y sus sistemas de armas de alcance estratégico, dentro de los arsenales de las mayores potencias mundiales;

 

d)  la multiplicación y expansión del poder naval, a través del desarrollo creciente de las Armadas de los más diversos Estados a través del mundo, produciendo automáticamente una proliferación gradual del poder naval en todo el mundo;

 

Como se verá más adelante (Nº 3 de éste capítulo), el escenario internacional aquí descrito, determina cambios sustanciales en las doctrinas estratégicas y en los conceptos de seguridad predominantes.

 

 

2.  Los intereses nacionales, marítimos y de seguridad, desde una perspectiva oceanopolítica.

 

El eje articulador de nuestra concepción oceanopolítica, se encuentra en aquellos grandes objetivos políticos que los Estados persiguen en su actuar dentro de la esfera internacional, a lo largo de prolongados períodos de tiempo.  Estos son los  llamados intereses nacionales.

 

Consideraciones sobre los intereses nacionales.

 

Definimos los intereses nacionales como las condiciones y objetivos vitales, permanentes, suficientes y necesarios para viabilizar y garantizar el desarrollo, la seguridad y la paz de la Nación- Estado en la esfera internacional.

 

Como se apreciará más adelante, los intereses nacionales tienen una forma de concreción específica en la esfera marítima y naval.

 

Lo que importa subrayar en nuestra concepción realista de las relaciones entre los Estados, es que los intereses nacionales son el criterio más objetivo para explicar y racionalizar las conductas y decisiones de los Estados en el mundo de hoy.  En la medida en que son esencialmente requisitos de poder absolutamente objetivos y pragmáticos, los intereses nacionales tienen un alto grado de permanencia y durabilidad en el tiempo, ya que reflejan en toda su claridad y profundidad la razón de Estado manifestada en la esfera internacional.

 

Este enfoque realista no desconoce sin embargo, la historicidad de los intereses que promueve y defiende cada Estado.  Estos varían a lo largo del tiempo, evolucionan dinámicamente, en un movimiento profundo que pocos descifran sino cuando las tensiones y conflictos, los proyectan “a la superficie de las relaciones entre los Estados”.

 

Esta característica histórica de los intereses nacionales, hace que ellos sean vitales con una cierta variabilidad en el tiempo, y con relación a objetivos que también se modifican.  Así entonces, el examen atento de las Relaciones Internacionales en la sociedad contemporánea, pone de manifiesto que hay intereses nacionales de un carácter absolutamente vital y cuya amenaza o deterioro, pudiera tocar sensiblemente a la propia existencia o viabilidad de la Nación- Estado, y otros intereses nacionales cuya entidad sólo toca a ciertos aspectos del quehacer nacional, de su prestigio, de su situación económica, social o política, o de su posición relativa en la escena internacional.

 

Los intereses tienen el carácter de vitales en función de un cierto patrimonio que se desea conservar, y que se considera in disolublemente propio, el cual puede tener un valor material relativo, pero que reviste sobre todo un valor intangible absoluto.  De aquí emana la indeterminación propia de la definición de los intereses nacionales.

 

Los intereses, en efecto, tocan las fibras más sensibles de la nacionalidad y de la pertenencia histórica y territorial, sobre todo cuando ellos emanan precisamente de la Nación, y entonces, hacen referencia a algo que se desea mantener, proteger y salvaguardar, algo al cual se le otorga el valor de imprescindible y de esencial para la permanencia de la Nación y la continuidad del Estado.   Por eso, los intereses nacionales mueven a la guerra, y por eso también, son fundamentales para la paz.

 

En su acepción más estricta, los intereses nacionales son la expresión de los anhelos y aspiraciones más profundas de la Nación en sus relaciones con las demás naciones.

 

B. Brodie en Guerra y Política se pregunta legítimamente ¿quién determina o define los intereses nacionales?

 

Sin lugar a dudas que es al Estado y a sus líderes políticos y estadistas a quienes compete, en la sucesión inacabable de sus gobiernos y administraciones, precisar y redefinir gradualmente los intereses nacionales, que cada generación está dispuesta a promover y defender.

 

Pero, en un mundo intercomunicado, interdependiente y “globalizado” como el que se presenta en este umbral del siglo XXI, y donde la democracia continúa siendo el principal patrimonio político de las naciones modernas, o que aspiran a serlo, es inimaginable un Estado que define per se  los intereses nacionales, al margen de las aspiraciones ciudadanas reflejadas por la opinión pública.

 

Esto, que parece “políticamente correcto” y evidente en tiempos de paz y de estabilidad, es aún más crucial en tiempos de crisis, inestabilidad o de conflictos armados, en los que el grado de adhesión ciudadana es fundamental para sobrellevar las pesadas cargas que la guerra impone a la población, y alcanzar el éxito.   Si los intereses nacionales son una manifestación explícita y sensible de las aspiraciones y motivaciones ciudadanas, todo sacrificio es posible.   El ejemplo de la guerra de Vietnam (1965- 1975) y de la intervención militar desastrosa de EE.UU., está allí para corroborar este aserto.

 

En otras palabras, los intereses nacionales se refieren a cierto patrimonio que la Nación desea conservar y perservar y por el cual la ciudadanía cree que vale la pena pelear si se consideran amenazados o en peligro.  Así, los intereses encuentran uno de sus principales puntos de apoyo en las tradiciones culturales y en la propia Historia de cada país.

 

Es sugestivo observar cómo los intereses vitales o esenciales de los países, sobre todo en la época moderna, tienden generalmente a reducirse en dos o tres fórmulas muy simplificadas.   En última instancia, los Estados y las naciones quieren vivir en paz, desarrollarse, progresar, conservar su identidad y ocupar un lugar en la escena internacional, sin tener que soportar la amenaza, la inestabilidad,  los riesgos o la inseguridad.

 

Si los intereses nacionales son los fines primeros y últimos por los que los Estados preservan la paz, defienden su seguridad, adquieren una estatura internacional y van a la guerra, sólo los líderes políticos y los estadistas, son los llamados a materializarlos en las relaciones exteriores de sus países, conforme a una gradación de importancia, de la que sólo ellos tienen la responsabilidad definitiva ante las generaciones presentes y la Historia.

 

Como dice S. Hoffmann, la Historia ha probado suficientemente que “los peligros más serios provienen de los simplificadores encarnizados” , es decir, de aquellos que -perdida en sus mentes la larga perspectiva de futuro y del pasado- tienden a presentar la escena internacional como un “campo bi-polar de buenos y malos”, donde siempre los intereses,  gestos y actuaciones del otro, tienen intenciones ofensivas o agresivas, y siempre nuestros intereses y conductas son con intenciones defensivas.

 

Se trata, por lo tanto, de evitar toda forma de simplificación, en particular desde el punto de vista de los intereses nacionales, los que muy frecuentemente son definidos en una perspectiva extremadamente exclusivista, simplificadora y absolutizadora.

 

La comprensión de los intereses nacionales como criterio esencial de lectura del quehacer internacional de los Estados no nos debe hacer perder de vista,  que ellos operan en una dialéctica múltiple y compleja con los intereses de una multitud de Estados en la escena internacional.   Aún cuando los intereses de un país sean originados en las motivaciones y requerimientos de poder más profundamente nacionales de un país, ellos se formulan en  un contexto exterior cada vez más interdependiente, por lo que reflejan además el tipo de relaciones que los Estados desean construir y mantener con los demás Estados de la comunidad internacional, en general, y con los Estados vecinos y de la región en particular.

 

De este modo, los intereses nacionales operan como mecanismos reflejos en función de los cuales los Estados se guían en el sistema internacional, y constituyen la esencia o contenido dinámico de las relaciones internacionales en el mundo actual.

 

 

Los intereses marítimos y navales de los Estados.

 

A partir del cartabón de los intereses nacionales, los Estados costeros y con acceso a los mares y océanos, definen ciertos intereses específicos: los intereses marítimos y navales.

 

Definimos los intereses marítimos, como los objetivos y condiciones permanentes y esenciales que viabilizan y garantizan el desarrollo, la seguridad y la paz de la nación y el Estado en los espacios marítimos y oceánicos.

 

Los intereses marítimos son objetivos y condiciones cuya durabilidad y persistencia en el tiempo radica en el hecho de que ellos emanan de la Nación, y responden o expresan aspiraciones y requerimientos profundos de la sociedad -que son cristalizados por el Estado- en un momento histórico determinado, y que en la dimensión simbólica de la cultura nacional, convergen y se integran en la vocación y la conciencia marítima de su población.

 

Por esta razón de orígen, los intereses marítimos al igual que los intereses nacionales, no pueden ser solo el fruto de una decisión impuesta desde el Estado.   Los intereses marítimos de una Nación reflejan y ponen en evidencia, la cohesión nacional, los grados de legitimidad del Estado y del poder que éste encarna, el consenso que suscita la autoridad política, y la solidez de la unidad nacional- estatal.

 

Específicamente, los intereses marítimos explicitan los requisitos de poder del Estado nacional dentro de los espacios marítimos y oceánicos, a fin de asegurarse su permanencia y continuidad histórica, y para que dichos espacios formen parte indisoluble de su ámbito soberano de jurisdicción, en condiciones seguras y estables.

 

 Los intereses marítimos son la definición explícita de las condiciones esenciales, inalienables e intransables que el Estado nacional requiere en los espacios marítimos para:

 

a)  preservar y promover su desarrollo autónomo independiente y soberano en el mar;

 

b)  garantizarse la seguridad y la libertad de navegación, así como el libre acceso a los mares, de manera que ninguna amenaza ponga en riesgo la paz, la estabilidad y la seguridad en sus propios espacios marítimos y oceánicos;

 

c)  garantizarse y promover el reconocimiento internacional de la independencia nacional y el prestigio del Estado, así como la inviolabilidad de sus fronteras, territorios y espacios soberanos.

 

La paz, la seguridad y el desarrollo, son las tres variables centrales que articulan -en grados y proporciones distintas y variadas- los intereses marítimos de la Nación- Estado.

 

Ellas son responsabilidades de ambas entidades, pero al Estado le corresponde el deber ineludible e insustituíble de velar para que la seguridad (en su acepción más multidimensional) en los espacios marítimos y oceánicos, sirva al desarrollo nacional, al propio desarrollo marítimo, y a la paz, en cuanto garantía permanente de las condiciones internacionales y regionales de equilibrio y estabilidad necesarias.

 

El impulso al desarrollo que realiza la Nación en la esfera marítima, encuentra así su respaldo en el marco integral de seguridad y de paz que le proporciona el Estado.

 

Al analizar y comprender el juego dinámico de intereses nacionales y marítimos que hoy tiene lugar, debe tomarse en consideración el fenómeno de la creciente interdependencia entre los Estados, las economías y las culturas, de manera tal que la paz, la seguridad y el desarrollo no pueden ser entendidos solamente como dimensiones estrictamente nacionales o regionales, sino que se hace necesario un enfoque global e internacional, según el cual lapaz , la seguridad y el desarrollo son fenómenos globales, planetarios.

 

En el actual estado de las relaciones internacionales, los intereses nacionales y su expresión marítima parecen confrontarse a una tendencia hacia la “globalización de la seguridad”.  Sin embargo,  hay que reconocer que la amplitud y visibilidad “mediática” de las corrientes globalizadoras en vigor, no puede ocultar ni desconocer la tendencia hacia el fortalecimiento de los intereses nacionales, regionales y locales, lo que se debe, muy frecuentemente, a un resguardo  cultural e identitario opuesto a la nivelación globalizante.

 

Hay que subrayar que los intereses marítimos son la clara manifestación del énfasis que cada Nación- Estado pone en sus requerimientos básicos de desarrollo y seguridad marítima y nacional.   Por eso afirmamos que los intereses marítimos son los intereses nacionales traducidos a la esfera marítima y naval.

 

 

3.  La crisis de la disuasión clásica y de las doctrinas estratégicas bi-polares.

 

Uno de los cambios mayores producidos por el término del ciclo de la Guerra Fría y de la bi-polaridad Este- Oeste (1945- 1990) es la profunda crisis que han experimentado las numerosas doctrinas estratégicas que dieron fundamento a la disuasión clásica, durante cuarenta años.  Al mismo tiempo, como se analizará aquí, los propios conceptos tradicionales de seguridad han entrado en crisis.

 

¿Cómo se ha originado éste proceso de deterioro intelectual?

 

Esta crisis se origina no solamente en el hecho de que para ambos extremos del polo estratégico global, ha desaparecido el enemigo fundamental y único, contra el cual estaba organizada su defensa (lo que de por sí, constituye el saldo a favor de la distensión nuclear a escala planetaria), sino porque las causas que desencadenan conflictos y guerras se han multiplicado y se están complejizando crecientemente, por lo que allí donde una arena presentaba un solo enemigo perceptible, ahora se dibujan varios enemigos, activados por múltiples motivaciones bélicas.

 

Para el campo occidental, ha desaparecido el “enemigo comunista y soviético” contra el cual justificaba su despliegue estratégico, y respecto del cual había articulado diversas doctrinas ideológicas y concepciones de la guerra.   Para el campo oriental, su propia desarticulación ha hecho desaparecer el “enemigo capitalista”, por lo que las doctrinas políticas y estratégicas duales o bi-polares quedaron obsoletas, y desaparecieron del horizonte intelectual de sus estrategias.

 

Probablemente, y como lo sugieren diversos autores, estamos entrando en una era en que ha hecho crisis definitivamente la doctrina de la disuasión clásica, entendida sobre el paradigma de un duelo absoluto entre dos adversarios irreconciliables.

 

Así por lo tanto, han entrado en crisis aquellas doctrinas anti- subversivas como la basada en la ideología de la seguridad nacional, y la del conflicto de baja intensidad, en la medida en que las dimensiones reales del enemigo comunista o subversivo, contra el cual se suponía que combatían, ha disminuído ostensiblemente su capacidad  de acción y  su arraigo social y político.

 

Otras doctrinas como la de las represalias masivas (cuya matriz institucional fué la OTAN) ,la respuesta flexible,  o del Mutual Assured Destruction – MAD, también han entrado en crisis, en la medida en que la propia disuasión nuclear ha perdido el sentido de su significación como respuesta coherente y proporcionada a la proliferación y multiplicación de las nuevas  amenazas emergentes.

 

Por el otro lado, las propias doctrinas militares soviéticas llegaron a un punto de crisis, no solamente con su desastrosa experiencia en Afganistán (el Vietnam de los soviéticos), sino en la medida en que el desarrollo internacional político y militar- tecnológico invalidó tanto la concepción de un Estado autárquico y militarizado y continental, rodeado de enemigos terrestres y marítimos, como el principioque había hecho posible y organizado un sistema imperial constituído por un Estado central rodeado por un glacis de Estados dependientes, los cuales debían soportar, frenar o impedir un ataque masivo desde Europa Occidental, a través de Europa central.

 

Este sistema y la doctrina autárquica que lo fundamentó, entraron en crisis por que en el mundo moderno actual, ningún Estado autárquico y militarizado puede sobrevivir resistiendo -a largo plazo- los embates de la globalización de las comunicaciones y la información, de la interdependencia de los mercados y las economías.

 

En este punto, hay que subrayar otro efecto de la crisis doctrinal. 

 

Tanto en el área de influencia de la ex-URSS como de las naciones aliadas y dependientes de los Estados Unidos, se ha producido un doble fenómeno: un vacío doctrinal y la implosión del campo estratégico, al desaparecer el enemigo principal.  Es decir, no solamente las superpotencias mundiales se han quedado sin un enemigo visible y próximo, como sucedía en el período anterior, sino que además, los Estados y sus instituciones militares que habían definido sus doctrinas estratégicas, en conformidad con el esquema bi-polar prescrito por las respectivas potencias dominantes, se han quedado súbitamente sin doctrina.

 

A su vez, la propia multiplicación de las amenazas y fuentes de conflicto contribuye a la crisis de las doctrinas bi-polares: éstas ya no sirven para explicar la proliferación del poder mundial y la complejización del espectro del conflicto.

 

La crisis de la disuasión clásica.

 

Desde un punto de vista doctrinal, la disuasión como doctrina estratégica clásica, se basa en dos conceptos relacionados, a saber: la racionalidad de los contendores y de la concepción de la guerra; y el concepto de escalada asociado al cálculo de su probabilidad.

 

 En efecto, como queda en evidencia más adelante, en el análisis de las distintas doctrinas estratégicas navales en boga, la disuasión parte de dos supuestos: la racionalidad básica de los líderes políticos y militares y de los procesos de decisión en los Estados involucrados, y el principio del cálculo de la escalada como una eventualidad siempre probable. 

 

Sin embargo, ¿qué sucede cuando dicha racionalidad supuesta no existe, o cuando los líderes gobernantes de un Estado están animados por una ambición expansionista o agresiva disfrazada de interés nacional?   ¿qué sucede cuando, a pesar del cálculo de la probabilidad de la escalada, la agresión o la provocación sucede, como consecuencia de un cálculo  estratégico erróneo hecho en los altos mandos militares o políticos de un Estado?

 

En sus propios fundamentos conceptuales, la disuasión adolesce de supuestos cuya racionalidad u objetividad debiera ser puesta en duda, sobre todo a la luz de las experiencias históricas de los últimos dos siglos: las guerras resultan el efecto improbable o no previsto de actos incontrolados, de agresiones y de incidentes cuyo manejo fué inadecuado por parte de la Diplomacia, y que  se escalaron hasta el punto de no-retorno, de manera tal que el cálculo de la escalada resulta “la profecía auto- anunciada” y la irracionalidad de los actores se desencadena con el propio conflicto abierto.  

 

 No existe la tal racionalidad de los líderes políticos y militares de un Estado, en el momento de una crisis grave; ni existe la racionalidad en los procesos de decisión en las esferas superiores del Estado.    La experiencia  histórica de los escenarios de crisis, demuestra que en tales circunstancias altamente explosivas, lo que predomina son los sentimientos primarios y las ambiciones desmedidas, y que en situación de emergencia, generalmente las soluciones son de emergencia y se adoptan en un clima de emergencia.

 

Una consecuencia casi automática de la disuasión clásica, es la tendencia casi irreversible e irrefrenable a aumentar constantemente la cantidad y la calidad de los armamentos, por parte de los eventuales adversarios o actores del juego estratégico.   La disuasión históricamente nunca ha operado a la baja en materia de arsenales a disposición de los Estados, sino que por el contrario, opera automáticamente a la alza.

 

Probablemente la clave del problema de la disuasión reside en la racionalidad o irracionalidad de los procesos políticos e institucionales mediante los cuales se toman las decisiones estratégicas.

 

Pero, por otra parte, la crisis de la disuasión pone de relieve los cambios que se están produciendo en la concepción de la seguridad.

 

Cambios en los conceptos y requerimientos de seguridad.

 

De la descripción hecha en el Nº 1 sobre la escena internacional (y en la esfera marítima), resulta que se están manifestando nuevos desafíos a la seguridad, junto a la pervivencia de antiguos factores polemológicos.

 

Los numerosos diferendos fronterizos y territoriales pendientes, las fricciones entre grupos étnicos, religiosos o nacionales, el nacionalismo agresivo, las perturbaciones sociales y la incertidumbre frente a los cambios económicos, la inmigración ilegal, el narcotráfico, la criminalidad organizada, así como las amenazas que pesan sobre el medio ambiente, después de muchos decenios de explotación de los recursos naturales y de industrialización incontrolada, son algunos de los factores susceptibles de desencadenar conflictos en la actualidad.

 

Muchas de estas variables tienen un rasgo en común: el que trascienden las fronteras nacionales, de manera tal que la seguridad es más que nunca indivisible.  Las consecuencias de las amenazas a la seguridad nacional no pueden ser confinadas, por lo tanto a un solo país, del mismo modo que no existe ninguna organización internacional capaz de tratar por sí sola, todos los aspectos de la seguridad, o de hacer frente y resolver todaslas preocupaciones de seguridad de todos los Estados al mismo nivel.

 

Los cambios que suscita la globalización generan una relativización de las fronteras nacionales de los Estados, lo que cuestiona los conceptos tradicionales de soberanía.  En consecuencia, las bases conceptuales y jurídicas de la soberanía e integridad territorial de los Estados, que las doctrinas tradicionales de la seguridad nacional pretendían resguardar frente a ciertas amenazas ideológicas y políticas, están quedando obsoletas, puesto que la propia seguridad no puede continuar siendo entendida como una preocupación exclusiva y excluyente de cada Estado nacional.

 

La seguridad ha dejado de ser un concepto restrictivamente militar.

 

No es posible globalizar las economías y los mercados, los flujos financieros y los intercambios tecnológicos, las comunicaciones, la información y la circulación de datos y conocimientos, sin abrir los conceptos de seguridad que dan sustento a la Política, la Diplomacia y la Estrategia de los Estados entre los cuales dicha globalización se produce.

 

Las doctrinas e ideologías de la seguridad nacional quedaron obsoletas no solamente porque terminó la bi-polaridad que las justificaba, sino porque en un mundo cada vez más interdependiente y abierto como el presente, no es posible confundir la seguridad de la nación con la seguridad del Estado, sin grave riesgo para las libertades y para los sistemas democráticos.

 

En la actualidad, junto a las preocupaciones nacionales por la seguridad, han emergido dimensiones regionales y globales de la seguridad, que requieren de un tratamiento común y compartido entre los Estados involucrados.   Frente a desafíos comunes a la seguridad de las regiones y del mundo entero, hay que enfrentar soluciones comunes, lo que a su vez, debiera alentar la cooperación y la integración, sin perjuicio de que cada Estado nacional desarrolle sus propias modalidades de defensa de su seguridad.

 

Esta perspectiva es completamente válida en la esfera marítima y naval.

 

En la medida en que las fronteras marítimas (dadas sus características físicas o geográficas), son más difusas (no están “inscritas ni materializadas” en el espacio físico como sucede en tierra), y su protección resulta más costosa y aleatoria, los variados desafíos a la seguridad en el mar y en los espacios oceánicos, no pueden nunca ser todos resueltos por la acción de un solo Estado.

 

Los nuevos conceptos de seguridad ponen el acento en la interdependencia entre los problemas que originan la inseguridad, los riesgos y amenazas; resaltan la complejidad de las causas que desencadenan los conflictos; y ponen el acento en las perspectivas de cooperación que ellos suscitan entre Estados vecinos o pertenecientes a una misma región del planeta, sin olvidar que las dimensiones internacionales de la seguridad, resultan de ciertos nudos problemáticos de alcance global y que impactan a numerosos Estados, o al conjunto del sistema-Planeta.

 

 

4.  Los procesos de decisión de las políticas marítimas y navales.

 

Un mecanismo para comprender, racionalizar y sistematizar los procesos de decisión en torno a las políticas marítimas, oceánicas o navales, es considerarlas como políticas públicas, lo que permite abrirse a una renovada dimensión de la Ciencia Política.

 

El estudio  y la lógica de las políticas públicas permite describir -desde una perspectiva científica y racional- los complejos pasos y secuencias que se ponen en juego, cuando se toman las decisiones.

 

Una de las claves cognoscitivas del asunto, son la mecánica y la dinámica de los procesos de toma de decisión. Entendemos siempre que los procesos de toma de decisión que resultan en Políticas de Estado en materia Oceánica o Naval, por ejemplo, siempre son procesos institucionales dotados de reglas y procedimientos relativamente preestablecidos, y los que siguen una secuencia temporal y lógica de pasos sucesivos.   Una decisión es la expresión de una voluntad con autoridad, para que se realizen determinadas acciones o medidas, en función de criterios o políticas pre-determinadas y con efectos supuestos y previstos.

 

 Aún así, persisten numerosas interrogantes.  ¿Cómo se adoptan las decisiones?  ¿Qué criterios presiden las diferentes tomas de decisiones a lo largo de una cadena jerárquica institucional?  ¿Qué racionalidad gobierna la planificación estratégica que culmina en una Política Oceánica Nacional o en una Política Naval?  ¿Cuáles son las dosis aceptadas de azar y de imponderable en los procesos de toma de decisión?  ¿Cómo funcionan los sistemas institucionales estatales al momento de tomar decisiones en condiciones de escenarios  de crisis, de emergencias o de un  conflicto bélico?

 

Las características específicas del medio marítimo y naval y de las relaciones oceanopolíticas entre los Estados, permiten concebir un modelo de toma de decisiones para las políticas que se refieren a ellas.   Este modelo debe tomar en consideración el carácter altamente estructurado de los procesos de implementación de las instituciones marítimas y navales, especialmente de las Armadas.

 

En la medida en que éstas forman parte de las instituciones de la Defensa Nacional, de un conjunto integrado de organizaciones altamente estructuradas, jerarquizadas y obedientes al poder político legítimamente constituído en un Estado de Derecho, es decir, de las Fuerzas Armadas, un modelo del proceso de toma de decisiones debe considerar variables institucionales básicas como la verticalidad del mando y la estructura piramidal de su organización.

 

Elementos para un modelo de toma de decisiones de las políticas marítimas y navales.

 

El postulado central que aquí sustentamos afirma que el proceso de diseño, implementación y evaluación  de las Políticas de Estado en materia marítima y naval, debe estar impregnado de la noción de un diseño prospectivo (forward mapping).   Este comienza en la cúspide del Estado y del proceso mediante una declaración de política (objetivos e intereses generales), reflejando las intenciones de las autoridades políticas superiores, y que se desarrolla en una secuencia prevista de pasos cada vez más específicos, a fin de definir lo que se espera realizen cada una de las instituciones y servicios públicos involucrados en cada nivel. 

 

Al final del proceso, se postula, con el máximo de precisión posible cuáles serán los resultados satisfactorios u óptimos esperados, considerados a la luz de la experiencia histórica anterior y de las intenciones iniciales.

 

No se trata solo de trazar el mapa de las operaciones administrativas y de las disposiciones organizativas que deben ejecutarse en la esfera marítima y naval.   El proceso de diseño y decisión de las políticas, debe tomar en consideración la descripción de los actores políticos que intervendrán en la fase legislativa y pública del proceso, así como de los consensos que sustentarán la aprobación de las políticas propuestas.    Una Política Naval, por ejemplo, por más que resulte  de un proceso político- técnico e institucional que requiere de sofisticadas elaboraciones, apreciaciones y estimaciones de costos, recursos y escenarios alternativos, no podría formar parte de una Política de Defensa sin el adecuado respaldo cívico en la opinión pública.

 

La lógica subyacente al diseño prospectivo de las políticas navales y marítimas, es que aquel comienza por el enunciado de un objetivo, elabora y propone un conjunto cada vez mas acotado de etapas de implementación , y determina un horizonte de resultados, en relación con el cual pueda medirse el éxito o fracaso de dicha política.   Esta lógica prospectiva implica además, que los elaboradores de la política ejercen un adecuado grado de control directo y determinante sobre todo el proceso de implementación y evaluación.

 

Este requisito, que puede resultar evidente en el caso de las instituciones encargadas de la Defensa y de la implementación de la Política Naval – dado su modo de organización altamente jerarquizado, disciplinado y vertical- pudiera ser menos evidente en el caso de la Política Oceánica Nacional, cuya implementación, como se verá más adelante, está siempre encargada a una multiplicidad de instituciones y organizaciones.   De allí el diverso grado imperativo de una y otra política.

 

No debe perderse de vista además, que las instituciones que operacionalizan la Política Naval y las políticas marítimas, funcionan mediante una división racional del trabajo, sistemas de delegación de autoridad, comunicaciones y coordinación reguladas.

 

El proceso de decisión, en consecuencia, debiera suponer las siguientes etapas o fases operativo- institucionales:

 

a)  apreciación general del contexto político- estratégico y oceanopolítico (a partir de la inteligencia estratégica y naval), y que servirá de marco general de información, para la elaboración de las políticas, las que tienen lugar en el nivel superior de las instituciones de la Defensa;

 

b)  definición de los escenarios oceanopolíticos e internacionales, en los cuales se prevé que tendrá lugar la ejecución de la política, etapa que tiene lugar en las esferas superiores institucionales de la Defensa;

 

c)  definición de los objetivos generales y metas a alcanzar dentro del respectivo horizonte de planificación, con especial referencia a los aspectos logísticos y de programación, etapa que tiene lugar en la cúspide del Poder Ejecutivo del Estado; y

 

d) definición general de los recursos humanos, materiales, tecnológicos y financieros que se requerirán para la implementación de la política.

 

 

5.  El impacto de las tecnologías modernas sobre la Política y la Estrategia Naval.

 

El desarrollo tecnológico es una de las características básicas de la sociedad moderna y constituye acaso, uno de los contenidos esenciales de la modernidad.    Al mismo tiempo, el progreso científico y las aplicaciones tecnológicas en el campo de los armamentos y sistemas relacionados, constituye uno de los motores más dinámicos en la transformación del teatro de la guerra, y consecutivamente, en la modificación gradual de las doctrinas de empleo de las fuerzas en los conflictos.

 

En la esfera específicamente naval, la apreciación oceanopolítica debiera buscar indagar el significado  presente, las repercusiones operacionales y las tendencias futuras más decisivas de los avances tecnológicos que se están comenzando a aplicar, a fin de discernir sus impactos más plausibles sobre el desarrollo de las operaciones, y sobre las doctrinas estratégicas de empleo del poder naval en la guerra.

 

 

Tendencias y desarrollos principales.

 

En una perspectiva general, los principales desarrollos científicos en el campo naval, parecen orientarse en cuatro direcciones mayores:

 

el desarrollo de la velocidad, precisión y letalidad de los sistemas embarcados de armas;

– el desarrollo de la furtividad de las naves de superficie y submarinas, frente a la detección mediante radares y sonares, y ante la amenaza proveniente de los  sistemas de misiles anti- naves;

– el incremento de la integración operativa y comunicacional en tiempo real,  entre las flotas y los mandos estratégicos y políticos de la guerra; y

– el incremento progresivo de la interface hombre- máquina en la operación de las naves y sus sistemas de armas.

 

Sin perjuicio de otros progresos científico- técnicos en curso, consideramos que los siguientes avances en aplicación son susceptibles de incidir en la esfera oceanopolítica actual y futura:

 

1.  El desarrollo y aplicación de las tecnologías “stealth”, en el diseño y construcción de naves de guerra, de lo que resulta una mayor furtividad de los cascos y estructuras exteriores, frente a sensores y radares.

 

2.  El desarrollo creciente de la furtividad, autonomía, automatización informática y optronización de los sistemas embarcados en naves submarinas, dando como resultado un mayor potenciamiento de los  roles y misiones ofensivas y defensivas de los submarinos, al interior de las flotas de guerra.

 

3.  El desarrollo paralelo de misiles cruceros anti- naves (MCAN), como sistemas de alta efectividad, potencia y letalidad, y de los misiles anti- misiles, para la defensa de superficie de las naves de guerra.

 

4.  Los desarrollos de diversos sistemas de radar y sonares de alta tecnología, entre los cuales se destacan los radares tridimensionales, y los sonares para defensa costera.

 

5.  El perfeccionamiento  de los sistemas de C3I para naves de guerra, lo que debe producir -entre otros efectos- una mayor integración operacional de las flotas.

 

6.  El desarrollo de nuevas plataformas aéreas embarcadas, lo que debe redundar en un fortalecimiento adicional del rol y misiones del poder aero- naval como cobertura y respaldo ofensivo de las operaciones de la flota.

 

Algunos efectos oceanopolíticos y estratégicos.

 

Los cambios mayores que estos adelantos tecnológicos introducen  en la utilización del poder naval y en la  concepción estratégica de la guerra naval, determinan modificaciones en la esfera oceanopolítica, los que se analizan a continuación.

 

La tendencia mayor hacia la ampliación de las distancias de enfrentamiento  (entre la nave atacante y la nave objetivo) hace que los sistemas de comunicación y mando (C4I) devienen cruciales para el desarrollo de las operaciones y la batalla, ampliando las posibilidades de proyección de poder.

 

Una segunda perspectiva estratégica que se abre con dichos adelantos, es en el ámbito del ejercicio de la presencia marítima y oceánica, a fin de señalar los intereses nacionales y marítimos mediante un amplio espectro de actividades diplomáticas y estratégicas, presencia que, junto con fortalecer el significado del dominio soberano en el mar territorial y en la zona económica exclusiva, amplía las posibilidades estratégicas de la defensa y proyección de fuerzas en los espacios oceánicos de interés nacional.  Los desarrollos tecnológicos y oceanopolíticos antes mencionados, hacen posible que la presencia marítima y oceánica se realize en condiciones favorables a los propios intereses nacionales, sin alterar los equilibrios y la estabilidad regional o global.   A su vez,  en las condiciones de escenarios de crisis o conflicto naval, la presencia marítima y oceánica puede convertirse en un eficaz factor disuasivo y en una modalidad operativa capaz de evitar la escalada.

 

En tercer lugar, debe mencionarse que el creciente desarrollo y eficacia de los sistemas embarcados de misiles anti-naves y de misiles anti-misiles, así como la extensión de su utilización a cada vez más Estados, más la creciente multiplicación del poder naval en el mundo, hacen más probables los escenarios de crisis e incidentes en la esfera naval, que hace diez o veinte años atrás.   Las armadas, por lo tanto, deben fortalecer sus capacidades de alerta temprana, de vigilancia aero- naval, así como sus condiciones de alistamiento permanente, de manera de adquirir un potencial suficiente que disminuya  las ventanas de vulnerabilidad de la Defensa Nacional en el mar, y les permita ejercer una eficaz gestión de crisis.

 

Finalmente, hay que subrayar que los avances tecnológicos antes mencionados, modificarán la naturaleza de la guerra naval en el teatro de batalla, en dos aspectos tácticos importantes, a saber:

 

– los aumentos combinados de la capacidad de localización de objetivos, el alcance, precisión y poder destructivo de los nuevos armamentos navales, permiten ahora concentrar la potencia de fuego  contra las fuerzas navales enemigas, sin necesidad de concentrar las fuerzas navales propias para el ataque, modificandose en consecuencia, el propio concepto del dispositivo naval para la batalla; y

 

– los desarrollos tecnológicos existentes otorgan al defensor una capacidad potencial similar como para arrebatarle la iniciativa al atacante, mediante acciones eficaces, en profundidad y súbitas contra las naves del atacante, borrando de esta manera la distinción entre operaciones ofensivas y defensivas.   En consecuencia, el escenario de la batalla naval estárá caracterizado por transiciones rápidas entre operaciones ofensivas y defensivas: ahora el defensor, al poder alcnazar las naves enemigas en posiciones distantes antes de la batalla, o en grandes espacios oceánicos, no tiene necesariamente que esperar el golpe.   Los tiempos de decisión se acortarán dramáticamente.   En consecuencia, la elección del momento del enfrentamiento ha dejado de ser un atributo exclusivo del atacante.

 

Desde una visión oceanopolítica de conjunto, se puede afirmar que el desarrollo de las llamadas “armas inteligentes” está produciendo cambios en las doctrinas estratégicas.    Ellas aparecen a mediados de los años setenta del presente siglo, gracias a la miniaturización de la electrónica, lo que permite embarcar sistemas computacionales de guía sobre los propios sistemas de armas.  A continuación, hacia mediados de la década de los ochenta, la aceleración de los avances en microeletrónica, mediante distintos tipos de sensores (opticos, radares, infrarrojos, lasers) y en la observación en tiempo real mediante satélites, produjo la posibilidad de puntería a larga distancia y de guía terminal sobre el objetivo.

 

Uno de los resultados mayores en este aspecto, es la mayor precisión y la reducción del “CEP” (círculo de error probable), tanto en las armas estratégicas como en las armas de campo de batalla, con blancos fijos o móviles.

 

Dos son los cambios mayores que éstos avances suscitan: uno de carácter técnico-militar y el otro de orden político-militar.

 

La mutación técnico- militar implica que la mayor precisión supone tres opciones, a saber:

 

– primero, la tentación “teórica” de poder realizar un ataque nuclear de primer golpe;

 

– segundo la restauración de la defensa estratégica de caracter clausewitziano, superior al ataque, en la forma de un escudo constituído por golpes hábilmente inflingidos, y no solamente mediante los abrigos defensivos, o la furtividad de los submarinos, aviones y misiles crucero;

 

– y tercero, la posibilidad de desnuclearizar las cabezas de guerra de las armas, en la perspectiva de  poder realizar una guerra “quirúrgica”, apuntando a destruir en el enemigo, toda capacidad de ofensiva prolongada.

 

De aquí resulta que, pasada la época de los ataques nucleares estratégicos, con estas armas inteligentes se reabre la posibilidad de una guerra convencional y limitada.  En el espectro del conflicto, las guerras y enfrentamientos más probables vuelven a ser las guerras localizadas, los incidentes y crisis, las guerras convencionales de corta duración y alta intensidad, como ha sido el caso en Malvinas/Falklands (1982), entre Perú y Ecuador (1995) y en el Golfo Pérsico (1980 y 1991).

 

La segunda mutación que ellas producen es político-militar.   Anteriormente, la aproximación hacia el enemigo y la puntería exigían una dosis de coraje y audacia de las tripulaciones y combatientes.

 

Ahora la inteligencia de las armas de campo, operacionales y estratégicas, permite apuntar, lanzar y retirarse del teatro sin que necesariamente los adversarios se encuentren física o visualmente.  Las nuevas armas permiten ahora que “teóricamente” el combatiente se “independize” del arma que opera, ya que ésta busca, persigue y alcanza autónomamente a su objetivo.  Esta autonomía, sin embargo, acentúa su responsabilidad en la planificación, ejecución, control y evaluación de las operaciones.

 

Como consecuencia, los desarrollos tecnológicos analizados debieran implicar un retorno a la preeminencia de la voluntad política y humana en la decisión de la guerra.   Como se verá a continuación, las implicancias políticas y estratégicas de los desarrollos tecnológicos en curso, se ponen de relieve especialmente en los escenarios de crisis.

 

6.  Elementos de análisis y gestión de incidentes y crisis navales.

 

Un aspecto esencial en el desarrollo e implementación de la Política Naval, consiste en la aplicación de políticas e instrumentos coherentes de gestión de crisis e incidentes navales, y cuyo objetivo último, es poner bajo un control eficaz todos los factores objetivos y subjetivos que influyen sobre la trayectoria de la crisis, a fin de frenar su evolución, impedir su escalada, e intentar volver la situación al equilibrio anterior.

 

Es importante subrayar el hecho de que una crisis no solamente es un incidente de seriedad y complejidad distinta en cada caso, sino que sobre todo, las crisis e incidentes navales pueden ser considerados como reveladores de una situación político- estratégica que está en un largo  proceso de mutación.

 

Salvo en el limitado caso de accidentes, un escenario de crisis puede resultar de una sucesión inédita e inesperada de acontecimientos poco o mal controlados, pero no hay que olvidar que provocar un accidente no es un accidente.

 

Los incidentes y crisis navales resultan de un factor detonante generalmente azaroso e inesperado, pero la explicación profunda de sus orígenes deben buscarse en la situación antecedente o anterior, donde la apreciación oceanopolítica previa puede haber descubierto o intuido factores polemológicos que incubaban tensiones.

 

Las crisis operan como reveladores que sacan “a la superficie”, tensiones anteriores incubadas por largo tiempo.

 

Para proponer un modelo de gestión de crisis navales, debimos hacer uso de distintas fuentes metodológicas, entre las cuales las teorías de las coaliciones, del liderazgo y las teorías de juegos.

 

Definiciones básicas del  modelo.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica definimos como crisis naval a una coyuntura de cristalización  y polarización de las tensiones políticas y estratégicas, a raíz de la ocurrencia de un conjunto de incidentes y gesticulaciones navales interpretadas como alteradoras del equilibrio.

 

El modelo que proponemos supone que toda crisis naval transcurre a través de cuatro fases generales de evolución, a saber:

 

Fase 1: de sincronización, en la cual el sistema antecedente, configurado por la ecuación  de poder marítimo y naval preexistente, presenta rasgos de creciente inestabilidad;

 

Fase 2: de desincronización, durante la cual las modificaciones y cambios en el contexto o en los comportamientos de los actores se orientan hacia una agudización de las tensiones;

 

Fase 3:  de ruptura, en la que el nudo del conflicto se orienta hacia un punto de no- retorno, frente al cual operan a la vez, los factores de resolución de la crisis y los factores de agudización o escalamiento;

 

Fase 4:  de re-sincronización, en la que el desenlace de la crisis produce una nueva distribución de hegemonías o ecuación de poder.

 

La apreciación oceanopolítica ( y la inteligencia naval que la nutre), debe estar en condiciones de manifestar capacidades para diagnosticar  las características del medio ambiente o contexto marítimo- naval, y de pronosticar las tendencias susceptibles de convertirse en factores polemológicos y desencadenantes de crisis.

 

El proceso de gestión de las crisis navales opera crucialmente en las fases 2 y 3, respondiendo a tres urgencias absolutas, a saber:

 

1º:  ejercer un control estricto del mando político y estratégico, sobre las fuerzas navales en presencia, en el área de la crisis, de manera de impedir gesticulaciones que puedan ser mal interpretadas;

 

2º:  desarrollar un proceso acelerado de información político- militar y de apreciación político- estratégica, a fin de conocer el relieve y entidad de los incidentes, su alcance e impacto sobre los intereses nacionales y marítimos;

 

3º: poner en funcionamiento mecanimos institucionalizados o procedimientos no- formales y alternativos de comunicación político-diplomática que permitan encapsular los incidentes y la crisis, y poner en marcha medidas para reestablecer la confianza mutua.

 

Un modelo para la gestión de incidentes y crisis navales.

 

De este modo, el proceso integral de gestión de incidentes y crisis navales, puede ser descrito en los siguientes pasos:

 

a)  la aparición súbita y azarosa de un factor desencadenante de la crisis, un incidente inesperado que pone en juego una cadena de acciones y reacciones que tiene tendencia a escalarse;

 

b)  los adversarios ponen en juego tácticas y estrategias en forma de gesticulaciones, las que pueden producir respuestas escaladas, o en el sentido de la resolución de las tensiones;

 

c)  en el nudo del conflicto, que es el punto de concentración de las tensiones, durante el cual los mandos militares y las autoridades políticas de los Estados involucrados requierel del máximo de información sensible y actualizada, y de inteligencia suficiente para adoptar decisiones en tiempo real.   Estas pueden ir en el sentido de potenciar los factores de resolución del conflicto, disminuyendo las tensiones y limitando las gesticulaciones a un nivel no-polemológico, o potenciar los factores de agudización y escalamiento llevando la coyuntura crítica hacia un punto de no-retorno.

 

d)  aún así, el umbral de no- retorno no puede ser considerado como un momento absolutamente irreversible de paso al conflicto naval abierto o generalizado en el área, sino que los que toman las decisiones deben entender que se trata del paso a un nivel distinto de la coyuntura crítica, en el cual los factores polemológicos y de escalamiento están predominando rápidamente sobre los de resolución, y durante el cual, la extrema rapidez de los hechos (navales y oceanopolíticos) dificulta las comunicaciones y el arreglo político- diplomático del diferendo.   Durante el nudo del conflicto y ésta fase de umbral, se ponen a prueba -en su eficacia y racionalidad- los procesos de toma de decisiones;

 

e)  el desenlace de la crisis o del incidente vendrá precisamente e la calidad y eficacia de los mecanismos de comunicaciones político- diplomáticas entre los Estados involucrados, de la racionalidad y objetividad de los mecanismos de toma de decisiones, y de la disposición política de los líderes para encontrar vías de resolución que equilibren los intereses y el prestigio en juego.

 

Como se verá a continuación, el nudo central de los escenarios de crisis, como del conjunto del cálculo estratégico y oceanopolítico, reside en las percepciones mutuas.

 

7.  Las percepciones mutuas de seguridad desde una perspectiva oceanopolítica.

 

En los orígenes de la disuasión, del calculo estratégico y de la apreciación oceanopolítica, se encuentran las percepciones mutuas de seguridad entre los Estados.

 

Este es uno de los tópicos mas difusos, imprecisos e indeterminados como sujeto de conocimiento e investigación aplicada, y en el cual se encuentran las Ciencias Políticas y las Relaciones Internacionales.   Ello se debe a que dichas percepciones ponen de manifiesto, una de las dimensiones más subjetivas e individualizadas de los procesos de decisión de los Estados: las ideas e imágenes que los líderes, gobernantes y estrategas se hacen respecto de los demás Estados.

 

En otra parte de éste capítulo (en el Nº 4 recién presentado)  nos referimos a los procesos de decisión, de manera que aquí analizaremos desde un enfoque oceanopolítico, las formas como operan en la realidad las percepciones mutuas de seguridad.

 

 

¿Qué son las percepciones mutuas de seguridad?

 

En su acepción más elemental, las percepciones mutuas son las imagenes que las autoridades políticas y los mandos militares se hacen respecto de las intenciones y conductas de los demás Estados.

 

La percepción en la esfera internacional, es entonces, una interpretación intelectual, una representación imaginaria de lo que se supone quiere hacer o no quiere hacer otro Estado en el campo político, diplomático o estratégico.   Si nos guiamos por el criterio realista propuesto en el Cap. II, según el cual el parámetro para determinar las conductas de los Estados en función de sus intereses nacionales, entonces las percepciones mutuas son interpretadas de manera de descifrar y tratar de determinar -con la mayor precisión y claridad posible- cuáles son los intereses en juego en cada coyuntura y qué intereses mueven realmente a los Estados en cada momento del proceso de las relaciones internacionales.

 

Las percepciones operan entonces, como procesos mentales, individuales y colectivos (o institucionalizados) en los que se interpretan conductas en función de parámetros duales de existencia o carencia de determinadas condiciones.

 

Estas condiciones de seguridad son básicamente cuatro:  calidad de las relaciones entre los Estados, postura de cada Estado, intenciones de las conductas, y contexto de las relaciones.

 

De aquí resulta que las percepciones mutuas de seguridad pueden clasificarse en:

 

a)  percepciones de confiabilidad/ desconfianza;

 

b)  percepciones de fortaleza/ debilidad;

 

c) percepciones de amistad/ enemistad; y

 

d)  percepciones de estabilidad/ inestabilidad.

 

Las percepciones mutuas ocupan un lugar intermedio entre la información (política, diplomática y estratégica) disponible, y la inteligencia necesaria para las decisiones, y la apreciación político- estratégica y oceanopolítica, que permitirá adoptar los cursos de acción.

 

 

 

8.  Estado y Política Oceánica Nacional.

 

En la medida en que los Estados- naciones adquieren conciencia de su rol en los mares y océanos, se van manifestando crecientemente los requerimientos para la formulación de Políticas de Estado, que definan algunas orientaciones de política pública, asignen recursos, y permitan articular institucionalmente la acción del Estado y la nación en la esfera marítima y naval.

 

De esta necesidad surge el concepto de Política Oceánica Nacional la que entendemos aquí como la definición político- institucional -para el largo plazo- de las grandes orientaciones de acción del Estado y la nación en la esfera marítima y oceánica, en función de sus intereses nacionales y marítimos.

 

La existencia de una Política Oceánica Nacional constituye el reflejo más evidente y significativo de la existencia de intereses marítimos y oceánicos, por parte de un Estado, y de una voluntad política nacional para realizarlos.   Quién dice Política Oceánica Nacional, dice voluntad marítima y oceánica y supone una orientación estratégica para adquirir y poseer medios navales de alcance oceánico para  concretar dicha voluntad. 

 

Nadie formula Políticas Oceánicas para quedarse en la costa, defendiendo el litoral y las aguas contiguas…, sino que por el contrario, dichas políticas reflejan siempre de un modo objetivo, una correlación estrecha entre intereses oceánicos nacionales, voluntad marítima y medios navales para promoverlos y alcanzarlos.  En ésta correlación reside la racionalidad fundamental de toda Política Oceánica. 

 

Acaso podría decirse también que la formulación de una Política Oceánica, supone una visión estratégica, en el tiempo y en el espacio,  es decir, implica una mirada mucho más allá del horizonte visible, para sacar a una nación marítima de su “esclavitud o anclaje costero”, y otorgarle una amplia capacidad de presencia y proyección que dé nuevas perspectivas a su desarrollo y a su seguridad.

 

La explicitación de los objetivos mayores del Estado en la esfera marítima, se corresponde tanto con la existencia de procesos altamente institucionalizados y racionales de toma de decisiones de las Políticas públicas, como de una gran capacidad de integración de las distintas posturas institucionales y corporativas -al interior del aparato estatal-  de manera que ellas resulten efectiva y eficazmente en orientaciones, procedimientos, normas y asignaciones de recursos.

 

Anteriormente -en el Nº 4 de éste capítulo- nos hemos referido en detalle a un modelo ideal o teórico aplicable al proceso de toma de decisiones para las políticas de Estado en la esfera marítima y naval.

 

Lo que aquí importa subrayar, es que la Política Oceánica Nacional es la culminación de complejos procesos institucionales e inter- institucionales de reflexión, elaboración e implementación, y ella pone de manifiesto el hecho de que el Estado posee un marco de intereses nacionales e intereses marítimos, y a los cuales desea darles contenido, realización y proyección.

 

Lejos de su diseño, sin embargo, cualquiera posibilidad de centralismo burocrático o estatal.  El concepto básico de una Política Oceánica Nacional es la de una definición referencial y orientadora de planificación, y descarta algún carácter imperativo, salvo en el marco jurídico, que desempeña un rol regulador.

 

 

 

La Política Oceánica Nacional como política de Estado.

 

 

Al igual que las Políticas de Defensa Nacional o de Relaciones Internacionales, la Política Oceánica Nacional necesariamente tiene que adquirir el carácter de una política estratégica del Estad, dada la entidad, alcance y complejidad de sus contenidos.

 

¿Qué implicancias institucionales tiene éste enfoque?

 

a) por un lado, que en cuanto definición orientadora político- institucional, debe situarse siempre en la perspectiva del largo plazo, integrando dinámicamente las exigencias del mediano plazo y las urgencias del corto plazo; y

 

b)  por el otro, que su diseño, implementación y evaluación genera ámbitos de competencia entre distintas instituciones, órganos y poderes del Estado, de manera que desde el punto de vista orgánico, se trata de una política nacional e inter- institucional.

 

Como ha quedado claro en el Cap. I, sobre las grandes variables de la apreciación oceanopolítica, el desarrollo de la vocación y la voluntad marítima del Estado- nacional, en el horizonte de constituir la potencia marítima, es siempre el resultado progresivo de la aplicación perseverante de políticas a lo largo de varios decenios e incluso, de sucesivas generaciones.

 

Estas Políticas públicas no se improvisan ni pueden estar sometidas a los avatares normales de los cambios políticos, propios de los sistemas democráticos y de la sucesión de distintos Gobiernos en la administración del Estado, sino que deben asegurar su permanencia, realización eficaz y continuidad de cumplimiento en el tiempo, a fin de que produzcan  resultados, en la gradualidad y la evolución  de sus etapas.

 

En un sentido estrictamente institucional, la definición de la Política Oceánica Nacional, así como las grandes políticas estratégicas de la Nación y el Estado (en especial aquellas referidas a la Defensa Nacional y las Relaciones Exteriores), tienden a asociarse con la Razón de Estado, entendida ésta como la ideología inmanente de la institución estatal en función de su permanencia y continuidad en el tiempo.

 

Una política pública constituye una decisión de una autoridad legítima, adoptada dentro de su ámbito de competencias, y conforme a ciertos procedimientos institucionalizados, es vinculante para todos los componentes de las instituciones y servicios involucrados y se traduce en normas jurídicas y actos administrativos.

 

Si entendemos la Política Oceánica Nacional como una política pública, es porque ésta supone cinco condiciones o requisitos, a saber:

 

a)  que es institucional , es decir, que su elaboración es un proceso legal y orgánicamente regulado, poniendo en juego una trayectoria compleja de tomas de decisiones por parte de las esferas políticas superiores del Estado, y de funcionarios investidos de una autoridad formal legalmente constituída, y que resulta ser colectivamente vinculante para numerosas instituciones;

 

b)  que es decisoria, o sea, que opera como un conjunto secuencial de decisiones, relacionadas con una determinada selección de objetivos y de recursos o medios, de mediano, corto o largo alcance, en una situación específica y en respuesta a problemas y necesidades  previamente diagnosticados, relativos a la esfera marítima del país;

 

c)  que es causal, en el sentido de que sus decisiones componentes son los productos de otras decisiones y acciones relativas al dominio marítimo, las que tienen siempre efecto e incidencia sobre otras esferas de la actividad nacional;

 

d)  que es vinculante, es decir, que involucra a un conjunto de decisores y operadores de distintas instituciones y servicios del Estado, lo que denota el carácter inter- institucional de toda Política Oceánica Nacional.

 

 

 

La institucionalización de la Política Oceánica Nacional.

 

La  considerable diversidad de organizaciones estatales que caracteriza al mundo moderno, no permite establecer un marco institucional único para el complejo proceso de toma de decisiones, y de implementación de las Políticas Oceánicas de los Estados.   En algunos casos, como resulta de la experiencia de numerosas naciones históricamente marítimas, la existencia de un Ministerio del Mar o de Asuntos Marítimos, puede constituir una base estructural sólida para dichas políticas.

 

En otros casos, las instituciones civiles y castrenses relacionadas con la esfera marítima y naval pueden dar forma a este complejo de Políticas, mediante la creación de alguna instancia operativa a nivel del poder Ejecutivo, como un Comité Interministerial de Desarrollo Oceánico Nacional, investido de las atribuciones y recursos suficientes para poner en marcha el proceso de reflexión, elaboración y proposición, y puesta en marcha de una Política Oceánica.

 

La Política Oceánica Nacional debe emanar desde alguna instancia situada en las esferas del Poder Ejecutivo del Estado, y como resultado de un vasto proceso de consulta inter- institucional en el que se integren, entre otros, el sector privado o empresarial, el mundo académico y universitario que trabaja en la esfera marítima, las organizaciones corporativas y gremiales, la Armada y demás instituciones de la Defensa Nacional, junto a diversos componentes ministeriales que tienen participación en los asuntos marítimos y navales de un país.

 

Desde el punto de vista de su entidad jurídico- política, la Política Oceánica debiera constituirse en una Ley-Marco o Ley Programática de duración decenal.   El concepto básico aquí propuesto define que la Política Oceánica Nacional puede ser diseñada por una instancia interministerial e inter-institucional asesora, situada a nivel del poder Ejecutivo del Estado (específicamente de la Presidencia de la República o del Primer Ministro), la que posteriormente iniciaría su proceso legislativo, de manera que sea promulgada como Ley, texto jurídico y normativo que tendría una vigencia de 10 años, período a cuyo término se reanudaría el mismo proceso de elaboración y discusión parlamentaria.

 

Este mecanismo institucional permite establecer una Política de Estado de carácter estratégico, fijar grandes orientaciones de políticas públicas, de un modo que asegure su permanencia, coherencia y continuidad en el tiempo, sin perjuicio de la aplicación de políticas y acciones específicas, acotadas en el tiempo y adaptadas a los cambios y evoluciones del corto y mediano plazo.

 

De este modo se establece una relación de continuidad de la acción del Estado, y de las orientaciones dadas al quehacer de la sociedad civil y los agentes económicos privados -nacionales y extranjeros- en la que se combina la perspectiva del largo plazo, con los requerimientos y urgencias que cada Gobierno debe administrar, dentro de su período de ejercicio.

 

 

Los contenidos básicos de una Política Oceánica Nacional.

 

Esta Política de Estado, como ha sido subrayado, señala sólo grandes orientaciones y fija el marco jurídico y administrativo general, el que facilitará y creará las condiciones que estimulen el desarrollo marítimo de la Nación.   Por ello, dichas orientaciones deben segmentarse en los grandes campos de acción social, económica, cultural, científico- académico, tecnológico y  de infraestructura, que harán posible dicho desarrollo.

 

Las grandes políticas públicas que pueden integrarse dentro de una Política Oceánica Nacional, debieran ser las siguientes:

 

a)  una Política de Desarrollo de la Infraestructura Marítima y Portuaria;

 

b)  una Política de Desarrollo Pesquero;

 

c)  una Política de Desarrollo de la Flota Mercante Nacional;

 

d)  una Política de Investigación Científica y Tecnológica, aplicada a la esfera marítima;

 

e)  una Política de Desarrollo  y Preservación del Borde Costero;

 

f)  una Política de Investigación y Desarrollo Antártico;

 

g)  una Política de Investigación y Desarrollo de la Explotación Económica del Suelo y Subsuelo Marino;

 

h)  una Política  general de Preservación del Medio Ambiente Marino;

 

i)  una Política referencial de promoción del Turismo en el Mar.

 

 

 

9.  Estado, Relaciones Internacionales y Diplomacia Naval.

 

Una segunda dimensión importante en la aplicación de las políticas marítimas y navales, y donde tienen lugar las relaciones oceanopolíticas es el campo de la Diplomacia Naval.

 

Se trata de un ámbito de acción donde se encuentran y se integran las Políticas de Estado, las Relaciones Internacionales y la Estrategia, y donde se ponen de manifiesto la complejidad y diversidad de los objetivos políticos y los intereses marítimos y nacionales de los Estados.

 

Los objetivos de la Diplomacia Naval.

 

La Diplomacia Naval apunta a tres grandes objetivos generales:

 

a) servir como instrumento de acción a la Diplomacia de un Estado, a fin de respaldar sus Relaciones Internacionales;

 

b)  contribuir a crear ambientes propicios y favorables, para que la Diplomacia se realize, desde una postura de poder ventajosa para los propios intereses nacionales;

 

c)  contribuir a fortalecer y mantener una imagen- país positiva, así como el prestigio y la respetabilidad internacional del propio Estado.

 

Las acciones de Diplomacia Naval se sitúan en el contexto de la voluntad política del Estado, y de sus autoridades superiores, de reflejar de un modo adecuado, mediante el instrumento naval, algunos objetivos políticos específicos, y por esta razón, la Diplomacia en el mar es un instrumento al servicio de la Política global del Estado.

 

Numerosos autores han subrayado los alcances y limitaciones de la Diplomacia Naval, desde la perspectiva de las grandes potencias marítimas, en cuanto formas de manifestación de su poder, de su influencia y de su capacidad de ejercer hegemonía de un modo visible.   La Diplomacia en el mar no puede ser vista solamente como una modalidad de ejercicio de la potencia marítima, sino también y esencialmente, como un conjunto de procedimientos mediante los cuales los Estados  manifiestan y pretenden realizar sus intereses nacionales, en una relación oceanopolítica entre actores distintos y aparentemente iguales.

 

Los Estados hacen Diplomacia Naval con sus flotas de guerra, porque siempre quieren decir algo mostrando algo.   Cuando un Estado pasea por el mundo sus barcos de guerra, está enviando a los demás Estados una serie compleja de señales comunicacionales no escritas, algo así como una semiótica del lenguaje naval.

 

Como se sabe el gesto es semiótico, en la medida en que sirve para dar a conocer un mensaje por medio de signos o señales.  La “gestualidad naval”, por lo tanto, sirve a los fines de la Diplomacia.

 

 Este lenguaje no verbal, constituye un despliegue -a la vez, material y simbólico- que va desde el tipo de nave que realiza Diplomacia, hasta la cantidad y calidad del armamento que exhibe; desde la conducta y el grado de profesionalismo que manifiestan -en tierra y en el mar-  su tripulación y sus mandos, hasta las finuras formales y de contenido del protocolo y el ceremonial que lucen sus marinos; desde la postura táctico- operacional que adoptan las naves,  hasta la oportunidad en el tiempo,  de una determinada acción diplomático- naval.

 

Los atributos de las naves de guerra para la Diplomacia Naval.

 

Esa sabido que las naves de guerra, por sus propias características operacionales, tienen virtualidades diplomáticas que les son inherentes.   Entre éstas cabe destacar:

 

a)  la versatilidad  polivalente,  entendida como la capacidad de realizar una diversidad de tareas civiles o militares, dentro de una gradualidad cuya decisión final corresponde a los mandos, en función de las orientaciones y los objetivos de las autoridades políticas del Estado;

 

b)  la gradualidad demostrativa,  en la forma visible de las demostraciones navales implícitas en todo acto de Diplomacia, lo que debe entenderse como una capacidad y disponibilidad para realizar demostraciones de intenciones, a fin de producir determinadas percepciones, regulando el uso y exhibición del poder naval;

 

c)  la movilidad autónoma, que es una cualidad que implica libertad de movimiento, la que permite a las naves de guerra desplazarse dentro de una zona, con mayor o menor visibilidad, apareciendo o no apareciendo según sea útil y funcional a los fines de la Diplomacia del Estado;

 

d)  la potencia de proyección, que debe ser entendida como la capacidad objetiva de fuego que tiene cada nave de guerra, la que siempre constituye un dato en el cálculo estratégico, detrás de toda interpretación de una acción de Diplomacia Naval;

 

e)  la accesibilidad y permanencia,  dice relación con la capacidad potencial y real que tienen las naves, para acceder a los más diversos puntos de la geografía mundial, de permanecer o de retirarse de acuerdo con las conveniencias propias;

 

f)  la visibilidad simbólica, finalmente, es una cualidad inherente de las naves que les permite reflejar y demostrar, exponer u ocultar, poner en evidencia y manifestar a través de su propia apariencia material, la simbología más visible de su poder, y correlativamente, del poder naval del Estado del que provienen y representan.

 

Es importante subrayar la importancia que ejercen las percepciones mutuas en la implementación de las acciones de Diplomacia Naval.  En efecto, cada conducta de la Diplomacia en el mar está destinada a producir un efecto de imagen, que será necesariamente interpretado por los líderes políticos y los mandos militares y navales de otros Estados, especialmente de los Estados anfitriones o receptores.

 

La apreciación oceanopolítica, desempeña aquí un rol crucial al ofrecer una matriz de lectura e interpretación de los actos de Diplomacia Naval, al situarlos en el contexto general de los intereses marítimos y nacionales de cada Estado interviniente,  al poner de relieve que detrás de cada conducta diplomática se refleja una imagen-país,  un potencial marítimo y naval propio y específico, y al exponerse de un modo  material y visible, una determinada intención de poder e influencia.

 

Así, la Diplomacia Naval es un juego multifacético de imágenes producidas y de percepciones recibidas.

 

Un dato importante a considerarse en la apreciación oceanopolítica de las conductas de Diplomacia Naval, es el patrón histórico de comportamiento de cada Estado en sus relaciones oceanopolíticas con los demás Estados.

 

Como se ha visto en un capítulo anterior, las percepciones mutuas ocupan entonces, el centro de la interpretación y la apreciación oceanopolítica, puesto que ellas desempeñan el rol de nexo intelectual entre las acciones de Diplomacia en el mar y su comprensión racional,  por parte de los operadores navales y las autoridades políticas.

 

¿Para qué sirve una nave de guerra?  Dentro de la versatilidad operativa antes mencionada, se pueden discernir dos funciones generales: realizar la guerra naval, mediante el uso objetivo de su poder de fuego, y demostrar visiblemente que posee y puede usar dicho poder.    Es en esta segunda función general donde se sitúan las acciones de Diplomacia naval.

 

Las operaciones de Diplomacia en el mar, pueden distinguirse en dos grandes modalidades específicas: estrategias y tácticas.  Las primeras, se distinguen por su alcance, por la entidad de las fuerzas navales implicadas y por la significación que le atribuyen sus destinatarios

 

Las estrategias de la Diplomacia Naval.

 

En la clasificación de acciones de Diplomacia en el mar, entre los principales autores clásicos actuales, K. Booth propone en Las Armadas y la Política exterior, un conjunto indiferenciado de operaciones con contenido diplomático.

 

En este ensayo vamos a distinguir actividades estratégicas y tácticas, siendo las primeras:

 

a)  las demostraciones  pacíficas de poder naval;

 

b)  los despliegues operativos con fines no- agresivos; y

 

c)  los ejercicios navales conjuntos.

 

Extrapolando sus alcances estratégicos y situándolas en el contexto de sus efectos diplomáticos sobre el comportamiento naval de otras naciones, podría incluso afirmarse que determinadas medidas de confianza mutua, se entrecruzan con las acciones de Diplomacia Naval.

 

En efecto, miradas desde el punto de vista de su contribución a crear ambientes favorables y propicios para la acción diplomática general del Estado, las medidas de confianza mutua entre dos o más Estados, también deben ser analizadas, implementadas y evaluadas como mecanismos diplomáticos navales que ayudan a reforzar la credibilidad mutua,  favorecen el conocimiento y el entendimiento entre las fuerzas navales de los Estados, y tienden a disminuir las percepciones de sospecha e incertidumbre.

 

 

Tácticas de Diplomacia Naval.

 

A su vez, las tácticas de diplomacia naval se sitúan en un ámbito limitado de alcance, significación e impacto.   Se trata en realidad de operaciones navales que por su entidad estrictamente focalizada, deben situarse cuidadosamente en el contexto de Políticas de Diplomacia Naval y de unas Relaciones Internacionales que cuidan muy minuciosamente la tonalidad e impacto de sus medidas.

 

Muy frecuentemente, éstas tácticas preceden en el tiempo a medidas de mayor envergadura estratégica, puesto que las fuerzas navales involucradas contribuyen a crear climas y predisposiciones favorables a la manera de embajadores de buena voluntad o relacionadores públicos que operan con la Imagen- País.

 

Entre éstas se pueden considerar las siguientes acciones:

 

a)  el desarrollo de actividades de cooperación naval y tecnológica;

 

b)  las visitas de buena voluntad;  y

 

c)  las visitas operativas.

 

Estas tácticas -finalmente- se integran dentro de una concepción estudiada y planificada de los roles y misiones de las Armadas en tiempos de paz.

 

 

 

 

10.  Estado, Política de Defensa Nacional y Política Naval.

 

 

Los Estados modernos tienden a definir y explicitar sus Políticas de Defensa, por cuanto ellas son la manifestación más racional de sus intereses nacionales, de sus requisitos básicos de seguridad, y son la expresión política de su voluntad de defender dichos intereses y requisitos.

 

Significación y alcances de la Política de Defensa.

 

Una Política de Defensa Nacional, en un sentido genérico, es una Política de Estado, que se construye sobre la base de los siguientes elementos:

 

1º una identificación clara y objetiva del contexto internacional y regional en el cual se inserta la Nación- Estado;

 

2º un diagnóstico o apreciación global político- estratégica respecto de las ventajas comparativas, posición, vulnerabilidades, y riesgos o amenazas que pudieran comprometer su seguridad como país;

 

3º una definición clara de los fines, objetivos y misiones de la Defensa y de las instituciones encargadas de realizarla;

 

4º una identificación  general de los medios o recursos puestos a disposición de las instituciones de la Defensa, por parte de la Nación, a fin de que sean utilizados en el logro de los fines, objetivos y misiones de la Defensa Nacional.

 

La Política Naval se inserta en el contexto de la Política general de Defensa, como un conjunto de objetivos, misiones y tareas esenciales atribuídas a las fuerzas navales del país, las que se organizan en una Armada o Marina de Guerra.  Estos objetivos, misiones y tareas navales se corresponden y se integran en los fines de la Defensa Nacional.

 

Es importante subrayar que junto a la Defensa Nacional, la otra gran Política de Estado que se corresponde con los grandes fines del Estado- nación es la Política Exterior.    A medida que el aparato estatal alcanza un desarrollo institucional más moderno y complejo, aumenta el grado de coordinación e imbricación entre la Política de Defensa y la Política de Relaciones Exteriores, en la medida en que el instrumento estratégico y el instrumento diplomático, son las herramientas mayores de la Política en general y del Estado.

 

 

Los contenidos básicos de la Política de Defensa.

 

Básicamente, una Política de Defensa Nacional supone los siguientes elementos centrales:

 

a)  una apreciación general político- estratégica del contexto regional y mundial en el que se inserta internacionalmenmte el país, y donde tendrá lugar combinadamente su Política de Defensa y su Política de Relaciones Exteriores;

 

b)  una definición de los grandes objetivos de la Defensa, en términos de paz, seguridad, estabilidad y equilibrio regional; y

 

c)  una definición general de los medios o recursos materiales, financieros y humanos, programados y disponibles en el tiempo.

 

 

El concepto de los círculos de la Defensa Nacional.

 

El concepto de los círculos o perímetros de la Defensa Nacional, pretende expresar de un modo símbólico los ámbitos geo- estratégicos en los que aquella se realiza.

 

Así, toda nación con vocación marítima posee tres círculos concentricos para definir las misiones de su Defensa, a saber:

 

a)  un primer círculo, constituído por el territorio nacional, es decir,  por el santuario territorial en el que residen las condiciones vitales de la existencia y la continuidad del Estado- nación;

 

b)  un segundo círculo, constituído por las naciones y Estados de su entorno geográfico inmediato y su zona económica exclusiva, respecto de los cuales el propio Estado ha definido intereses y condiciones de relación; y

 

c)  un tercer círculo, constituído por los espacios marítimos y oceánicos presenciales, en los cuales deben ser preservados la seguridad y continuidad de los suministros e intercambios vitales de la economía nacional.

 

Cada uno de éstos círculos, produce, a su vez, distintas dimensiones operativas integradas en la Política Naval.

 

La significación oceanopolítica  de la Política Naval.

 

Analizaremos a continuación, la importancia oceanopolítica y un esquema básico de los contenidos de una Política Naval, conforme a la lógica que hemos expuesto en el presente capítulo.

 

Hay dos conceptos generales a subrayar previamente.   El primero es la evidencia de que una Política Naval, como toda política de Estado no se diseña ni ejecuta en el vacío, sino que siempre contiene un importante ingrediente de continuidad respecto de las políticas anteriores. Este factor condiciona fuertemente todo el proceso de decisión de una Política de Estado.

 

Y el segundo concepto, afirma que la función primordial de la Política Naval es la de unificar y dar dirección a los planes operacionales.   

 

En otros términos, influyen sobre el curso que la institución naval intenta seguir, aún cuando por sí sola no garantizan que la institución llegue adonde quiere llegar.

 

La Política Naval, como lo propone P. Lacoste en Stratégies navales du présent, tiene por objeto “concebir y definiren el mediano y largo plazo los objetivos de la Marina y los medios necesarios para alcanzarlos”.  Y agrega: “Tratar de Política Naval implica elaborar proyectos, directivas, orientaciones generales; supone reflexionar sobre las evoluciones políticas, económicas, militares y técnicas de los años por venir; y a verificar la compatibilidad de los recursos que el país podrá entregar a su Marina, con las exigencias financieras ligadas a la construcción, mantención y puesta a punto de las fuerzas navales”.

 

En la medida en que la Política Naval se sitúa en la perspectiva del largo plazo, se configura como una Política de Estado.  La Política Naval resulta siempre de una reflexión prospectiva, en la que se intenta acordar  con los grandes objetivos de la Defensa Nacional, y con las grandes metas de la Política del Estado.

 

La dimensión prospectiva de la Política Naval reside principalmente, en que debe tomar en consideración los plazos para el diseño, construcción y la vida útil de las naves, y para la formación profesional de las dotaciones y tripulaciones.

 

Lo más profundamente paradójico de la institución naval, en relación con su Política y su Estrategia Naval (tal como sucede con toda Política de Defensa) es que aquella supone estrategias, planes y tácticas estimados para una situación que podría no suceder nunca, o no suceder por lo menos durante el tiempo de su vigencia como Política.

 

Algo así como planear y prepararse para una eventualidad que puede no ocurrir.   La Política Naval tiene que prever no sólo la ocurrencia de sus escenarios prospectivos, sino que además debe prever su no-ocurrencia.

 

De aquí resulta que la Política Naval ayuda a los mandos navales superiores a planear, orientar y dar unicidad a las decisiones de operación, y frecuentemente, preverlas de antemano, a fin de disminuir los márgenes de azar y sorpresa.

 

Por lo tanto, el principio de estructuración y articulación de la Política Naval, la Estrategia Naval, las doctrinas de empleo y los planes de contingencia, asegura que mientras más claramente se comprendan y asuman en la práctica la Política Naval (y la Estrategia que la realiza), más consistente y eficaz será la estructura operacional que las pondrá en práctica.

 

La Política Naval produce dos articulaciones vertical/horizontales.   Por un lado, se integra “hacia arriba” en una Política de Defensa Nacional que supone mecanismos,  procedimientos y planes operativos de coordinación interfuerzas (válidos para tiempos de paz, de crisis y de guerra).   Y por el otro, produce “hacia abajo”, planes operacionales intra-institucionales, que deberán ser realizados por las distintas unidades y reparticiones, dando forma así a un escalonamiento en el que cada nivel es -a la vez- parte de la institución naval y un elemento integrante de la Defensa Nacional.

 

Desde una óptica oceanopolítica, todo el proceso de decisión e implementación de la Política Naval, debe tomar en consideración tres formulaciones de Política que se interrelacionan en ella: la Política Oceánica Nacional , como orientación global de largo plazo del Estado en la esfera marítima; la Política de Defensa Nacional, como criterio normativo general de la acción del Estado para preservar su integridad y su seguridad; y la Política de Relaciones Exteriores, como marco global de orientaciones del Estado en la esfera internacional.   Cada una de ellas ofrece a la Política Naval, a sus planificadores de Estado Mayor y a sus operadores, un enfoque distinto y específico de los fines y medios que el Estado y la Nación se asignan para su continuidad, su superviviencia y la realización de sus intereses.

 

La Política Naval adquiere así una dimensión oceanopolítica, al ser comprendida como una modalidad planificada de articulación y uso del poder naval, dentro de una visión  política y estratégica que el Estado busca realizar en los espacios marítimos y oceánicos donde ejerce jurisdicción y presencia.

 

Hay que subrayar aquí que una concepción oceanopolítica llevada hasta sus límites conceptuales y teóricos, y desarrollada hasta las fronteras de su realización práctica en la esfera política, diplomática y estratégica, supone una concepción del poder naval y de la Política Naval, que implica la configuración de fuerzas navales de carácter oceánico.

 

Así, la visión oceanopolítica (y la apreciación que la realiza), otorga a la Política Naval una perspectiva de conjunto de las grandes tendencias marítimas y navales en el plano político, diplomático y estratégico, y le otorga coherencia en un contexto que tiende a situar la acción estratégico- naval dentro de una óptica de horizontes temporales de largo plazo, y estima las repercusiones que el hecho estratégico y oceanopolítico tiene en el marco de espacios oceánicos y arenas interconectados a escala planetaria, con una multiplicidad de actores, encrucijadas e intereses en juego.

 

Los requerimientos de eficacia y eficiencia de la Política Naval hacen que ésta impregne la totalidad del funcionamiento de la institución naval, hasta hacerla consustancial a ella.   La implementación de la Política Naval introduce modificaciones y adaptaciones en la estructura organizativa de la institución naval y, sobre todo, determina los dispositivos de las fuerzas disponibles.

 

Definición y contenidos de la Política Naval.

 

Para los efectos de este ensayo, entendemos como Política Naval a

la expresión político- institucional de los objetivos estratégicos y medios del Estado, para la preservación de los intereses marítimos y navales del país, a través de la utilización planificada de su poder naval.  Esta definición permite ordenar los contenidos de la Política Naval en cinco pasos de planificación, que son a la vez, sus elementos constitutivos.

 

Las cinco partes componentes de una Política Naval, son las siguientes:

 

1.  La especificación de los propósitos generales del Estado, en materia de seguridad y defensa de sus intereses marítimos y navales fundamentales, dentro de un horizonte de tiempo determinado.

 

2.  Una apreciación político- estratégica y apreciación oceanopolítica como resultados de un proceso institucional e inter- institucional contínuo, de inteligencia estratégica y naval y de pronóstico.   Estos procedimientos de apreciación tienen por objeto inmediato y permanente, establecer los escenarios prospectivos y las hipótesis de riesgo y amenaza más plausibles de producirse en la esfera marítima y naval, dentro del horizonte de tiempo de la Política Naval, e incluso más allá.

 

3.  Formulación de una Estrategia Naval acorde con el conjunto de pronósticos realizados, y equilibrada de un modo realista con los intereses y propósitos antes diseñados, de manera tal que ella integre una utilización racional y planificada de los diferentes recursos que componen el poder naval.    Esta estrategia debe traducirse en planes operacionales integrados dentro de la Política Naval.

 

4.  Asignación de recursos, en términos que permitan cumplir los propósitos de seguridad y la estrategia planeada, dentro del horizonte de tiempo de la Política Naval, y que puedan permitir su continuidad.

 

5.  Adecuación racional de los propósitos generales de seguridad, con los medios o recursos (materiales, financieros y humanos) asignados y disponibles, de manera tal que, de una reevaluación objetiva de los intereses marítimos y navales cruciales o vitales del Estado, resulten siempre garantizados.

 

En síntesis, el juego secuencial de intereses nacionales – intereses marítimos y navales – apreciación oceanopolitica – estrategia naval – asignación de recursos – adecuación de fines y medios, configura una Política Naval moderna e integrada dentro de una concepción global de la Defensa Nacional.

 

De este modo, y desde una perspectiva oceanopolítica, la Política Naval se entiende tanto como un elemento componente de la concepción político- estratégica del Estado para su defensa y seguridad, como una Política de Estado que realiza en la esfera marítima y naval los fines de la Defensa y los intereses nacionales en el mar, y como una etapa constitutiva de la planeación estratégica que el Estado debe cumplir, para la realización objetiva de sus intereses marítimos y navales de seguridad.

 

La Política Naval es la planeación estratégica del Estado, para el ejercicio de su poder naval. 

 

Elementos para una apreciación oceanopolítica de las Políticas Navales.

 

Las Políticas Navales parecen ser el “cuarto oscuro” más celosamente guardado  de las Armadas: su explicitación pudiera ser vista como develar los secretos últimos de su funcionamiento y de sus planes, lo que se contradice con la naturaleza generalmente confidencial de éstos temas.

 

Sin embargo, los modernos sistemas de detección, de adquisición y transmisión de información a escala global, hacen casi ilusoria la pretensión de secreto que rodea a las instituciones militares en general.   Además, por las razones mismas de seguridad, y en especial por el delicado tema de las percepciones mutuas de seguridad -ya examinadas- la mayor o menor publicidad de la postura estratégica y naval de un Estado, puede contribuir de un modo considerable a hacer transparentes sus intenciones y sus objetivos políticos ante sus eventuales adversarios.

 

Por lo tanto, a medida que la información estratégica y naval se difunde  horizontalmente por el mundo moderno, se hace necesario otorgarle a la apreciación oceanopolítica los instrumentos de análisis conceptual, los criterios de lectura  más refinados que le permitan comprender una Política Naval a la luz del contexto estratégico en que es puesta en práctica.

 

 

11.  Elementos para una oceanopolítica del conflicto naval: el espectro del conflicto.

 

La multiplicación de las amenazas y las formas bélicas.

 

Como se ha analizado en el párrafo sobre la escena internacional, tres de los rasgos más característicos del escenario internacional en la actual etapa post- guerra fría, son la incertidumbre frente a la ocurrencia de un número cada vez más diverso de conflictos, la multiplicación imprevisible de sus causas, y la gradual redistribución de las hegemonías navales .

 

Cada uno de estos factores contribuye a hacer más volátil e impredescible el escenario naval internacional.

 

A. Toffler en Las guerras del futuro (1994), habla de una “desmasificación de amenazas en el mundo”, lo que trasladado a la esfera marítima y naval, debe caracterizarse como una complejización y multiplicación de las causas de las guerras, y por lo tanto, de las fuentes de amenazas a la estabilidad y los equilibrios en mares y océanos.

 

El espectro del conflicto naval, entonces, se abre como un abanico cada vez más amplio.

 

La proliferación horizontal de armamentos con base naval, el contínuo crecimiento y perfeccionamiento de las flotas de combate y la modernización constante de los sistemas y armas de ataque desde plataformas navales, así como los mayores riesgos de disputas por recursos, fronteras inciertas o fuentes energéticas, permiten afirmar que el espectro del conflicto naval en el futuro previsible, obligará a los Estados Mayores navales a planificar una variedad cada vez mas amplia de respuestas a las múltiples amenazas y formas bélicas.

 

Dos parecen ser las encrucijadas susceptibles de involucrar a fuerzas navales en conflictos de variada intensidad y duración:

 

a)  la protección adecuada de las zonas económicas exclusivas, mares territoriales y patrimonios ecológicos territoriales, con sus recursos naturales escasos, y frente a amenazas provenientes de distintas formas de degradación, depredación, explotación y utilización del mar como recurso de guerra (ver Nº 17 de éste capítulo); y

 

b)  la preservación de las respectivas fronteras, territorios marítimos nacionales y espacios presenciales, frente a variadas formas de presión y de amenazas bélicas (económicas, militares y ambientales).

 

El clima de incertidumbre característico de la actual transición entre el anterior orden global bi-polar ya desaparecido, y un futuro orden multi-polar global aún no completamente definido, determina que en el espectro general del conflicto y en el espectro del conflicto naval, deberán considerarse como de mayor frecuencia de ocurrencia, múltiples formas de incidentes, escaramuzas y crisis navales localizadas susceptibles de escalarse.

 

Un tercer rasgo característico de la actual fase internacional, es la creciente redistribución de las hegemonías navales a escala global, continental y regionsal.

 

El espectro del conflicto naval está modificandose y diversificandose, no solo por la proliferación horizontal y vertical de armamentos con base naval, sino también a escala geográfica u oceanopolítica, en la medida en que cada vez más Estados poseedores de tales sistemas de armas, devienen capaces de alterar los equilibrios regionales y locales, de ejercer hegemonía regional indebida, de generar caos político o de desatar crisis navales con efecto multiplicador, en la medida en que dichos actores tienden a reducir la brecha estratégica y tecnológica que los separa de las superpotencias  marítimas y navales de la actualidad.

 

La proliferación de potencial naval y de amenazas navales en todos los mares y océanos del mundo (en términos de capacidades de proyección de poder), determinará que los Estados con vocación e intereses marítimos y oceánicos -frente a un espectro de conflicto diversificado-  tenderán a configurar cada vez más sus propias marinas oceánicas y sus fuerzas de intervención rápida, es decir, un potencial de combate con fuerzas aero-navales, fuerzas de asalto anfibio y sistemas misilísticos anti-buques y mar-tierra.

 

Una definición del espectro del conflicto.

 

Cuando la Diplomacia llega a un “callejón sin salida”, cuando los incidentes, provocaciones y las crisis navales -en su repetición y escalada- superan un “umbral de no-retorno”, cuando los tratados son violados sistemáticamente,  cuando las negociaciones políticas y los recursos diplomáticos resultan insuficientes para volver al statu-quo anterior, el recurso al enfrentamiento deviene inevitable. 

 

 La guerra, como lo hemos analizado anteriormente, es el recurso extremo del Estado- Nación para preservar su independencia e integridad, y para poner en juego sus intereses nacionales y marítimos más preciados e importantes.

 

La historia de la Humanidad está puntuada por miles de conflictos y cada uno de ellos es comprensible a la luz del contexto político, cultural, económico y estratégico dentro del cual se produce.

 

La historia de las guerras en el mar -que no son el objeto de este estudio- se confunde estrechamente con la evolución histórica de las doctrinas y el pensamiento estratégico naval, así como con la secuencia sucesiva de los avances tecnológicos en la navegación y en el armamento con base naval.   Desde el astrolabio, el sextante y el Global Position System, y desde la catapulta, el cañón hasta el misil -como se ha analizado en otro lugar- el progreso tecnológico ha ejercido una influencia notable en el desarrollo de la guerra naval.

 

Para los efectos de la apreciación oceanopolítica, se utiliza el concepto de espectro del conflicto naval, como criterio de lectura y comprensión de las distintas modalidades de enfrentamiento armado en el que se ven involucradas las fuerzas navales.

 

Definimos aquí el espectro del conflicto como una tipología operativa de los distintos conflictos realmente existentes en la sociedad contemporánea, y cuya medición se realiza en función de su intensidad, duración y frecuencia de ocurrencia.

 

En efecto, los tres parámetros que permiten establecer el carácter de un conflicto (en este caso, de un conflicto naval o con implicancias navales) son su intensidad, de su duración y la frecuencia de ocurrencia.

 

Por lo tanto, desde el punto de vista de su intensidad, el conflicto naval puede clasificarse en conflictos navales de alta intensidad, de mediana intensidad y de baja intensidad, de manera que su gradación sería la siguiente:

 

a)  conflictos navales de alta intensidad.

Guerra nuclear global.

Guerra nuclear localizada.

Guerra convencional entre más de cuatro naciones o Estados.

 

b)  conflictos navales de mediana intensidad.

Guerra convencional entre dos Estados.

 

c)  conflictos navales de baja intensidad.

Incidentes navales fortuitos.

Incidentes navales provocados.

 

Desde el punto de vista de su duración, el conflicto puede medirse conforme a una gradación que va desde la guerra naval prolongada, que puede durar varios meses o años,hasta un enfrentamiento breve de uno o dos días, o un incidente naval de algunas horas de duración.

 

Generalmente la guerra naval prolongada, debe ser comprendida como una secuencia contínua de tiempo, en el que las acciones bélicas aparecen formando una concatenación única de operaciones, campañas y batallas navales, entremezcladas con enfrentamientos en tierra y en el aire, y en las que el involucramiento de las fuerzas navales es directo y total, es decir, abarca a la totalidad de la flota; mientras que una crisis naval breve no es más que uno o dos incidentes, enfrentamientos o escaramuzas en los que el involucramiento de las fuerzas navales es directo, pero abarca solo algunas naves.

 

El espectro del conflicto  permite identificar la naturaleza específica de cada confrontación, y de situarla en el contexto general político, diplomático y estratégico que la determina, de manera que las fuerzas navales se disponen para responder al carácter de la amenaza.

 

 

 

12.  Estrategia y guerra naval desde una perspectiva oceanopolítica.

 

En este capítulo, analizaremos los aspectos doctrinales y operacionales de la guerra y la estrategia naval,  siempre desde una óptica oceanopolítica.

 

La guerra es exactamente lo contrario de un acto racional, regulado y sometido a leyes y principios.   La guerra es la irracionalidad desencadenada, y sin embargo, los pensadores estratégicos, los analistas oceanopolíticos, los oficiales de Estado Mayor y sobre todo, los mandos superiores navales y dirigentes políticos, tienen la obligación de conservar los máximos límites de la racionalidad, y disminuir al mínimo los factores de azar e imponderable.

 

Desde ésta perspectiva,  hay que partir del supuesto básico de que la guerra es un fenómeno político y social de extremada complejidad, sometido a numerosos factores de azar, y de que siempre en ella se manifiestan y se ponen en juego, los intereses y objetivos más cruciales y profundos de una sociedad y del Estado.

 

El análisis oceanopolítico permite comprender no solamente las profundas y variadas interrelaciones que unen a los espacios marítimos con los Estados, sino además, que la guerra y la estrategia naval son siempre y en última instancia, decisiones y actos realizados por fuerzas al servicio de la Nación- Estado, y en cumplimiento de políticas prefiguradas institucionalmente.

 

La guerra en el mar es en la época moderna, la guerra de Estados y naciones en el mar, ya que en ellas confluyen las fuerzas y capacidades más poderosas de toda la sociedad, en la perspectiva de la victoria y en el horizonte de la paz.

 

Para abordar una primera aproximación a la temática bélica y estratégica, se va a  proponer una definición preliminar de trabajo de la Estrategia Naval, útil para la comprensión oceanopolítica.  El enfoque que se ha adoptado para definir la estrategia naval es el de Clausewitz, tomando en cuenta además los aportes de P. Lacoste y de A. Beaufré, así como de A. Mahan.

 

 Aún cuando el autor de De la guerra desconoció casi completamente las aspectos navales de la guerra, muchos de sus postulados -debidamente adaptados a las condiciones de la estrategia y la guerra moderna, bien pueden constituir un estimulante punto de vista, para ampliar los horizontes de la comprensión del fenómeno bélico.

 

Los principios de la guerra.

 

Detrás de toda concepción estratégica y operacional de la guerra, se encuentra un marco doctrinal.  

 

Hay numerosas definiciones de los principios de la guerra, a través de la historia de Occidente, y en el pensamiento naval.  Lo que importa aquí es el rol que dichos principios tienen en la concepción de la guerra y de las estrategias.

 

La definición de estos principios básicos contribuye a realizar el concepto de unidad de la guerra, tanto desde el punto de vista de la apreciación global político- estratégica y oceanopolítica, como de la concepción, implementación y evaluación de las operaciones navales en el contexto general de la guerra.

 

Previamente se hace necesario tomar en consideración factores de empleo de crucial significación, tales como la evaluación de la capacidad de conducción, el concepto de que la misión determina la organización y el dispositivo, la amplitud  y eficacia del control centralizado, la asignación de tareas, los mecanismos de delegación de autoridad y la cohesión de equipo del componente humano de las fuerzas.

 

Entendemos que el carácter esencial de la guerra en el mar consiste en la maniobra y la movilidad.

 

Consideramos que, desde el punto de vista del empleo de las fuerzas navales en el contexto de la guerra moderna, los principios básicos pueden ser resumidos en los siguientes conceptos: el objeto, la ofensiva, la seguridad, la sorpresa, la concentración, la cooperación, la economía de fuerzas y la movilidad.

 

Guy Labouérie, Vice-Almirante (Comandante de la Escuela Superior de Guerra Naval de Francia), afirma en Des principes de la guerre, que se puede caracterizar el dominio general de la conducción de las operaciones, por dos principios: el principio de la incertidumbre, y el principio de la velocidad.

 

Según este enfoque, el principio de incertidumbre tiene por objeto aumentar la duda, el desorden, la angustia o el miedo entre los combatientes, los mandos y los líderes civiles y militares del adversario, con el objetivo final de abatir su voluntad.  Esto se obtiene  a partir de algunos procedimientos tales como el secreto, la astucia,  la mobilidad, el rechazo de las reglas pre-establecidas y de las doctrinas ortodoxas, la flexibilidad, la diversidad de medios, el espionaje y la inteligencia, las diplomacias paralelas, la maniobra y la intoxicación mediante los medios de comunicación, etc.

 

A su vez, el principio de la velocidad, apunta no a destruirlo todo, sino especialmente a quebrar el ritmo o los ritmos del adversario en sus diversas actividades, de manera de impedir que se re-establezca, y logrando que esté siempre en retardo con respecto a nuestra acción.    Este principio se materializa en algunos procedimientos, tales como la sorpresa en todos los dominios, la economía de las fuerzas, el efecto de bisturí, la instantaneidad del efecto, la concomitancia de los medios de comunicación con la acción bélica, la libertad de acción, la cooperación y la concentración, el cambio de ritmos, los que se pueden resumir por una triple convergencia: en el tiempo estratégico, en el espacio operacional elegido para actuar, y en los esfuerzos.

 

La lógica profunda del principio de velocidad, es la negativa a aceptar la escalada como principio de la acción naval.

 

 

Contribuciones para una definición de Estrategia Naval.

 

Pierre Lacoste define en su obra Stratégies navales du present, que la potencia marítima se expresa sobre todo por la fuerza militar en mar, cuyo rol fundamental es el control del mar, es decir, la facultad  de poder utilizar el mar en su beneficio y de prohibir su uso a sus adversarios. (p.29).

 

La estrategia naval, es en primer lugar, “una estrategia operacional, es decir, de empleo de las fuerzas existentes, y ella se ejerce en la actualidad, en dos dominios principales: la disuasión y la acción.”

 

Es necesario advertir que a pesar de que la potencia marítima y naval ha constituído frecuentemente una condición estratégica necesaria para concluir victoriosamente la guerra, ésta muy raramente ha sido una condición suficiente, puesto que es en tierra donde se encuentran las encrucijadas y objetivos mayores que se disputan los adversarios: población, territorios, recursos y riquezas naturales.   En síntesis, las batallas se ganan en el mar, e incluso las batallas marítimas decisivas, pero en general, las guerras se ganan y concluyen en tierra.

 

Esta concepción no desconoce sin embargo, la naturaleza gravitante que puede revestir una secuencia  de operaciones navales de carácter estratégico, como para determinar el curso fundamental y la decisión final de una guerra.

 

A su vez, A. Beaufré en su  Introduction à la Stratégie propone concebir la estrategia como el arte de la dialéctica de las voluntades, empleando la fuerza para resolver sus conflictos.

 

 El objetivo de la estrategia es el de alcanzar los objetivos fijados por la Política, utilizando de la mejor forma los medios de que dispone.  En primera y última instancia, la finalidad de la estrategia es alcanzar la decisión creando y explotando una situación que implique la suficiente  desintegración moral del adversario, como para hacerle aceptar las condiciones que se le quiere imponer.

 

A partir de estas visiones aparentemente divergentes, propondremos una definición de Estrategia Naval.

 

Entendemos que la estrategia naval es la concepción y ejecución de un conjunto coherente de acciones,  destinadas a mantener el control del mar  utilizándolo en beneficio propio, e impedir o negar su uso al enemigo a fin de obligarlo a ejecutar nuestra voluntad.

 

Esta definición intenta la síntesis entre la concepción clausewitziana de la guerra, que se funda en la búsqueda del centro de gravedad del conflicto y de la decisión sobre la voluntad del adversario, y la teoría estratégica naval de P. Lacoste, que se orienta al ejercicio del control del mar y a su negación al enemigo, dentro de la perspectiva de Mahan.

 

Puede afirmarse que la concepción clausewitziana de la guerra, se sustenta en los siguientes postulados básicos:

 

a)  la guerra es un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad;

 

b)  la guerra es un hecho social y político que oscila en una gradación de intensidad entre la guerra absoluta y guerra real, lo que puede conducir a un ascenso hacia los extremos;

 

c)  en todas circunstancias hay que considerar a la guerra como un instrumento político, lo que significa la primacía de la concepción política sobre el instrumento bélico, y al mismo tiempo, que la guerra puede ser concebida como un conflicto de intereses;

 

d)  una correcta apreciación del tipo de guerra, determina que el objetivo político debe adaptarse a la naturaleza de los medios disponibles, y que la estrategia debe saber identificar y buscar el centro de gravedad, el que se transforma en objetivo de la guerra y en criterio operacional básico;

 

e)  la guerra opera sobre la base de dos principios esenciales: llevar el peso de la guerra a un centro de gravedad; y actuar con la máxima celeridad posible, en la medida en que “en el arte de la guerra como en la mecánica, el tiempo es el gran elemento entre el peso y la potencia”;

 

f)  la defensiva es la forma más eficaz y eficiente  y la modalidad más fuerte de la guerra;

 

g)  el esfuerzo de la guerra siempre debe orientarse a buscar la batalla decisiva.  En la medida en que la esencia de la guerra es el combate, y la esencia de la guerra naval es el combate naval, y la batalla principal es el combate de las fuerzas navales principales, hay que considerar siempre a éste como el centro de gravedad de la guerra

.

h)  el ascenso a los extremos, concibe la guerra como un duelo (básicamente entre dos contendores) que se realiza a una vasta escala, y en la cual se tiende a ejercer el máximo de violencia posible, y que se realiza  mediante tres acciones recíprocas, las que involucran simultáneamente el fin político, el objetivo militar y los medios.

 

  La primera acción recíproca ( que concierne al objetivo político de la guerra) consiste en la voluntad de ambos contendores de escalar las operaciones y la guerra, hasta el límite objetivo de los recursos disponibles, y eventualmente, hasta los bordes inimaginables de la destrucción total mutua.   La segunda acción recíproca (que concierne al objetivo estratégico o militar de la guerra), consiste en la búsqueda mutua del desarme del adversario, única garantía de que podrá ser sometido a nuestra voluntad.  La tercera acción recíproca, finalmente, impulsa a los adversarios al despliegue máximo de sus fuerzas (lo que concierne a los medios de la guerra), factor donde reside la carrera mutua de armamentos, cualquiera sea la retórica justificativa de ambos efectos recíprocos.

 

 

Disuasión y poder naval.

 

Uno de los supuestos doctrinales básicos en los que se sustenta la aplicación del poder naval, afirma que en la concepción, creación y mantención de los medios e instrumentos que intervienen en la estrategia de disuasión, está involucrado el potencial de toda la Nación, incluyendo el poder naval.

 

Tal como ha sido subrayado por una extensa literatura, la disuasión es una doctrina estratégica contemporánea, cuyos supuestos pueden resumirse en dos premisas conceptuales:

 

a)  es posible disuadir la agresión de un eventual adversario, mediante la permanente demostración de poder y de la firme voluntad de ejercerlo en toda eventualidad necesaria;

 

b) la demostración y voluntad de poder ante el adversario, debe ser tal que del cálculo estratégico que aquel realize, le indique claramente que los costos de su acción, serán siempre mayores y más onerosos, que los beneficios que pudiera obtener.

 

La disuasión en general, y la disuasión mediante el poder naval en particular, opera inicialmente en la esfera de la apreciación oceanopolítica y el cálculo estratégico que los actores en juego realizan antes de actuar.    Se trata de un juego de cálculos, de apreciación y de percepciones.  R. Jervis en Deterrence and perception, asegura que “en su más elemental sentido, la disuasión depende de las percepciones”, de manera tal que “un actor disuade a otro convenciéndolo de que los logros obtenidos de una cierta acción serán menores que los costos de un esperado castigo” (p. 132).

 

Desde esta optica, puede definirse la disuasión como la apreciación que cada Estado hace y recibe respecto de su disposición a manifestar y realizar su poder estratégico, en la forma de un juego dinámico de actores y percepciones.

 

En la esfera específicamente naval, la disuasión opera a través de las percepciones mutuas entre los Estados, en cuanto a que cada uno de ellos está dotado de una determinada cantidad y calidad de poder naval y de fuerzas navales en presencia, de que posee una cierta posición oceanopolítica relativa que lo favorece, una posición estratégica internacional y regional favorable, de que tiene una vocación marítima y una voluntad de poder, y de que dispone del suficiente crédito y estatura marítima y naval internacional, como para que el eventual adversario o agresor evalúe inequívocamente los costos y riesgos en que incurriría el uso de sus fuerzas.

 

La disuasión naval es, a la vez, una posibilidad y una incertidumbre.   Es una posibilidad de producir en el o losa eventuales adversarios, una percepción de credibilidad y seguridad. Y es también una incertidumbre, que emana del carácter indeterminado y poco racional de los procesos de toma de decisiones, sobre todo en escenarios de crisis.

 

Como dice G. Kennan en Le mirage nucleaire, “las guerras no siempre son provocadas por agresiones directas; ellas resultan muy frecuentemente, como lo atestigua la Historia, de situaciones confusas que se desarrollan  sobre un trasfondo de extrema tensión política” (p. 36).    Es precisamente en dichas situaciones confusas, de crisis, donde se pone a prueba la disuasión.

 

En el estado actual de las relaciones internacionales, la disuasión parece asociarse estrechamente con la capacidad militar estratégica de cada Estado.   Este es uno de los efectos más notables de la disuasión como doctrina estratégica: las armas más sofisticadas y eficaces de las respectivas panoplias, constituyen siempre el parámetro básico que determina -a la vez- el umbral disuasivo y de capacidades bélicas de cada Estado, y el umbral de equilibrio mutuo que ninguno debe alterar.    De este modo, la disuasión se convierte en una doctrina estratégica cuyo criterio de eficacia, en tiempos de paz son los sistemas de armas y de fuerzas y su despliegue.   

 

A medida que las respectivas panoplias militares (y navales en este caso), se desarrollan, se amplían, se modernizan (por el propio efecto de la dinámica del desarrollo científico- tecnológico), cada Estado moderrniza su propio arsenal con lo más avanzado y eficaz del armamento disponible (y posible de adquirir), a fin de disuadir al Otro de atacar o agredir, generando una espiral de percepciones y decisiones, en la línea de “adquirir – armarse y esperar”.

 

Por esto, la disuasión en general, y la disuasión naval en particular, produce dos espirales de percepciones- decisiones: una espiral normal o lenta, marcada por la gradualidad de los procesos de adquisiciones, modernizaciones y desarrollo, en el que las percepciones mutuas se mantienen en la línea del equilibrio mutuo y la estabilidad; y una espiral acelerada, en las que las percepciones mutuas estiman las adquisiciones y modernizaciones de armamentos como amenazas a la seguridad o al equilibrio propio o del sistema de seguridad imperante, lo que genera efectos polemológicos.

 

Sin embargo, el horizonte final de la disuasión parece ser la no- guerra, es decir, que el juego de percepciones mutuas y cálculo estratégico genera su propia dinámica disuasiva.   Aún así, la frecuencia de los conflictos y guerras en el mundo real, deja en evidencia que la disuasión funciona como un “juego de espejos e imágenes”, en el que las percepciones fallan, dando orígen al enfrentamiento.

 

La disuasión  naval funciona en las condiciones de la paz, cuando el Estado desarrolla un proceso contínuo y regulado de fortalecimiento de su poder marítimo y naval, acorde con las propias condiciones de desarrollo nacional y crecimiento económico.

 

La combinación de las fuerzas navales, y su empleo con una voluntad estratégica, operando desde una posición estratégica, permite al Estado- Nación ejercer el poder naval en la paz y en la guerra.    En la guerra, como se analizará a continuación, lo obtiene a través del control de los espacios marítimos y oceánicos y mediante las operaciones de proyección de poder.

 

La capacidad estratégica, constituye la síntesis de tres factores estratégicos: posición, fuerza y voluntad.

 

Desde la perspectiva de la disuasión, los principales atributos de las fuerzas navales se pueden sintetizar del siguiente modo:

 

a) capacidad de discreción;

 

b) flexibilidad operacional;

 

c)  flexibilidad logística; y

 

d)  capacidad de alistamiento.

 

 

La dimensión espacial de la estrategia y la guerra naval.

 

El espacio en la guerra naval, es decir el espacio marítimo, es algo más que el simple espacio geográfico o el territorio marítimo.   Los planes de la guerra naval utilizan las características oceanográficas y climatológicas del mar como datos o “accidentes del terreno”, en función de sus propias exigencias estratégicas, operacionales y tácticas.

 

El concepto de la guerra naval, la concepción estratégica de la guerra en el mar determina la unidad, la profundidad y la propia orientación del espacio estratégico.

 

Para la guerra, no existe espacio neutral, sino que todas las combinaciones tácticas y operacionales son posibles en todas las dimensiones físicas del mar como teatro: superficie, atmósfera, profundidades, espacio, borde costero, campo electromagnético.

 

En consecuencia, el espacio estratégico no es el resultado mecánico de una suma matemática entre los datos geográficos y oceanográficos y las posibilidades militares, sino que el espacio precede a la conceptualización estratégica, de manera que en función de sus exigencias y posibilidades, el terreno de acción puede extenderse o limitarse, y también pueden modificarse los instrumentos militares a utilizarse y el grado de intensidad del propio esfuerzo bélico.

 

Un concepto crucial para entender los roles estratégicos del espacio marítimo en la guerra, es  la noción de cálculo.  El estratega, en función de las directrices políticas que presiden la guerra, procede permanentemente a un juego dialéctico de estimaciones, percepciones  y pronósticos, lo que produce una concepción del propio “juego estratégico” y del “juego del adversario”, y cuyo resultado – a la vez, final y provisorio- son los cursos de acción.

 

 El espacio marítimo como teatro de la guerra naval, es previamente, medido, dimensionado, delimitado, calculado, es decir, es objeto de cálculo estratégico, para que pueda ser utilizado en la forma más eficaz por las fuerzas propias,  y de manera también de impedir o dificultar su uso por las fuerzas enemigas.

 

El cálculo estratégico hecho sobre el espacio marítimo, sin embargo, siempre es una conjetura, una aproximación intelectual que se enfrentará a la realidad, y se calibrará en su calidad y sus defectos, solo en la prueba de fuego de la batalla.

 

El cálculo estratégico ordena el espacio estratégico marítimo, y los teatros que lo integran, en función de un punto único y central: el centro de gravedad.   Este lugar es calculable, y es el punto de equivalencia, en el que el poder político y su instrumento el poder naval, concentran la capacidad disuasiva y la potencia destructora de las fuerzas navales.    El centro de gravedad -como se verá más adelante- es el objetivo único y central de la ofensiva y  del ataque, y resorte último de la actitud defensiva, y permite determinar conceptualmente y al mismo tiempo, las fuerzas navales que van a ser puestas en juego (o en presencia) en un teatro, y el espacio donde ejecutarán la maniobra y sus combinaciones.

 

De este modo, el espacio estratégico no es una realidad concreta que se confrontaría con el concepto estratégico de la guerra en el mar, o dominaría sobre éste.   En realidad, es el concepto el que articula el espacio marítimo como teatro de la guerra naval.

 

Finalmente, no debe olvidarse que el espacio marítimo, así como el espacio aéreo, es el que está dotado de la máxima profundidad estratégica.  Casi se podría hablar de una profundidad ilimitada de los espacios, para la ejecución de la maniobra.

 

Hay que relacionar ésta reflexión, con los efectos que los avances tecnológicos en materia de armamento naval tienen sobre los espacios para la batalla y la estrategia naval, aspecto que hemos analizado más arriba.

 

La dimensión temporal en la guerra y la estrategia naval.

 

El tiempo es una dimensión estratégica que reviste una significación aún mayor que el espacio marítimo en la guerra naval.

 

La guerra en general, como lo ha subrayado Clausewitz, y la guerra naval en particular, no consiste en un sólo golpe dado sin referencia a su duración, sino que consiste -en la práctica más objetiva y concreta- en una sucesión de maniobras, desplazamientos y combates (navales, submarinos, anti-submarinos, aero-navales, aero-terrestres, o de guerra electrónica) los que conceptualmente asumen la forma de una secuencia temporal contínua  de acciones de guerra.

 

Siempre en la concepción clausewitziana, se afirma que la duración en el tiempo estratégico, es originada por la acción del bando que se encuentra en la postura defensiva.  Esto se traduce en la noción de que el ritmo de la guerra es impuesto preferentemente por la postura estratégica defensiva, la que tiende a retardar la decisión mientras acumula fuerzas y recursos, desvía los golpes o se prepara para la contra- ofensiva, m ientras que el bando en postura estratégica ofensiva, actúa urgido por la celeridad del impulso, trata de acercar el momento de la  la decisión, y se despliega en el teatro con todas o las mejores de sus fuerzas navales.

 

Aquel que responde el ataque, es decir, el defensor no solamente es el primero en crear la dualidad propia del combate naval (el enfrentamiento entre dos fuerzas adversarias enfrascadas en la guerra), sino que además, tiene la posibilidad de definir inicialmente el grado de intensidad con que se desencadenará la batalla.

 

El tiempo como noción estratégica, generalmente actúa ordenado y articulado por la defensiva.    El defensor “tiene tiempo” para elegir lugar y momento de la decisión.

 

Siempre hay que tomar en cuenta que existe una usura progresiva de la postura y del esfuerzo ofensivo, hasta que el enfrentamiento llega a su punto culminante y las fuerzas del defensor pueden acrecentarse gradualmente hasta convertir  la contra- ofensiva en una ofensiva estratégica.     En la guerra naval, y en su concepto estratégico, si la ofensiva no produce una decisión rápida, inmediata y fulminante, el tiempo comienza a jugar en su contra y en favor de la defensiva.

 

Las fuerzas defensivas navales o en postura defensiva, fijan la equivalencia de la Política y de la Estrategia, porque la encrucijada del enfrentamiento  es el propio centro de gravedad en el espacio marítimo, y allí el defensor hace actuar y puede explotar más eficazmente el factor tiempo, a condición que el concepto estratégico lo integre.

 

Como se vió más arriba, en el análisis oceanopolítico de las tecnologías de armamentos navales, los tiempos de decisión están tendiendo a disminuir cada vez más, originando no sólo una creciente tensión psicológica en los núcleos humanos de mando y de dirección de combate, sino que alterando la propia noción de tiempo durante la batalla, la que parece reducirse ahora a escasos minutos de concentración e intercambio de fuego.

 

 

La estrategia de la flota en presencia, desde el punto de vista oceanopolítico.

 

Los orígenes conceptuales de la “estrategia de la flota en presencia” se encuentran en dos constataciones básicas:  primero, que la estrategia de la “batalla decisiva” (comentada en el Nº siguiente de éste capítulo), supone para su aplicación, que las fuerzas navales propias son superiores o por lo menos de similar potencial que las del adversario; y segundo, que ambas fuerzas estén dispuestas a buscar la decisión, mediante ésa gran batalla.

 

La estrategia de la flota en presencia se inscribe en la lógica de la disuasión clásica, que supone que la existencia, el dispositivo y el propio potencial bélico (polemológico) de una determinada fuerza naval, constituye un factor de cierto efecto disuasivo sobre el potencial adversario, de manera que éste diseñará sus planes, configurará su dispositivo y realizará sus operaciones tomando en consideración la presencia de nuestra fuerza naval.  De aquí se desprende la eficacia disuasiva de una fuerza naval en presencia.

 

Desde un punto de vista oceanopolítico, la estrategia de la fuerza en presencia, supone una desigualdad básica entre los dos adversarios, y por lo tanto, con mayor razón que nunca, ésta se inscribe dentro de una concepción político- estratégica en la que un Estado dotado de una fuerza naval de menor potencial, respecto de eventuales adversarios superiores,  pretende ejercer un rol disuasivo eficaz por la calidad de su dispositivo estratégico, de su potencial humano y tecnológico, y por su capacidad para aprovechar su posición oceanopolítica relativa de un modo ventajoso.

 

La estrategia de la fuerza en presencia, encuentra puntos de coincidencia con la  estrategia de débil a fuerte, como queda en evidencia en el párrafo siguiente.

 

Elementos para una estrategia disuasiva indirecta y en profundidad.

 

Un último elemento que deseamos incorporar en esta amplia visión sobre la guerra y la estrategia naval,  es una reflexión oceanopolítica general acerca de una estrategia disuasiva indirecta y en profundidad, que se constituya a la vez en una propuesta intelectual y en una síntesis de los elementos centrales de una doctrina naval moderna y con perspectiva de futuro.

 

Para esta reflexión, hemos seguido de cerca la concepción estratégica que propone A. Beaufre en su Introduction à la Stratégie., intentando adaptarla a las realidades actuales y futuras previsibles de la guerra naval.  Aquí se ha integrado, además,  el concepto estratégico de débil a fuerte.

 

El concepto básico de la estrategia indirecta supone no enfrentar al enemigo en una batalla decisiva o un enfrentamiento directo, sino que se trata de inquietarlo, de desarticular su dispositivo, de sorprenderlo y desequilibrarlo mediante una aproximación indirecta e imprevista efectuada desde varias direcciones.

 

Esta estrategia se impone a aquel de los dos adversarios cuyo potencia naval y bélico en general, no es suficientemente fuerte como para derrotar a su enemigo en una o varias batallas navales  libradas en el espacio elegido por él.  Este es su aspecto específicamente relativo a la estrategia de débil a fuerte. Su finalidad esencial es la de “invertir la correlación de fuerzas opuestas antes de la prueba de la batalla”, mediante la maniobra, eludiendo el enfrentamiento directo, es decir, mediante el despliegue de un sutil juego destinado a compensar la situación de inferioridad en la que uno se encuentra.

 

No se trata de una estrategia indirecta sólo desde el punto de vista del espacio marítimo u oceánico de maniobra, o de su teatro de operaciones, sino que sus modalidades de ejecución suponen la utilización de distintos recursos estratégicos, políticos y diplomáticos en combinación con el uso del poder naval.

 

Los elementos componentes de esta estrategia son los siguientes:

 

a)  Búsqueda de la superioridad aérea y aero- naval en el teatro de operaciones.

 

b)  Estrategia de la batalla naval en profundidad.

 

 

c)  Apoyo logístico mediante preposicionamiento en bases costeras, instalaciones insulares y unidades navales.

 

d)  Operaciones defensivas dentro de una estrategia de aproximación indirecta.

 

c)  Operaciones ofensivas dentro de una estrategia disuasiva de débil a fuerte.

 

d)  Cobertura satelital para los sistemas C4I.

 

e)  Utilización de los espacios oceánicos y la configuración costera para ocultamiento defensivo táctico.

 

f)  Tácticas de desarticulación de los sistemas electrónicos de comunicaciones y mando, mediante medidas y contra-medidas.

 

13.  Las dimensiones operacionales de la guerra naval.

 

Numerosos autores han subrayado el hecho de que el nivel operacional de la guerra es el más difícil a caracterizar y uno de los más importantes a comprender.

 

La constante modernización de las doctrinas e instrumentos de empleo del poder naval, y del poder militar en general, así como su complejización, han dejado de manifiesto que entre la concepción estratégica y la aplicación táctica, existe una dimensión intermedia extremadamente importante y decisiva de la guerra, que es la dimensión operacional: allí donde se reúnen los requerimientos materiales, logísticos, la concepción y conocimiento del teatro marítimo, la aplicación de las fuerzas a escala regional y local, el despliegue en el teatro,  y la batalla propiamente tal.

 

Como lo han subrayado diversos autores, el arte operacional es aquel componente del arte militar destinada a elaborar e implementar y conducir operaciones combinadas o independientes, por parte de grandes fuerzas, o grandes formaciones.  La dimensión operacional es el eslabón que vincula a la Estrategia y la Táctica.   El arte operacional  -derivado de las exigencias y objetivos estratégicos- determina los objetivos y métodos para la preparación, conducción y ejecución de operaciones destinadas a alcanzar los objetivos estratégicos, así como proporciona los datos iniciales o básicos a la táctica, al mismo tiempo que organiza la preparación adecuada para librar la batalla de acuerdo con los objetivos y misiones que se ha fijado.

 

En las condiciones de la guerra moderna, existen distintas dimensiones o ámbitos donde tienen lugar las operaciones de la guerra naval.   Cada uno de éstos ambitos, da origen a un teatro específico de la guerra naval, como se verá a continuación.

 

 

Los teatros de la guerra naval.

 

 Estas dimensiones hay que considerarlas como teatros distintos e interdependientes de la guerra naval, y son las siguientes:

 

– la dimensión superficie, donde tiene lugar la guerra de superficie, la guerra anti-aérea y la guerra anti-sub-marina;

 

– la dimensión profundidad, donde tiene lugar la guerra submarina y anti-submarina;

 

– la dimensión aerea, donde tiene lugar la guerra aero-naval y anti-submarina;

 

– la dimensión naval- terrestre, , donde se realiza la guerra anfibia;

 

  la dimensión espacial, donde tiene lugar la guerra espacial;

 

– la dimensión electromagnética, donde tiene lugar la guerra electrónica en el mar.

 

 

Consideraciones oceanopolíticas sobre la batalla naval.

 

La guerra sobre el mar es una guerra de movimiento, aunque de un género particular: en alta mar no existen ni fortificaciones, ni trincheras, ni fronteras visibles, ni tampoco es posible la ocupación del terreno, de manera que las tácticas de exploración o de vigilancia, por ejemplo, tienen una importancia decisiva en el desarrollo de la batalla en el mar.

 

En alta mar, son las unidades navales las que se buscan, o se esquivan, las que se encuentran en enfrentamientos súbitos, en espacios abiertos sin protección geográfica posible, y en los que la conquista del terreno no interesa, sino solamente cuenta la neutralización o la destrucción de las unidades enemigas.

 

Debido a ésta característica indeterminada e imprevisible del medio marino en cuanto teatro de la batalla, normalmente cada operación da lugar a la organización de grupos operacionales destinados a desempeñar una misión, integrando diversas unidades y sistemas de armas.

 

De este modo, hoy existen cuatro funciones generales de combate de las unidades navales: la vigilancia, la movilidad o movimiento, la comunicación y el ataque/defensa.

 

Como se verá más adelante, en la batalla naval el objetivo primero y fundamental es la destrucción, la puesta fuera de acción o la neutralización de las naves enemigas.   Es la nave, en cuanto unidad combativa, la que constituye la pieza fundamental en el tablero de ajedrez de la táctica naval y del arte operacional.

 

 Tanto Clausewitz como Mahan han puesto el énfasis en la centralidad de la batalla, como el medio fundamental y decisivo para destruir las fuerzas navales organizadas del adversario, o por lo menos, para abatir su voluntad de seguir combatiendo.  Como se ha analizado anteriormente, el tema de la batalla atraviesa toda la reflexión estratégica naval de Occidente.

 

Así como en la concepción antes descrita, el cálculo estratégico se centra en ecuaciones de fuerzas, el cálculo y la planificación operacional de las guerra naval moderna parece centrarse en la batalla: momento culminante, hora decisiva, punto de convergencia en el tiempo y en el espacio marítimo, la batalla concentra en su desarrollo las perspectivas fijadas por los planes y doctrinas de empleo de las fuerzas, y las viscicitudes del azar y los imponderables propios del medio.

 

Desde la batalla de desgaste, hasta la batalla de aniquilamiento, los resultados siempre difieren en variedad y significado, cualquiera haya sido  la intensidad violenta del enfrentamiento, las pérdidas y daños o el propio resultado final del combate.

 

En el mar, mucho más que en tierra, la guerra naval es una secuencia de largos tiempos de inactividad bélica, de búsqueda, vigilancia y alerta, de desplazamientos y maniobras, de observaciones y gesticulaciones,  a lo largo y ancho de un espacio natural horizontal y vacío, puntuadas por escasos e intensos tempos de batalla.

 

No obstante esta característica, el núcleo de la decisión estratégica y operacional de la guerra en el mar  se encuentra en la batalla.

 

Si se observan las operaciones navales de la guerra, desde una perspectiva oceanopolítica, se puede percibir que ellas forman parte de una concepción político- estratégica mayor, respecto de la cual el Estado Mayor Naval ha puesto a su disposición las fuerzas más eficaces y adecuadas para contrarrestar el esfuerzo enemigo. La decisión resulta entonces, de la reunión o concentración de las fuerzas en un punto neurálgico del dispositivo enemigo, para intentar dar un golpe decisivo (o una serie de golpes decisivos que se escalan unos a otros), mediante la concentración de un poder de fuego táctica y operacionalmente superior.

 

En la perspectiva clausewitziana, siempre que el objetivo operacional es considerado como decisivo y ventajoso para nuestro propio éxito, y por lo tanto, de naturaleza tal de poder afectar profundamente los intereses marítimos del enemigo, la batalla principal se manifiesta como el medio más eficaz para intentar alcanzar la victoria, especialmente cuando las maniobras de diversión, las fintas y las distintas formas de guerra electrónica y contra- medidas, no han producido el resultado esperado.

 

En la época moderna, la combinación operativa del instrumento naval de superficie, con una adecuada cobertura aero- naval, y con el concurso del  instrumento submarino, apunta a hacer de la batalla un momento crucial de saturación de fuego, para destruir los centros de comando embarcado y comunicaciones de la flota enemiga, y poner fuera de combate a sus naves.

 

Una extensa literatura en la tradición del pensamiento naval de Occidente, ha insistido en torno al concepto e importancia de la batalla decisiva.    Numerosos estrategas y pensadores navales han puesto de relieve que la relación entre la concentración de fuerzas en un punto vital del dispositivo naval, y la búsqueda de la batalla decisiva, puede resultar una solución eficaz, lo que estaría demostrado por la Historia naval.

 

Sin embargo, “la batalla decisiva” casi no existe en la realidad.

 

El concepto de la batalla decisiva en las condiciones modernas, se refiere en realidad a una secuencia de batallas o encuentros en los que se procura buscar la decisión, debilitando la capacidad de respuesta del adversario, se aniquilan gradualmente sus fuerzas navales principales, y se le conduce a perder el dominio estratégico y operacional del mar, a fin de empujar hacia el desenlace.

 

El problema, visto desde el enfoque de la noción de batalla decisiva, toca al tipo de estrategia naval que se adopta en la condiciones de la guerra moderna, y a las posibilidades reales que una fuerza naval tiene de asestar un solo golpe decisivo en el curso de una batalla, de manera de producir un resultado eficaz para nuestros objetivos de guerra.    En realidad, la historia demuestra que nunca -o muy raras veces- sucede ésta batalla decisiva. 

 

 Una fuerza naval inferior en potencial, por ejemplo, puede buscar eludir la batalla decisiva, evitando los choques frontales o estratégicos y poner en juego una estrategia de desgaste (material o psicológico), de manera que en una situación general de débil a fuerte, la estrategia de la batalla decisiva además de resultar inadecuada -dados los desequilibrios tecnológicos y de potencial- podría resultar desastrosa si el enemigo logra derrotar el grueso de nuestras fuerzas principales, adquiriendo el control del mar suficiente para atacarnos en tierra, o asestando un golpe de efecto material y psicológico tan demoledor, que inhiba la operación del resto de las fuerzas navales (como sucedió en Malvinas en 1982).

 

El concepto de batalla decisiva, transformado en la noción de una secuencia de batallas navales  de efecto decisivo, puede asociarse con el principio de para numerosos países con una posición oceanopolítica de importancia, o con intereses marítimos vitales, sus fuerzas navales pueden considerarse como la primera línea de defensa estratégica de su santuario nacional, por lo que la premisa más plausible de sus hipótesis de riesgo y de conflicto, sería que éste se iniciaría en el mar, antes que en otros teatros.  Este último punto ha sido tratado más arriba, en el concepto de los círculos concéntricos de la Defensa Nacional.

 

A su vez, en las condiciones de una confrontación naval entre dos adversarios dotados de fuerzas aproximadamente similares, la estrategia de la batalla decisiva debe entenderse siempre como una estrategia de alta movilidad,  de concentración de las fuerzas propias en uno o varios puntos neurálgicos del dispositivo naval y bélico del enemigo, a lo largo de todo el teatro, para destruir los componentes principales de la fuerza enemiga, a fin de paralizarlo, desarticular su dispositivo, impedir su coordinación y operación inter-armas, y adquirir el dominio del teatro marítimo, todo esto con el fin último de llevar la guerra al territorio del enemigo.

 

En definitiva, el dominio del mar, premisa y objetivo último de la guerra y de la batalla naval, no resulta automáticamente de una batalla decisiva, sino de una secuencia de encuentros en las que las fuerzas propias adquieren gradualmente el dominio del mar, en aquellos puntos  y momentos en que son decisivos como para derrotar las fuerzas y la voluntad del enemigo, y disuadirlo de continuar.

 

 

El componente humano en la batalla.

 

En definitiva, cualquiera sea la finalidad y el peso específico de la batalla naval dentro de la concepción estratégica y del desarrollo objetivo de la guerra, la batalla es un complejo operacional y táctico que implica tres aspectos indisolublemente ligados: el barco, la tripulación y el mar.

 

Aquí y en ésto se concentra y resume finalmente la batalla: las naves y sus tripulaciones, y el mar que es el teatro de la batalla.

 

Es aquí donde se ponen de manifiesto las fuerzas morales, es decir, el conjunto de capacidades de mando de los oficiales y mandos y la calidad humana y profesional de las tripulaciones.

 

En el barco, los hombres al mismo tiempo son dueños, prisioneros y parte de un equipo indisolublemente ligado, tanto por las servidumbres cotidianas del deber, como de las limitaciones materiales y tecnológicas que impone una nave en el clima general de la batalla.  Las tripulaciones deben vencer el miedo propio, antes de lograr vencer al adversario, mediante los recursos y armas de que disponen.

 

A pesar de la tendencia creciente a la influencia de los medios tecnológicos y la multiplicación cualitativa de la panoplia de armas puestas a disposición de las tripulaciones en las naves de guerra, finalmente el componente humano siempre continúa siendo el factor decisivo, la piedra de toque de las decisiones y de los procesos, el elemento clave a la hora del enfrentamiento.    Las doctrinas de empleo se asocian con ciertos sistemas de armas, pero en última instancia, siempre son los mandos y las tripulaciones quienes conservan la racionalidad inteligente que adopta las decisiones.

 

En la guerra naval y en la batalla en el mar, como sucede en todas las formas de la guerra en general, la eficacia de una determinada combinación táctica no depende tanto de la calidad, letalidad y empleo racional y eficaz de la panoplia de armas disponibles, sino sobre todo de la cohesión de voluntades y la coordinación operativa de las tripulaciones.

 

14.  La batalla en profundidad: elementos para una visión oceanopolítica del futuro.

 

Las guerras navales del futuro -nos referimos al futuro plausible y previsible- se desarrollarán en continuidad con los efectos ocasionados por los actuales avances tecnológicos en cuatro aspectos generales: los sistemas electrónicos de comunicaciones y de interdicción, los sistemas de radar y localización, los sistemas de misiles  anti-naves y de misiles anti-misiles, y la construcción naval mediante la tecnología “stealth”.

 

La combinación de estos avances materiales debiera determinar en el futuro, que la batalla sea concebida como una batalla naval en profundidad, es decir, como un despliegue operativo de fuerzas que concentran rápidamente su fuego sobre las naves principales del dispositivo enemigo, después de haber adquirido el dominio del espectro electromagnético de dicho dispositivo, o de haber desarticulado su capacidad de comunicación y mando, atacando sus sistemas de enlace, en una combinación de ataques aero-navales sorpresivos, fuego de misiles desde las naves de superficie y la acción disuasiva de  las fuerzas submarinas.

 

La batalla naval en profundidad del futuro debe ganarse primero en su dimensión electrónica y satelital, intentando interrumpir las comunicaciones,  la coordinación inter-fuerzas, el control y sistemas computacionales de  los centros de información de combate de las naves enemigas, es decir, sus sistemas de C4I.

 

En síntesis el concepto de la batalla naval en profundidad, supone una batalla en alta mar, que busca la interdicción del uso del mar al enemigo, mediante una amplia concentración de fuego y la saturación del teatro, la desarticulación de sus sistemas de mando y comunicación e impidiendo la retirada de las naves enemigas a sus bases en tierra, todo ello en un tiempo de decisión extremadamente breve e intenso.

 

 

15. Un enfoque oceanopolítico de las operaciones conjuntas y su componente naval.

 

Una extensa literatura, especialmente durante la segunda mitad del siglo actual, ha teorizado de un modo abundante, en torno al tópico de las operaciones conjuntas.   Es digno de reflexionar desde una perspectiva oceanopolítica, en qué medida puede concebirse y aplicarse una estrategia conjunta, cuando la operación de las fuerzas navales se encuentra inscrita dentro de un todo integrandose con las fuerzas terrestres y aéreas del país.

 

Definiciones y conceptos básicos.

 

Si se aceptara ésta perspectiva, debiéramos entender como estrategia conjunta  a la concepción, preparación y conducción de las operaciones y fuerzas conjuntas, dentro de un mecanismo que coordina las distintas estrategias institucionales, a fin de alcanzar el objetivo conjunto de la misión recibida.

 

Esta definición señala entonces que el marco teórico básico del concepto de las operaciones conjuntas, en cuanto doctrina de empleo, integra las nociones de misión conjunta, operación conjunta, teatro de operaciones conjunto, fuerzas conjuntas, objetivo conjunto y dirección estratégica conjunta.

 

Desde una óptica naval, el o los objetivos de una operación conjunta pueden ser una cabeza de playa, una cabeza aérea u otras.   También éstas operaciones pueden extenderse a la profundidad del territorio enemigo.

 

El concepto básico de las operaciones conjuntas emana de la necesidad de reunir fuerzas de distinto potencial y características, frente a la naturaleza específica  de la amenaza y del enemigo.  De hecho, la concepción básica de la misión y objetivo de las operaciones conjuntas, supone un conjunto de requisitos o premisas que van desde una apreciación político- estratégica y apreciación oceanopolítica, y una adecuada inteligencia, que permita diagnosticar suficientemente el dispositivo y potencial de las fuerzas enemigas,  pasando por una identificación de las características del teatro de operaciones, así como de los efectos o resultados que se pretende alcanzar.

 

La concepción y conducción de las operaciones conjuntas debe partir del supuesto básico de que la maniobra constituye el núcleo central en torno al cual se articulan los planes operacionales en la búsqueda de la decisión, y a su vez, es el criterio central que define las responsabilidades de cada fuerza componente, y que el mando asigna a sus distintos órganos de maniobra.

 

Doctrina de empleo.

 

La doctrina de empleo de las fuerzas en las operaciones conjuntas, supone tomar en consideración los siguientes principios:

 

a)  capacidad de conducción conjunta y centralizada;

 

b)  clima de confianza mutua entre las fuerzas componentes;

 

c)  la misión determina la organización;

 

d)  amplitud y flexibilidad de los mecanismos de control;

 

e)  asignación equilibrada de tareas;

 

f)  mecanismos conocidos de delegación de autoridad;

 

g)  espíritu de equipo de los mandos y las tropas involucradas.

 

Tipología de las operaciones conjuntas.

 

Existen cuatro tipos de operaciones conjuntas:

 

– las operaciones de teatro conjunto;

 

– las operaciones conjuntas requeridas en otros teatros de operaciones de la guerra;

 

  las operaciones aero- transportadas; y

 

  las operaciones anfibias.

 

Las operaciones anfibias: el asalto del mar hacia la tierra.

 

La expresión más acabada del ejercicio del poder naval es el desarrollo de las operaciones anfibias, mediante las cuales aquel cumple plenamente su rol de dominio del mar, con una finalidad de proyección de poder, es decir, con el propósito de llevar la guerra al territorio enemigo.

 

La guerra anfibia es la expresión del fin último del poder naval: el uso del control del mar, para permitir el paso de fuerzas terrestres hacia un punto del borde costero, desde donde puedan ejercer su poder ofensivo.

 

No obstante que los principios de la guerra anfibia han sido definidos y puestos en práctica desde hace algunos decenios, las técnicas y procedimientos continúan evolucionando

 

Puede definirse como “operación anfibia” a una operación cuyo objetivo consiste en la captura de una o varias cabezas de playa en la costa del territorio enemigo, a fin de permitir el desembarco de fuerzas terrestres (y de Infantería de Marina), necesarias para operar hacia otros objetivos señalados por la estrategia.

 

Los objetivos últimos de una operación anfibia son en general, cada uno o una combinación de los siguientes:

 

a)  conquistar determinadas áreas o zonas marítimas de interés estratégico, para lanzar desde ellas las operaciones navales necesarias;

 

b)  impedir al enemigo la adquisición de determinadas zonas marítimas o terrestres de importancia estratégica;

 

c)  conquistar determinadas áreas marítimas y/o  terrestres necesarias para la ejecución de otras operaciones terrestres o aéreas; y

 

d)  desembarcar fuerzas terrestres suficientes, para operar ofensivamente contra el flanco o la retaguardia del dispositivo enemigo.

 

Las lecciones que deja la experiencia histórica, especialmente de la II Guerra Mundial y de otros conflictos contemporáneos, se puede sintetizar en los siguientes postulados generales:

 

a)  la necesidad de estricta coordinación operativa de todas las armas: fuerzas navales para asegurar la ruta hacia la cabeza de playa, fuerzas aéreas y aero- navales, para asegurar la cobertura aérea sobre la cabeza de playa, y fuerzas terrestres para tomar posesión, establecerse y lanzar desde la cabeza de playa las operaciones que son su misión en el territorio enemigo;

 

b)  la posibilidad de operar con la ventaja de la sorpresa estratégica u operacional es cada vez menor, dado el avance tecnológico de los medios de detección. 

 

Tradicionalmente, las operaciones de guerra anfibia se desarrollan sobre la base de una posibilidad de sorpresa estratégica.  Sin embargo, debe asumirse que la tecnología moderna de vigilancia y su proliferación, especialmente de radares, sistemas misilísticos de defensa costera,  y la vigilancia aérea y aero- naval, hacen que la sorpresa estratégica sea prácticamente imposible de obtener, mientras que la sorpresa táctica es extremadamente difícil, aún cuando el lanzamiento y el asalto anfibio sean operados desde el horizonte.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, la guerra anfibia apunta a desarrollar y realizar la movilidad estratégica, para la proyección de poder, utilizando el poder naval para infljuir en los acontecimientos de la guerra en tierra.   Ella supone el despliegue combinado o conjunto de las fuerzas.

 

Detrás del concepto estratégico de la guerra anfibia, se encuentra una noción operacional de fuerza de despliegue rápido.

 

Desde el punto de vista de las fuerzas involucradas y de las premisas de su ejecución, una operación anfibia supone:

 

  la obtención de un cierto control local del mar y del aire, mediante la cobertura de una fuerza naval y de sus componentes aero- navales;

 

  el desembarco de fuerzas terrestres y de IM, en un contexto de oposición o resistencia terrestre, aérea y antiáérea;

 

– el desarrollo de operaciones destinadas a consolidar la cabeza de playa y a penetrar en el territorio enemigo tras el objetivo pre- establecido;

 

Las operaciones aero-transportadas en relación con las operaciones navales.

 

Las operaciones aero- transportadas o asaltos verticales son operaciones conjuntas cuando junto a las fuerzas aéreas directamente involucradas, operan fuerzas terrestres y fuerzas navales destinadas a otorgarles cobertura y apoyo.

 

Las misiones que se asignan a las operaciones realizadas con fuerzas aero- transportadas, son en general las siguientes:

 

a)  cortar o interrumpir las comunicaciones y los suministros a las fuerzas enemigas;

 

b)  conquistar o mantener un objetivo, hasta que puedan acceder o pueda producirse la retirada de las fuerzas principales en el teatro;

 

c)  ocupar una zona geográfica de importancia, para permitir su utilización en beneficio de la maniobra principal propia, o para negar dicha zona al enemigo;

 

d)  reforzar a otras fuerzas operando en el teatro en cuestión; y

 

e)  proteger una determinada zona (flanco o retaguardia descubierta) que se encuentren amenazados por fuerzas enemigas importantes.

 

 

Los roles de las fuerzas navales en las operaciones conjuntas.

 

Se definen tradicionalmente las siguientes misiones generales y tareas para las fuerzas navales, en el contexto de las operaciones conjuntas:

 

a) misiones defensivas respecto de los intereses marítimos, aguas jurisdiccionales y del litoral propio; las que producen tareas tales como la protección del tráfico mercante, de los terminales aero- marítimos, la vigilancia y patrullaje costero y de las aguas jurisdiccionales, la negación de las aguas jurisdiccionales propias a las fuerzas enemigas, el control naval del tráfico marítimo, y la destrucción de las naves enemigas mediante las fuerzas de defensa costera.

 

b)  misiones ofensivas contra los intereses  marítimos y las fuerzas navales del enemigo; las que determinan tareas tales como la destrucción de naves de guerra del enemigo y de su tráfico mercante, la destrucción de terminales marítimos y de instalaciones logísticas.

 

c)  misiones de apoyo naval a otras operaciones conjuntas, lo que implica tareas como proporcionar fuego naval de apoyo a operaciones terrestres, el transporte de fuerzas terrestres al teatro, el transporte de apoyo logístico para fuerzas terrestres o aéreas comprometidas en la maniobra, la evacuación de población civil de territorios amagados por el enemigo, o la evacuación de fuerzas terrestres por vía marítima a fin de reposicionarlas en otro frente del teatro.

 

16.  Seguridad ambiental y el uso del medio ambiente y los recursos naturales marinos como instrumentos de la guerra naval.

 

Dos aspectos generales se analizarán en éste párrafo: en primer lugar, las implicancias navales de la seguridad ambiental en el medio marítimo y oceánico; y en segundo lugar, la utilización del medio ambiente marino y de sus recursos naturales como instrumentos de la guerra en el mar.

 

Ambos están relacionados, pero su comprensión requiere de un examen cuidadoso de cada uno por separado.

 

Seguridad ambiental y soberanía de los Estados.

 

Los avances en el conocimiento científico del medio ambiente, y una creciente sensibilidad mundial en torno a los numerosos impactos negativos de los distintos sistemas productivos y económicos modernos sobre la naturaleza, no han pasado desapercibidos para los analistas y estrategas.

 

El medio ambiente no solamente es un inventario organizado de recursos naturales y sistemas altamente interdependientes, sino que también debe ser considerado como un ámbito donde tienen lugar física y realmente, los conflictos y guerras.

 

Este capítulo tiene por objeto analizar las implicancias polemológicas del medio ambiente, con especial énfasis en el medio ambiente marino.

 

La hipótesis central que aquí se sustenta, afirma que existe una interrelación e interacción cada vez más estrecha entre los conflictos bélicos y los diversos impactos sobre el medio ambiente natural, y dicha interdependencia, puede constituirse en el factor clave que permita su utilización como instrumento de la guerra en general, y de la guerra naval en particular.

 

Se entiende básicamente que todo conflicto armado implica un determinado grado de impacto negativo sobre el medio ambiente de los diferentes teatros donde éste tiene lugar.

 

 De lo que se trata, es de pasar desde una concepción estática que considera al medio ambiente marino como espacio natural dañado por las acciones bélicas de ambos contendores, a una concepción dinámica que supone que los distintos sistemas naturales que componen el medio marino pueden ser alterados, distorsionados, interrumpidos, destruidos o contaminados de manera de producir daños de diversa envergadura, a través de  efectos multiplicadores.

 

 

Una definición de guerra ecológica en el mar.

 

Desde esta perspectiva, se puede definir como arma ecológica a todo procedimiento artificial destinado deliberadamente a alterar -en términos destructivos- uno o varios recursos o sistemas ecológicos naturales, como parte de una estrategia determinada y en cumplimiento de los fines de la guerra.

 

La planificación estratégica de la guerra ecológica en el mar, debiera suponer tomar en consideración el dato empírico básico, de que el medio marino constituye un escenario donde se integran tres sistemas: el sistema atmosférico, el sistema acuático y el sistema del borde costero, entre los cuales operan numerosas formas de interdependencia.

 

Desde una perspectiva oceanopolítica, la guerra ecológica en el mar constituye una dimensión estratégica integrada dentro de la concepción general de la guerra naval, y que está en directa dependencia respecto de las características objetivas del medio ambiente marino, y para la cual resulta útil el concepto de patrimonio ecológico territorial.

 

Hay que comprender sin embargo, que los aspectos operacionales de la guerra ecológica en el mar, imponen diversos problemas de escala.y de efectos multiplicadores. La guerra puede desarrollarse entonces,  en diversas escalas horizontales y/o verticales de intensidad.   La escala horizontal o espacial,  se refiere a la extensión geográfica o física del teatro marítimo donde se van a desarrollar las operaciones de la guerra ecológica; mientras que la escala vertical se refiere a la profundidad que van a alcanzar los efectos destructivos, al interior de las cadenas tróficas, los sistemas y subsistemas marinos y costeros donde se actúe. 

 

Las escalas de la guerra ecológica en el mar.

 

Así, efectivamente los estrategas de la guerra naval pueden concebir la guerra ecológica en el mar en tres dimensiones o escalas horizontales o espaciales,  a saber:

 

a)  una escala estratégica, que supone el desarrollo de acciones que produzcan efectos destructivos masivos y/o sistémicos en una gran extensión geográfica y en profundidad dentro del medio marino o costero;

 

b)  una escala operacional, que supone la realización de acciones con efectos destructivos, limitados a una extensión y profundidad sistémica determinada del medio ambiente marino o costero; y

 

c)  una escala táctica, que supone la ejecución de operaciones con efectos destructivos limitados a una zona geográfica determinada, y  solo en algunos recursos y sistemas naturales del mar o de la costa

 

Sin lugar a dudas, la intensidad destructiva de las operaciones de guerra ecológica en el mar, debe separarse de la escala horizontal o espacial en la que se realizan, de manera que aquellas pueden implicar diversos grados de intensidad, en áreas geográficas marítimas o costeras diferentes.   Así, pueden ejercerse acciones de destrucción ambiental de gran efecto y profundidad, dentro de un área muy limitada,  o alternativamente,  operaciones que abarquen una gran escala geográfica, pero impliquen efectos ambientales de bajo nivel destructivo.

 

Persisten numerosas interrogantes en ésta materia, las cuales se refieren en particular, a los efectos multiplicadores de la destruccción de ciertos sistemas, sub-sistemas o cadenas tróficas del medio ambiente.

 

¿Un derrame de hidrocarburos sobre una playa, por ejemplo, tiene solamente efectos directos sobre la fauna y los ecosistemas del borde costero y el mar inmediatamente contiguo, o pueden resultar efectos colaterales impredecibles en el tiempo y en el espacio?

 

17.  Oceanopolítica y geoestrategia: consideraciones generales.

 

Tradicionalmente, la Geoestrategia examina las interrelaciones entre las fuerzas armadas y los espacios geográficos donde la guerra tiene lugar. 

 

Así, por ejemplo, la configuración  geográfica de la costa, la existencia o no de islas costeras, la calidad, navegabilidad y accesibilidad del borde costero, golfos, estrechos, canales o la importancia de las instalaciones e infraestructuras portuarias existentes, tienen directa implicancia sobre su condición de teatros de la guerra naval en sus diversas dimensiones operacionales, de manera que las características físicas de los distintos teatros, pueden imponer limitaciones o ventajas a la ejecución de las operaciones.

 

El análisis oceanopolítico, al integrar los factores geo-estratégicos, pone de relieve las variables que determinan la posición oceanopolítica relativa de un Estado.  Estas han sido examinadas al principio del Cap. I, pero dichos criterios deben ser comprendidos aquí, a la luz de su significación como teatros de la guerra naval.

 

En este mismo sentido, la ubicación relativa de un Estado, respecto de las rutas marítimas de navegación, según sean éstas de importancia estratégica mundial, o regional, o  de segundo orden, otorga a los espacios marítimos y oceánicos un carácter estratégico crucial o periférico, el cual sin ser una condición permanente y definitiva, es un factor geoestratégico que tiene especial gravitación en el estado  actual de la  ecuación marítimo- naval de poder.

 

 En particular, un enfoque geoestratégico de los espacios marítimos y oceánicos, debiera tomar en consideración las particularidades de dichos escenarios como teatro de la guerra naval, y las implicancias que ésta tiene en el contexto general de la guerra, de su concepción, de su planificación estratégica y de su realización operacional y táctica.

 

Las condiciones geoestratégicas del mar.

 

¿Cuáles son las condiciones geo-estratégicas básicas del mar?

 

 Las condiciones geoestratégicas básicas que determinan la utilización de los espacios marítimos y oceánicos y otros espacios asociados (aéreo y costero) como teatros de la guerra, son las siguientes:  accesibilidad, navegabilidad,

 

En ésta materia, hay amplio campo  para examinar la forma cómo la guerra naval resulta relativamente condicionada por la naturaleza y la configuración específica del teatro naval, tanto en su superficie, como en las profundidades y en el borde costero.

 

No hay que olvidar que la guerra en el mar es -fundamentalmente- una guerra de movimientos, de maniobras, en la que no existen los frentes ni las trincheras fijas, y que se desarrolla en base a maniobras rápidas y en profundidad y mediante encuentros breves, violentos y donde se busca una decisión aceleradamente.   Desde esta perspectiva, la guerra en el mar y el desarrollo de las operaciones -a pesar de los avances en materia de aprovisionamiento en alta mar- depende en gran medida de las bases situadas en tierra (en el borde costero, o en islas costeras transformadas en bases de aprovisionamiento, mantención y reabastecimiento, y dotadas de modernos sistemas de comunicaciones y de alerta),  de la calidad, tecnología, capacidad defensiva y  posición de sus infraestructuras.

 

Desde el punto de vista logístico, la guerra en el mar no es completamente autónoma sino que depende de tierra, tal como sucede también en su dimensión operacional.

 

El teatro geográfico  principal de la guerra naval es un espacio abierto, horizontal, carente de montañas o  de relieve que obstaculize la observación, y donde las condiciones climáticas tienen una gravitación considerable,  impone  a las fuerzas navales largos desplazamientos en profundidad, con una suficiente cobertura aérea,  a partir de bases eficazmente defendidas.  En el teatro marítimo no existe la ocupación de territorio, ni la permanencia contínua en un espacio, como tampoco se concibe el concepto de santuario en el mar, de manera que las propias nociones de zona de vanguardia o retaguardia, sólo tienen significado en función de la naturaleza estratégica del borde costero y del interior del continente.

 

En última instancia, la autonomía relativa de las fuerzas navales, depende básicamente de sus suministros propios transportados, del alcance y autonomía de los sistemas de suministro en alta mar, de la calidad de sus propios sistemas de comando, control, comunicaciones e inteligencia, como para operar en el medio marino (de superficie, aeronaval o submarino) manteniendo su vinculación con los centros estratégicos de mando -ubicados frecuentemente en tierra- o desarrollando una interoperatividad eficaz a nivel del teatro operacional y táctico.

 

Geoestrategia y proyección de poder del mar a la tierra.

 

Desde otro ángulo, la capacidad estratégica de las fuerzas navales para proyectar la guerra desde el mar hacia la costa, también impone servidumbres terrestres ineludibles.   Las operaciones de proyección de poder sobre el borde costero y el interior del territorio continental, suponen una preparación logística de alta complejidad, la que tiene lugar siempre en bases terrestres lejanas.

 

Llevar la guerra desde el espacio marítimo a la tierra, supone poner en juego fuerzas conjuntas, que sean capaces de transportarse en forma segura hasta el teatro elegido, que puedan preparar la cabeza de playa, desembarcar en ella, ocuparla y extender de un modo contínuo su alcance hacia el interior del territorio, todo ello contando con la cobertura aérea y naval que otorgue seguridad al conjunto de la operación.

 

El territorio “terrestre” es la base física de partida de las fuerzas navales, y casi siempre, el punto de llegada o el teatro final de decisión de la guerra, como se encarga de recordarnoslo la Historia tan frecuentemente.

 

La integración mercante- naval.

 

Estas diversas servidumbres del mar respecto de la tierra en el ámbito estratégico, debiera permitir poner de relieve la importancia logística de la marina mercante, para el desarrollo de las operaciones navales.   Una concepción oceanopolítica moderna y global, debe permitir subrayar la enorme importancia que tienen las instalaciones portuarias y las flotas mercante, oceanográfica y pesquera nacional, para el respaldo logístico de las operaciones navales.

 

En las condiciones de las guerras modernas y en el contexto de una creciente interdependencia operativa, las flotas mercante, científica y pesquera deben necesariamente tener un alto grado de disponibilidad y coordinación bajo un  mando naval único, para apoyar logísticamente  a las fuerzas navales, en situaciones de guerra, de manera que aquellas constituyan un factor de potenciamiento y proyección adicional de su capacidad de poder.

 

La significación geoestratégica del mar y sus espacios contiguos, respecto de la importancia geoestratégica de la tierra, da orígen a dos concepciones estratégicas distintas de la guerra: una estrategia global terrestre o de dominante continental, o una estrategia global marítima, o de dominante naval.

 

 

La inclinación continental o marítima de los Estados.

 

Las estrategias marítima o continental no son absolutamente contrarias o dicotómicas, sino que dado el actual desarrollo material, tecnológico y doctrinario de la guerra moderna, se integran operacionalmente en un solo esfuerzo bélico.

 

No se trata de dos concepciones opuestas o contradictorias, sino que nos referimos a la visión global que el Estado se da a si mismo respecto del tipo de guerra que podría tener que librar.    Toda nación- Estado costero, o insular, siempre se enfrenta a este dilema estratégico global: centrar su defensa y sus capacidades disuasivas en las fuerzas terrestres (lo que llamaríamos su inclinación a la continentalidad), o concebir su esfuerzo bélico en función de fuerzas navales dominantes (es decir una tendencia a su maritimidad).

 

No son opciones fáciles ni instantáneas.  Pero aquí aparece la eficacia política, ideológica y cultural de la Oceanopolítica, la que trasunta una concepción estratégica que induce a pensar la paz y la guerra de las naciones marítimas, desde una perspectiva maritimista.

 

Las naciones- Estados carentes de una vocación y una voluntad marítima predominante, naturalmente centran su fuerza de disuasión en Ejércitos poderosos, y explican su defensa nacional en función de hipótesis de conflictos de caracter continental o terrestre, dejando a sus Armadas  disminuídas y en roles secundarios.   La estructura y el dispositivo de la defensa de un país, refleja no solamente la concepción estratégica que la articula y fundamenta, sino que pone de relieve su caracter de continentalidad o maritimidad predominante, con el que organiza su propia disuasión.

 

Naturalemente que las naciones- Estados costeros deben resolver primero sus conflictos fronterizos y geopolíticos continentales, antes de buscar la potencia marítima y naval, y probablemente ésta puede ser una perspectiva factible, cuando  habiendo sido resueltos y finiquitados definitivamente los diferendos territoriales “terrestres”, entonces pueden abrirse con mayor seguridad y sentido de futuro, hacia los horizontes del mar y los océanos.

 

   Una vez más, la  continentalidad o maritimidad  subyacente en  la concepción estratégica de un Estado, depende en gran medida de factores históricos y culturales profundos, desde la forma de apropiación del territorio, hasta la vocación y la voluntad -continental o marítima- de su población, de sus líderes y gobernantes.

 

La Oceanopolítica puede contribuir poderosamente a desarrollar la maritimidad de un Estado- nación.  Si entendemos por ésta, la disposición política y cultural y las  capacidades potenciales y reales de un Estado- nación para concebirse a si mismo y a su defensa nacional, en función de concepciones estratégicas predominantemente marítimas y navales, entonces la Oceanopolítica puede hacer una contribución intelectual, cultural y política de la mayor importancia, para desarrollar y activar en la población, en la opinión pública, y en las elites políticas y gobernantes, el sentido cívico de la importancia que tienen los espacios marítimos y oceánicos, como base fundamental de su defensa, de su seguridad, del desarrollo nacional y de la paz.

 

Esta es una vocación pedagógica de la reflexión oceanopolítica: abrir los horizontes intelectuales y despertar el interés por las cosas del mar.

 

 

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(Esta bibliografía contiene los títulos que han sido consultados y utilizados para la elaboración de este ensayo.  Aquellos textos cuya lectura se sugiere, a fin de profundizar el conocimiento de algunas materias especializadas, han sido señaladas con un asterisco *)

 

 

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