Bolivia y la estrategia diplomática de la provocación

Los medios de comunicación en Chile, han dado una vez más amplia cobertura a la más reciente e inusitada puesta en escena comunicacional del gobierno de Bolivia, enviando una nutrida delegación de lideres políticos y gubernamentales con el propósito insólito de pretender realizar “visitas inspectivas” en los puertos del norte de nuestro país.

El gobierno de Bolivia, una vez más hace uso del recurso comunicacional para tratar de desacreditar a Chile y de presentar a nuestro país como un actor político arrogante, agresor y prepotente, desconociendo incluso las normas legales y reglamentarias internas.

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Las campañas comunicacionales actúan como “efectos de pantalla”, como operaciones dirigidas a generar un efecto masivo en las audiencias.  En este caso sin embargo, la visita mediática de los dirigentes bolivianos -presentada como privada- solo actuó con un efecto de acumulación con otras recientes provocaciones.

Lo que sí resulta evidente es que la llamada causa marítima boliviana, ha ido perdiendo gradualmente adhesión en la opinión pública chilena, no tanto por lo que haya hecho el gobierno de Chile para avanzar en diálogo con su contraparte de La Paz, algo que ellos mismos rechazaron formalmente, como porque la sucesión ininterrumpidas de ataques mediáticos, insultos, provocaciones y gestos anti-diplomáticos de los gobernantes bolivianos, están consiguiendo un creciente clima de rechazo y de molestia de la ciudadanía en Chile ante Bolivia.

Bolivia, como aparece estipulado en los tratados vigentes, cuenta con un conjunto de facilidades portuarias, pero es sabido que el Estado de Bolivia adeuda alrededor de 1 millón de dólares al Estado de Chile por el pago de los derechos portuarios en nuestro país.

Si una norma básica del sistema internacional es el ejercicio más irrestricto del respeto a las normas jurídicas internas dentro de cada Estado a las cuales todos los diplomáticos deben sujetarse, lo que hace el actual gobierno de Bolivia es precisamente irrrespetar las normas internas, porque resulta inconcebible y una falta de respeto a todos los chilenos, que una autoridad extranjera se permita pretender “inspeccionar” en un territorio que no le pertenece y dentro del cual no tiene absolutamente ninguna jurisdicción.

Bolivia, por el tratado de 1904 dispone y se beneficia en algunos puertos de Chile de ciertas facilidades para el tránsito de sus mercancías (como sucede también su favor en puertos de Perú, Uruguay y Brasil), pero esas franquicias no significan ninguna forma de extraterritorialidad, de manera que éstas rigen dentro del territorio nacional de Chile.

La política diplomática del gobierno de Bolivia desde que asumió el actual gobernante de turno, se ha orientado por la lógica de la provocación, una estrategia en que se incorporan elementos políticos y comunicacionales orientados a presentar a Chile como el culpable de la mediterraneidad boliviana.

Si esta estrategia exterior del gobierno boliviano tenía por objeto reforzar la cohesión interna para obtener réditos políticos, esa fórmula fracasó cuando la mayoría de los ciudadanos bolivianos votaron contra la posibilidad que Morales pueda reelegirse una vez más.  Si esta maniobra tenía por objeto ganar adeptos en la opinión pública chilena, bajo el recurso de la sensiblería por la mediterraneidad supuestamente perdida, caso perdido entonces, porque crece entre los ciudadanos chilenos el rechazo a las conductas de ese gobierno.

Los intereses permanentes del Estado boliviano, están siendo sacrificados por el actual gobernante de turno de ese país, en aras de un desesperado juego político interno para conseguir reelegirse, aprovechando su popularidad pero sin importarle la negativa imagen internacional que produciría gobernar ese país por más de 25 años consecutivos.

La estrategia altiplánica de la provocación produce como resultado que Bolivia choca una y otra vez infructuosamente con el muro de una política exterior basada en el cumplimiento y respeto a los tratados internacionales vigentes, en la intangibilidad del Tratado de 1904 y con el hecho objetivo de que Chile jamás cederá soberanía ni territorios sobre la base de la presión, y jamás otorgará salida soberana al mar a ese país sobre la base del chantaje mediático, la provocación o la victimización.  En este contexto, la táctica de presentar sucesivas demandas en los tribunales internacionales, solo funciona cómo un mecanismo para prolongar y mantener en el tiempo una causa política que confronta a Chile.

Las relaciones estables, productivas y duraderas entre Chile y Bolivia no tienen curso fuera del cauce del diálogo diplomático y la integración.   Pero para eso, primero habría que recuperar las confianzas y este gobierno de Bolivia se mueve en dirección de las desconfianzas.

Probablemente ha llegado la hora que se termine con las falacias discursivas de Bolivia respecto de su mediterraneidad, que tienden a distorsionar la mirada como ambos pueblos se relacionan con el otro.  La mediterraneidad no es la causa del atraso o del subdesarrollo en que ha vivido Bolivia desde su fundación como república.

Las causas del estado de subdesarrollo de ese país se encuentran en la conducta depredadora de sus oligarquías terratenientes y mineras, en sus golpes de Estado militares frecuentes, en la voracidad rapaz de sus elites capitalistas que sustrajeron las riquezas del territorio para venderlas a vil precio en los mercados internacionales durante más de un siglo.  Desde su emancipación, Bolivia se sumergió en un estado crónico de revoluciones y guerras civiles. Los primeros 50 años de historia de la República boliviana se caracterizaron por la inestabilidad política y militar.

Nadie puede olvidar que, por ejemplo, en los años ochenta del siglo pasado, la caída del precio del mineral del estaño y la mala administración de los regímenes militares habían dejado a Bolivia con una inmensa deuda financiera, una situación hiperinflacionaria y un descenso de los ingresos por exportaciones, de manera que la exportación ilegal de cocaina fue el principal recurso que le procuró divisas.

La mediterraneidad -entendida como una condición geográfica natural donde un determinado territorio no tiene acceso físico y directo al mar- no puede ser atribuida como la causa de la pobreza o del subdesarrollo de un país. La mejor prueba de ese aserto son países mediterráneos como Hungría, Austria, República Checa o Eslovaquia, que han sido desvastados por a lo menos dos guerras e invasiones y ocupación extranjera durante el siglo XX, sin contar con las guerras durante la edad media, o Suiza, un ejemplo clásico de un país que jamás en su historia de más de 10 siglos ha tenido salida al mar.

La estrategia diplomática de la provocación solo sirve a los intereses políticos inmediatos del gobernante de turno de Bolivia, y no a los intereses permanentes del pueblo boliviano, ni a la paz, ni al desarrollo ni a la integración en el cono sur de América.

Manuel Luis Rodríguez U.

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