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Rivalidad hegemónica global y el escenario latinoamericano

América Latina como territorio de ensayo del neoliberalismo.

América Latina ingresa al siglo XXI en una condición histórica y geopolítica distinta: el nuevo continente deja de ser el “patio trasero” de los Estados Unidos y pasa a adquirir mayores grados de autonomía y de personalidad colectiva propia; deja de mirar hacia Occidente y Europa como el “referente” de los modelos de desarrollo y de los esquemas intelectuales y culturales, y comienza a mostrar su propia originalidad política, ideológica y cultural.

Y lo original de América Latina en el siglo XXI consiste en las experiencias de cambio post-neoliberal y antineoliberal.

En el siglo XXI América Latina –aun dentro de la diversidad de sus naciones y de sus estilos de desarrollo- opta por intentar salir del estrecho y anticuado marco neoliberal y por construir modelos de desarrollo que apuntan a la sustentabilidad ambiental y al desarrollo humano.

Los latinoamericanos no miran ahora hacia Europa ni en busca de modelos de desarrollo que copiar ni como fuente principal de recursos para financiar la acción pública, sino como experiencias históricas que deben ser filtradas por el fino tamiz de la especificidad latinoamericana, y en comparación con otras experiencias en el mundo.

La implantación de los modelos neoliberales y de Estado subsidiario en América Latina fue el resultado del período de las dictaduras militares. Un proyecto refundacional que articulaba una estructura económica y financiera capitalista basada en la explotación masiva de los recursos naturales, la desindustrialización, la privatización de las empresas públicas y la mercantilización de los servicios públicos, junto a un Estado subsidiario sometido a la ideología y las reglas del mercado y a un sistema político centralizado al servicio del gran capital.

Fue la experiencia de las dictaduras militares neoliberales, o del neoliberalismo respaldado por las dictaduras castrenses, la que permitió demostrar en la práctica la contradicción entre democracia y neoliberalismo.

Entre el ultimo decenio del siglo XX y del primer decenio del siglo XXI, el continente latinoamericano ingresó en el terreno inédito de las nuevas experiencias de desarrollo y cambio político y socio-económico, basadas en el protagonismo participativo de la ciudadanía, en la reivindicación de las identidades nacionales, regionales, locales y ancestrales, en el surgimiento de nuevas formas de ciudadanía, en la protección del medio ambiente y los recursos naturales, en la valoración de la igualdad de género, en la construcción de regímenes políticos y Estados abiertos, cada vez más democráticos y pluralistas, en la configuración de aparatos de administración que asumen la centralidad de lo público sobre lo privado, en la superación del Estado subsidiario centralizado y su reemplazo por un Estado nacional descentralizado.

No hay dudas que el imperialismo occidental es un sistema en crisis, como lo es el modelo neoliberal; es un sistema en crisis que experimenta crisis cíclicas.

Pero la crisis del dominio imperial estadounidense y del “modelo” neoliberal en América Latina y en el resto del mundo, es producto tanto de las contradicciones propias del sistema como de la presión de los movimientos sociales y ciudadanos que cuestionan las causas y las consecuencias de su aplicación.

El neoliberalismo y su ideología del Estado subsidiario han perdido la hegemonía intelectual en América Latina, en un momento de cambio de paradigma internacional. La pérdida de la hegemonía del neoliberalismo se combina con una intensificación de la rivalidad hegemónica.

El concepto que permite interpretar la escena internacional y latinoamericana en la actualidad es el de rivalidad hegemónica (Ferdinand Braudel e Inmanuel Wallerstein) entendida como “el marco de relaciones entre las naciones y potencias en la escena internacional donde cada actor internacional (Estados, corporaciones, redes organizacionales, instituciones internacionales) actúan con el propósito de prevalecer, defender sus intereses e incrementar su poder, dominio e influencia”.

El sistema-mundo actualmente existente es el paradigma que integra las distintas arenas internacionales donde tiene lugar la rivalidad hegemónica, y que se sitúa en una lógica de ciclos de largo plazo.  Según este concepto y desde una perspectiva histórica, las diferentes potencias dominantes desde la era moderna se han ido sucediendo en la hegemonía mundial en ciclos de ascenso y declinación: el ciclo de predominio de Portugal en el siglo XV, de Holanda en el siglo XVI, de Inglaterra en el siglo XVII y en el siglo XIX, de Estados Unidos en el siglo XX.

La hegemonía de las potencias en el orden capitalista mundial y el sistema mundo que se construye en cada ciclo histórico, se produce gracias a la desigualdad en la división internacional del trabajo, al flujo constante de riqueza, recursos energéticos y capital desde la periferia hacia el centro dominante, y al ejercicio de diversas formas de poder imperial (con sus componentes militar, financiero y tecnológico).

El sistema-mundo no solo hace referencia al predominio de las potencias occidentales, sino que reconoce además que en otros espacios geográficos se despliegan formas de rivalidad hegemónica lideradas por potencias como Japón y China. En Asia, mientras Japón actúa como el cliente preferido de Estados Unidos, después de la II guerra mundial, China implementa un modelo propio de orientación socialista dirigido a superar su subdesarrollo y a obtener un lugar en el concierto internacional.  En la actualidad, China ha devenido en una potencia mundial y en los próximos decenios de la primera mitad del siglo XXI alcanzará el rango de potencia global.

Cuando se interpreta el actual estado del orden mundial desde esta perspectiva, se constata que asistimos a una rivalidad hegemónica a escala global cuyo rasgo principal es la lucha de EEUU y las potencias occidentales y europeas por preservar y mantener su dominio hegemónico, frente a la emergencia gradual de potencias continentales y centros de poder que aspiran a convertirse en potencias globales y que disputan el predominio a la potencia imperial estadounidense.

El espacio latinoamericano ocupa un lugar secundario y semi-periférico dentro de este esquema de rivalidad hegemónica.

El ciclo histórico del progresismo latinoamericano.

Lo que conocemos como “gobiernos progresistas”, de “nueva izquierda” o “posneoliberales”, configuran una serie de procesos nacionales que han sido historiados bajo una misma narrativa que los ubica en una totalidad geohistorica. Dicha construcción parte de la constatación empírica del ciclo de luchas que abrió la Revolución Cubana desde 1959, que permitió una renovación del movimiento de la izquierda continental entroncando, luego, con diversos procesos nacionalistas, como el de Omar Torrijos en Panamá y Velasco Alvarado en Perú. Particularmente, las luchas populares toman vigor en Centroamérica con el Sandinismo nicaragüense, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional salvadoreño, y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Asimismo, en Suramérica, se renueva la guerrilla colombiana (FARC y ELN) y venezolana; al tiempo que se desarrolla la breve e intensa experiencia de la Unidad Popular chilena con Salvador Allende a la cabeza.

Este ciclo cerraría hacia finales de la década de los ochenta con la entrada del periodo especial en Cuba (previsto por Fidel antes del mismo derrumbe de la URSS), la invasiones estadounidenses en Panamá en el 1989 y Haití en el 1994, la derrota electoral del Frente Sandinista en 1990, la firma de los acuerdos de Paz en Centroamérica (1992), la desmovilización de buena parte del movimiento guerrillero colombiano (1990-91).

La derrota del sandinismo en Nicaragua significó el punto de crisis del “modelo guerrillero” de acción política, cuando se comprendió que las sociedades y los pueblos querían vivir en paz y preferían la salida política electoral democrática para terminar con las dictaduras.

El deterioro de las izquierdas latinoamericanas se produce en este período como consecuencia de los sucesivos golpes de Estado y de la llegada masiva de los militares al gobierno, los que imponen la lógica de la ideología de la seguridad nacional e implementan el modelo de desarrollo neoliberal.

Si en América Latina la década de los sesenta fue de los gobiernos progresistas y democráticos, las décadas de los setenta y ochenta fue de las dictaduras militares y la década de los noventa fue de la recuperación democrática.

Las luchas anti-neoliberales en la región son consideradas como el punto de partida para el “nuevo ciclo progresista”. Estas se fechan comúnmente con el estallido popular en Venezuela conocido como “Caracazo” en 1989, continuando con el levantamiento zapatista en México de 1994, la oposición social contra el ALCA, y el triunfo de la Revolución Bolivariana en 1998, que habría de ser secundada con diversos ascensos electorales de la llamada “nueva izquierda” en el siglo XXI. Estos gobiernos de izquierda se sostienen sobre amplios procesos de movilización popular y ciudadana contra los ajustes neoliberales en países como Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Ecuador y Nicaragua.

El nuevo ciclo vendría de una incubación de resistencias populares, primero, frente a las dictaduras de seguridad nacional, y segundo, frente a la instauración de las democracias representativas acompañadas de la continuación del neoliberalismo, lo cual acentuó la destrucción del tejido social latinoamericano y caribeño.

Algunos/as autores/as enfatizan cierta continuidad entre este nuevo ciclo y las luchas anteriores, constatando la permanencia de diversos actores, como por ejemplo el Sandinismo, el PT y el Frente Amplio uruguayo, tendencia que tomará nuevas fuerzas por sus relaciones con los gobiernos de izquierda que ascendían electoralmente en la región (iniciando con Venezuela, pero extendiéndose a Brasil, Ecuador, Bolivia, etc.).

Otros han observado que los nuevos movimientos sociales y políticos surgidos en América Latina no han logrado liberarse completamente de la impronta caudillezca y personalista, propia de los años 30 y 40.

Otros/as autores/as hacen una escisión basándose en la emergencia de “nuevos” actores políticos englobados bajo el término de movimientos sociales o nuevos movimientos sociales que vendrían a completar el desarrollo de la izquierda histórica. Ciertos analistas observan una renovación del populismo histórico en base a nuevos líderes que estarían llevando a cabo procesos de modernización nacional, aún incompletos.

Todo este proceso se enmarca en el tránsito del mundo bipolar y el auge del Tercer Mundo, hacia el mundo unipolar y la hegemonía del neoliberalismo a nivel planetario.

 

De la bipolaridad a la multipolaridad y la rivalidad hegemónica.

Asistimos a un cambio de ciclo histórico.

Desde 1989-1990 pasamos desde la bipolaridad Este-Oeste que enfrentaba a EEUU y la Unión Soviética, a una etapa de unipolaridad (1990-2001) donde EEUU ejercía la hegemonía global en forma casi absoluta.

Pero, desde los atentados a las torres gemelas y al Pentágono, el mundo ingresa en una nueva fase de multipolaridad.   Estos atentados debilitan la imagen de invulnerabilidad de EEUU y aparece un nuevo actor internacional: los movimientos árabes de inspiración islámica.

En este contexto global cambiante, surgen nuevos centros de poder.   El orden mundial se fragmenta y se produce una realineación de los Estados y las potencias.  Las sucesivas crisis económicas y financieras contribuyen a ahondar el deterioro de la hegemonía estadounidense.

En un período histórico en que asistimos a una prolongada etapa de deterioro de la hegemonía imperial estadounidense, surgen nuevas potencias globales (China, India), se forman nuevos bloques continentales y subcontinentales (Mercosur, …), se produce un desplazamiento geopolítico gradual de la hegemonía desde los Estados situados en el océano Atlántico a los Estados situados en el océano Pacífico.

 

La crítica al neoliberalismo.

Predomina en el presente una poderosa corriente de opinión crítica que cuestiona al modelo de  Estado subsidiario y neoliberal, no solamente por razones ideológicas, sino por la creciente y masiva percepción ciudadana que dicho modelo de Estado ha ocasionado una privatización generalizada de las funciones y servicios públicos, ha prohijado un modo de desarrollo basado en la explotación masiva e indiscriminada de los recursos naturales y la mano de obra barata, en el uso y abuso de los recursos energéticos tradicionales, en la concentración del capital y de la riqueza, dando como resultado sociedades segmentadas, desiguales, inequitativas.

Pero al mismo tiempo, asistimos a una epoca de deterioro de la credibilidad de la política y de los partidos políticos, donde la despolitización generada por las dictaduras anteriores, sirve de suelo donde surge el oportunismo político de distintos grupos de derechas y de ultraizquierda que intentan beneficiarse del clima antipolítico predominante.

En América Latina la oleada antipolitica está en directa relación con la ausencia de educación civica en los sistemas educacionales y en la ciudadanía.

No es que al momento del advenimiento de los Estados neoliberales (en la década de los setenta del siglo XX), no haya habido pobreza, marginación y desigualdad.  Lo que ha provocado en América Latina la implantación del modelo de desarrollo neoliberal y del Estado subsidiario, ha sido el incremento y profundización de la desigualdad económica, social y territorial, en las sociedades latinoamericanas.   De allí la importancia estratégica de los proyectos de cambio social que han surgido en este continente.

En el Foro Social Mundial de Porto Alegre de 2002 se planteaba: “El modelo económico neoliberal está destruyendo crecientemente los derechos y condiciones de vida de los pueblos. Empleando cualquier método para proteger el valor de sus acciones, las transnacionales realizan despidos masivos, reducen salarios y cierran empresas, exprimiendo la última gota de sangre de las y los trabajadores. Los gobiernos enfrentados a la crisis económica responden con privatizaciones, recorte de gastos sociales y reducción de derechos laborales. Esta recesión muestra la mentira del neoliberalismo y sus promesas de crecimiento y prosperidad.”

Y agregaba: “Apoyamos la lucha sindical de las y los trabajadores formales e informales y a los sindicatos comprometidos en la lucha por la defensa de unas condiciones de dignas de trabajo y de vida, los derechos genuinos de organización, huelga, y el derecho a negociar contratos colectivos en los distintos niveles para lograr equidad en los sueldos y condiciones de trabajo entre mujeres y hombres. Rechazamos la esclavitud y la explotación de los niños. Apoyamos sus luchas en contra de la flexibilización, subcontratación y  despidos, y demandamos nuevos derechos internacionales que regulen el empleo de las compañías  transnacionales y sus empresas asociadas, en particular, el derecho de sindicalizarse y disponer de contratos colectivos de trabajo. Apoyamos también la lucha de los campesinos y movimientos sociales por los derechos a condiciones de vida correctas y el control de las selvas, tierras y agua.

La política neoliberal nos empuja a una mayor pobreza e inseguridad. Pobreza e inseguridad que genera trafico y explotación de mujeres y niños, que condenamos enérgicamente y empuja millones de seres humanos a la emigración, viendo negadas su dignidad, libertad, derechos y legalidad, por lo que demandamos el derecho al libre movimiento, la integridad física y un estatus legal en los países de trabajo. Defendemos los derechos de los pueblos indígenas y el cumplimiento del Convenio. 169 de la OIT y su inclusión en las leyes de los respectivos países, así como su aplicación.”

América Latina se incorpora al siglo XXI precisamente con estos procesos de cambio en curso.

 

El balance de los gobiernos progresistas en América Latina.

En la medida que el ciclo progresista latinoamericano se está terminando, parece el momento adecuado para comenzar a trazar balances de largo aliento, que no se detengan en las coyunturas o en datos secundarios, para irnos acercando a diseñar un panorama de conjunto. De más está decir que este fin de ciclo está siendo desastroso para los sectores populares y las personas de izquierda, nos llena de incertidumbres y zozobras por el futuro inmediato, por el corte derechista y represivo que deberemos afrontar.

Repasando brevemente la historia del surgimiento en la región de gobiernos alternativos, y, fruto del seguimiento que damos a estos procesos revolucionarios y democráticos, puntualizamos algunos aspectos del balance que hacemos de estos proyectos alternativos de nación y su incidencia en el Estado, relación con los partidos y el movimiento social en la construcción del poder popular.

Desde febrero de 1999 con el ascenso al poder en Venezuela, de Hugo Chávez Frías, con la Revolución Bolivariana, seguido de Evo Morales en Bolivia, en 2005, Rafael Correa en Ecuador, en enero de 2007; Daniel Ortega en Nicaragua, que estuvo fuera del gobierno durante 16 años, toma de nuevo el poder en el año 2007 y el pueblo lo ratifica mediante el voto popular en 2011; en Argentina, Néstor Kirchner primero y ahora Cristina Fernández, en diciembre de 2007, ratificada también por el voto popular en 2010; Luiz Inácio Lula  Da Silva en Brasil durante 8 años desde el 2003 que deja el poder a Dilma Rousseff, considerada una sucesora del gobierno progresista de Lula. José Mujica en Uruguay, Fernando Lugo en Paraguay, un pueblo que vivió más de 35 años de dictadura, y logra un cambio en 2008. Y cabe mencionar el gobierno de Leonel Fernández en República Dominicana, como gobierno democrático, que si bien no se considera un gobierno alternativo, en sus gestiones se ha visto encaminar algunas políticas de corte progresista. Y ha fortalecido las relaciones internacionales con naciones progresistas y socialistas.

Decir progresismo suena demasiado vago, porque en esa categoría pueden entrar procesos bien distintos. Entendemos por progresismo al marco conceptual que inspiraba a aquellos gobiernos que han intentado cambios en lo que fue el Consenso de Washington, pero nunca aspiraron a trascender el capitalismo en su fase extractiva y financiera.   La riqueza del progresismo fue la tentativa de democratizar la sociedad y de recuperar los niveles de desarrollo anteriores a las dictaduras militares, pero su debilidad consistió en que no atacó las bases fundamentales del modelo de dominación económica y social.

Los gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y Ecuador, así como Paraguay cuando fue gobernado por Fernando Lugo, entran de lleno en esa categoría. Los de Venezuela y Bolivia merecen un trato aparte, ya que han declarado su voluntad de trascender la realidad que heredaron y no sólo administrarla y de producir cambios estructurales.   Sin embargo, mientras Bolivia sigue siendo un país capitalista con un gobierno progresista e indigenista, el único país que ha intentado salir y romper con el modelo capitalista ha sido Venezuela con su paradigma del socialismo del siglo XXI, lo  que explica la virulencia del ataque contra la revolución bolivariana desde la derecha latinoamericana y desde EEUU.

¿Porqué incluir al gobierno der la revolución democrática de Rafael Correa en esa lista? Porque la relación con los movimientos sociales hace la diferencia.

En toda la región sudamericana arrecian las campañas de las derechas mediáticas y los grupos empresariales, alentados por los Estados Unidos, para modificar los equilibrios de fuerzas a su favor. Pero asistimos también a una reactivación de los movimientos populares, de modo particular en Brasil, Chile, Ecuador y Perú, siempre en contra de un modelo que sigue concentrando la riqueza y frente a gobiernos que no han realizado cambios estructurales.

Cabe observar que es en Brasil donde se está produciendo un debate más profundo sobre los doce años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) encabezados por los presidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff, especialmente porque la crisis de corrupción está colocando al gobierno del PT en la cornisa del derribamiento constitucional.  Y también porque Brasil representa la mitad de la región sudamericana en términos de población y producción, por su innegable trascendencia regional y global y, sobre todo, porque el PT fue creado desde abajo por sindicalistas, exguerrilleros y comunidades eclesiales de base, siendo el mayor partido de izquierda de América Latina, el impulsor de los foros sociales con los movimientos y del Foro de São Paulo con los partidos de izquierda.

Ahora, en medio de un ajuste neoliberal que vulnera derechos sociales y con un escándalo de corrupción alucinante (Dilma reconoció que los dineros sustraídos equivalen a un punto del PIB), ocurre que es perfectamente legítimo volver a preguntarnos si el progresismo fue una regresión o un paso adelante.

Uno de los argumentos centrales de los críticos de izquierda al PT brasileño es que los gobiernos de Lula y Dilma provocaron una gran despolitización de la sociedad, en gran medida porque la política fue sustituida por la administración y porque «se cooptaron centrales sindicales y movimientos sociales, entre ellos el Movimiento de los Sin Tierra, que aún resiste».

En este punto, los análisis se bifurcan.  Algunos sostienen que los gobiernos progresistas fueron un avance, siendo su principal argumento que redujeron la pobreza llevándola a los niveles más bajos en la historia reciente, dato que es real y se sustenta en las estadísticas. En esa reducción aparecen dos elementos a considerar: por un lado, el crecimiento económico permitió que más personas se incorporen al mercado de trabajo. Por otro, las políticas sociales y el aumento del salario mínimo jugaron un papel indudable en la caída de la pobreza.

Pero hay quienes argumentan que no hubo cambios significativos en la desigualdad, ni reformas estructurales, que hubo desindustrialización y se registró una re-primarización de las economías (centralidad de las exportaciones de bienes primarios). En este sentido se puede afirmar que el progresismo no fue un avance.

Si colocamos la política en el centro, la visión de la realidad adquiere otra sentido. La política, desde una mirada de izquierda, gira en torno a la capacidad de los sectores populares de organizarse y movilizarse para debilitar al poder económico y político, y abrir así las posibilidades de cambios. Desde este punto de vista, la energías populares, sociales y ciudadanas ha sido fuertemente desgastadas por el progresismo de las décadas del noventa o del dos mil, pero no se han agotado. Las grandes movilizaciones de junio de 2013 en Brasil, o en Argentina en 2014 o las ocurridas en Chile en 2006, 2011 y 2012  son claro testimonio de los cambios que siguen ocurriendo en nuestras sociedades, cambios sociales que reflejan una mutación en el paradigma cultural, en el sentido que estas sociedades ingresan lentamente en la modernidad.

En el actual escenario latinoamericano la derrota del justicialismo en Argentina y la grave crisis que afecta al gobierno de Dilma Roussef  se plantea que estaríamos asistiendo a la fase final del ciclo del progresismo en el continente.

El problema político que se plantea ahora es cómo enfrentar la ofensiva de las derechas con sociedades despolitizadas y desorganizadas, y donde las izquierdas no han logrado acumular fuerzas suficientes ni generar cambios sustanciales en la correlación de fuerzas como para empujar cambios estructurales al modelo dominante.

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas – Magallanes, diciembre de 2015.

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