Territorialización y trabajo: una aproximación marxista a la Geopolítica

PROLOGO.

Uno de los procesos constitutivos de la naturaleza humana y de la sociedad, es el de la conquista o apropiación de determinados espacios geográficos, para ponerlos al servicio de las necesidades humanas. La forma principal que ha tenido la prehistoria y la historia humana es la de exploración, apropiación y uso del territorio geográfico para convertirlo en su habitat, conforme a ciertas necesidades, al nivel de desarrollo de la inteligencia creativa y a sus posibilidades técnicas y materiales.

Este ensayo aborda la problemática del trabajo y la territorialización, desde una aproximación marxista contemporánea de la Geopolítica.

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas – Magallanes, verano de 2014.-

INTRODUCCIÓN CONCEPTUAL.

El proceso de humanización incluye y supone un prolongado y siempre interminable proceso de terrritorialización, es decir, de la aplicación de formas históricamente determinadas de apropiación, utilización y transformación del medio geográfico natural, hasta convertirlo en un espacio humanizado.

Raffestin a este respecto propone que “…un territorio es un estado de la naturaleza … un trabajo humano que se ejerce sobre una porción de espacio, la cual no se relaciona con un trabajo humano, sino con una combinación compleja de fuerzas y de acciones mecánicas, físicas, químicas, orgánicas, etc. El territorio es un reordenamiento del espacio, cuyo orden se busca en los sistemas informáticos de los cuales dispone el hombre por formar parte de una cultura. El territorio puede ser considerado como el espacio informado por la semioesfera…” (Raffestin, Cl.: Espaces, jeux et enjeux.  Paris, 1986. http://www.hypergeo.eu)

La noción de espacio -desde una perspectiva geopolítica- se apoya sobre tres grandes sistemas de referencia: 1) el espacio definido como un conjunto de coordenadas terrestres donde la posición de cada punto está dada por su latitud, su longitud y su altitud (según un sistema de proyección dado); 2) el espacio tal como es percibido, vivido o representado en la escala de los individuos comporta, más allá de las fuertes variaciones subjetivas y culturales, una organización bastante sistemática, muy a menudo centrada sobre la persona y que conforma “burbujas proxémicas” (según E.T. Hall) o “caparazones” (según A. Moles) concéntricos, de familiaridad decreciente en relación con el alejamiento, y en las cuales la percepción de las personas se va dilatando y modificando en las zonas conocidas, y se contrae a medida que la información y la presencia sobre los lugares decrece.

Las formas concretas de estas representaciones, a menudo asimilables a “aureolas concéntricas” en las sociedades sedentarias tradicionales o en las grandes urbes modernas, se diversifican en función de las prácticas de movilidad de los individuos y de su frecuentación de los lugares que constituyen su espacio de vida; 3) la agregación de estos espacios individuales y la composición de sus interacciones reiteradas en la duración produce un espacio heterogéneo y anisótropo, constituido por nodos y ejes jerarquizados que organizan los flujos de circulación en territorios desigualmente enrejados.

En el transcurso de la historia, del proceso de diferenciación social y de territorialización, este espacio geográfico tiende a volverse cada vez más heterogéneo (contrastado) en términos de repartición del peso (masa, riqueza) de los nodos y de las tramas, y contraído en tiempos y recorridos, mientras que las condiciones de circulación (velocidad, confort) en las grandes distancias, así como las formas y las condiciones del hábitat tienden a homogeneizarse.

Marx analiza este proceso moderno de territorialización a escala mundial en los siguientes términos: “El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.    El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.   Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos. La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.” (Marx, C., Engels, F.: El Manifiesto Comunista.  1848.  Cap. I).

TRABAJO, ESPACIO Y TERRITORIALIZACION.

Pero, cuando se examina el decurso histórico, se observa que en definitiva, no hay territorialización, no hay apropiación, uso ni transformación de la naturaleza por parte de la especie humana, sino a través de la acción humana -individual y colectiva- organizada para transformar la naturaleza, el territorio geográfico y satisfacer ciertas necesidades.

El contenido esencial de la territorialización es, entonces, el trabajo.

Esta sería la dimensión geopolítica del trabajo humano.

El trabajo humano y la producción, son siempre geográficamente situados, espacialmente asentados.  Solo el trabajo humano valoriza el territorio y lo puede transformar y someter.

Todo trabajo, como actividad transformadora de la naturaleza y los recursos, siempre tiene lugar en un algún ámbito determinado, delimitado, jerarquizado, establecido.

Geopolíticamente, la territorialización -y su contraparte la desterritorialización- es un proceso de instalación territorial esencialmente desigual, marcado por las diferencias de clase, por la jerarquización de los territorios, por la distribución desigual de la tierra y de los espacios, por la construcción de relaciones territoriales, sociales y culturales asimétricas, desiguales.

El trabajo permite al ser humano crear valor, transformar los recursos naturales, la información y la energía, en bienes y servicios, en conocimientos y en experiencia práctica, pero este trabajo humano es siempre trabajo situado, es decir, actividad laboral geográfica o espacialmente situada, ubicada y delimitada dentro de un determinado espacio físico o virtual donde se establecen relaciones de poder y -como lo sugiere Marx- además se establecen determinadas relaciones de producción.

En la sociedad moderna, allí donde hay trabajo, éste se realiza a partir de relaciones de producción desiguales (económicas y sociales) y relaciones de poder (políticas e ideológicas) y de relaciones espaciales o territorialmente demarcadas y asimétricas y, por lo tanto, el trabajo asalariado -característico del modo capitalista de producción y de la sociedad moderna- es una relación económica, social, política y territorialmente asimétrica, estructuralmente desigual.

Escribe Marx al respcto: “La fuerza de trabajo en acción, el trabajo mismo, es la propia actividad vital del obrero, la manifestación misma de su vida. Y esta actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida necesarios. Es decir, su actividad vital no es para él más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. El obrero ni siquiera considera el trabajo parte de su vida; para él es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha adjudicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es tampoco el fin de esta actividad. Lo que el obrero produce para sí no es la seda que teje ni el oro que extrae de la mina, ni el palacio que edifica. Lo que produce para sí mismo es el salario; y la seda, el oro y el palacio se reducen para él a una determinada cantidad de medios de vida…” (Marx, C.: Trabajo asalariado y capital. 1849).

Esto explica porqué en la época de la globalización del capitalismo desde fines del siglo xx, las diferencias sociales territoriales e identitarias, la explotación de todas las formas de trabajo y los conflictos sociales, ambientales, territoriales y políticos originados en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales, no han disminuido sino que se han acentuado y extendido.

Cada sociedad históricamente determinada organiza su territorio según condiciones y formas de trabajo y conforme a una espacialidad que le es propia y que depende de sus valores identitarios y de sus normas, así como también de la elección de sus actividades y de su dominio técnico. Se la analiza a partir de los principales componentes del funcionamiento de los territorios, que son: la apropiación, el hábitat, la circulación, la explotación (o producción), y la administración (o gestión). La dimensión, el espaciamiento, las y las formas (configuraciones), varían de este modo de una sociedad a otra. Pero se reconocen también en los paisajes y las estructuras espaciales los efectos de invariantes antropológicos (como la medida de las superficies cultivadas en jornadas de trabajo, la del espaciamiento de las etapas en jornadas de marcha, o la del escalonamiento de las ciudades en horas de transporte), y de tensiones geométricas (circularidad de las áreas de comercio minorista o de frecuentación alrededor de un centro, linearidad de los grandes ejes de transporte) o de interacción (fuerte decrecimiento de las probabilidades de frecuentación con el alejamiento o la “tiranía de la distancia”.

LA DESTERRITORIALIZACIÓN DEL TRABAJO

El trabajo moderno es entonces, a la vez, la fuente de una relación social de producción y el punto de partida de una relación espacial o territorial de producción, donde el trabajador está siempre situado en una estructura desigual, jerarquizada y de división social.

La forma exterior y hasta contractual de la relación, cambia; el espacio o territorio donde esta relación tiene lugar, cambia y se diversifica a escala planetaria; el lugar donde el proceso de trabajo produce, cambia, pero no cambia la estructura desigual y asimétrica esencial que hace del trabajo -en el modo capitalista de producción- una mercancía que produce mercancías pero que, sobre todo, produce plusvalía al propietario de los medios de producción y del proceso productivo.

Al implantarse la estructura de dominación capitalista, el territorio fue expropiado y convertido en propiedad capitalista basada en la explotación y uso de la fuerza de trabajo ajena.

Desde las sociedades de clase, la tierra no es de quién la trabaja sino del propietario que ejerce su dominio y propiedad sobre el trabajador que es, paradójicamente, quién crea efectiva y materialmente el valor y la riqueza que resultan del trabajo de ese territorio.

Ni el dinero ni la mercancía son de por sí capital, como no lo son tampoco los medios de producción ni los artículos de consumo. Hay que convertirlos en capital. Y para ello han de concurrir una serie de circunstancias concretas, que pueden resumirse así: han de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores de mercancías; de una parte, los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de explotar la suma de valor de su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo. Obreros libres en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción de su propiedad como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.; libres y desheredados. Con esta polarización del mercado de mercancías se dan las condiciones fundamentales de la producción capitalista.” (Marx, C.: El Capital.  Crítica de la Economía Política. Vol I, cap. xxiv.)

Si el trabajo siempre sucede en algún lugar, entonces incluso en la época de la deslocalización del trabajo productivo y de creación de servicios -como sucede a principios del siglo xxi en el contexto de la globalización capitalista- el trabajo físico, el trabajo intelectual y el trabajo virtual se realizan en algún lugar.  Se puede deslocalizar el lugar donde se realizan las distintas secuencias del proceso productivo y de servicios, pero no se puede deslocalizar el trabajo mismo, toda vez que este es realizado -principalmente aunque no exclusivamente- por seres humanos geográficamente situados.

Incluso si fragmentos completos del proceso productivo pasan a ser realizados por máquinas inteligentes y autonomas, el trabajo humano sigue siendo responsable, desde algun lugar, del funcionamiento, la mantención y la continuidad de las operaciones de las máquinas.

ALGUNAS REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS.

Marx, C.: El Capital.  Crítica de la Economía Política.  Mexico, 1978.  FCE.

Marx, C., Engels, F.: El Manifiesto Comunista. 1848.

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