Un país ajeno profundamente nuestro

En aquellos años, cuando comencé a tener conciencia del país, de la provincia y del lugar austral en que vivía, eran esos locos años sesenta, tan reventados de revoluciones y tan preñados de utopías de las que hoy tan pocos quieren oir hablar.

 Creo que era feliz en los años sesenta.  Más bien, puedo afirmar sin lugar a dudas, cuarenta años más tarde, que en aquella época era feliz, posiblemente sin saberlo.

 Por aquí me parece que entro al problema de la libertad del ser humano.  “También el hombre tiene su acto de nacimiento, la historia… acto de nacimiento que se supera a sí mismo…”  escribió Marx.

 La historia es el nacimiento del ser humano.

 El ser es humano cuando acontece en la historia, cuando se humaniza en la historia, o sea en la práctica, en la praxis.  Luego la historia es el espacio donde se construye la libertad humana.  El ser humano es un acto de razón y de libertad, de pasión y de sacrificio, de felicidad incompleta y de búsqueda interminable.

 Y por eso creo.

 Creo en el ser humano, centro de la vida y de la realidad.

 Creo en el ser humano, como entidad racional libre y perfectible, como individuo capaz de redimirse en nombre de la libertad, de la dignidad y de la lealtad, de sí mismo y de toda la humanidad.

 Creo que los dioses son invenciones humanas y que el ser humano es el único y definitivo autor de su existencia, es el único constructor de su destino.

 Creo en la libertad, como supremo valor que hace posible la existencia social y la convivencia entre los seres humanos, entre seres humanos que son a la vez iguales y diferentes.

 Creo que la libertad es un valor ético intransable.

 Y los años sesenta fueron una tentativa de la libertad.

 Debo reconocer que ser hippie –o tratar de serlo o parecerlo- en aquella época era caro, pero sugestivo, novedoso e interesante.  Solo muchos años más tarde me di cuenta que el único diario que teníamos en Punta Arenas, jamás escribió alguna noticia que dé cuenta de la revolución de mayo de 1968 en Paris, pero las noticias corrían de muchos modos y por vías insospechadas.

 La política es consustancial al ser humano y todos los regimenes que han tratado de castrar esta vocación cívica han terminado derribados.  Ser político es ser ciudadano y la ciudadanía es una forma política de ser humano en el presente.

 ESOS AÑOS SESENTA TAN ACTUALES

 En aquellos años, las cosas parecían diferentes.

 Ser revolucionario significaba dejarse crecer la barba, fumarse alegremente un pito (para probar), leer en detalle el Manifiesto o a Marcuse, escuchar las arengas del Che y salir a la calle con la música convocante del Quilapayún.  Los debates juveniles eran políticos e incluso filosóficos, pero llevar un libro bajo el brazo era como llevar hoy un MP4: ayer se escuchaban los Beatles y hoy Lady Gaga, aunque en ambos casos muy pocos entendían la letra…

 Inundaba mi mente de saberes universales,  de conocimientos que iban más allá de las enseñanzas del aula, de lecturas atrevidas e interminables, de sueños forjados desde los albores de la república y entonces muchos de mi generación (me considero un “sesentero” a mucha honra) sentían y tenían conciencia que el mundo se movía en la dirección de los sueños posibles.  En los sesenta creíamos que era posible cambiar el mundo, aquel mundo que veíamos y comprendíamos injusto y desigual y en los setenta lo intentamos.  El problema se llamaba en aquel entonces el “sistema capitalista” y aunque hoy sigue siendo el mismo problema, evidentemente que el sistema se comió y se tragó a varias generaciones.

 Para quienes tuvimos el inmenso privilegio de formar parte de la generación que hizo posible el proyecto y el gobierno de la Unidad Popular, de Salvador Allende, sentirnos parte de su epopeya fue como sentirnos que estábamos haciendo historia, cada uno en su profundo compromiso social, político e ideológico, cada uno en el lugar y en el momento en que la marea del cambio nos encontró.

 ¿Eramos felices en aquella época?  No estoy muy seguro, sobre todo si uno piensa que mientras una mayoría trataba de serlo, una minoría se amargaba con el odio y los rencores acumulados.

 Una enorme cantidad de empresas del Estado como ENAP,  EMPORCHI,  CODELCO, ENDESA, ENTEL, la Compañía de Teléfonos de Chile, estaban funcionando y operaban al servicio de las mayorías nacionales, de los ciudadanos a los que servían, de la nación que les dio origen.

 En aquella época (que hoy muchos quieren silenciar y distorsionar), el Estado tenía verdaderos servicios públicos, cajas de previsión para todos los trabajadores,  educación pública gratuita, puertos, aeropuertos y servicios aéreos y marítimos, salud pública gratuita, agua potable y alcantarillado a bajo costo, vivienda para el que la necesite, reajustes automáticos de sueldos según el alza del costo de la vida,  escuelas y hospitales al servicio de la mayoría, es decir, un Estado que podía ofrecer seguridad, oportunidades y ventajas a todos quienes las requieran, es decir, un Estado al servicio de la Nación.

 Después, como dice la canción, “después vino la tormenta…” y una gigantesca marea de terror, de muerte, de represión y de control vino a derrumbar un proyecto abortado.  El hundimiento, provocado y auto-producido del proyecto histórico de la Unidad Popular puso término –a su vez- a un ciclo democrático de la historia de Chile a lo largo del siglo xx, tal como muchos otros proyectos de cambio social habían sido arrasados en Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y otros países latinoamericanos.

 Después cayeron varios muros de Berlín, desde 1989 en adelante, pero en el día de hoy tenemos ante nuestros ojos y nuestras pantallas, los nuevos “muros de Berlín” de los que muy pocos quieren hablar, indecentes en su formidable exclusión y contra los cuales hablan y se movilizan muchos pueblos, y que atraviesan con alambradas electrificadas la frontera de Estados Unidos con México y el límite conflictivo de Israel con los territorios palestinos.

 El imperio estadounidense contra el cual marcharon cientos de miles en Chile por la guerra de Vietnam en 1969, es el mismo imperio de hoy, solo que mas envejecido, más depredador, más dominante, más agresivo, más desafiante, más endeudado y mas temeroso.

 DELINCUENTES Y ANTISISTÉMICOS

 Y aquí estamos nuevamente, instalados en un presente que se nos viene cargado de futuros inquietantes.

 Treinta o cuarenta años después hemos tomado consciencia de la fragilidad del planeta que nos alimenta y nos sostiene.

 Treinta o cuarenta años después, parece cada vez más evidente que las mismas razones que movieron a mi generación a levantarse a favor de un proyecto de cambio social o de socialismo, mueven hoy a las generaciones de jóvenes, trabajadores, dueñas de casa, profesionales, desempleados, temporeras, veteranos, jubilados, estudiantes, que salen a las calles y reclaman en aparente desorden por un cambio social, por un cambio de sistema que no ven en el horizonte, en Santiago, en Trípoli, en Magallanes, en Madrid, en Barcelona, en Yemen, en El Cairo o en Siria.

 El sistema (y los medios de comunicación que le acompaña y le sirve) los desprecia mediáticamente tratándolos de “jóvenes anti-sistémicos” o de terroristas, de la misma manera como los españoles trataban de “delincuentes” por allá por 1811 y 1817 por luchar contra el poder extranjero instalado en su propia tierra,  a algunos jóvenes osados y resueltos de apellidos Carrera, Rodríguez, O’Higgins,  Henríquez, Larrain o Infante.

 ¿Antisistémicos?

 ¿Perdón, dijo usted antisistémicos? Pues bien, todos somos antisistémicos, cuando nos indignamos de ver el despojo sistemático de los recursos, la soberbia política de los gobernantes, la sordera ideológica de las autoridades y la eficiente frialdad de los gerentes.

 En los luminosos años sesenta y en los insolentes años setenta y también en los sombríos años ochenta, luchábamos desde la tribuna política, desde las calles multitudinarias, desde la prensa oculta (y no desde la prensa obsecuente), desde el silencio riguroso de la clandestinidad, luchábamos para que Chile, digno país subdesarrollado ubicado en el último rincón de América del Sur, fuera dueño soberano de sus propios recursos naturales, su cobre, sus minerales, su mar y sus aguas.   Durante tres o cuatro decenios luchamos y luchamos contra esos poderes extranjeros instalados en nuestra propia tierra, como potencias dominantes sobre nuestros recursos.

 Pero la palabra y el concepto de soberanía se les olvidó a los magnates del poder financiero y político.

 Primero, en los años setenta, vendieron la mayor parte de las empresas del Estado, una por una,  al que mejor pudiera comprarlas y al que pagara lo menos posible.  Liquidaron la capacidad industrial y productiva de la economía nacional y nos convirtieron nuevamente en país productor de materias primas para abastecer los mercados extranjeros.

 Después en los años ochenta, vendieron el enorme y costoso sistema previsional –forjado en más de 30 años de aportes de todos los trabajadores de Chile- y lo convirtieron en una de las industrias lucrativas más insolentemente multimillonarias de Chile y hasta se permitieron la impudicia de salir al extranjero a mostrar las maravillas del negocio financiero recién inventado, a costa de las cotizaciones obligadas de todos los chilenos que trabajaban y trabajan. 

 Así crearon -en el fragor neoliberal de la dictadura- las llamadas AFP, que algunos inocentes llaman todavía “Administradoras de Fondos de Pensiones” y que yo llamo lo que son en realidad: Administradoras de Fondos de Pérdidas.  Sigo creyendo que los uniformados y los ideólogos neoliberales que inventaron las AFP sabían muy bien a quienes iban a beneficiar y a cuántos iban a perjudicar porque,  ¡oh extraña paradoja!, dejaron a los integrantes de las FFAA fuera de las AFP, obligando al Estado, o sea a todos los ciudadanos y contribuyentes a pagar las jubilaciones millonarias de los jubilados de uniforme.

 Instalaron así la ley del embudo en todo el sistema económico y social.

 Y después, en los años noventa, recién estrenada la así llamada transición democrática, los gobiernos de turno, siguieron vendiendo las empresas sanitarias, los derechos de pesca, las fuentes energéticas (gas, carbón, petróleo), los derechos de agua, las licencias de telecomunicaciones y de señales televisivas y radiales, todo ello con el buen beneplácito de los nuevos gobernantes de la transición, con frecuencia más preocupados en inclinar la cerviz ante los amos empresariales, a fin de dar muestras de “buena conducta”,  todo como en la “Maldición de Malinche” que nos cantaba Amparo Ochoa.

 La historia tiene extrañas curvas y recovecos.

 Doscientos años después de la guerra de la independencia, los españoles controlan hoy la economía chilena como los españoles controlaban la economía de Chile en 1810.

¿Qué conducta política creen ustedes que adoptarían el hacendado sureño Bernardo O’Higgins o el abogado capitalino Manuel Rodríguez Erdoiza o el terrateniente santiaguino José Miguel Carrera y Verdugo, si vivieran hoy en Chile?

¿Qué harían O’Higgins, Carrera, Rodríguez o Camilo Henríquez frente a los megaproyectos energéticos que pretenden destruir el capital natural de esta tierra que ellos dejaron libre e independiente, antes o después de morir por Chile?

¿Qué dirían esos “delincuentes” que hoy llamamos Padres de la Patria chilena,  si supieran que los bancos están en manos de españoles, que los seguros están dominados por españoles, que las telecomunicaciones están controladas por españoles, que el cobre está en manos extranjeras, que el agua está en manos de capitales foráneos, que las reservas pesqueras son explotadas por empresas foráneas, que la electricidad está controlada por empresas extranjeras y que los derechos de pesca en ese mar que tranquilo nos baña son de propiedad de firmas foráneas?

¿Qué le pertenece a Chile hoy en realidad?

El país, la nación la han convertido en una sociedad anónima cuyos beneficios se acumulan en las manos de unos pocos accionistas mayoritarios (casi todos extranjeros) y donde el resto de los “socios” (unos 8  millones de personas a decir verdad) solo tenemos derecho a un incierto y futuro chorreo… o goteo, para ser más precisos.

Si hasta la multimillonaria industria salmonífera, en manos de capitales extranjeros, se permite el lujo de lucrar en el exterior con exportaciones gigantescas a costa de los sueldos miserables a sus trabajadores chilenos y de la profunda contaminación de los fondos marinos chilenos donde se instala.

Digamos las cosas por su nombre: se están llevando nuestro cobre, nuestros peces, nuestras plantas, nuestras semillas, nuestros minerales, nuestro gas natural, nuestro petróleo, nuestro hierro, nuestro molibdeno, nuestros recursos energéticos y acuíferos y … ¿nos deberíamos quedar callados y a brazos cruzados?

Tenemos derecho a preguntarnos una y otra vez, ¿somos felices hoy en este país que vivimos? ¿A cuánta felicidad tiene derecho hoy un pescador artesanal, una dueña de casa de un barrio marginal, una familia en campamentos en la zona terremoteada, una joven estudiante madre soltera, un jubilado que recibe una miserable pensión, una madre golpeada por la violencia intrafamiliar,  un joven que termina sus estudios y no encuentra un trabajo decente?   

¿Somos felices hoy en este país que vivimos?

Si tantos cientos de miles de jóvenes estudiantes salieron a las calles reclamando una mejor educación en 2006 y les dieron a cambio, la misma educación pero más selectiva, más clasista y más cara, ¿de qué nos extrañamos que ahora esos mismos adolescentes, ya algo “creciditos”, salgan nuevamente a las calles y plazas de Chile a reclamar lo que se les prometió y no se les ha cumplido?

Si les hemos dicho y enseñado hasta la saciedad en las aulas a estos jóvenes, que Chile debe proteger su medio ambiente y hemos discurseado fácilmente durante 20 ó 30 años sobre el desarrollo sustentable y el respeto al medioambiente, ¿de qué nos extrañamos que hoy salgan a la calle a exigir que se cumpla lo que les hemos enseñado en colegios, liceos y universidades, es decir, que no se sigan entregando los recursos naturales a intereses empresariales depredadores del medio ambiente? 

El megaproyecto Hidroaysén, en este sentido, así como Isla Riesco, PascuaLama y otros proyectos, no son más que un nuevo caso emblemático de colusión político-empresarial y la punta del iceberg de una renuncia colectiva y casi total que han cometido la clase política y gobernante, junto a la clase empresarial y corporativa, a lo largo de más de 30 años, en contra de un incierto futuro desarrollo sustentable y equitativo.

¿Qué derecho tenemos los adultos y los adultos mayores hoy en Chile de hablar de futuro, mientras contaminamos suelos, aguas y mares e instalamos represas y megacentrales termoeléctricas a carbón, si el futuro lo van a vivir estos jóvenes y  niños de hoy, y a ellos… les lanzamos bombas lacrimógenas para que se callen?

A veces se me ocurre que la ausencia de la gran mayoría de los jóvenes ante el sistema político imperante, no se debe solamente a que el sistema les cierra la puerta (más de 2 millones de jóvenes en Chile no se inscriben porque no quieren inscribirse), sino también a que muchos de ellos prefieren esconderse en un presente embrutecedor y alienante, para no tener que vomitar cuando comprenden y toman consciencia de la sociedad excluyente, racista y clasista en que viven, del  Estado oligárquico que los gobierna y del panorama desastroso del planeta en que pretendemos dejarlos gobernando.  

Es probable que -en realidad y siendo fríamente realistas- a gran parte de la actual clase política le interese poco ponerse al alcance de un poderoso cañonazo de 2 millones de votos juveniles, capaces de “botarles la estantería” a partidos, oligarquías y liderazgos políticos sexagenarios, cuando no octogenarios…

Hoy nos permitimos hablar de un futuro que no viviremos y que no nos pertenece: le pertenece a la generación de niños y jóvenes que hoy transitan por escuelas y liceos, por las aulas universitarias y yo, en verdad, no quiero pasar la vergüenza de imaginarme que alguna vez mis alumnos ya adultos, digan del país que les heredamos: “miren la mierda contaminada que nos dejaron los viejos de los años dos mil…”

 ¿Y la huella de carbono que dejaremos como país en el planeta y en los próximos 30 años, la viviremos acaso nosotros…o la soportarán avergonzados los jóvenes de hoy, cuando tengan 40 ó 50 años de edad?

 ¿Y la felicidad sería para cuándo?

 Solo puedo advertir que las deudas con la historia –como las deudas con la madre Naturaleza- siempre se pagan…ya sea en el presente o en el futuro…pero inexorablemente se pagan y caro.

 Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), invierno de 2011.-

 Manuel Luis Rodríguez U.

2 pensamientos en “Un país ajeno profundamente nuestro”

  1. Tocas muchos temas, pero lo que considero el hilo conductor es la incapacidad de los chilenos “colonizados” por hacerse cargo de su propia existencia en los términos más amplios. Es decir, de la existencia misma del ser humano. Y eso lo vemos reflejado tanto en hechos históricos como domésticos. No tenemos estrategia ni visión de futuro. No pensamos antes de actuar, razón por la cual tiramos la carreta hacia adelante sin tener claro el camino a recorrer.
    Entonces los actores políticos y económicos tienen la oportunidad perfecta para vender lo que tengan a la mano…. que ha sido mucho.
    Esta misma incapacidad la vemos en muchos padres que no tienen ni idea en qué están sus hijos. No hay comunicación entre padres e hijos, menos entre padres y profesores, y mientras eso ocurre, vivimos la vergüenza de regular el comportamiento de los críos en colegio mediante Ley anti-bulling. Cómo es posible que jóvenes de enseñanza media no tengan ningún respeto por sus compañeros, sensibilidad y acaso un mínimo de humanidad. Esta mañana vi imágenes de peleas escolares en Santiago y regiones de Chile, y quedé muy impresionada.
    A veces pienso que nos robaron el corazón. El corazón del pueblo ha sido robado y nos hemos quedado sin alma.

    Creo, sin embargo, que no todos los chilenos adolecen de la capacidad de hacerse cargo de su propia existencia y desde allí mirar su entorno con humanidad. Veo a muchos chilenos con los pantalones bien puestos trabajando como voluntarios en diferentes causas, marchando en las calles pacíficamente defendiendo sus convicciones, trabajadores que comparten sus conocimientos con sus compañeros, etc…
    Creo que aún hay esperanzas, Manuel. Debe haberla.

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