La incertidumbre geopolítica de América Latina – Tendencias y escenarios

Este ensayo tiene por objeto examinar en forma esquemática, las principales tendencias que se manifiestan en la escena internacional de América Latina y en referencia a la posición de Chile en este contexto, desde una perspectiva multidisciplinaria mediante las categorías de análisis de la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la Geopolítica y la Teoría Estratégica.

Si hay dos conceptos que pueden sintetizar adecuadamente la escena política y geopolítica sudamericana para los años venideros, es decir, en el horizonte del corto y mediano plazo, son los de “incertidumbre” y de “fluidez”.

La noción de “incertidumbre” se refiere a la condición de imprevisibilidad general que parece dominar los comportamientos de los actores regionales latinoamericanos, ante la variabilidad de sus posturas políticas y geopolíticas; lo que es incierto, es aquello que no conocemos bien ni podemos precisar. Y la idea de “fluidez” expresa el carácter rapidamente cambiante que ha adquirido el escenario regional sudamericano, sobre todo desde el año 2000 en adelante; lo que es fluido, es aquello que se mueve y cambia de aspecto con rapidez.

La América Latina de la última década del siglo XX, ya no existe; vivimos hoy otro continente, otro espacio latinoamericano y sudamericano, con nuevos actores emergentes, con nuevas expectativas y visiones, con curso de acción menos previsibles; en general, formamos parte de un espacio mucho más complejo e indeterminado que a fines del siglo pasado. Lo que dificulta la previsión y la prospectiva en este nuevo contexto, es precisamente la constatación de que las tendencias profundas que parecen manifestarse en América Latina, toman el curso impreciso e indeterminado del resto de los espacios geopolíticos mundiales, pero con un menor grado de conflictividad.

¿Qué América Latina nos espera en los próximos años?

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político.

Punta Arenas – Magallanes, otoño de 2006.

Las tendencias dominantes en el actual período

Es posible constatar que a lo menos están operando en América Latina cuatro grandes tendencias, a saber:

1. Una tendencia o corriente favorable hacia la instalación de regímenes políticos populistas de signo nacionalista, como respuesta en cada caso a la crisis del sistema económico neoliberal y sus graves consecuencias sociales.

En efecto, el populismo nacionalista o de signo nacionalista, parece ser el rasgo distintivo que emerge en distintas naciones del continente. Se trata de populismos de distinto orígen histórico, vehiculizados por movimientos políticos y sociales de amplio y diverso espectro, que lograron romper –por abajo- con los sistemas tradicionales de partidos políticos centralizados, rígidos y oligárquicos, y que han emergido desde las profundidades de crisis sociales prolongadas, en las que el hastío, la “bronca”, la rabia, el cansancio definitivo ante las promesas incumplidas, han encontrado forma de canalizarse hacia el poder, a través de líderes carismáticos de amplia repercusión y protagonismo popular.

Estos populismos son portadores además, de un signo nacionalista, precisamente la respuesta nacionalista que nadie preveía mientras el mundo dominado por Occidente parece y parecía avanzar hacia el “horizonte luminoso” y triunfante de una globalización de signo capitalista; un nacionalismo que pretende rescatar los recursos naturales para los propios Estados evitando que se sigan beneficiando de ellos depredadores capitales extranjeros; un nacionalismo que pretende ejecutar políticas sociales más eficaces y directas en beneficio de los pobres y desheredados.

Mientras el mundo parece ir hacia la mundialización de los intercambios y la normalización del orden mundial bajo la “pax americana”, en América Latina surgen múltiples esquemas nacional-populistas de respuesta alternativa al “modelo único”, e intentando ensayar formas de mayor protagonismo económico del Estado en la recuperación de los recursos naturales propios, la preservación del medio ambiente y en las políticas sociales. Parece haber terminado la época de las políticas neo-liberales como panacea única e irrefutable, como receta indiscutible, precisamente porque las profundas desigualdades que produce y acentúa, desestabilizan a las democracias.

2. Una tendencia hacia la búsqueda de mayores niveles de autonomía en las políticas exteriores de los Estados sudamericanos, respecto de la política estadounidense hacia la región.

Las políticas exteriores en América del Sur no pueden y no podrán por mucho tiempo, evitar tomar en consideración el enorme peso económico, tecnológico, estratégico y geopolítico de los Estados Unidos. El orden global ha entrado en una fase de hegemonía unipolar, no completamente aceptada pero que todavía no genera las reacciones de resistencia propias de la dominación imperial. Al mismo tiempo que trata de instalarse y consolidarse la dominación imperial estadounidense, emergen actores internacionales y con capacidad global susceptibles de disputar la hegemonía americana en el mediano y largo plazo: la fase de redistribución de las hegemonías está en pleno desarrollo.

Pero, aun en este contexto de hegemonía uni-polar, muchas cancillerías sudamericanas intentan abrirse paso entre los intersticios de la dominación estadounidense, mediante la búsqueda de mayores grados de autonomía respecto a ésta y de articulación regional y subregional. Lo que no está definido, es si la integración económica y política en América del Sur puede hacerse “a pesar” de los Estados Unidos o “con” los Estados Unidos. Mientras la actual Venezuela –teniendo detrás a Cuba- cree que hay que integrarse “a pesar” del gigante del Norte, otros actores como Chile, parecen creer que se puede generar integración con Estados Unidos.

Las políticas e instituciones de integración regional y subregional apuntan en esa dirección, pero ellas se enfrentan al embate de la política estadounidense que prefiere entenderse caso a caso con cada Estado sudamericano antes que negociar con estructuras regionales multinacionales. El proyecto de unidad latinoamericana, de integración sudamericana, se enfrenta abierta o subrepticiamente con la tentativa de Estados Unidos de arrastrar a toda la región a un modelo de integración (tipo ALCA) basado en la apertura de mercados y el libre comercio…libre y abierto para los productos estadounidenses…

Pero además, se están configurando gradualmente en esta región nuevos ejes geopolíticos, respecto de los cuales Chile deberá definirse y posicionarse.

¿Hacia dónde va el Mercosur si se integran plenamente en él Bolivia, Perú y otras naciones, mientras Chile sigue vinculado casi desde los bordes exteriores de esta asociación? ¿Qué significado económico y geopolítico puede tener un nuevo eje energético entre Venezuela, Brasil, Argentina y Bolivia para las demandas energéticas de Chile, país en plena expansión y crecimiento? ¿Cómo se sitúa Chile en el cono sur de América, si se configura un eje geopolítico entre Bolivia y Perú a partir de sus nuevos gobiernos nacionalistas?

¿Es la integración regional y subregional la única política estratégica válida, para impedir el aislamiento de Chile en una escena sudamericana que no le aparece como propicia? ¿Es la alianza de Chile con Brasil, o incluso con Estados Unidos, como aliado extra-OTAN como ha sido sugerido, la mejor forma de contrapeso a los nuevos ejes geopolíticos que surgen a su alrededor?

3. Una tendencia hacia el mejoramiento gradual de las condiciones económicas de la región, de mayor inserción internacional en los mercados, pero en un contexto de creciente rivalidad hegemónica entre la potencia unipolar estadounidense y los nuevos polos de poder, Europa y China.

Paradójicamente, mientras América Latina parece entrar en una nueva fase geopolítica, las condiciones y las expectativas económicas futuras del continente parecen ser halagueñas. El futuro próximo en América del Sur será de economías que van a comenzar a salir de la depresión y a crecer, y de otras que van a insertarse internacionalmente en forma más o menos exitosa, mientras sus escenarios políticos producen una impresión de incertidumbre, de conflictividad y de inestabilidad hacia el mediano plazo.

Paradójicamente, América Latina puede devenir más estable en lo económico y más inestable en lo político, mientras el orden mundial se vuelve cada vez más imprevisible en un contexto de creciente rivalidad hegemónica entre Europa, China y Estados Unidos, por la dominación de mercados globales y zonas continentales del planeta.

4. Una tendencia hacia la crisis del modelo de Estado democrático-representativo post-dictaduras asociado a un esquema económico capitalista neo-liberal, generando desafección, apatía y descrédito cívicos, agravados por la acentuación de las desigualdades sociales, económicas y territoriales.

Todos los escenarios imaginables en el futuro próximo, no pueden olvidar que en general en la región latinoamericana asistimos a una crisis de estos Estados democráticos-representativos estrechamente asociados a políticas neo-liberales en lo económico y social.

Esta fue la herencia mas perniciosa dejada por las dictaduras militares ya pasadas en América del Sur: sistemas políticos regulados y vigilados por minorías y estructuras de facto, democracias formalmente democráticas, pero que llevaban en su seno, el virus fatal de la desigualdad social, de la corrupción y de la distribución asimétrica del poder. Las dictaduras heredaron regímenes políticos en que las autoridades unipersonales siempre son más poderosas y tienen más atribuciones que las estructuras colegiadas o participativas. ¿Qué ciudadanía digna y valedera puede realizarse en una estructura estatal secuestrada por oligarquías políticas, económicas y partidarias?

El Estado liberal y subsidiario con instituciones políticas representativas, articulado sobre la base de la centralidad del mercado y debilitado por las desigualdades sociales y económicas que el propio sistema produce, ya no puede resistir la desafección y el descrédito de los ciudadanos.

El mercado capitalista y sus desiguadades estructurales, económicas, sociales y territoriales, carcomen por abajo la estructura política e institucional del Estado, la debilitan y le quitan valor, sentido y eficacia a sus formas políticas representativas. ¿Qué sentido puede tener el voto -cada cuatro o cinco o seis años- en una democracia institucionalmente representativa, si ese voto político es ejercido por ciudadanos cesantes, con viviendas y salud precarias, en barrios marginales, excluídos de los beneficios del crecimiento y el desarrollo, mientras una clase política y empresarial, articulada como una estructura oligárquica dominante, ejerce lo esencial del poder y toma las decisiones fundamentales?

La exclusión social y las flagrantes desigualdades económicas son el más poderoso factor de debilitamiento de las instituciones democráticas y representativas. No puede funcionar durablemente un Estado construído sobre la ficción jurídica de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, si esa ley la redactan y la aplican una minoría en el poder y si los ciudadanos –supuestos iguales jurídicos- solo ven desigualdad alrededor suyo y si los beneficios durables del desarrollo y del crecimiento, se concentran en la cúspide de la pirámide social, mientras en la base las mayorías reciben ocasionalmente y casi como dádivas, algunas escasas gotas del “chorreo”.

Es por eso, que allí donde las desigualdades sociales lograron romper la placa tectónica que constituyen las instituciones políticas representativas (Brasil con Collor de Melo, Argentina con De La Rua, Bolivia con Sanchez de Losada…) “todo salta por los aires” y las multitudes hambrientas salen a la calle exigiendo “que se vayan todos…!”, asaltando supermercados, quemando vehículos, rompiendo vidrieras de bancos, personificando en la clase política y la clase empresarial más internacionalizada, a la forma visible y cercana de la causa de sus males.

¿Puede permanecer algún país sudamericano inmune a estas corrientes profundas que recorren el continente?

escenarios

A partir de las tendencias y variables analizadas, dos pueden ser los escenarios de horizonte en el mediano plazo y de mayor probabilidad de ocurrencia en nuestro continente sudamericano.

1. Un escenario tendencial de tendencia centrífuga, en que los Estados tenderán a la disociación y a generar formas de articulación que salgan de los límites de las estructuras internacionales y regionales actuales. Es en esta perspectiva que es posible advertir la configuración de a lo menos dos ejes geo-políticos generales en la región sudamericana: un eje populista y que podría denominarse un “eje atlántico” integrado por Brasil, Argentina, Venezuela, Uruguay y Paraguay, al cual se podría asociar Bolivia; y un “eje pacífico o andino” constituido alrededor de Chile, Peru, Ecuador y Colombia. Ambos ejes no son mutuamente excluyentes, sino que presentan numerosas líneas de interdependencia.

Los Estados de mayor peso específico regional buscarán generar condiciones propias de una mejor y más ventajosa inserción internacional y en general, las estructuras de integración se verán afectadas y debilitadas por la creciente competencia intra-regional y por el resurgimiento de los conflictos territoriales y fronterizos pendientes desde el pasado.

2. Un escenario normativo de tendencia centrípeta, en que los Estados de la región tenderán en sus políticas exteriores hacia la articulación, la integración económica y física y la concertación de políticas.

En este escenario, América Latina verá el fortalecimiento de sus instituciones e instrumentos regionales y subregionales de integración y concertación, tendiendo a la regulación diplomática y política de los conflictos pendientes y hacia el fortalecimiento de la presencia y protagonismo internacional de la región en el mundo.

Manuel Luis Rodríguez U.

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