Introducción al análisis geopolítico – 2

El problema geopolítico del espacio

 El núcleo central teórico del análisis geopolítico se ha centrado históricamente en el territorio y en su constituyente originario, el espacio.

 La arqueología intelectual de la reflexión geopolítica, que nutre sus primeras raíces desde la Geografía y de la Geografía Política, comienza con una descripción y una tentativa de racionalización del espacio territorial.  Friedrich Ratzel –a fines del siglo XIX- construía su argumentación geopolítica sobre la base de la condición humana constreñida, determinada por la naturaleza y daba origen al concepto de “espacio vital”, entendiendo que el espacio no es solamente un elemento físico.  

 La naturaleza determina al hombre y éste necesita de un órgano que le sirva como instrumento para establecer su dominio sobre aquella: el Estado.  Los primeros geopolíticos son estatistas y organicistas llevando la reflexión hasta la noción de que el Estado es una suerte de supra-entidad viviente en el que el ser humano se realiza y que busca su realización plena en la geografía.

 En la visión organicista y darwiniana desde la que nace la primera Geopolítica, el espacio es un ámbito geográfico susceptible de expandirse, al igual que las especies vivas.   Otros autores de aquella época, como Kjellen orientan el debate geopolítico hacia las relaciones de poder más que sobre las relaciones de fuerza.

 Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.

 Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.

 Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.

 

Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.

 

Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas. No solo es una geopolítica del poder, sino que es también una ideología geopolítica de la guerra.  Hay que subrayar, además, que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente “patriótica”, ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…

 

Haushofer, afirmaba y proponía que la geopolítica que estudiaría “…las formas de vida política en los espacios vitales naturales…” debía constituirse en  “… una conciencia geográfica del Estado…”, como si el Estado fuera una entidad biológica única y monolítica.

 

Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno y del orden político, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a una sociedad en plena mutación de época, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales y del estudio de la relación “hombre- geografía”.

 Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.

 La Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.

 La visión geopolítica tradicional se funda en el supuesto que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolece precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal como si un actor político internacional o un Estado fuera una suerte de “unidad monolítica y coherente”.  G. Sabine en su Historia de la teoría política pone de manifiesto que “…el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” ([1]) , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.

 Al contrario de lo que pretendía aquella geopolítica tradicional, el Estado no es un organo viviente; es, por el contrario, una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.

 Espacio y territorio

 El espacio, desde el punto de vista geopolítico, es un ámbito de acción, es un ámbito natural y potencial de acción del individuo, del grupo, en cuanto “actor programático” ([2]).   El espacio es un ámbito natural en cuanto contexto geográfico, en cuanto soporte material proporcionado por la naturaleza: el espacio es geografía y naturaleza no intervenidas, no transformadas.

 Pero, la reflexión geopolítica se apoya sobre la relación existente entre el actor humano y la geografía, entre el actor humano y la naturaleza, en tanto en cuanto dicha relación supone un proceso de conocimiento y apropiación del espacio natural.   Desde esta perspectiva, la lectura geopolítica hace siempre referencia a una estructura relacional que se manifiesta a dos dimensiones: la relación entre los actores y los espacios; y la relación entre los actores dentro de un determinado espacio.     En cada dimensión la problemática relacional es diferente.

 La reflexión geopolítica es básica y primordialmente, una reflexión relacional, un procedimiento teórico-conceptual dirigido a conocer e interpretar determinadas formas de relación que se producen en y con respecto a los espacios y territorios, situándolas en el tiempo.

 

Siendo ambas formas de relación una relación de poder, es decir, una relación asimétrica, sus elementos constitutivos determinan que la relación “actor-espacio” y la relación “actor 1-espacio-actor 2” están determinadas por una voluntad de conocimiento-dominación.

 

En geopolítica, los elementos constitutivos de una relación son:

 

a)      los actores, aquí entendidos como sujetos dotados de programa, de voluntad, de proyecto;

b)     la política de los actores o sea, el conjunto de sus intenciones y finalidades;

c)      las estrategias que los actores ponen en juego para alcanzar sus fines, y que suponen estilos y formas de organización del espacio;

d)     el espacio-tiempo respecto del cual sucede la relación geopolítica; y

e)      los mediadores relacionales, es decir, los distintos códigos utilizados para explicar, describir, representar e interpretar la acción de los actores en los espacios.

 

El poder, que aquí no hemos mencionado como elemento constitutivo de las relaciones geopolíticas, es en sí mismo, una realidad inmanente a todo el proceso relacional.

 

El fenómeno humano más profundo que aprehende la teoría geopolítica, es la transformación por el hombre, del espacio geográfico en un territorio susceptible de ser habitado, utilizado, dominado, controlado.  Es la territorialización.

 

La moderna geopolítica  ha asumido que el espacio, como ámbito geográfico situado, constituye a la vez un factor estructural de poder y un territorio donde tiene lugar la presencia y la dominación humanas.  Desde esta perspectiva, el espacio geográfico (terrestre o marítimo) ha sido definido a la vez, como encrucijada o arena del poder y de la disputa por el poder, y como fuente de recursos que se constituyen también en otros tantos factores de poder.

 

Esta lógica territorialista de la geopolítica se refiere a que los procesos políticos y económicos no tienen lugar en el vacío.  Ellos siempre tienen una determinación histórica y geográfica, la que les fija sus  límites y horizontes de alcance.

 

Desde el punto de vista geográfico o espacial, la Política puede ser definida y comprendida como una práctica localizada de poder y de dominación, de construcción de consensos y de resolución de conflictos, que siempre se sitúan en una determinada porción del territorio, el cual puede llegar a ser en sí mismo una encrucijada y una arena donde se encuentran estrategias y retóricas de los diferentes actores. Así como tiene su propia historia, la Política y las Relaciones Internacionales funcionan y construyen  su propia geografía, su propia espacialidad.

 

 Aún en medio de los procesos de deslocalización, propios de la modernidad, la post-modernidad  y  la globalización de las comunicaciones y los mercados en curso, deben reconocer la necesidad de una plataforma, de un soporte material, físico, sobre el cual se aplican el poder, las distintas formas de capital, la energía y la información.

 

Pero, para llegar a la dominación implícita en el poder y en la Política, cada actor debe ejercer un determinado grado de dominio y jurisdicción sobre un cierto espacio, sea este geográfico, económico, cultural o virtual.  En los orígenes remotos del poder y de la Política, se encuentran las múltiples formas de acción voluntaria a través de las cuales, los hombres llegan a transformar dicho espacio.  

 

Así surge el proceso de territorialización.

 

La territorialización es el complejo proceso histórico a través del cual los individuos, los grupos y las organizaciones humanas adquieren, controlan, dominan y transforman los espacios geográficos que consideran propios.  En este proceso intervienen factores materiales objetivos (trabajo, energía), factores inmateriales (información), factores humanos (provisión de capital social, humano, cívico, tecnológico y financiero) y factores culturales (identidad, valores y tradiciones), de manera que los espacios geográficos donde se instalan los seres humanos, se transforman gradualmente gracias a una combinación histórica, única e irrepetible de todos éstos componentes.   En síntesis se trata del proceso mediante el cual un grupo humano  transforma un determinado espacio geográfico en un territorio propio y distintivo.  Esta es la forma cómo los seres humanos inscriben su existencia individual y colectiva en la geografía que los sustenta.

 

La territorialización opera mediante el trabajo, mediante la incorporación de energía, trabajo, capital e información sobre los recursos naturales, sobre el espacio geográfico, y en función de los cuales, los individuos, los grupos, las familias y las naciones van ejerciendo y adquiriendo dominio sobre dicho espacio, convirtiéndolo en su territorio.  Como se verá más adelante, una de las bases del dominio en materia territorial, reside en la ocupación material, real, de un determinado espacio geográfico, de manera que no solamente se manifieste la intención de apropiarse dicho espacio (lo que se materializa con estos actos concretos), sino que es preciso además, que esa porción geográfica esté vacante, y que los actos de apropiación y dominio  reflejen un propósito de permanencia estable y duradera.

 

En el curso de este proceso de territorialización, es decir, de conquista material y simbólica de un determinado espacio geográfico, se va configurando la cultura y la identidad del grupo humano:  el conglomerado se convierte en grupo, el grupo se transforma en una comunidad, cohesionada gradualmente por las experiencias colectivas comunes.  A continuación, en su apropiación territorial las comunidades devienen en pueblos, y los pueblos tienden a configurar naciones.   Al apropiarse de un lugar físico, el grupo humano hace su propia historia, va creando sus propios mitos, sus leyendas, sus tradiciones, va depositando en su memoria y en su subconsciente colectivo un patrimonio de valores y tradiciones, con los cuales las sucesivas generaciones de descendientes se continuarán identificando.

 

En algún momento, el individuo se piensa a sí mismo, en términos de geografía, es decir, en términos de lugares, de tierra y de mar.   Los procesos de territorialización son entonces, a la vez, materiales y simbólicos. Materiales en el sentido de dominar la geografía, de apropiarse de ella, de controlarla, de ejercer en ella el poder, el dominio y las distintas formas de soberanía.  Simbólicos en el sentido de ir depositando en el subconsciente colectivo, en la memoria colectiva, los hechos históricos fundantes y fundamentales, los acontecimientos relevantes y decisivos, los hitos  que marcan una trayectoria común y compartida en el tiempo.

 

Es importante subrayar por otra parte, que la territorialización se produce tanto sobre los espacios geográficos terrestres, como sobre los espacios marítimos, en la medida en que éstos forman parte de la misma unidad geográfica y se integran bajo una misma unidad política.   Modernamente sin embargo, el espacio geográfico y los recursos que en él existen no es en sí mismo un factor decisivo de poder, sino en tanto en cuanto se aplica a dicho territorio y a dichos recursos, la tecnología, la información y los capitales suficientes para que se conviertan en materias primas susceptibles de intervenir en los procesos económicos y en los flujos comerciales.   Una forma concreta y actual de territorialización de los espacios geográficos, se manifiesta en su valoración económica.

 

En efecto, tal como se analizan más arriba, uno de los “cambios copernicanos” originados en la actual mutación tecnológica y geopolítica que tiene lugar, es la transformación de los espacios de dominación y poder.  Según Alexis Bautzmann, “…los dos principales vectores de la globalización son el espacio cibernético y el espacio extra-atmosférico…los cuales se convierten… en instrumentos privilegiados del control global de los territorios…” ([3])

 

La lectura geopolítica actual tiene que integrar dos ámbitos espaciales que escapan a la geografía física tradicional.  El tradicional espacio geopolítico ha hecho implosión: el control, la dominación y el ejercicio del poder no dependen ahora sola o exclusivamente de la apropiación de recursos naturales existentes en espacios geográficos físicamente localizados, sino también de los espacios exo-geográficos, es decir, aquellos situados fuera y más allá de la geografía.

 

 

La implosión

del espacio geopolítico

 

 

En las nuevas condiciones generadas por la actual revolución informática, el espacio geopolítico deviene virtual, inmaterial.

 

El computador y el satélite, vienen a cuestionar las nociones geopolíticas tradicionales. Al espacio geográfico tradicional, caracterizado y articulado en términos de  extensión, anchura, altura y profundidad, se suman ahora dos espacios virtuales: el espacio cibernético o informático y el espacio extra-terrestre o sideral.

 

La virtualidad opera como criterio de reordenamiento del espacio geopolítico, se agrega a las dimensiones anteriores de extensión, anchura, altura y profundidad, complejizando la comprensión y la lectura del territorio, abatiendo los límites y fronteras físicas haciéndolas más permeables y relativizando su importancia política y jurídica.

 

 

La implosión

 del espacio-tiempo

 

 

En la noción clásica, propuesta por Einstein, “…todo cuerpo de referencia (sistema de coordenadas) tiene su tiempo particular; la especificación de un tiempo solo tiene sentido cuando se indica el cuerpo de referencia al cual hace relación dicha especificación.”  ([4]).   Es decir, el tiempo es relativo en función de las coordenadas del espacio al cual hace referencia.

 

Pero, ¿qué sucede cuando el tiempo no permite hacer referencia a las coordenadas espaciales tales como distancia, anchura, extensión o profundidad, porque el espacio ha devenido virtual?

 

La virtualidad de los espacios cibernético y sideral, introduce además, una ruptura profunda en la concepción tradicional del espacio o el territorio en su relación con el tiempo.

 

Lo virtual puede ser permanentemente presente, dejando al pasado histórico en una categoría de “eterno retorno”: por la vía de lo virtual siempre podemos traer el pasado o el futuro al presente.  Desde la perspectiva de lo virtual y de sus aplicaciones geopolíticas en el espacio relacional, el tiempo es esencialmente elástico. 

 

La acción geopolítica virtual –por ejemplo- en la guerra informacional o guerra de la información, se realiza tanto en el pasado, como en el presente y en el futuro, pero instalados en el presente, nuestra comprensión del tiempo abarca tanto al pasado como al futuro en un solo instante: el presente.  Es decir, la virtualidad permite, potencia y desarrolla la simultaneidad hasta límites desconocidos.

 

La virtualidad de las herramientas informáticas y su uso como instrumentos estratégicos, transforma además las dimensiones del tiempo y del espacio.  La virtualidad se transmuta en instantaneidad: todo sucede ahora y aquí, aunque la distancia física pueda contarse en miles de kilómetros.   La instantaneidad del “tiempo real”, atraviesa el espacio estratégico y transforma los límites de la acción (política, económica, estratégica) deviniendo actuales, siempre actuales.

 

En el espacio virtual siempre estamos en el presente, lo que implica una deshistorización del territorio y una negación del futuro como horizonte probable; desde esta óptica de la virtualidad, el futuro está muy lejos en la improbabilidad y el pasado ya ocurrió: todo está en presente y en el presente.

 

La virtualidad en la relación espacio-tiempo, implica la simultaneidad y la instantaneidad en la operación del actor estratégico.   Mientras el espacio tiende a reducirse a cero, el tiempo tiende a devenir solo presente, es decir, también cero.  En la nueva relación geopolítica espacio-tiempo, solo existen el aquí y el ahora.

 

Veamos el asunto desde la perspectiva del conflicto.

 

El espacio en el conflicto o en la guerra, es decir el espacio bélico y estratégico, es algo más que el simple espacio geográfico, terrestre, aéreo o marítimo.   Los planes de la guerra utilizan las características oceanográficas y climatológicas del territorio, del espacio o del mar como datos o “accidentes del terreno”, en función de sus propias exigencias estratégicas, operacionales y tácticas.

 

Por lo tanto, el concepto global de la guerra, es decir, la concepción estratégica de la guerra en cualquier terreno o espacio físico, determina la unidad, la profundidad y la propia orientación del espacio estratégico.

 

Para la guerra, no existe espacio neutral, sino que todas las combinaciones tácticas y operacionales son posibles en todas las dimensiones físicas del mar como teatro: superficie, atmósfera, profundidades, espacio, borde costero, campo electromagnético.

 

En consecuencia, el espacio estratégico no es el resultado mecánico de una suma matemática entre los datos geográficos y oceanográficos y las posibilidades militares, sino que el espacio precede a la conceptualización estratégica, de manera que en función de sus exigencias y posibilidades, el terreno de acción puede extenderse o limitarse, y también pueden modificarse los instrumentos militares a utilizarse y el grado de intensidad del propio esfuerzo bélico.

 

Un concepto crucial para entender los roles estratégicos del espacio  en la guerra, es  la noción de cálculo.  El estratega, en función de las directrices políticas que presiden la guerra, procede permanentemente a un juego dialéctico de estimaciones, percepciones  y pronósticos, lo que produce una concepción del propio “juego estratégico” y del “juego del adversario”, y cuyos resultados – a la vez, finales y provisorios- son los cursos de acción.

 

 El espacio (aéreo, terrestre, marítimo) como teatro de la guerra, es previamente, medido, dimensionado, delimitado, calculado, es decir, es objeto de cálculo estratégico, para que pueda ser utilizado en la forma más eficaz por las fuerzas propias,  y de manera también de impedir o dificultar su uso por las fuerzas enemigas.

 

El cálculo estratégico hecho sobre el espacio de la guerra, sin embargo, siempre es una conjetura, una aproximación intelectual que se enfrentará a la realidad, y se calibrará en su calidad y sus defectos, solo en la prueba de fuego de la batalla y de la maniobra.

 

El cálculo estratégico ordena el espacio estratégico marítimo, y los teatros que lo integran, en función de un punto único y central: el centro de gravedad.   Este lugar es calculable, y es el punto de equivalencia, en el que el poder político y su instrumento el poder naval, concentran la capacidad disuasiva y la potencia destructora de las fuerzas navales.    El centro de gravedad -como se verá más adelante- es el objetivo único y central de la ofensiva y  del ataque, y resorte último de la actitud defensiva, y permite determinar conceptualmente y al mismo tiempo, las fuerzas navales que van a ser puestas en juego (o en presencia) en un teatro, y el espacio donde ejecutarán la maniobra y sus combinaciones.

 

De este modo, el espacio estratégico no es una realidad concreta que se confrontaría con el concepto estratégico de la guerra en algunos de los espacios o teatros donde ella se produce realmente, o dominaría sobre éste. 

 

 En realidad, es el concepto estratégico (con sus derivaciones operacionales y tácticas) el que articula el espacio como teatro de la guerra, es decir, como teatro bélico, según se pudo estudiar anteriormente.

 

Finalmente, no debe olvidarse que todo espacio susceptible de devenir en teatro de la guerra, o de la batalla, está dotado de profundidad estratégica, y que es el ámbito geográfico percibido y calculado para la ejecución de la maniobra.

 

A su vez, como se ha analizado, el tiempo es una dimensión estratégica que reviste una significación aún mayor que el espacio, en el ámbito del conflicto y de la guerra.

 

La guerra en general -como lo ha subrayado Clausewitz- no consiste en un sólo golpe dado sin referencia a su duración, sino que consiste -en la práctica más objetiva y concreta- en una sucesión más o menos concatenada de maniobras, desplazamientos y combates (terrestres, aéreos, navales, submarinos, anti-submarinos, aero-navales, aero-terrestres, o de guerra electrónica) los que conceptualmente asumen la forma de una secuencia temporal continua  de acciones de guerra.

 

La guerra crea su propio tempo, su propio ritmo, su propia secuencia de eventos.

 

Siempre dentro de la concepción clausewitziana, se afirma que la duración en el tiempo estratégico, es originada por la acción del bando que se encuentra en la postura defensiva. 

 

Esto se traduce en la noción de que el ritmo de la guerra es impuesto preferentemente por la postura estratégica defensiva, la que tiende a retardar la decisión mientras acumula fuerzas y recursos, desvía los golpes o se prepara para la contra- ofensiva, mientras que el bando o contendor que se encuentra en una postura estratégica ofensiva, actúa urgido por la celeridad del impulso, trata de acercar el momento de la decisión, y se despliega en el teatro con todas o con las mejores de sus fuerzas.

 

Aquel que responde el ataque, es decir, el defensor no solamente es el primero en crear la dualidad propia del combate o la batalla (el enfrentamiento entre dos fuerzas adversarias enfrascadas en la guerra), sino que además, tiene la posibilidad de definir inicialmente el grado de intensidad con que se desencadenará la batalla.

 

El tiempo como noción estratégica, generalmente actúa ordenado y articulado por la defensiva.    El defensor “tiene tiempo” para elegir lugar y momento de la decisión.

 

Siempre hay que tomar en cuenta que existe una usura progresiva de la postura y del esfuerzo ofensivo, hasta que el enfrentamiento llega a su punto culminante y las fuerzas del defensor pueden acrecentarse gradualmente hasta convertir  la contra- ofensiva en una ofensiva estratégica.     En la guerra en general, y en su concepto estratégico, si la ofensiva no produce una decisión rápida, inmediata y fulminante, el tiempo comienza a jugar en su contra y en favor de la defensiva.

 

Las fuerzas defensivas o en postura defensiva, fijan la equivalencia de la Política y de la Estrategia, porque la encrucijada del enfrentamiento  es el propio centro de gravedad en el espacio bélico, y allí el defensor hace actuar y puede explotar más eficazmente el factor tiempo, a condición que el concepto estratégico lo integre.

 

Es necesario considerar además, desde una perspectiva realista, que los tiempos de decisión en el desarrollo objetivo de la guerra y de la batalla, están tendiendo a disminuir cada vez más, originando no sólo una creciente tensión psicológica en los núcleos humanos de mando y de dirección de combate, sino que alterando la propia noción de tiempo durante la batalla, la que parece reducirse ahora a escasos minutos de concentración e intercambio de fuego, o a llegar a la instantaneidad.

 

Opera aquí la tendencia estratégica, operacional y táctica –cada vez más predominante actualmente- a promover y buscar la velocidad o celeridad en la guerra: celeridad en los despliegues, celeridad en el golpe decisivo, celeridad en la búsqueda de decisión en la batalla, celeridad en la concentración en el centro de gravedad.

 

El tiempo de la guerra, también se mide en términos de celeridad o retardo, de aceleración  o de disminución o “ralentización” del ritmo.

 Manuel Luis Rodríguez U.


[1]Sabine, G.: Historia de la teoría política.  México, 1989.  FCE.

[2]Definimos como actor programático, a aquel individuo, grupo o institución que actúa en el espacio, en el tiempo y en el territorio, a partir de un programa, de una voluntad más o menos explícita, de un proyecto.

[3]Bautzmann, A.: Les Etats Unis et l’espace exogéographique. Paris, 2001.  EHSS. CIRPES, p. 1.

[4]Einstein, A.: Sobre la teoría especial y la teoría general de la relatividad. Barcelona, 1997.  Editorial Altaya, pp. 79-80.

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