El trabajo virtual: notas introductorias para estudiar las nuevas formas de trabajo en el siglo xxi

En la sociedad y la economía material, característica del capitalismo industrial y de masas que se consolidó entre los siglos xix y xx, el trabajo era esencialmente una operación físico-intelectual en la que el individuo dedicaba una parte de su fuerza creadora a la producción de bienes o servicios, una operación social e individual de transformación de la naturaleza mediante el uso más o menos intensivo de la tecnología, la información-conocimiento, la energía (proveniente de la naturaleza) y la fuerza física invertidos en distintas proporciones, tiempos e intensidades. 

El trabajo era además, una operación material para producir plusvalía ajena.

APROXIMACIONES A UN CONCEPTO DE TRABAJO VIRTUAL

El trabajo social se encontraba encarnado en la mercancía y constituía el valor de esa mercancía, de manera que el valor del producto era la expresión concentrada del trabajo encerrado en la mercancía. En el proceso del trabajo, el productor de mercancías (o sea el trabajador) creaba valor de uso y valor de cambio. El valor de la fuerza de trabajo, en el capitalismo industrial (desarrollado y dependiente), lo mismo que el de cualquier mercancía, venía determinado por el tiempo de trabajo indispensable para la producción y reproducción de esa mercancía específica, de manera que la fuerza de trabajo encarnaba cierta cantidad de trabajo socialmente necesario.

¿Qué ha cambiado entonces en el capitalismo globalizado e informacional del siglo xxi?

En nuestro ensayo anterior: http://paradygmassiglo21.wordpress.com/2010/01/25/el-trabajo-introduccion-hacia-una-nueva-critica-de-la-economia-politica/ hemos propuesto definir el trabajo como “la actividad social de transformación de la naturaleza y de la realidad, mediante el uso combinado de la fuerza física, de la inteligencia, de la destreza, de la información y del conocimiento (conocimiento práctico, conocimiento sabiduría, conocimiento procedimental, experiencia acumulada, conocimiento innovador…). El trabajo modifica la naturaleza, transforma la materia y los recursos naturales e introduce nuevos materiales, nuevos bienes, nuevos datos en la economía y en la realidad.”

Al mismo tiempo definimos también que “el trabajo es la fuente creadora de la riqueza y del capital. Aun en las condiciones del capitalismo financiero contemporáneo y sus derivaciones especulativas, en su orígen y en su constitución primaria el capital (y la riqueza material y económica que implica) encuentra su orígen primigenio en el trabajo, es decir, en la actividad humana organizada que creó esa riqueza transformando la materia, la naturaleza o el conocimiento.”

En la economía y la sociedad del conocimiento, en cambio, como la que muestra sus albores en estos primeros decenios del siglo xxi, el trabajo deviene cada vez más una operación predominantemente intelectual (con un mínimo decreciente de esfuerzo físico y un máximo creciente de estres mental y social) de codificación y descodificación de símbolos y lenguajes, en la que las materias productivas, los factores productivos y el propio producto final del esfuerzo, son una serie interrelacionada de intangibles.

La virtualización del trabajo no hace desaparecer sus manifestaciones materiales y sociales más degradantes y de explotación, propias del “modelo” de desarrollo capitalista: solo incorpora una nueva dimensión -de forma y contenido- en el proceso productivo, modificando la escala del trabajo, las modalidades de su realización, el ritmo, el tiempo y la jornada de trabajo y transformando su aspecto espacial o territorial. Esa virtualización proviene de la intangibilidad de la materia prima del proceso productivo: la información, los datos, los saberes y conocimientos se convierten en materiales de trabajo inmateriales, ya que están plasmados solamente en los sistemas computacionales en la forma de códigos y lenguajes informacionales.

Asistimos a la implosión del tiempo de trabajo, la producción de bienes materiales se acompaña con la producción de bienes simbólicos, el objeto del trabajo deviene virtual y los medios de trabajo se desterritorializan.

Los medios de trabajo aquí: instrumentos de trabajo, condiciones materiales de trabajo, infraestructura donde se realiza el trabajo, tecnica y tecnología puesta a disposición del proceso productivo, se modifican sustancialmente, de modo que los medios de trabajo y los objetos de trabajo dan forma a medios de producción simbólica que difieren profundamente de aquellos que hicieron posible el capitalismo industrial del siglo xix y xx.

Los instrumentos de trabajo informatizados, digitales, computacionales, operan sobre una lógica de interconectividad extendida, facilitando innumerables interfaces ser humano-máquina antes desconocidas, las condiciones de trabajo se manifiestan en una suerte de red de redes, los medios de producción se expresan y realizan “en pantalla” es decir, en un espacio material-virtual en el que operan dinámicamente un conjunto interconectado y sistémico de lenguajes comunicacionales escritos, gráficos y simbólicos. Incluso los componentes automatizados de los sistemas computacionales, permiten que una parte sustancial del trabajo de producción y reproduccion y comunicación de los productos del trabajo virtual (data), se elaboren automáticamente y se transmitan a redes comunicacionales extendidas.

El lugar de producción, ahora un territorio virtual en sí mismo es la pantalla computacional, lo que permite a su vez, la deslocalización casi completa del trabajo, de la fuerza de trabajo, de manera que el espacio productivo puede estar situado en cualquier punto geográfico sin directa relación física con la unidad productiva responsable de la gestión ejecutiva del proceso de trabajo y producción. ¿Vamos camino hacia la ubicuidad del trabajo como actividad social individualizada y dispersa que solo se conecta con la organización corporativa mediante las redes computacionales?

Nos encontramos ante la paradoja que el trabajo sigue siendo visible y tangible (como operación humana racional y rutinaria ante la máquina), pero su producto final es intangible: el conocimiento y la información. Producto que demás, deviene a su vez, en materia prima para otros procesos productivos tambien tangibles e intangibles.

En la nueva economía, el trabajo que denominamos virtual es una operación predominantemente intelectual en que el individuo trabajador (generalmente un especialista de alta formación) produce conocimientos e información, mediante un uso intensivo de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Sobre la base de tecnologías materiales interconectadas (a distintas escalas geoespaciales), que operan sobre redes virtuales cada vez mas complejas y diseminadas, el trabajador virtual produce información sobre la base de información y produce comunicación sobre la base de la información producida. Si la ecuación del capitalismo industrial y de masas, en el registro marxista clásico era M+D+M en la economía virtual del siglo xxi la ecuación es: I+T+I=C (información más trabajo más información producen comunicación).

LAS FORMAS DEL TRABAJO VIRTUAL

Dentro del proceso de lo que denominamos trabajo virtual se distinguen dos modalidades: el trabajo informacional y el trabajo comunicacional, entendiendo que ambas formas del trabajo son intimamente interdependientes, distinguiéndose sólo por el producto que resulta.

El trabajo informacional sería aquel trabajo que, a partir del tratamiento real y virtual de datos, de conocimientos y de información anteriormente elaborados y conocidos, produce nueva información, nueva tanto desde el punto de vista de los nuevos hechos o interpretaciones que contiene, como desde el punto de vista de su desconocimiento para la comunidad científica o para los públicos. En este particular y especifico proceso de elaboración y producción, la información es a la vez, materia prima y producto final no acabado del proceso productivo.

A su vez, el trabajo comunicacional sería aquella actividad que, a partir del tratamiento real y virtual de datos, conocimientos e información anterior y actualmente elaborada, produce información para ser transmitida a los públicos en alguna dimensión del espacio público. Lo informacional sirve aquí a lo comunicacional, toda vez que la información se gestiona -como producto y como servicio- para ser comunicada, para ser puesta a disposición de y transmitida a determinados públicos en el espacio público. El producto informacional se convierte aquí en la materia prima del trabajo comunicacional.

Existe entonces, dentro del capitalismo informacional y globalizado actualmente en curso, un modo de producción informacional y comunicacional, una forma de trabajo virtual que se constituye gradualmente en uno de los ejes estratégicos del proceso productivo y de servicios.

En lógica marxista, el tiempo de trabajo virtual tiende a comprimirse, al mismo tiempo que el espacio de realización de este trabajo, o sea de su localización, tiende a desterritorializarse, a desocializarse y a despersonalizarse. En efecto, uno de los resultados más evidentes del trabajo virtual en la economía globalizada del siglo xxi, es la compresión del tiempo de trabajo. El desempeño de un trabajador de la economía industrial de masas del siglo xx ó xix, es mucho menor en términos de productividad que el de un trabajador de la actual economía globalizada, lo que incrementa proporcionalmente (cuando no exponencialmente) la ganancia o plusvalía que la empresa o la corporación obtienen con el trabajo virtual, comunicacional o informacional de sus trabajadores.

El trabajo virtual, como operación tecnológicamente determinada, se produce física y virtualmente ”en pantalla” (o sea, en el componente visible del todo aparato computacional de usuario), pero además, sus productos tienen impacto sobre la esfera de la conciencia individual y social.

EL TRABAJO VIRTUAL COMO PRODUCCION IDEOLOGICA

El trabajo virtual, es parte del proceso de producción ideólogica en el sistema capitalista contemporáneo.

La ideología -como conjunto históricamente determinado de representaciones, valores y creencias y como concepción del mundo y de la realidad- es a la vez, un constructo simbólico-racional y un producto social históricamente determinado. En la sociedad burguesa y capitalista actualmente existente, la ideología es el complejo resultado de procesos sociales de producción y reproducción que hacen posible desarrollar textos y significados compatibles con los intereses y modos de pensar de la clase social dominante.

Bourdieu y Boltanski (1976) ([1]) ponen de relieve que el proceso de producción de la ideología dominante se constituye de un corpus de discurso ideológico, un conjunto de productores del discurso ideológico, un conjunto de lugares de producción y reproducción del discurso ideológico y de reproducción de sus productores, y un conjunto de lugares o espacios de reproducción del discurso ideológico dominante.

El corpus ideológico dominante –mezcla aparentemente informe de teorías políticas, doctrinas filosóficas, teologías preestablecidas y concepciones de vida y del mundo- opera y se disemina en la sociedad, en todos sus intersticios, en todos sus espacios sociales y culturales, en todas sus instituciones y logra impregnar la totalidad de la cultura social.

La ideología dominante concierne al conjunto de la experiencia vivida por los individuos en la sociedad y la cultura a la que pertenecen. Y en las condiciones de una creciente mediatización de la sociedad y la cultura, la producción de bienes simbólicos, de información y de conocimientos, tiende a constituirse en un sofisticado engranaje del proceso general de elaboración/producción de la ideología dominante.

Lo que hace dominante a ese discurso ideológico transmitido comunicacionalmente no es solamente la mayor o menor coherencia de sus conceptos y de sus premisas, la repetición ad-infinitum de sus aforismos y premisas, sino sobre todo el grado de aceptación-obediencia que recibe de parte de la mayoría de los individuos en una sociedad. El peor aspecto y la dimensión más eficaz del carácter dominante de la ideología dominante, es que el amplio número de los dominados con frecuencia no perciben el carácter dominante y el carácter ideológico del discurso en cuestión.

Es probable que en la ideología dominante se encuentren los fundamentos sutiles y profundos de la obediencia y las raíces de la sumisión y la alienación que suscitan la tradición, la costumbre y las creencias que la articulan. La eficacia del discurso dominante reside entre otros factores, en que toma en consideración las discrepancias y las contradicciones que produce, desmontándolas, descodificándolas y descontextualizándolas parta volver a integrarlas en la aceptabilidad del corpus de ideas predominantes, operaciones que tienen lugar desde los aparatos comunicacionales e ideológicos que son las corporaciones que administran los medios de comunicación social.

El discurso ideológico dominante no solo actúa y opera en el espacio público y sus numerosas instituciones y arenas, sino que se manifiesta y se materializa discursiva y prácticamente en los espacios privados de la sociedad.

La palabra ideólogo no alcanza a dar cuenta del rol y las funciones de quienes producen en discurso ideológico dominante. Los productores de ideología pueden pertenecer la clase dominante aunque no necesariamente. Aquí es donde entran en juego los comunicadores, intelectuales, educadores, religiosos, teóricos, científicos y otros individuos que contribuyen a desplegar y realizar el proceso de producción ideológica destinada a legitimar el sistema de dominación actualmente existente.

CUANDO EL TRABAJO VIRTUAL CONSTRUYE LA PRODUCCIÓN IDEOLÓGICA

Hay un cierto modo de producción ideológica así como existe un modo de producción material y económica de la sociedad. Es en este contexto que el trabajo virtual constituye una de las formas de legitimación de la ideología dominante.

Los aparatos ideológicos son esos espacios.

Estos aparatos son por su práctica y por su finalidad, los portadores y los administradores de las ideas dominantes y de las ideas de la clase en el poder, ellos modelan comportamientos y actitudes, conciencias y subconscientes individuales y colectivos, y utilizan y se amparan en su carácter privado y de sus formas discursivas diversificadas, de su aparente neutralidad así como de diversas tradiciones culturales, para reforzar su rol legitimador del poder dominante, haciéndolo aceptable.

En el proceso de producción de la ideología, los “productores” de ideas, de datos, de información y de conocimientos desempeñan un rol crucial, estratégico. La producción social de la ideologia dominante comprende el proceso de interacción y comunicación entre el individuo y la realidad, y el conjunto de las relaciones económicas, sociales, comunicacionales, políticas y culturales que se establecen en el marco de la vida social y económica.

En la producción de la ideología como sustrato simbólico justificativo de la realidad actual y del sistema social dominante, los medios de comunicación y el espacio público (D. Wolton) se sitúan en el centro neurálgico de la producción y reproducción de las ideas, cosmovisiones, doctrinas, discursos religiosos y teorías que articulan una determinada cultura y dan coherencia al paradigma ideológico dominante en la sociedad en un momento dado de su evolución histórica. Los medios comunicacionales así como los sistemas educacionales operan como máquinas sistémicas de producción y reproducción ideológica (incluso de contra-producción en cuanto instrumentos de resistencia) del sistema de dominación oculto detrás de la superficie misma de los enunciados y símbolos que lo autoreproducen consciente e inconscientemente.

El trabajo virtual (comunicacional e informacional) como operación social de producción de ideas, de conocimientos, de data, de información y de recursos comunicacionales, constituye uno de los más poderosos resortes de legitimación del orden vigente.

¿Podrá algún día el trabajo virtual constituirse en una herramienta de desconstrucción de la ideología dominante y de construcción de una ideología liberadora y desalienadora de las conciencias y las prácticas?

Manuel Luis Rodríguez U.


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS Y DOCUMENTALES

[1] Bourdieu, P., Boltanski, L.: La production de l’idéologie dominante. Paris, 1976.

Marx, C.: El Capital. Crítica de la Economía Política. Vol. II. México, 1994. Fondo de Cultura Económica.

Los fundamentos territoriales del Estado en el siglo xxi

PRÓLOGO.

Los sucesivos procesos de modernización, de superación y crisis de la modernidad, de globalización de los flujos e intercambios y de desterritorialización gradual de las soberanías y las relaciones políticas, financieras y económicas, han conducido a un cuestionamiento teórico y conceptual acerca del rol y lugar del Estado en el complejo juego de las relaciones internacionales. 

A la crisis (política e ideológica) del Estado de bienestar (de los años ochenta y noventa del siglo xx), se ha acompañado un deterioro conceptual y teórico del rol del Estado ante la omnipotencia (ideológicamente sustentada) del mercado en nombre de la ideología neoliberal y de la premisa de la ineficiencia del aparato estatal para responder a las necesidades de la ciudadanía. 

A la apertura más o menos generalizada de las fronteras ante la marea arrolladora de los intercambios económicos y financieros suscitados por la globalización neoliberal, se agregan un cuestionamiento creciente de la legitimidad estatal, a partir del desarrollo y expansión de la conciencia nacional y de las identidades geo-culturales. 

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas – Magallanes, abril de 2011.-

CONCEPTOS CLAVES.

Estado, soberanías, globalización, desterritorialización, identidad nacional, mundialización, instituciones supranacionales.

DOS TENDENCIAS PROFUNDAS QUE IMPACTAN SOBRE EL ESTADO

Dos tendencias profundas y de alcance global parecen amenazar al Estado o por lo menos intentar modificarlo, en los inicios del siglo xxi:

a)  por una parte, la emergencia o surgimiento de las regiones de cada Estado como actores geo-económicos y geopoliticos con una creciente capacidad de autonomía, de integración y de protagonismo en la escena continental e internacional (aspecto que se sitúa dentro del ámbito conocido como de la “soberanía interior”); y

b) por otra parte, la presión proveniente desde las tendencias a la globalización que apuntan a relativizar y disminuir los límites y el alcance de la soberanía territorial de los Estados (conocida como soberanía exterior o westhaliana), en nombre del derecho de ingerencia y/o de intervención.  Al mismo tiempo los actores internacionales no estatales y supranacionales e incluso supra-estatales, han crecido en número y han ido incrementando sus competencias y ambitos de atribuciones.

Pero, a la hora de interrogarnos por los fundamentos espaciales o territoriales del Estado moderno, surge una reflexión geopolítica necesaria: el Estado del siglo xxi no será necesariamente el mismo pesado aparato burocrático del siglo xix, pero tampoco podrá ser el mismo Estado neoliberal y subsidiario del siglo xx.

No obstante los cambios estructurales que ha estado experimentando el sistema-planeta en los recientes dos decenios, producto de los procesos de globalización en curso, no cabe duda que los actores estatales-nacionales continuarán requiriendo de un fundamento territorial, es decir, de un espacio geográfico delimitado, sobre el cual instalar su poder y dentro del cual ejercer los atributos de la soberanía.

Probablemente -en un futuro no fácilmente predecible- algunos Estados nacionales, en la forma como hoy se presentan en la escena internacional, pudieran ver superadas sus viejas soberanías westphalianas por la formación de Estados supranacionales o de mega-Estados a escala continental o subcontinental, como grandes coaliciones post-estatales que integran identidades y culturas afines y diversas, verdaderos “paraguas superestructurales” que operarán como estructuras políticas y geopolíticas de intereses, apropiadas a la incertidumbre estratégica y geoestratégica ocasionada por eventuales escenarios de choque de civilizaciones o de confrontaciones planetarias entre imperios rivales.

Pero, mientras aquellos escenarios se sitúen en horizontes aún lejanos, los Estados nacionales o las naciones con Estados, requerirán de una base físico-geográfica de sustentación que asegure su continuidad en el tiempo y en el espacio geopolítico.

LA REPRESENTACIÓN SIMBÓLICA Y ESPACIAL DEL ESTADO.

El Estado, aun en las condiciones de la globalización y la desterritorialización de los procesos productivos, económicos y financieros propias del siglo xxi, no es solamente una realidad jurídica y una forma institucional instalada como eje articulador del orden político, sino también existe y se manifiesta en el plano simbólico y espacial.  Hay Estado -como un constructo político e ideológico- instalado en la conciencia y en el subconsciente colectivo.

La lógica de “aparato” -que proviene principalmente desde el funcionamiento de las instituciones- se acompaña con la instalación de una conciencia territorial que proviene desde la ciudadanía, desde los individuos en cuanto actores territoriales, desde la población respecto y en nombre de la cual el Estado ejerce su poder. 

El Estado existe tanto en su dimensión territorial (luego, puramente geopolítica) desde que despliega en los espacios geográficos la diversidad de sus formas de administración y gestión, mediante el ejercicio de las políticas públicas y las estrategias de control, cooptación, dominación y diálogo, al tiempo que el poder estatal está instalado en el subconsciente individual y colectivo como una fuerza institucional operante, ordenadora y ejecutora.

“Cuando se analiza los aspectos objetivos de la sacralización del poder, en los sistemas políticos modernos, se comprende que el poder resulta ser una realidad difusa en toda la sociedad, que no opera como una propiedad sino como una estrategia, es decir, como algo que está permanentemente en juego en el sistema político, de donde resulta que siendo el Estado el lugar principal donde éste se concentra, se trata también de un efecto de conjunto que sintetiza muchas formas de poder. 

 De aquí se desprende que el poder no es solamente una condición política cuya función es reprimir, ocultar o impedir, sino que también produce lo real, produce actos y hechos objetivos, decisiones y comportamientos, a través de la normalización y control invisible de los individuos.

 Lo más insidioso en el poder político moderno, consiste en el hecho objetivo y subrepticiode que los ciudadanos en sí mismos no perciben inmediatamente que están siendo regulados, vigilados, controlados, ordenados por una maquinaria de poder estatal y societario.  El fenómeno de la sacralización del poder, constituye una de las realidades psico-sociales más relevantes del proceso político en las sociedades modernas.  A través de él, los individuos tienden a adquirir una percepción e imagen distante y superior del poder y de quienes lo detentan y de las instituciones.

 Las instituciones del poder y del Estado, a su vez, tanto por su exterioridad material como por la amplitud y fuerza del poder que sugieren, reflejan y poseen, tienden a devenir impersonales, lo que acentúa una percepción inalcanzable y todopoderosa en los ciudadanos.

 Como se verá en el análisis de las instituciones y de su funcionamiento dinámico, uno de los fenómenos más notables en la Política moderna es la opacidad del poder.

 ¿De qué se trata, cuando se habla de la opacidad del poder? Este es un concepto que trata de describir los fenómenos de ocultamiento y distanciamiento que existe entre quienes toman las decisiones políticas fundamentales (los que mandan o los que gobiernan), y el resto de la ciudadanía.  Las decisiones, en realidad, siempre se toman en instancias u órganos institucionales cerrados, a los cuales no tiene acceso el ciudadano común: el poder político así, como condición para el gobierno de la sociedad, deviene opaco, no-transparente, prácticamente invisible, lo que a su vez, contribuye a alejar aún más al ciudadano de los procesos políticos en la sociedad moderna.

 De este modo, los procesos de toma de decisiones, en las esferas de poder claves o nudos decisionales principales, tienden a devenir opacos a la opinión pública o al escrutinio ciudadano, lo que de alguna forma tiende a relativizar las dimensiones de legitimidad del sistema político.” (Rodríguez M.: Política y Poder: la construcción política de la realidad.  Punta Arenas, 2008. Ensayo inédito).

 El simbolismo territorial del Estado y del poder estatal “ocurre” también en la conciencia individual y colectiva, donde los individuos (ciudadanos, usuarios, clientes, contribuyentes…) y los grupos sociales perciben y entienden el poder como una estructura -más o menos legal- que asume y ejecuta la acción pública desde una legitimidad que le es otorgada por la ciudadanía, por la nación.

LOS FUNDAMENTOS TERRITORIALES DE LA POTENCIA ESTATAL.

La crisis del Estado desencadenada por las tendencias de la globalización o mundialización, no ha terminado de destruir las bases estructurales sobre las que se levanta el edificio estatal moderno.  El poder del Estado, entendido como esa capacidad de ejercer dominio, soberanía e influencia sobre un determinado espacio territorial y sobre una determinada porción de la población.

Seis son a nuestro juicio, los fundamentos territoriales del Estado en la época actual:

1° el territorio como espacio geográfico delimitado y sometido a una sola jurisdicción soberana;

2° la comunidad nacional, entendida como el conjunto de individuos territorialmente situados y cohesionados por un patrón cultural de referencia común y compartido y por un conjunto de rasgos distintivos de identidad, lengua, patrimonio histórico y costumbres e identificados tras un proyecto histórico comun presente y futuro;

3° la existencia de una estructura de relaciones internacionales que asegura la interdependencia, la integración, la presencia y la integración en un determinado orden mundial y regional y en las distintas arenas internacionales;

4°  la existencia y la plena soberanía sobre el patrimonio ecológico territorial común, y constituido por el conjunto de recursos naturales y energéticos territorialmente situados y reconocidos como propios por la nación; y

5° la capacidad de proyección política, económica, virtual, social y cultural de los intereses de la nación en el sistema internacional, entendido como el despliegue de estrategias y redes de intercambio que faciliten la presencia exterior y la implantación de actores nacionales en otros países.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Burdeau; G.: Traité de Science Politique, Vol. II, l’Etat. Paris, 1970.  Editions du Seuil.

Burdeau, G.: Traité de Science Politique, Vol. IV.  Le Statut du pouvoir. Paris, 1985.  Editions du Seuil.

Crafts, N.,  Venavles, A.: Globalization in History: a Geographical Perspective.  Washington, 2001. National Bureau of Economic Research (NBER). Seminar on Globalization in Historical Perspective. 

Garreton, M.A, Cavarozzi, M., Cleaves, P., Gereffi, G., Hartlyn, J.: América Latina en el siglo xxi.  Hacia una nueva matriz sociopolítica.  Santiago, 2004.  Ediciones LOM.

Giuliani, J.D.: L’Etat nation dans la globalisation au XXI eme siecle. Paris, 2007.  Fondation Robert Schumann.  (Consultado el 25 abril 2011 en http://www.jd-giuliani.eu)

La comunicación en el nuevo orden global: caja de herramientas para desarmar la globalización

El orden mundial –desde mediados del siglo xx y ahora en pleno siglo xxi- está en pleno proceso de mutaciones, en pleno cambio de paradigmas. Probablemente la frase que mejor sintetiza el momento histórico que vive hoy la humanidad es que nos encontramos no solo en una época de cambios sino que sobre todo asistimos a un cambio de época.

Y los cambios estructurales a los que está asistiendo la sociedad contemporánea se pueden definir y sintetizar en dos fórmulas generales, que aquí pueden tener el carácter de hipótesis de trabajo:

1° nos encontramos en un momento de evolución en el que el orden mundial ha ingresado en una era de hegemonía unipolar de carácter imperial en la que la globalización no es más que una forma de materializarse esa hegemonía; y

2° que la sociedad en su conjunto avanza desde una cultura material basada en los valores tradicionales de la modernidad, hacia una cultura basada en el conocimiento y en el saber.

Agreguemos que Chile, además se encuentra precisamente en una etapa paralela de transición hacia la modernidad. En efecto, y siempre ubicados en una perspectiva temporal del largo plazo, podemos sustentar la hipótesis de que la sociedad chilena se encuentra -desde mediados del siglo XX- en una prolongada fase de transición desde una cultura tradicional a unha cultura con rasgos modernos. El ingreso de Chile a la modernidad, al igual que las demás sociedades latinoamericanas, se produce en condiciones en que nuestro país se sitúa como una sociedad subdesarrollada y dependiente.

Por lo tanto, el cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico, el consumo de las energías no-renovables y una cultura tradicional, hacia una sociedad basada en el conocimiento, en la circularidad de la información y en el despliegue de una cultura moderna y post-moderna esencialmente materialista e individualista.

¿Qué es lo que está siendo cuestionado por este cambio estructural al cual estamos asistiendo como sociedad y como sistema-planeta?

Tres aspectos que nos interesan.

A fuerza de no pretender poner el acento en los aspectos negativos, cabe subrayar que asistimos a tres formas de crisis. Asistimos a una crisis de la Política tradicional. Asistimos a una crisis del orden mundial anterior. Asistimos a una crisis de los paradigmas anteriores de la comunicación y del conocimiento.

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