Gas natural y geopolítica de la energía en el cono sur de América Latina

Este ensayo presenta un análisis de las principales tendencias geopolíticas en materia energética para América del Sur, a la luz de la información de prensa y especializada disponible. Resulta evidente que la energía, como fuente fundamental de los procesos económicos, se ha venido convirtiendo gradualmente en el continente, en un arma geopolítica y no solamente en un recurso estratégico.

Precisamente porque el gas natural y el petróleo son hoy sin lugar a dudas instrumentos geopolíticos de vital importancia estratégica para el desarrollo de las naciones sudamericanas, en manos de sus Estados y porque las lógicas de mercado resultan insuficientes para garantizar el abastecimiento y la seguridad energética a estas naciones, resulta incomprensible que algunas políticas energéticas -como la que observamos hoy en Chile- avanzan a contrapelo de la tendencia regional, intentando jibarizar a su Empresa Nacional del Petróleo, ENAP, privatizando subrepticiamente algunas de sus funciones de exploración y explotación y en definitiva entregando a los intereses extranjeros, recursos que serán cruciales para intentar el salto al desarrollo que el país requiere.

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político.

Punta Arenas – Magallanes, invierno de 2006.

Un nuevo panorama geopolítico de la energía en América del Sur

Desde la década de los años ochenta América Latina ha experimentado la notoria influencia ideológica y política de los centros de pensamiento neoliberales que promovieron en materia de políticas energéticas para la región, los dogmas de la privatización del sector energético: Sin embargo, desde los recientes años iniciales del siglo XXI puede observarse un giro en la orientación geopolítica del tema energético en la región sudamericana, lo que ha resultado en un reposicionamiento relativo del Estado como actor importante en el negocio energético.

Señales indicativas de esta nueva tendencia son la decisión boliviana de nacionalizar sus hidrocarburos, la creación de una nueva empresa estatal de energía o el plebiscito realizado en Uruguay que no permitiría la participación privada en la empresa estatal de petróleo. En general, puede afirmarse que la región sudamericana en general parece venir de regreso de la tendencia neo-liberal en materia energética que se vivió en la década de los noventa del siglo XX.

A pesar de que las crisis económicas de los primeros años de este nuevo siglo abatieron la tendencia al crecimiento constante del consumo de energía, los países del Mercosur no pudieron evitar que les faltara suministro energético. En diferentes momentos y de diferentes maneras, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay se vieron enfrentados a problemas serios de abastecimiento y debieron recurrir a distintas medidas para reducir el consumo o diversificar las fuentes de suministro.

En particular, la crisis de producción de gas natural, que se suscitó en Argentina en el otoño de 2004 y que arrastró a Chile y Uruguay, puso en evidencia las debilidades de la integración energética regional. Argentina tenía contratos de provisión de gas natural a Chile y de electricidad a Uruguay (contratos que son en esencia de productores privados a suministradores privados), los que no pudo cumplir debido a problemas internos de mercado y de falta de inversión. Ambos compradores perjudicados salieron de la crisis con la clara convicción de que Argentina no es un socio confiable.

En el caso uruguayo se comenzó a especular con importar electricidad desde Paraguay, además de aumentar el parque térmico propio. En Chile, tardíamente se ha vuelto a pensar en fuentes propias como la geotermia e incluso la eventualidad de llegar a la energía nuclear, y aún se expresa perplejidad ante la negativa de Bolivia de abastecerlo de gas natural debido al histórico y más que centenario conflicto entre los dos países, relativo a la salida boliviana al mar. Pero en definitiva, el objeto mínimo de todo Estado moderno, que es el de lograr el máximo de autonomía energética relativa posible, queda cuestionado por la fuerza de los intereses económicos que predominan en este crucial negocio.

Brasil, por su parte, siendo el mayor consumidor energético del Mercosur, ha echado mano a todo lo que pudo. Brasil ha optado por un conjunto de soluciones tales como construir grandes centrales hidroeléctricas y el propio gobierno intenta eximir a estas obras de estudios de impacto ambiental, para que así puedan construirse y en el plazo más breve. Brasil también apuesta a la importación de gas natural desde Bolivia y Venezuela, a la explotación de las reservas propias de petróleo y gas existentes bajo el mar territorial, a fuentes renovables como la energía eólica y especialmente las biomasas. También, y con una dedicación destacable en la región, se impulsan el ahorro y la eficiencia energética. Brasil acaba de anunciar en forma contundente que ha alcanzado la autosuficiencia en materia petrolera.

En general todos los países, apuestan de una u otra manera a que el gas natural llegue desde alguna de las reservas más importantes existentes (Perú, Bolivia o Venezuela) a precios baratos y en abundancia. Esto ha generado en América del Sur una proliferación de planes de gasoductos pero en su conjunto, la tendencia a la integración energética, tiene que confrontarse con la búsqueda de la mayor autonomía energética relativa posible.

 La lógica de mercado en el tema energético

La región de América Latina se embarcó durante la década del noventa del siglo XX en un modelo de desarrollo energético común basado en la integración regional, la extensión del uso del gas natural y el ingreso de compañías privadas en todas las áreas del negocio energético. Este fenómeno no fue casual, sino que respondió a las nuevas condiciones establecidas por la banca multilateral de desarrollo para financiar las necesidades del sector. La banca multilateral de desarrollo era la encargada de suministrar los fondos para los grandes macro-proyectos del sector energético.

Pero dos factores ajenos parecen haber influido para operar un cambio de timón en su orientación. Una de ellas fue la corrupción instalada en muchos gobiernos de la región, que hizo ineficientes y excesivamente costosos todos los proyectos energéticos. Un ejemplo paradigmático de esto fue la represa Yaciretá, complejo hidroeléctrico binacional argentino-paraguayo cuyo costo estaba previsto en menos de dos mil millones de dólares y terminó costando más de diez mil millones. Pero por otro lado, la banca asumió la lógica de que las necesidades energéticas de la región eran crecientes y que las grandes empresas de la energía encontrarían excelentes oportunidades de ganancia, lo que las llevaría a invertir en esos países.

La lógica de los bancos fue cortar el estilo de financiamiento impulsado hasta entonces y que tenía a las monopólicas empresas estatales de la energía como destinatarias de sus proyectos y promover una reforma del sector que fuera atractiva para las grandes empresas de la energía, es decir, se trataba de influir financieramente para privatizar el negocio energético.

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La energía en el centro de la Geopolítica del siglo xxi

En el comienzo de la historia, estaban las guerras por los recursos energéticos.  Toda la historia escrita de la humanidad podría releerse geopolíticamente bajo el criterio conceptual que las naciones, los pueblos, las comunidades, los Estados, los imperios han luchado por acceder y dominar determinados recursos que suministran la energía necesaria para su supervivencia y su continuidad como actores políticos viables. 

Si en algún momento de la historia, los conflictos y las estrategias fueron diseñadas y ejecutadas para satisfacer intereses y motivaciones de gloria o de dominación territorial, para conquistar espacios o reescribir el mapa de las fronteras, en la modernidad y en la post modernidad, el complejo juego de la redistribución de las hegemonías, el nuevo orden global emergente y la tendencia fundamental de los conflictos en el siglo xxi es la lucha por los recursos energéticos.

Las guerras por el dominio territorial y por la definición de fronteras -que caracterizaron al siglo xix- fueron sustituidas por guerras de dominio territorial sobre espacios que contaban con recursos energéticos escasos y estratégicamente necesarios. En el siglo xxi hemos entrado a la época de las guerras ecológicas y de las guerras energéticas, conflictos activados y  agudizados para la necesidad creciente de control y por la lucha competitiva por acceder a sectores del planeta que disponen dee recursos energéticos definidos como estratégicos 

El proceso industrial de exploración, explotación, refinación y distribución de los recursos energéticos (carbón durante los siglos xix y xx, petróleo, gas, nuclear, recursos hídricos…) puede constituirse en el eje articulador de comprensión del comportamiento de los Estados, las corporaciones y demás actores sociales, estratégicos y políticos y de la aplicación de estrategias de hegemonía a lo largo de los siglos recientes.

Puede construirse la hipótesis geopolítica que los Estados y las corporaciones en la escena internacional, se han guiado, entre otros intereses esenciales por el objetivo estratégico (y luego diplomatico), de aproximarse al acceso, control, dominio, propiedad y/o hegemonía sobre las fuentes de recursos energéticos esenciales para el suministro de sus industrias y actividades económicas en general.

El renovado interés de la reflexión geopolítica por la cuestión energética encuentra su razón de ser en la crisis contemporánea de escasez cada vez mayor de los recursos que constituyen la matriz energética de la economía global: en particular, los combustibles fósiles (petróleo y gas natural).

Se trata de una cuestión a la vez geopolítica (acceso y dominio) y geoeconómica (permanencia y seguridad de suministros): mientras mayor sea la incertidumbre originada en la creciente escasez de petróleo y en la lentitud del proceso de cambio de la matriz energética dominante, la lucha hegemónica por el control de esos recursos se hará cada vez más aguda. 

Si el orden global se encuentra en proceso de redistribución de las hegemonías, pasando desde un orden unipolar (propio de la fase de fines del siglo xx) a un orden planetario multipolar (emergente desde 1989 y el 11-S hasta el presente), producto del surgimiento progresivo de nuevas potencias al rango de potencias mundiales, a un orden multipolar, la redistribución de las hegemonías afecta también al orden energético mundial, donde el acceso a las principales fuentes de energía comienza a ser disputado de un modo cada vez más intenso y agudo entre las potencias. 

Paralelo al orden político y geopolítico global, e inserto en éste, existe un orden energético global, es decir, un dispositivo estructrural de distribución de las hegemonías dentro del conjunto de las fuentes energéticas, esquema que es proporcional al poder, hegemonía y dominio que cada actor internacional posee sobre dichas fuentes.

Cada nación, cada estado, cada potencia procura en este contexto, alcanzar el mayor y más seguro acceso a las fuentes energeticas, ya sea garantizándose el acceso desde su condición de potencia suministradora, o desde los niveles distintos de dependencia que cada actor tiene respecto de las fuentes de suministro.  La asimetría fundamental que estructura el orden energético global, es la distinción entre naciones suministradoras y naciones importadoras o Estados-clientes, respecto de los recursos energéticos actualmente disponibles.

(ensayo en elaboración).

Manuel Luis Rodríguez U.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Gallois, P.: Géopolitique.  Les voies de la puissance.  Paris, 1990. Ed. Plon, Fondation pour les Etudes de Défense Nationale.

Lacoste, Y.: Questions de Géopolitique.  Paris, 1988.  Ed. La Découverte.

Sachs, J.: Economía para un planeta abarrotado. B. Aires. Ed. Sundamericana.

Energía y desarrollo en Magallanes: una perspectiva geopolítica y prospectiva

PRÓLOGO

El problema energético ocupa con creciente frecuencia el debate público y se incorpora a la agenda pública, en nuestro país y también en la región austral. El reciente conflicto social y político originado por el gobierno al pretender incrementar el precio del gas natural, trajo como resultado que una mayoría de los habitantes de la región de Magallanes, entienden y asumen que el problema del gas, como todo el problema de la energía, es un problema político.

Este ensayo –elaborado como una contribución política e intelectual al debate público y para la Asamblea Ciudadana de Magallanes- propone un conjunto de conceptos para una reflexión política y prospectiva acerca de la problemática energética en la región de Magallanes.

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas – Magallanes, febrero de 2011.

EL PROBLEMA ENERGÉTICO ES UN PROBLEMA POLÍTICO

Una primera afirmación debiera presidir el debate público acerca del desarrollo regional y el desarrollo energético: el concepto de que el problema energético que enfrenta toda sociedad moderna, es un problema político y solo subsidiariamente es un problema económico o técnico.

Existe así presente en el debate público, una falacia discursiva que contiene implicancias también políticas: la llamaremos la “falacia técnica”.

La falacia técnica del problema energético, afirma que la problemática de los recursos energéticos, su escasez versus su abundancia, su propiedad versus su utilización, o su costo versus sus beneficios, es en primer lugar un problema técnico cuya resolución depende –en consecuencia- de los técnicos, quienes supuestamente, entregan y dejan en manos de los políticos la toma de decisiones informada y adecuada mediante la información técnica que aquellos producen.

Debajo de esta falacia se esconde sin embargo, una trampa política, ideológica y ética. Si los políticos deciden y los técnicos solo informan, entonces la responsabilidad final de las decisiones recae en los políticos y no en los técnicos; si la información predominante para la toma de decisiones es técnica, entonces la responsabilidad política de los políticos de desvanece y se diluye; si el problema de la energía es solamente técnico, entonces los políticos solo asumen la decisión tomada pero no sus consecuencias, lo que es una inconsecuencia.

Todo problema energético –sobre todo en una sociedad donde los recursos energéticos utilizados son crecientemente deficitarios y se están agotando- es en primer lugar un problema político, porque las decisiones en materia energética afectarán inevitablemente al conjunto de la humanidad y de la comunidad humana implicada.

El tipo de matriz energética que se adopte en el presente para el futuro, es una decisión política y si el problema energético es un problema político, entonces es un asunto que compete a todos los ciudadanos sin distinciones ni exclusiones.

El problema energético es un problema político y ciudadano de primer orden.

DESARROLLO Y ENERGÍA EN LA REGIÓN DE MAGALLANES: SOBERANÍA ENERGÉTICA Y SUSTENTABILIDAD AMBIENTAL

Asumimos que la cuestión energética es un punto de cruce transversal de dimensiones económicas, sociales, culturales, políticas y geopolíticas, que no pueden entenderse de un modo aislado: la energía que se necesita para la vida y el desarrollo en la región de Magallanes, tiene que se estudiada desde una perspectiva global (o sea de un planeta del que formamos parte), de una perspectiva patagónica y binacional (somos parte de la Patagonia austral del continente sudamericano) y desde una perspectiva nacional, regional y local (constituimos una región distinta, alejada y de condiciones geográfico-ambientales y climáticas diferentes, únicas y especiales).

Tras un desarrollo regional sustentable

La región de Magallanes, por sus condiciones geográficas únicas, merece un desarrollo sustentable, es decir, un desarrollo que se debiera realizar sobre un conjunto de recursos naturales limitados (nutrientes en el suelo, agua potable, biodiversidad marina y terrestre, minerales), susceptibles de agotarse, y entendiendo además, que una creciente actividad económica sin más criterio que el económico ha estado produciendo, tanto a escala local como planetaria, graves problemas e impactos medio-ambientales que pueden llegar a ser irreversibles.

Entendemos que el futuro del desarrollo regional dependerá, entre otros factores estratégicos, de un uso apropiado de las fuentes energéticas disponibles y que el conjunto de la región debe apuntar a utilizar sus propios recursos energéticos, a fin de contribuir hacia su autonomía regional e integración patagónica binacional y austral.

Detrás de todo concepto de la energía y de su utilización, subyace un concepto de desarrollo.

Afirma el documento Cumbre para la Tierra, Programa 21 de Naciones Unidas:

La mayor parte de la energía comercial y no comercial producida en la actualidad se utiliza en los asentamientos humanos y se destina a ellos; el sector de los hogares utiliza un porcentaje considerable de dicha energía. Los países en desarrollo hacen frente actualmente a la necesidad de aumentar su producción de energía para acelerar el desarrollo y mejorar las condiciones de vida de su población, y de reducir al mismo tiempo los costos de producción de la energía y la contaminación producida por ésta. El incremento de la utilización eficaz de la energía con objeto de reducir sus efectos contaminantes y de promover la utilización de fuentes de energía renovables debería tener prioridad en toda medida adoptada para proteger el medio ambiente urbano”. ([1]).

Creemos además, que el problema energético de esta región austral, debe ser comprendido desde un punto de vista geopolítico.

Una lectura geopolítica

La perspectiva geopolítica, incorpora el concepto de política integral de las energías y del dominio del territorio. Según este concepto, para analizar el problema energético de una región, de un territorio, debemos interrogarnos por los siguientes aspectos:

1. El acceso a los recursos energéticos: prácticamente puede afirmarse que la historia contemporánea, demuestra que la preocupación fundamental de las relaciones internacionales es el acceso a las materias primas y a la energía y su utilización más cerca de los lugares de producción industrial. Mientras más cerca esté un recurso energético de su lugar de utilización, más eficiente económica y socialmente será su uso y explotación.

Dicho “acceso” está, a su vez, determinado por factores geográficos y políticas institucionales.

2. Los factores geográficos que favorecen o dificultan el acceso a un recurso energético: estos factores son datos básicos de la realidad geopolítica, por lo que deben ser considerados por las modificaciones que sufren y que se refieren a:

a. Tiempo, los recursos valen no sólo por lo que hoy son, sino por su futura explotación.

b. Tecnología, elemento esencial para la capitalización y aprovechamiento de la matriz energética.

c. Accesibilidad, es decir posibilidad de explotación presente y futura.

d. Costos, factor decisivo de la política de explotación presente.

3. Los objetivos explícitos de desarrollo regional: la política energética no puede estar desvinculada del desarrollo regional. En este sentido, la explotación de recursos energéticos debiera propender hacia los siguientes objetivos:

a. Descentralización y equilibrio territorial.

b. Repotenciación del desarrollo regional, logrando que sus beneficios tengan impacto local.

c. Integración interregional, no sólo en el nivel nacional, sino con los países vecinos.

Por lo tanto, una perspectiva geopolítica con verdadero sentido nacional indica que el desarrollo de la región de Magallanes, dadas sus condiciones geográficas y climáticas de aislamiento relativo, de lejanía respecto del centro del país y de los grandes centros productivos y de clima riguroso, exige y demanda aprovechar en forma sustentable sus propios recursos energéticos, asegurando la absoluta, plena e inalienable soberanía de la nación sobre éstos.

Nuestro concepto de soberanía energética

La experiencia nacional e internacional de los recientes decenios, demuestra inobjetablemente que el mercado no puede resolver por sí solo los dilemas energéticos del presente y del futuro de la región más austral de Chile; se requiere de un concepto activo de política pública basado en la soberanía energética.

Cuál es nuestro concepto de soberanía energética?

Soberanía energética –desde la perspectiva del desarrollo futuro de la región de Magallanes- tiene tres significados interrelacionados: 1° significa que todos los recursos energéticos deben permanecer bajo la propiedad nacional y la gestión del Estado; 2° que la matriz energética de cada territorio y cada comunidad debe realizarse a partir de las propias fuentes energéticas, de manera de disminuir al máximo la dependencia energética externa, y 3°, que cada territorio debe utilizar sus propios recursos de energía de un modo sustentable, procurando no contaminar otras zonas del país con su explotación.

De la soberanía energética emana la idea de sustentabilidad de su uso y explotación: si los recursos energéticos pertenecen a toda la nación, su explotación debe ser inteligente, racional y humanamente compatible con el desarrollo presente y futuro de una región o comunidad, y esa explotación inteligente, racional y humanamente compatible, significa que es sustentable, de manera que su uso asegure racionalmente la preservación y protección de todos los recursos naturales disponibles.

La energía no es solamente un producto transable en los mercados; en primer lugar es un recurso estratégico de interés regional, nacional y global, cuya utilización está al servicio de las comunidades, de la población, de los habitantes de un territorio.

En este siglo xxi, a medida que disminuye gradualmente la disponibilidad de recursos energéticos no renovables (petróleo, gas, carbón) –como consecuencia de su uso irracional y depredador ocasionado por el modo capitalista de desarrollo- la energía deja cada vez más de constituirse en un mero producto transable, dentro de mercados estructuralmente distorsionados por los monopolios y la desigualdad estructural entre oferta y demanda- para convertirse en un recurso estratégico del cual depende la supervivencia de la especie humana, de las comunidades locales y regionales, de las naciones y sus identidades.

De allí la importancia estratégica de recurrir a fuentes energéticas renovables y limpias (eólica, mareomotriz, biomasa, solar…) que, junto con disminuir la dependencia energética externa (soberanía energética una vez más), facilite un desarrollo sustentable para las comunidades y territorios.

El futuro de la energía en las regiones y en los países, no depende del precio al que se transa, sino de la disponibilidad propia –o sea de la soberanía que ejercen sobre su propias fuentes de energía- que esas regiones y países tienen respecto de sus propios recursos energéticos, para no depender de fuentes externas ni de mercados oligopólicos o monopólicos.

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