Las dimensiones ciudadanas de la soberanía: las Falklands y los kelpers

La larga disputa territorial que opone a Gran Bretaña y Argentina a propósito de las islas Falklands, ha adquirido nuevos ribetes con una reactivación del debate diplomático y comunicacional entre ambos gobiernos en el año 2011.  La polémica diplomática tiene además, un trasfondo histórico de más de un siglo y marcado por la guerra de 1982, por una centenaria demanda de los argentinos y por la posición casi inamovible de los británicos en cuanto al ejercicio de la posesión y dominio del archipiélago.

La guerra de 1982 además, produjo tres efectos duraderos en el tiempo: en primer lugar, convirtió a las Falklands en un poderoso reducto militar aeronaval británico en el Atlántico sur cuya función estratégica y disuasiva es más que evidente: Inglaterra no se dejará sorprender dos veces por una invasión; segundo, modificó durablemente el escenario geopolítico del cono sur de América Latina, generando un nuevo esquema geoestratégico de estabilidad subregional; y tercero,  dejó en la nación argentina el amargo sabor de la derrota, uno de los sentimientos más perjudiciales y perniciosos para el pleno ejercicio de la razón diplomática y de la objetividad política. 

 En definitiva, la cuestión diplomática en torno a las Falklands no involucra solamente a dos Estados y dos naciones, en la medida en que se ha seguido la estrategia de multilateralizar el diferendo, de trasladarlo a algunas instancias internacionales y de llevarlo a los medios de comunicación como un mecanismo para hacer presión.  El problema en cuestión sin embargo, no se reduce a una simple polaridad entre “reclamamos la soberanía” y “no hay soberanía que discutir”.

El renacer de esta disputa hoy no podemos atribuirlo tampoco a la debilidad de los gobiernos implicados: a pesar de la crisis europea, el gobierno Cameron se mantiene estable y Cristina Fernández continúa siendo ratificada fuertemente por las urnas.

LOS HABITANTES ORIGINARIOS TAMBIÉN CUENTAN

Pero, en una disputa territorial entre dos Estados y que involucra la cuestión de la soberanía, no puede olvidarse que una opinión fundamental, un juicio decisivo, le cabe a los habitantes originarios de los territorios implicados.  ¿Cómo puede haber soberanía si quienes son el fundamento jurídico y humano de dicha soberanía no son consultados y su opinión no es tomada en cuenta?

No es necesario escarbar demasiado en la historia del concepto de soberanía dentro de la tradición de Occdidente (desde Jean Bodin, 1576), para percatarse que aquí la voluntad y la opinión de los kelpers, es decir, de los habitantes originarios que residen en las islas, puede resultar fundamental y hasta ineludible para entender el destino de las Falklands en los próximos decenios.  

Cabe preguntarse, ¿aceptaría Argentina la opinión de los kelpers si éstos ratificaran que desean seguir siendo ciudadanos británicos? ¿Aceptaría Gran Bretaña la opinión de los kelpers si éstos manifestaran que no desean seguir bajo la jurisdicción británica?  Incluso desarollando un enfoque crítico y no menos polémico, ¿nos hemos preguntado que opinaban los kelpers respecto de la demanda argentina de soberanía antes de la guerra de 1982 y sobre todo, después del conflicto? 

Y una pregunta que resulta crucial en este caso: ¿cómo se consideran a sí mismos los kelpers de las islas Falklands: “argentinos” usurpados por el Estado británico, o “británicos” amenazados por el Estado argentino?

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Las islas Falklands y el cono sur de América: una encrucijada geopolítica

En los meses finales del año 2010, diversos hechos relacionados con las Islas Falklands han vuelto al archipiélago inglés nuevamente al centro de la atencion de la opinión pública, aunque sea por breves momentos.

Desde la exploración petrolera de una empresa británica en el fondo marino de las islas, hasta un programa de intercambio estudiantil entre la Municipalidad de Punta Arenas con Port Stanley, y las recientes reuniones del Comité de Descolonización de Naciones Unidas, así como la prohibición argentina para la recalada de naves mercantes entre las islas y el puerto chileno de Punta Arenas, y de las naves comprometidas en dicha exploración de hidrocarburos en puertos argentinos, en cada uno de estos eventos el gobierno justicialista de Argentina ha intentado escalar la presión diplomática y mediática para lograr sentar a Gran Bretaña en alguna mesa de negociaciones.

Un incidente menor ocasionado artificialmente por la Cancillería argentina a propósito del viaje de estudiantes magallánicos (de condición social vulnerable) a Falklands para fortalecer su dominio del idioma inglés, incluso podría servir de motivo para preguntarse si acaso la política exterior del Estado de Chile ante el tema Falklands, se decide en el Palacio de la Moneda en Santiago de Chile o en la Casa Rosada en Buenos Aires.

En la encrucijada geopolítica de las islas Falklands, siempre se entrecruzan a lo menos cuatro actores relevantes, a saber, Argentina, los kelpers, Gran Bretaña y Chile, aunque éste útimo solo tenga algunos intereses comerciales con los habitantes y comerciantes del archipiélago.

Entre los dos actores centrales, aparecen además los integrantes de la comunidad kelper de las islas, un grupo de alrededor de 3.000 británicos originarios de las Falklands (según el censo de 2001), que aspiran a lograr mayores niveles de autonomía local, aunque siempre bajo el paraguas protector de la soberanía británica a la que pertenecen. Las islas se autofinancian actualmente, tanto por la venta de licencias de pesca en las aguas del Atlántico sur, como por el comercio de ultramarinos (125 millones de dólares por exportaciones el 2008), la ganadería ovina, la pesca, el turismo (30.000 visitantes el año 2001) y la navegación marítima. (CIA: The World Factbook, 2010.). Adicionalmente, desde el año 1993, el British Geological Survey desarrolla un programa de exploración en busca de hidrocarburos. Las finanzas de las islas se incrementan además, con el consumo producido por la dotación militar, naval y aérea allí estacionada.

El juego entrecruzado de intereses de estos actores sigue siendo una encrucijada geopolítica no resuelta: mientras Argentina reclama soberanía sobre un archipiélago en el que no reside ningún argentino y que solo fue ocupado militarmente por tropas argentinas invasoras durante tres o cuatro meses en 1982 con ocasión de la guerra, Gran Bretaña asume en plenitud y refuerza el ejercicio de su soberanía sobre las islas y no parece estar dispuesta a ceder, mientras los kelpers, los verdaderos habitantes originarios de las islas, prefieren indudablemente vivir y continuar viviendo bajo la soberanía británica por múltiples razones históricas, culturales, económicas y políticas.

Desde 1982 sin embargo, las islas representan un espacio de interés geopolítico, acrecentado por el posible carácter comercial de las reservas de hidrocarburos existentes en su fondo marino.

Para cada actor en juego, las islas tienen un significado geopolítico distinto, ahora acrecentado y multiplicado por la perspectiva de la existencia de reservas de hidrocarburos -aunque de mediana calidad- en el fondo marino del archipiélago, susceptibles de avivar la controversia británico-argentina, si dichas reservas tienen un valor comercial explotable.

Para Argentina, la opción diplomática sigue siendo en el presente, la única alternativa viable de acceder a negociaciones que impulsen su demanda territorial. Para Gran Bretaña, evidentemente las Falklands no son su prioridad estratégica ni política, ocupadas en resolver la crisis financiera en curso y la inserción inglesa en la Unión Europea.

Para los kelpers, la eventualidad de la presencia argentina, es una amenaza que trae a la memoria los meses de invasión y destrucción que les significó la guerra de 1982.

En este contexto, para el Estado de Chile y para la posición geopolítica y oceanopolítica chilena en el cono sur de América, resulta indudablemente más conveniente que las islas Falklands continúen bajo soberania británica y no pasen a convertirse -en manos argentinas- en una posición geoestratégica susceptible de controlar la navegación hacia y desde la boca oriental del Estrecho de Magallanes.

Manuel Luis Rodríguez U.

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FUENTES DE INFORMACIÓN Y REFERENCIA

Sobre el mismo tópico:

http://geopoliticasur.wordpress.com/2010/02/19/el-despliegue-actua-de-fuerzas-militares-britanicas-en-falklands-islands/

http://oceanoplaneta.wordpress.com/2010/02/20/exploracion-petrolera-en-falklands-islands-aspectos-diplomaticos-y-geoeconomicos/

Empresa Rockhopper de exploración de hidrocarburos: http://www.rockhopperexploration.co.uk

Falklands Government: http://www.falklands.gov.fk

 

La singularidad geopolítica de la Patagonia en el Cono Sur de América

La Patagonia como singularidad geográfica resalta del resto de los territorios continentales como una síntesis única de condiciones climáticas, relación centro-periferia y particularidades socio-culturales e identitarias y que la constituyen en un objeto privilegiado de la reflexión geopolítica y geoestratégica. 

La Patagonia se nos presenta en una primera aproximación como una realidad geográfica separada en dos entidades políticas vecinas: el Estado de Chile (las regiones de Aysén y Magallanes) y el Estado Argentino (las provincias de Rio Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego), de manera tal que la frontera binacional (hecho geopolítico común y compartido de diferenciación e integración) divide artificialmente un espacio geográfico y geomorfológico de similares características, e incluso con una identidad cultural distintiva.

Allí donde la cartografía nos muestra -como resultado de procesos históricos, diplomáticos y geoestratégicos de más de un siglo de duración- a dos Estados nacionales vecinos proclives a la integración, la geografía nos revela un territorio habitado por poblaciones de similares características socio-culturales, con procesos migratorios comunes y transfronterizos, con un modo de producción centrado en la explotación de recursos naturales, con bajos niveles de industrialización y que experimentan similares procesos y tendencias de transición demográfica, cambio cultural y transculturización producto del impacto de los fenómenos globalizadores.

Tres parecen ser los rasgos geopolíticos más característicos y distintivos de esta región final del continente americano: su extroversión y lejanía respecto de los centros de poder y los flujos económicos y productivos, su condición de territorios extremos (por el rigor climático y la adversidad geográfica y de habitabilidad para la vida humana), y el hecho de constituir territorios dotados de ricas reservas naturales y energéticas.

En síntesis, lejanía, extremidad y riqueza natural, son los elementos constitutivos de la singularidad geopolítica de la Patagonia, tanto chilena como argentina, y a la vez, suponen que los Estados, las naciones, las corporaciones y demás actores nacionales e internacionales deben conjugar sus políticas y diseños estratégicos con las condiciones que impone la geografía, y que permite y posibilita el espacio.

Desde el punto de vista de su posición, la Patagonia puede ser interpretada como un territorio extremo, final, periférico, pero también puede ser estudiada como un espacio central respecto de los océanos australes (Pacífico, Atlántico y Austral) y puente geográfico natural de aproximación hacia el continente antártico.  He aquí cómo la condición periférica -respecto de otros centros de poder globales, continentales y regionales- se convierte en centralidad para acercarse a la Antártica, a los espacios continentales, insulares y marítimos antárticos.

Manuel Luis Rodríguez U.